El peronismo y la estabilización del ciclo

Por: Martín Astarita

En los últimos años existió un relativo consenso en torno a que la era del populismo estaba llegando a su fin en América Latina. En Paraguay, Brasil, Argentina, Ecuador las fuerzas populistas surgidas en el nuevo siglo se alejaban del gobierno por la derrota electoral o a través de otros mecanismos de remoción, polémicos juicios políticos incluidos.

Aunque en todos los casos antes mencionados los flamantes gobiernos (Cartes, Temer-Bolsonaro, Macri y Lenin Moreno) se ubicaron claramente a la derecha del espectro político, no estaba del todo claro que América Latina hubiera entrado en una nueva era de hegemonía neoliberal. No solo porque el chavismo en Venezuela -aunque en crisis- y la Bolivia de Evo Morales resistían cada uno a su modo, sino también porque las derechas pospopulistas encontraron desde el principio serias dificultades para asentarse en el poder.

El caso de Macri es elocuente. Es la primera vez desde 1916 que un presidente en la Argentina intenta ser reelegido y no lo logra. Peor aún. Son escasos, por no decir nulos, los logros por los cuales será recordada su gestión. La negativa hasta último momento por reintroducir controles cambiarios -simbólicamente un nuevo cepo- seguramente obedeció a que Macri tras las PASO tiene conciencia del peligro que representa quedar en la historia como un presidente sin éxitos palpables para mostrar. Ese temor, con certeza, se agiganta ante el largo trecho que aun resta transitar para llegar al 10 de diciembre y convertirse entonces en el primer presidente no peronista en entregar el mandato en tiempo y forma.

Lo que llama la atención no es tanto la debacle macrista sino su rapidez. ¿Cómo es posible que un gobierno que reunió tras de sí el apoyo de prácticamente todos los poderes fácticos -empresarios, buena parte del poder judicial, grandes medios de comunicación, potencias extranjeras y principalmente Estados Unidos, el FMI, entre otros- haya visto evaporar su capital político en apenas cuatro años?

Sin ser mono-causales, creemos que una de las razones principales es que el macrismo fue desde los inicios una fuerza política con una base social muy reducida, y que en la gestión -por una mezcla de impericia y de dogmatismo inconducente- nunca pudo ampliarla sino todo lo contrario. Desde el punto de vista geográfico, por ejemplo, ni aun en sus mejores momentos -legislativas 2017- Cambiemos logró expandirse por todo el territorio nacional. Su apoyo electoral siempre estuvo muy concentrado en torno al centro del país. La zona denominada periférica (o sea, las provincias más chicas por tamaño y población) nunca se pintó de amarillo más allá de alguna “mancha” circunstancial (como la provincia de Jujuy en el norte o los municipios de Lanús, Tres de Febrero y Quilmes en el conurbano).

La estrechez de la fuerza representativa del macrismo se observa también desde el punto de vista socioeconómico. Sus apoyos provinieron siempre de la punta de pirámide. En los sectores medio bajos y bajos, por el contrario, tuvo enormes dificultades para imponerse.  

En resumen, ni aun en su apogeo el macrismo logró hegemonía en las bases sociales tradicionales del peronismo, o sea, en la periferia y en los sectores más bajos de la pirámide social. ¿No pudo debido a la mala performance de la economía y, por ende, los escasos recursos para distribuir ¿No quiso, por haber triunfado la tesis purista de Marcos Peña, según la cual era necesario “desterrar” para siempre al peronismo? Cómo vencer al peronismo -por las armas o por las urnas, disputándole sus bases o aferrarse solamente al núcleo antiperonista- son dilemas presentes en los sectores dominantes en la Argentina desde al menos 1945.

El macrismo fracasó en su tarea de conjurar la vuelta del populismo debido a la estrechez de sus bases sociales, y, además, porque se enfrentó a un peronismo que desde la oposición hizo justamente el movimiento inverso: amplió sus bases y dio cabida a múltiples y heterogéneos sectores. Se amplió desde el llano, con muchos dirigentes -distinguiéndose Cristina Fernández entre todos ellos- que antepusieron la unidad a sus instintos más egoístas.  

La nominación de Alberto Fernández como candidato a presidente, la reincorporación de Massa, y la alianza con muchos e importantes dirigentes provinciales -Perotti en Santa Fe, Bordet en Entre Ríos- mostró la pretensión del peronismo por reconectarse con los sectores medios. Los triunfos en las PASO de agosto del Frente de Todos en Mendoza, Entre Ríos, Santa Fe y la mejora significativa en CABA y en Córdoba evidenciaron que el objetivo de recuperar el lazo con la clase media se había logrado. La figura de Cristina, más la excelente campaña de Kicillof, ratificaron, asimismo, el predominio del peronismo en el conurbano bonaerense, acompañado además de una muy buena performance en el interior de Buenos Aires.

En suma, el armado electoral “por arriba” del Frente de Todos consiguió un apoyo igual de amplio y heterogéneo en las urnas. Ante la pesada herencia que sin dudas deja la gestión Macri, cabe preguntarse, de cara al futuro, la manera en que la Presidencia de Alberto podrá mantener unida e incluso ampliar sus bases de sustentación. De manera intuitiva, podría pensarse que una coyuntura económica tan adversa como la actual dificultará a Fernández la tarea de distribuir beneficios y mantener la cohesión interna.

¿Es así? Tal vez la historia reciente muestra una evolución distinta: el peronismo perdió potencia tras el fin de un ciclo económico expansivo: 2013, con la irrupción de Massa, es el último gran ejemplo. Por el contrario, en los momentos de crisis, el peronismo tiende a mantenerse unido y posee mayor capacidad para sobrevivir a sus contradicciones internas.

El ejemplo histórico encuentra sus razones. El peronismo debe su fuerza electoral a su capacidad para representar a los sectores medios y bajos de la población. Desde el punto de vista geográfico, la ciencia política ha encontrado, a su vez, que el peronismo mantiene un equilibrio entre sus apoyos periféricos y sus apoyos provenientes del centro de país. Nuestra hipótesis es que, en los ciclos expansivos, estas fuerzas heterogéneas tienden a fragmentarse. Así, por ejemplo, en 2015 ocurrió que segmentos importantes de clase media, afectados por el impuesto a las ganancias, votaron a Massa en octubre y con probabilidad a Macri en el balotaje. Con la crisis abierta en el período 2015-2019, estos sectores, severamente afectados por los tarifazos, la caída del salario real, la apertura indiscriminada y la devaluación, entre otras nocivas medidas, volvieron a elegir una opción peronista, en este caso representada por el Frente de Todos.

Si lo anterior fuera cierto, cabría esperar entonces que la presidencia de Alberto Fernández tenga, al menos en los inicios, el apoyo social suficiente que le de la posibilidad de estabilizar el ciclo.

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