El necesario primer acuerdo

Por: Carlos Leyba

Todos los períodos gubernamentales iniciados en la democracia alcanzada en 1983 pretendieron construir una hegemonía política.

Es decir el predominio del sector triunfador en las elecciones con la exclusión de la consideración de la opinión de los perdedores cualquiera sea la distancia entre unos y otros.

En todos los casos se postuló el rechazo a los acuerdos con los sectores representativos de los intereses sociales y económicos que forman parte del damero de la realidad y que, justamente, la política tiene la misión de hacer converger en propuestas de largo plazo que no existen sin esos acuerdos. La política es negociación y construcción de acuerdos. La política es mayúscula cuando esos acuerdos lo son.

Sin duda siempre el corto plazo presenta notables escollos para la convergencia entre los adversarios porque implica que, para converger, todos tienen que ceder renunciando de hecho a hacerse dueños de la rentabilidad del proceso si es que esa rentabilidad existiera. El corto plazo, si rinde, es cosecha para el que gobierna.  

Raúl Alfonsín, desde el primer día, rechazó todo acuerdo y cuando adquirió volumen político creyó posible conjugar, bajo su liderazgo, el “tercer movimiento histórico”: una estrategia de cooptación y no de diálogo.

Carlos Menem fue más allá: hizo desembarcar desde el primer día a una parte sustantiva de los sectores sociales que creyeron en su convocatoria a la “revolución productiva”. Cuando Erman Gonzalez, más allá de su precaria gestión, procuró una convocatoria social fue rápidamente eyectado del sillón del Palacio de Hacienda.

La Alianza y el efímero período de reemplazos en el ejercicio de la presidencia, del que el más prolongado fue el de Eduardo Duhalde, culminaron en un escenario de catástrofe en el que las durísimas realidades se impusieron a cualquier consigna programática, haya existido o no. Hubo consenso para aceptar (no para modificar) la realidad que, de cualquier manera, se habría impuesto.

El período kirchnerista pretendió la construcción de una fuerte hegemonía que abarcara todos los aspectos de la realidad; y más allá de éxitos y fracasos, generó – provocó - una respuesta categórica, la actual, que hoy nos preside y que también se pretendió hegemónica pero de sentido contrario.

El fracaso argentino de estos 36 años es la consecuencia, vaya paradoja, de la exitosa  construcción de “desacuerdos”. Lo que es evidente en todos los órdenes.

Esta es una gran lección que debería hoy haber aprendido la política: la política es la construcción de acuerdos.

Todos los gobiernos de 1983 hasta acá han logrado materializar – a su pesar - el apotegma de que “los que vendrán nos harán buenos”. En el país se aplica la norma de que el “primero fue peor que el que le sucede” y esa secuencia no ha terminado.

El último balance, el del macrismo es lamentable y sorprendente, por el nivel de sus errores que, al terminar el período, se manifiestan en hacer y defender – sin disculpa -que debe hacerse todo lo contrario a lo que hicieron hasta las PASO.

Hoy la campaña Cambiemos promete profundizar la diferencia con lo hecho por Cambiemos.

Pero la buena noticia es que también ellos claman por un acuerdo nacional. Y el mérito histórico es que lo reclaman ahora quienes han construido un gobierno cuyo eje ha sido el desacuerdo nacional, la profundización de la grieta y la demonización del adversario.

La gravedad de la situación argentina con la amenaza de llegar al 40 % de pobreza y números escandalosos de deuda externa, de inflación y caída de la actividad, exige que la política sume fuerzas para el Bien Común. Digo la política porque ahora más que nunca las demandas sectoriales y las subdivisiones sectoriales pueden ahogar cualquier intento de salida.

En estos días hemos tenido un ejemplo de “demanda sectorial” que, por el poder de paralización que tiene, pone en evidencia el costo de la preminencia de los intereses sectoriales. Tal vez sea un ejemplo duro. No hablamos de despidos. No hablamos de salarios de subsistencia que exigen reparaciones inmediatas. Hablamos de los pilotos aéreos que son una de las profesiones sindicalizadas y asociadas a los recursos públicos, con más poder de parálisis y a la vez, con los niveles salariales más altos de todas las organizaciones gremiales asociadas a la CGT y una organización gremial que no sufre el desempleo.

