El oscurantismo medieval de algunos economistas

DEBATE. ¿Son chic los movimientos de campesinos y los pueblos originarios que sufren y resisten la expansión del agronegocio?


La aprobación del trigo transgénico HB4 en el mes de octubre y el probable anuncio en noviembre del acuerdo con China para la producción de cerdos a gran escala ha despertado, como era de esperar, la reacción de ambientalistas y de ciertos intelectuales involucrados cada vez más en los debates ambientales y alimentarios. Lo sorprendente es que a la par de estas voces críticas se hayan levantado la de ciertos economistas reconocidos como “heteredoxos” y provenientes del campo de la Economía Política, no solo para defender a capa y espada este tipo de técnicas productivas sino para cuestionar de forma exacerbada a las posturas de los ambientalistas.

En el vasto espacio de los movimientos ambientales caben diferentes miradas y distintas formas de expresión y no estaría demás reconocer que muchas de estas posturas pueden a veces ser tildadas de exageradas y fatalistas. Pero si alguien ha quedado expuesto en este debate, por sus exageraciones, por su negacionismo de la problemática socioambiental y por su defensa desmedida a dos proyectos riesgosos ha sido sin dudas, el otro bando. En efecto, para desprestigiar a los primeros han llegado a utilizar frases como “ambientalismo chic”, “ecolochantas” y, lo que es peor, se refieren a los ecologistas como una amenaza “oscurantista y medieval”.

Llama la atención que estos economistas que supuestamente pertenecen al campo de la Economía Política y que se autodefinen de izquierda o del espacio nacional y popular coincidan con los más acérrimos defensores del Agronegocio. Estos últimos, al menos, vienen sosteniendo una línea de pensamiento hace varias décadas y tienen, por supuesto, sus propios intereses en juego. ¿Qué es, entonces, lo que los hace defender estos riesgosos proyectos? ¿Suponen que el desembarco de las 25 mega factorías de cerdos viene a mejorar las condiciones de vida de los habitantes del campo y de las ciudades de nuestro país? ¿Esperan que un incremento en los márgenes brutos del cultivo de trigo genere un alivio en la balanza comercial?

A contramano de su formación, pareciera que este perfil de economistas deja de lado la Economía Política y se reduce a una economía neoclásica pura y mucho más ortodoxa que heterodoxa. En primer lugar, porque asumen que solamente se trata de una cuestión de números y de maximización de rentabilidades. Desconocen, u olvidan que detrás de esos números puede haber límites impuestos por las dinámicas propias de la naturaleza y un deterioro en la calidad de vida de millones de seres humanos. Para una mirada de este tipo, instalar 25 granjas de cerdo de 12mil madres cada una, solamente significa duplicar la producción de carne porcina. No se preguntan ni por las condiciones de producción, ni por los actores implicados, ni tampoco deben saber que la amplia mayoría de los productores de cerdos (casi el 70%) poseen planteles de hasta 50 madres, es decir una escala 240 veces menor a la que se está proyectando. Pero, por si esto fuera poco, tampoco se preguntan a donde va a parar la rentabilidad que se genera. Del mismo modo, en caso del trigo transgénico entienden que si existe una tecnología que permita incrementar su rendimiento hay que adoptarla, aunque esto se consiga con la utilización de un herbicida como el glufosinato de amonio, de mayor toxicidad que el hoy más utilizado, glifosato.

Según algunas lecturas, la Economía Política, en su versión más simple y tradicional, se dedica a analizar cómo las relaciones de dominación que se establecen en el lugar de trabajo -puertas adentro del taller o, en este caso, en la parcela de tierra- se extienden al resto de las esferas de la sociedad. Pero según el reducido análisis de estos economistas, el hecho de que en algún lugar del mundo haya una demanda suficiente para este tipo de productos, justifica su producción bajo cualquier forma. Pensamiento más neoclásico no se consigue.

