El partido de la muerte

Fútbol, política e historia. Ese es el triángulo que elige Jorge Castro para viajar a la década del '40, en la Ucrania recién invadida por Hitler, y rememorar un partido histórico, en el que una victoria sirve para salvar el honor de todo un pueblo.

I

Dentro del refugio Berghof, ubicado en los Alpes Bávaros, hace casi dos años se viene produciendo el mismo ritual: rodeado de los altos oficiales de las SS, Hitler apoya un dedo en el mapa y ordena. Su ejército va, ve y vence. Víctimas de un sangriento dominó, los países de Europa van cayendo como fichas ante el imparable avance alemán. 

Pero que las evásticas se multipliquen por todo el continente no significa que el apetito del Führer esté saciado: cuantas más naciones devora, más le gruñe el estómago. Pese a tener firmado un pacto de no agresión con Stalin, piensa en la Unión Soviética y se le hace agua la boca. Al fin, decide invadir.

Comienza la Operación Barbarroja

En septiembre de 1941, después de un cruento cerco y más de medio millón de muertos, el ejército nazi toma el control de Kiev, Ucrania, y pese a ser una fuerza invasora, sus miembros son recibidos como libertadores por gran parte de los habitantes de la ciudad. “En todos los pueblos nos rocían con ramos de flores aún más hermosas que las que recibíamos cuando entramos en Viena”, escribe en una carta un soldado alemán. Los ucranianos estaban hartos del yugo estalinista. La hambruna sufrida entre 1932 y 1933, producto del proceso de colectivización planificado desde Moscú, se había cobrado millones de vidas. No existía nadie que no tuviese un familiar o amigo muerto a raíz de ella.

Pero la luna de miel con los invasores acabó en desencanto muy rápido. El Reichskommissar a cargo consideraba que “el más humilde trabajador alemán es racial y biológicamente mil veces más valioso que la población de aquí”. 

Los invasores implementaron un plan sistemático de eliminación de judíos y gitanos, para luego ir diezmando al resto de la población mediante una serie de hambrunas. En el barranco llamado Babi yar, ubicado en las afueras de Kiev, masacraron a más de cien mil judíos. 

Pasados algunos meses de la ocupación, los nazis comenzaron a liberar a los prisioneros que consideraban inofensivos. Entre algunos de ellos se encontraban jugadores del Dínamo Kiev, devenidos en soldados como muchos de sus compatriotas apenas comenzó la guerra.

El Dínamo Kiev era —y aún lo es— el club más importante de Ucrania. El equipo de ese entonces se destacaba por un juego ofensivo que arrancaba de las manos y pies de Mykola Trusevych, prototipo del arquero moderno en una época donde sus colegas permanecían estaqueados bajo los tres palos.

Entre las numerosas actividades prohibidas por los nazis se encontraba el fútbol, pero ya con la ciudad en su absoluto poder, el Reichskommissar consideró que una buena manera de mantener tranquila a la población era devolverle el deporte que tanto les gustaba, y así se organizó una serie de partidos en los que participarían las guarniciones alemanas, húngaras y rumanas, y equipos  formados por los habitantes locales.

II

Josef Kordi se para en seco. Este checoslovaco cuyo dominio del alemán le permite gozar de algunas concesiones —como administrar una panadería— acaba de descubrir la identidad de ese mendigo apostado en la esquina. Se nota que le gusta el fútbol, sólo un fanático podría haber reconocido en ese saco de huesos a Trusevych. Consumido por la guerra y el encarcelamiento, el otrora arquero es apenas el espectro de lo que alguna vez fue. Kordi lo contrata como barrendero en la panadería y después le propone buscar al resto de los jugadores del Dínamo, darles trabajo y conformar un equipo de fútbol. 

Trusevych acepta y comienza la pesquisa. Hurgando entre las ruinas de la ciudad va encontrándose con algunos de sus antiguos compañeros, todos ellos encogidos a causa del frío, quebrados por el hambre, desayunados, almorzados y cenados por los piojos y chinches que infectan cada rincón de Kiev. 

Ya en la panadería, Kordi les permite entrenar dos veces por semana. Felices por recuperar sensaciones que creían perdidas para siempre, el contacto con la pelota vuelve a convertirlos en hombres. Los demás equipos podrán tener la potencia física que brinda la buena alimentación, pero ellos son futbolistas de verdad. El equipo queda conformado por ocho jugadores del Dínamos Kiev y tres del Lokomotiv Kiev. 

Entre sacos de harina y levadura acababa de nacer el FC Start.

III

Al comienzo, desconfiados por el dadivoso retorno del fútbol otorgado por el invasor, eran muy pocos los habitantes de Kiev que concurrían al estadio. Pero en menos de dos meses la situación dio un vuelco total. Los alemanes habían cometido un error, y cuando lo advirtieron, ya era demasiado tarde. 