El mismo día que se anuncia que el 35% de los argentinos no llega a reunir lo necesario para comprar la canasta básica, esa organización cuyos trabajadores reciben hasta 10 veces el valor de una canasta básica, anunció un paro para este fin de semana.

Muchos de los dirigentes de ese gremio forman parte de agrupaciones políticas que integran el Frente de Todos. Fue necesario que el candidato Alberto Fernández les manifestara la vocación de “desacuerdo” de esa posición, para que volvieran a la lógica de la negociación.  

Por ahora, y más allá de las palabras y más allá de esta señal del candidato Fernández, no estamos avanzando concretamente en esa dirección.

Faltan apenas 23 días para las elecciones. Deseo imaginar que si hay un vencedor, esa misma noche el consagrado – si existe – de el primer paso hacia el acuerdo buscando la convergencia con los perdedores.

No puede ser una foto. Debe ser un llamado para lo que tiene que ser una epopeya de toda la política para darle una salida al país.

El primer acuerdo, la condición necesaria para salir del pantano de la grieta, debe ser el de la política; si ese acuerdo básico existe entonces será posible el acuerdo económico y social.

Así lo hicieron en 1971, durante la dictadura del General Lanusse, los hombres grandes de la política Juan Perón, Ricardo Balbín, Oscar Alende, Horacio Sueldo.  

Primero el acuerdo político y luego – sobre las bases de la política – el acuerdo, la convergencia, la coincidencia con los sectores sociales.

En diciembre de 1974 el FMI – en su informe anual sobre el país – dijo que la política derivada de aquel acuerdo había sido un éxito. Olvidar lo bueno y lo malo ese proceso ha sido una de las lecciones que esta democracia ha ignorado. No puedo dejar de señalar la cantidad de veces que Eduardo Duhalde – que fue contemporáneo de aquellos años – mencionó al Pacto de La Moncloa como el ejemplo de acuerdo e ignoró al que diseño y que fue su testamento, su líder el General Perón. Y lo mismo puedo decir del radicalismo que ha ignorado que Ricardo Balbín fue el que dio el punta pie inicial de ese proceso.

Podemos decir, una vez más, con el poeta “lo nuevo es lo que se ha olvidado”.

Insisto. Antes del acuerdo social, que hoy todos reclaman, la condición necesaria es el acuerdo político.

El reloj empezará a contar los minutos de esa carencia a partir de la noche de la consagración, si es el 27, para poder transitar razonablemente hasta el cambio de gobierno.

Y si la cuestión se dirime en noviembre sería bueno que los candidatos empiecen a mencionar la vocación de acuerdo político después del 27 como condición necesaria para un acuerdo social. Lo necesario no es suficiente. Pero sin lo necesario nada será suficiente. Y el país por obra y gracia de 45 años de descarrilamiento económico y 36 de no haber comprendido que la democracia es libertad y también procura de la igualdad en un espíritu de fraternidad. Cuidar la libertad es un mérito. Pero cómo no haber avanzado en la igualdad y cómo haber dejado de lado la fraternidad. Difícil.

El contenido del acuerdo que, según sus palabras y las de su líder intelectual Duran Barba, no lo conocemos: sabemos que ha dejado de lado “lo mismo pero más rápido”. Dice que escuchó y que ahora viene el crecimiento y el aumento de salarios. ¿En qué estará pensando?

Pero sí tenemos las ideas básicas que ha sugerido el ungido representante económico de Alberto Fernández, el economista Matías Kulfas.

El ha dado a conocer el diagnóstico de la situación económica según el candidato más votado en las PASO, y los ejes programáticos de lo que llamó la “economía albertista”.

