El optimista o la verdad demasiado tarde

Por: Carlos Leyba

Que un funcionario público sea optimista es, diría, una condición necesaria para gobernar. Al respecto, guardo en mi memoria una expresión extrema del optimismo en materia gubernamental, y las consecuencias imprevisibles de carecer de autocontrol del legítimo entusiasmo.

Hace muchos años, después de un almuerzo en que un grupo de funcionarios de carrera habíamos conversado acerca de la probable renuncia del ministro, me acerqué al despacho del subsecretario –hombre inteligente, conocedor y probo en todas las dimensiones del ser humano– y le dije, en el lenguaje de la época, en la que el medio de información más ágil era la radio, “radio pasillo dice que se van”. La respuesta fue: “Ahora abrimos los flaps y ¡despegue!”. Desestimación absoluta de la emponzoñada duda.

En la puerta del despacho estaba el estupendo e inolvidable "Negro" Costa –el responsable de los ordenanzas del 5º piso del Palacio de Hacienda- que a esa hora repartía ritualmente La Razón 5ª. El diario titulaba, en letra catástrofe, “Se disolvió el Ministerio de Economía”.

Desde entonces supe del peso irracional del “síndrome del quinto piso”: ni siquiera había un pedido de renuncia, el cargo había desaparecido. Volvamos.

El optimismo es una condición necesaria pero claramente insuficiente si quien ejerce el cargo, primero, desconoce y se desinteresa por las consecuencias probables de sus propios actos; y segundo, se aleja de la realidad mediante el sistema de “mirada selectiva”. La característica menos sensata del síndrome.  

La mirada selectiva consiste en poner una lupa de aumento gigante en los datos buenos, que siempre los hay; y reducir la dimensión de los datos malos a la mínima expresión. Los datos malos son “el problema” que hay que resolver. Pero tal vez los datos malos sean consecuencia de conseguir la realización de los “datos buenos”. Compleja es la realidad. La picada exitosa con la que atravesamos el bosque finalmente nos enfrenta con la bestia furiosa que cuida su territorio.

La enfermedad del quinto piso, “mareados por el éxito” decía José Stalin, consiste en pensar a los primeros, los datos buenos, como duraderos, como de largo plazo, como lo que prevalecerá; e imaginar a los datos malos como “puntuales”, o transitorios, o de próxima desaparición. La experiencia nos enseña que la persistencia de los “datos malos” termina desvaneciendo a los datos buenos que, inexorablemente, se congelan en el pasado, mientras los malos van sembrando de barreras al futuro.

Las malditas barreras al futuro que nos embarcan en la misma puerta giratoria hace cuatro décadas. Inflación, retraso cambiario, fuga, crisis de cuenta corriente, recesión y así.

Dicho esto, hay una lección inexorable que hay que recordar para dar paso al buen gobierno. La lección se resume del siguiente modo: la categoría del éxito no forma parte de “la política económica”. Toda solución de un problema acarrea inexorablemente otro. El éxito es un horizonte que nunca se alcanza. Entonces ¿cómo mantener el entusiasmo? El carisma de la política, del discurso, del programa. Dicho de otro modo, no hay remedio sin costo.

La clave del buen gobierno es lograr que el problema que la solución acarrea debe ser menor, de más fácil resolución, que el que se acaba de solucionar.

Lograrlo exige mucha reflexión, mucho pensamiento, voces distintas, un marco sistémico, hacer rodar un modelo. Y sobre todo la humildad de la sabiduría para aplicar una medida. La sangría o la sierra carnicera suenan de respuesta inmediata, pero matan.

Naturalmente la clasificación, de menor o mayor, que hagamos de los males depende de una escala de valores. Veamos alguna secuencia de la política planteada en términos de  “problemas – remedios – problemas”.

Por ejemplo, ante una alta tasa de inflación (problema), hay quienes creen que puede ser curada –un pensar ortodoxo asistémico- por una fuerte recesión (remedio). Pero esa “cura” puede generar una oleada de desempleo (problema derivado del remedio). Nadie desconoce que tanto el desempleo como la inflación son problemas. Pero, ¿cuál de los dos es el más sencillo de resolver o cuál es el que menor impacto social tiene en cada ciclo histórico?

La respuesta para un desocupado es obvia. La transmisión de este problema es boca a boca. Para quien conserva el trabajo y cree que no lo perderá, la inflación –la pérdida del poder de compra– claramente es el principal problema. Pero dejará de serlo si el remedio, la recesión, hace que deje de creer que no perderá el trabajo. El boca a boca tarda, pero es letal.

Cuando el temor al desempleo se generaliza la “solución recesiva” a la inflación termina siendo más gravosa que el problema inicial. Primero el escándalo moral de recursos ociosos (empleo, capital) mientras necesidades no se satisfacen (pobreza). Segundo, sus consecuencias son duraderas (desorganización del capital) y además imprevisibles.

Vamos a la realidad presente que tienen todos esos actores sobre el escenario.