El Start era un bólido, ese equipo compuesto por once juncos doblados se había cargado a los representantes de las guarniciones húngaras, rumanas, y sobre todo, alemanas. Cada partido —una exhibición de lujos y goles— se convertía en una humillación para las tropas invasoras y una bocanada de orgullo para el machacado espíritu ucraniano. En las calles de Kiev se empezó a correr la voz. Ya nadie quería perderse los partidos. 

Los alemanes habían creado un Frankenstein.

La última víctima del Start había sido el Flakelf, equipo compuesto por aviadores alemanes. La derrota por 5 a 1 no podía quedar impune, y al día siguiente Kiev amaneció empapelada con carteles que anunciaban la revancha para dentro de tres días. El Flakelf usaría ese tiempo para entrenar y reforzarse con los mejores jugadores que pudiese encontrar. Los miembros del Start deberían trabajar a destajo en la panadería…

El 9 de agosto de 1942 se disputó El partido de la muerte.

La administración nazi no podía permitirse otra derrota, ni siquiera decorosa. Como árbitro del encuentro fue designado un oficial de las SS. En el vestuario, antes de que comenzara el encuentro, a los jugadores del Start se les recomendó realizar el saludo nazi al salir a la cancha. 

Sus rivales, obviamente, lo hicieron. 

Ellos no.

La entrada al encuentro costaba cinco rublos, casi la mitad del ingreso mensual de los ucranianos. Así y todo, el estadio mostraba un lleno inaudito. Nadie quería perderse semejante acontecimiento, todos sabían que ese partido era muy diferente a los demás que el Start había disputado. Distribuidos estratégicamente entre las gradas, grupos de soldados alemanes amenazaban a quienes alentaran al equipo local.

El Flakel, amparado por el árbitro, apeló al juego brusco para poder imponerse a su rival. Un delantero alemán pateó en la cabeza a Trusevych, dejándolo atontado contra el pasto. Aprovechándose de eso, los alemanes convirtieron el primer gol.

Pasada la zozobra inicial, el Start recuperó la compostura, y pese a que  Trusevych seguía dolorido por la patada, convirtió tres goles. El estadio era una caldera, los soldados dispuestos en las tribunas no daban abasto para tratar de aplastar el entusiasmo de los ucranianos. Los jugadores alemanes marchaban al descanso con la cabeza gacha.

Las autoridades nazis decidieron una última y desesperada medida: un enviado bajó al vestuario y amenazó a los jugadores del Start con los peores males si llegaban a ganar otra vez.

Arrancando el segundo tiempo, el amedrentamiento pareció funcionar: los alemanes convirtieron dos goles y empataron el partido. Parecía que la situación se encaminaba en favor de los invasores, hasta que en una ráfaga el Start también conquistó dos goles y sentenció el partido 5 a 3.

Pero para el Flakel aún faltaba lo peor.

Finalizando el encuentro, Klimenko, defensor del Start, tomó la pelota, eludió completa a la defensa alemana, gambeteó al arquero, y cuando tenía el arco vacío a su merced, se dio vuelta y lanzó la pelota al público. 

En ese momento el árbitro finalizó el partido por más que todavía restaban varios minutos por jugar, demasiada era ya la humillación.

Los días posteriores al encuentro transcurrieron con anormal tranquilidad. El Start ganó por goleada otro partido y sus jugadores hicieron sus trabajos habituales. Hasta que una tarde la Gestapo irrumpió en la panadería para arrestar a los miembros del equipo, acusados de formar parte de la policía soviética.

Cinco de ellos jamás volvieron vivos.

Nikolai Korotkykh no resistió a las sesiones de tortura y murió en una de ellas. Los otros fueron llevados a Syrets, un campo de concentración en las afueras de la ciudad. Ahí les hicieron pagar su atrevimiento: durante seis meses realizaron trabajos forzados.

La mañana del 24 de febrero de 1943, el comandante del campo hizo formar en fila a todos los prisioneros en el patio. Una vez reunidos, les advirtió que a causa de un caso de sabotaje —al parecer un robo de carne— contaría hasta tres, y cada tercer prisionero sería rematado de un tiro en la nuca. En esa brutal represalia mueren Ivan Kuzmenko, Oleksey Klimenko, Mihael Keehl y Mykola Trusevich. Este último, tenía puesta la camiseta del FC Start. 

Ese fue su sudario.

IV

A Hitler —como a Napoleón—, lo frenó el invierno. Auguraba una conquista corta y su ejército no estaba preparado para resistir tan cruel clima. Los soviéticos se cobrarían venganza, primero repeliendo la invasión, y luego siendo los primeros en entrar en Berlín y clavar la bandera con la hoz y el martillo en pleno Reichstag.

En Ucrania nadie olvida al Start. Quienes conservan la entrada del histórico partido, tienen ingreso gratuito de por vida a los encuentros como local de Dínamo Kiev. En las afueras del estadio donde se disputó el encuentro, un monumento homenajea a los jugadores. “De la rosa sólo nos queda el nombre”, reza su epitafio.

El lápiz verde