Las “Claves para el crecimiento”, según Kulfas, comienzan por el correcto diagnóstico de lo que nos deja Macri. El primer desafío para un acuerdo es que Macri lo comparta.

Dijo Kulfas “El PIB ph de 2019 será 7,3% más bajo que el de 2015; la inversión no llegó al nivel de 2011; no se logrará el déficit cero y la cuenta de intereses casi triplica la de 2015; la inflación es la más elevada desde 1991; los intereses de la deuda serán el 16% de los recursos tributarios; la deuda pública es el 88,5% del PIB; el déficit de divisas se duplicó en tres años; hay 140 mil empleos industriales menos que en 2015”.

Y agregó que después de las PASO hubo una devaluación del 33%; las Reservas cayeron en 16MM de dólares; la tasa de política monetaria subió más de 20 puntos; los depósitos privados cayeron 25%; se tuvo que “reperfilar” la deuda de legislación argentina y desde el 1 de septiembre rige el control de cambios.

Todo es verdad. Es cierto que muchas cosas vienen de arrastre y también es verdad que los cuatro años de Macri no las detuvieron y, es más, las empujaron para abajo.

Frente a este panorama diagnóstico, listó los desafíos centrales que se propone resolver el “albertismo”.

Los primeros puntos, según el economista designado, son un Acuerdo económico y social; renegociar con el FMI; reperfilar la deuda; un plan de desarrollo productivo y PYME; y un modelo exportador. Sin precisiones acerca del cómo y con excepción de la palabra “plan” no se revela hasta allí ningún punto de abierta discrepancia con el resto de las fuerzas. Esos temas -salvo digo “plan” – podrían estar en una mesa común.

Kulfas no precisó qué proponer para resolver el tema de la deuda. Lo propositivo depende del poder que se tenga y Kulfas representa a un candidato y no a un gobierno. Esta bien que no lo haya hecho. Pero si que haya destacado que es algo a resolver y, por las palabras de Alberto, podemos pensar que la idea no es generar quitas de capital y sí alargar los plazos lo que, por otra parte, es inevitable. Los detalles de esa afirmación son complejos. Los intereses en juego presionaran notablemente. Y es justamente en estos temas donde la idea de “la política” como agente del Bien Comun se hace imprescindible. Hay muchos intereses locales en juego. Y esos intereses pueden ser un choque contra el Bien Común.

La cuestión de la deuda, sea con el FMI o los acreedores privados, no debería quedar fuera del Acuerdo y es dificil imaginar un Acuerdo sin esa perspectiva.

Sobre el plan de desarrollo productivo – más allá de la enunciación de sectores y de una correcta valoraciòn de la política industrial – tampoco dio precisiones. No precisó la politica exportadora más allá de la centralidad asignada a Vaca Muerta. Se puede compartir o no esa “centralidad” pero debe reconocerse que la misma es compartida con super entusiasmo por el PRO.

Pero a pesar de esas ausencias propositivas el discurso de Kulfas ha sido muchísimo más rico, en términos programáticos y de orientación y filosofía, que lo que estamos escuchando de los demás candidatos. Hay un poco más – no mucho – de carne en la parrilla.    

Kulfas le asigna al Acuerdo la capacidad de bajar la inflación, mejorar la productividad y mejorar el salario real. El contenido de regulación, administración, de esa afirmación difícilmente sea compartido por los CEOs del PRO. Pero no los objetivos.

Sostiene el designado economista que un acuerdo implica nuevas pautas para el desarrollo y la superación de la grieta e incluye la reforma laboral sector por sector; plan de desarrollo industrial y tecnológico. La palabra industria no ha figurado en el vocabulario PRO y han manifestado una notable aversión a una actividad que la supone el eje de prebendas aunque, durante su gestión, las prebendas o subsidios han estado dirigidas a sectores sin humo. Ahí tenemos un problema: un difícil acuerdo.

La única herramienta mencionada por Kulfas serían los “estímulos financieros”. En términos de herramientas, la presentación de este economista sabe a poco. Y diría a nada no bien revisamos lo que ocurre hoy aquí en el planeta.