En materia de inflación, el método recesivo, aplicado con un entusiasmo digno de mejor causa, por parte de los suplentes del “mejor equipo” de los últimos 50 años, “consagrado” en lo patético de sus derrotas, no ha tenido resultados positivos sensibles sino todo lo contrario: la deriva de problemas ahoga “soluciones”. Veamos.

La última medición de los precios al consumidor marcó una tasa del 5,4 por ciento mensual. Los más de 50 pronosticadores, que integran la muestra del BCRA, estimaron para 2018 una tasa de inflación de 47 por ciento anual, con una perspectiva de baja al 28 por ciento para 2019. La inmensa mayoría de los consultores locales, es necesario aclararlo, tienen una profunda simpatía por el enfoque de las políticas aplicadas en la actualidad, lo que implica un sesgo optimista. Conviene aclarar que en los cálculos a futuro de la mayor parte de los consultores está instalada la idea que el método aplicado, congelación monetaria y tasas de interés imposibles, desvanece el temor a la espiralización inflacionaria, cuyo impulso depende del proceso indexatorio de la economía argentina.

En la encuesta de la UTDT, la idea de los ciudadanos ubica el promedio esperado de inflación para los próximos 12 meses, en 38 por ciento. Los “consultores” son más optimistas que los “ciudadanos”.

Datos, estimaciones y expectativas son contundentes: no hay una estimación o expectativa esperanzada, en una baja de la inflación proporcional a las fuerzas recesivas aplicadas a través del descomunal apretón monetario y la inusitada tasa de interés que –como lo acabamos de ver– con una mínima baja estimula el alza del dólar. Datos. ¿Se van?

No olvidar que la contención del tipo de cambio es percibida por los medios PRO (la inmensa mayoría) y los consultores como una señal de estabilidad más allá que sea también una señal negativa para las exportaciones y para la cuenta corriente del balance de pagos. Veamos el nivel de actividad.

El ÍndiceLíder de la UTDT, que “busca anticipar un cambio de tendencia en el ciclo económico” cayó 4,5 por ciento en octubre, lo que sugiere que la recesión se mantendrá durante los seis próximos meses.

Pero eso no significa que el Índice Líder nos este diciendo que la recesión terminará en el segundo trimestre de 2019. Ni ahí. Recesión habrá por los próximos seis meses, pero para lo que sigue después, vemos.

Hay que informar que el Presidente ha recibido, del Ministerio de Hacienda, la “noticia” (en tiempos de fake news) que en el segundo trimestre de 2019 se notarán los brotes verdes en la vida de las gentes. Eso lo tiene calmo a pesar de las encuestas que lo describen cayendo en imagen y en intención de voto. El razonamiento optimista es: “con brotes verdes ganamos la elección si la que está enfrente es Cristina”. Cristina está enfrente, no hay duda.

Los brotes verdes, por ahora y como tantas otras veces, son una promesa. Lo que es seguro que “la promesa” electoralmente ha dejado de servir.

Pero en ese lapso de los próximos seis meses, lo dicen los pronósticos y las expectativas, la inflación continuará. Dicen que a menor velocidad. Pero continuará. La inflación es la erosión del poder de compra, podrá ser menor, pero mientras subsiste es erosión.  

Y a pesar de la continuidad inflacionaria, el remedio se siente. Pero no cura. Y no cura quiere decir que los daños colaterales duelen. Miremos.

En los primeros ocho meses del año el poder de compra de los salarios (promedio) cayó un 9 por ciento. Un campanazo de conflicto.Depende cuál sea su nivel salarial para que el 9 por ciento sea un rasguño o un mazazo.

Atención, en el segundo trimestre de 2018, según el INDEC, los ingresos familiares del 50 por ciento de las familias de los principales conglomerados urbanos eran menores a 22 mil pesos, con un promedio, para el 50 por ciento de las familias de 14 mil pesos. Números que -más allá de la mejora en los ingresos de los últimos tres meses – ponen en evidencia que no sólo tenemos el 30 por ciento de personas pobres sino un 50 por ciento de las familias con ingresos mínimos para vivir.

La estadística de la Ciudad de Buenos Aires determinó que en el mes de octubre (súmele la inflación de noviembre) fueron necesarios 30 mil pesos para no ser una familia (pareja y dos hijos menores) vulnerable. Para el registro oficial porteño, la región más rica de lejos de nuestra Nación, en la Ciudad los pobres son más de medio millón. Es decir, el 18 por ciento de la población de la Ciudad.

Impactante registro si se tiene en cuenta que hace 40 años la pobreza en todo el país golpeaba a 800 mil personas.

El proceso de empobrecimiento, declinación de ingresos,revela una verdadera debacle que es hija de la tendencia negacionista de la corriente dominante de los “optimistas” que ejercen la profesión de economistas. Corriente que abarca tanto a los “monetaristas” a la Dujovne, como a los grouchistas marxianos a la Axel Kicillof.