Podríamos focalizarnos en una discusión un poco más técnica si no cometieran tantos exabruptos. Cuando se habla de “ambientalismo chic” se hace referencia a un tipo de ecologismo de clases altas que en nuestro país, en Latinoamérica y en la periferia global hace tiempo dejó de ser el más representativo. Por el contrario, han sido numerosos movimientos sociales de raíces populares los que han puesto sobre la mesa en las últimas décadas una gran cantidad de problemáticas que atañen a la cuestión ambiental y que no estaban siendo visibilizadas. Y no lo han hecho simplemente por tener otro tipo de valores o una especial sensibilidad por las otras especies. Lo han hecho fundamentalmente porque son las víctimas directas de las obsoletas miradas sobre el desarrollo económico que hasta el día de hoy siguen primando en la agenda política. ¿Son chic los movimientos de campesinos y los pueblos originarios que sufren (y resisten) la expansión del agronegocio? ¿Son chic quienes se organizan desde los “pueblos fumigados” cuando ven incrementarse los problemas de salud en la población infantil? ¿Son chic quienes se ven obligados a migrar a las grandes ciudades por la falta de oportunidades en los pueblos rurales? ¿Eran chic los 82 mil productores agropecuarios que no pudieron adaptarse a estos nuevos modelos productivos y no vieron mejor salida que vender sus campos al sector más concentrado? Chic es hablar de esta realidad sin sufrir en carne propia sus consecuencias.

Algunos de estos economistas llegan a utilizar el término “ecolochantas” para inhabilitar cualquier signo de alarma o llamado de atención sobre los problemas ambientales que pueda interferir en estas actividades que defienden. Resulta irrisorio que utilicen ese término para desprestigiar a investigadores del propio Conicet o de Institutos y Universidades Nacionales y no sean capaces de reconocer que empresas líderes en el mercado global de agroquímicos hayan fraguado trabajos científicos ocultando información para confundir a la opinión pública, conseguir mejores posiciones en el mercado y evitar futuras demandas. Evidentemente, algo de esto han conseguido estas corporaciones. Tal es así que estos economistas defienden la utilización de estos agroquímicos de forma aparentemente desinteresada.

Lo grotesco y ridículo del planteo llega a su máxima expresión cuando emparentan las críticas ecologistas con posiciones “oscurantistas” y “medievales”. La visión del mundo que predominaba en el medioevo era una visión estrecha, que negaba la existencia del universo, suponiendo que el planeta Tierra (reducida apenas a la extensión de los territorios de Europa, Asia Menor y el norte de África) era su centro. Si quisiéramos seguir en esa provocadora línea de comparación, podríamos alegar que estos economistas no son capaces de ver que el proceso económico se desenvuelve en el marco de un sistema biofísico, finito en materia y energía, con dinámicas y límites propios. Negar la existencia de esos límites es negar la realidad. Nada más oscurantista. El reclamo de buena parte del ecologismo no es “anti-ciencia” como muchos lo quieren hacer parecer. Por el contrario, se demanda que haya más investigaciones científicas sobre los riesgos que implican la utilización masiva de estas nuevas tecnologías y, ante situaciones de incertidumbre, aplicación del principio precautorio. Pero los ejemplos de persecución y agresión a científicos e investigadores que se intentan dedicar a esto son numerosos. Por otra parte, se confronta con un modelo en el que el conocimiento y la toma de decisiones quede en manos de un reducido grupo de expertos que no escuche las opiniones del resto de la sociedad, especialmente de los más afectados. Eso ocurría, ni más ni menos que en los monasterios o abadías de la Edad Media. Tal vez ésta sea una nueva forma de inquisición. No en base al dogma religioso medieval sino bajo el dogma de la reproducción ampliada del capital. Ponerlo en discusión es una herejía que no está permitida en la modernidad. 

Por último, una de las características de la Edad Media fue la gran cantidad de pestes y epidemias que asolaron, especialmente los estratos sociales más bajos de la población. Hoy sabemos que dichas plagas no se debían a castigos divinos sino a las propias condiciones de vida que fueron creando mientras esperaban soluciones divinas. Es un momento oportuno para recordarlo.



Sobre el Autor

Federico Zuberman. Es Ingeniero Agrónomo. Magister en Economía Social. Miembro de la Asociación Argentino Uruguaya de Economía Ecológica. Investigador Docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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