La inexplicable incapacidad de diagnosticar y resolver, los hace optimistas cuando gobiernan: no les queda otra.

El Estimador Mensual de Actividad Económica (Indec)desde abril y hasta agosto lleva seis meses de caída respecto del año anterior; en septiembre cayó el 5,8 por ciento interanual.

“La actividad de la industria manufacturera de septiembre de 2018 presenta una baja de 11,5% respecto al mismo mes del año 2017”.(INDEC).El Informe de FIEL señala que la industria en Octubre tuvo su sexta caída consecutiva con una contracción de 3,6 por ciento respecto del mismo mes del año pasado. Lo que representa, para los 10 meses de 2018, una caída del 1,9 por ciento que abarca a casi todas las ramas; pero es la de bienes de capital la que manifiesta la mayor declinación. De la inversión ni hablar.

Es que la capacidad ociosa de la industria supera largamente la de hace un año atrás y tiene detrás el hecho que, además, hace años que no aumenta la capacidad de producción: inversión frenada.

Esa medición de capacidad ociosa abarca a todos los sectores de actividad con la sola excepción de las “industrias metálicas básicas”.

Partimos de la inflación, la dureza material del remedio recesivo y finalmente nos acercamos a la consecuencia maldita, la tasa de desempleo.

La medición del segundo trimestre de 2018 marcó que el 9,6 por ciento de los trabajadores busca activamente un empleo y no lo consigue. Y esa tasa, con una población que crece, es la más alta de los segundos trimestres de los últimos doce años.

El índice de despidos de la prestigiosa publicación Tendencias Económicas que dirige J.L. Blanco, informa que en septiembre los despidos crecieron 169 por ciento respecto del mismo mes del año pasado. Las suspensiones, que son el aviso previo, crecieron el 1000 por ciento, es decir, se multiplicaron por 10; y las huelgas crecieron, respecto a hace un año, 10000 por ciento. Cien veces más. ¿Y todavía falta?

La inflación resiste, la recesión profundiza y el desempleo aumenta.

La sociedad percibe que el problema atacado, la inflación, y la consecuencia del remedio, la desocupación, son problemas de notable intensidad.  

Una encuesta publicada por el oficialista Clarín señala que el 34,4 por ciento de las personas entiende que la inflación es el principal problema que afecta al país, seguido, atención, de la desocupación (18,6 por ciento).

Lo económico, inflación y desempleo, preocupa al 53,4 por ciento de la población. Con lógica,el 54,4 por ciento entiende que el desempeño del gobierno de Mauricio Macri es “malo o muy malo”.

El 49,8 por ciento piensa que el año que viene será económicamente peor; y el 51,7 por ciento entiende que situación personal también será peor. No hay demasiado entusiasmo por el futuro inmediato. Y convengamos el largo plazo, en la Argentina, no existe como reflexión, proyecto o programa, por eso nadie pregunta qué es lo que la sociedad piensa acerca de ello.

Ante esta realidad Nicolás Dujovne, no es el primero en serlo, es un optimista de mirada selectiva. Es un extremista de esa condición.

Y por eso no para de generar títulos donde quiera que este.

Antes de partir a Paris dijo “Nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el gobierno”. Es la imagen de un trapecista que se tira en el aire y sin red a la búsqueda del barral que lo sostendrá luego del vuelo hacia la nada.

Llegado a Paris dijo “Cuando pase la tormenta estaremos mejor”. Esa es su visión de lo porvenir.

La tormenta es un hecho de la naturaleza que se produce por el choque de fuerzas opuestas sobre las cuales los humanos no tenemos capacidad de control.

Dujovne reveló,en Paris, cual cree que es una de esas fuerzas que desencadenan la tormenta y sobre las que él nada puede hacer. Dijo“La principal causa del riesgo país es el riesgo político ante las elecciones” .

La encuesta de Clarín revela que 51,2 por ciento votarían a otra fuerza política y sólo el 31,2 por ciento a Cambiemos. Riesgo.

La redonda incapacidad de construir política, conducida por Marcos Peña, le ha sumado - a los fracasos económicos del oficialismo - la construcción deliberada de la peor oposición posible porque creía que servía a los fines electorales y ahora – Dujovne dixit -la miran a esa oposición como la llegada del terror que sube el riesgo país. No la pueden controlar pero ellos la invitaron. Esa es una de las fuerza de la tormenta que Dujovne espera que pase para estar mejor. ¿Los bailes PRO serán para despejar las fuerzas de la tormenta?

La otra fuerza que provoca la tormenta (que no pasa) la reveló la OCDE (¿nos invitarán?). Dijo en la cara de Nicolás: el PBI caerá 1,9 por ciento en 2019 y 2,8 por ciento de 2018.

El cruce de las fuerzas que forman la tormenta no afloja. Es decir la tormenta no sólo no pasó sino que está por venir. Dujovne y Macri deberían pensar esa potente frase de Thomas Hobbes en Leviatán “El infierno es la verdad vista demasiado tarde”


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