De cualquier manera es un mérito ante la larga orfandad de políticas referenciar objetivos e instrumentos es una necesidad del debate. Se trata del qué y también del cómo.  

Las reglas “albertistas”, dijo, son tipo de cambio competitivo y estable; superávit comercial; superávit fiscal; acumulación de reservas; desendeudamiento; bajar la inflación. Claramente además de reglas, estos son objetivos y todos ellos dificiles de cumplir. Esas reglas-objetivo son compartidas por todos.

Pero desde hace 45 años todas las gestiones no han logrado concretar esos deseos: cada vez que hubo algo “positivo” en esas variables o fueron términos del intercambio favorables o una fuente de financiamiento externo generosa. Cuando los términos del intercambio se invirtieron o cuando el financiamiento se invirtió, nada de lo vivido se continuo. Eran arbustos floridos sin raíces porque no surgian de una política interior sino de los vientos de cola. Lo sufrimos.

El optimismo de Kulfas – lo que es en sí bueno - se basa, primero, en el Acuerdo que lo entiende más amplio que uno de precios y salarios.¿Cuánto más amplio en temario, profundidad, duración, densidad? No lo sabemos.

Destaca Vaca Muerta que entiende que rompe “la histórica dicotomía exportación / empleo”. El proyecto, según Kulfas, generará 500.000 puestos de trabajo. La centralidad está puesta allí. ¿Todos los huevos en la misma canasta? Néstor Kirchner optó por navegar al compás de la soja: se duplicó la superficie sembrada. Pero el “excedente” generado por precios extraordinarios se agotó y la falta de diversificación generó una enorme masa de problemas. No hace falta repetirlos. Hace falta pensar en que el desarrollo exige diversificación.

Kulfas propone el desarrollo de las exportaciones y sostiene que el crecimiento de las exportaciones de Vaca Muerta será igual al crecimiento sumado de la minería, la industria y los servicios y la agroindustria. ¿Vaca Muerta es la madre de todas las batalla?

Entre Kulfas y las palabras habituales de Mauricio, respecto de las exportaciones, hay coincidencia.

Donde el representante del Frente de Todos se diferenció del recitado PRO fue en la propuesta industrial. Dijo Kulfas, con razón, “en los últimos años se ha ido instalando la idea que “la industria ya fue y que hablar de industrialización es de cavernícolas”.

Dijo, en el momento más personalizado de su exposición, vamos a retomar una senda que nos acerque al mundo; y repasó el inventario de “políticas industriales” aplicadas en, entre otros 50 países más, UK, Canada, USA, Suiza, Bélgica, Holanda,Italia, Alemania, Corea del Sud, España, Portugal, Australia, India, Japon y China.

La buena noticia de Kulfas es que hay posibilidades de volver a tener, después de 45 años, política industrial. Política acerca de la cuál no dio detalles. Los detalles son la clave. Señaló que “ si nos va bien a las PYMES nos va bien a todos”. Una verdad pero no aclaró cómo es que les va bien a las PYMES en un país a cuyo diagnóstico no le escatimó problemas.

El optimismo de Kulfas sostiene que “Argentina está en condiciones de romper la dicotomía entre recursos naturales, industria y tecnología”… “las actividades agrícolas han industrializado muchas zonas del interior del país, generando empleos y nuevas actividades de servicios tecnológicos”. No hay duda. Pero tampoco la hay que hasta aquí todo eso ha sido mas que insuficiente.  

Hay en su exposición una base primera para elaborar el contenido de una propuesta de Acuerdo. Avanzó en cuestiones críticas. Y eso es muy provechoso.

Pero hay un largo trecho entre “la polìtica”, tanto la a realizar como la a acordar, y esta exposición. El primer paso está dado. De algo se puede discutir.

Pero insisto la puerta que hay que abrir es la del acuerdo político. No lo hemos perseguido ni hecho desde hace medio siglo. Todos han tratado de construir hegemonía: tercer movimiento histórico, reforma de la Consititución para reelegirme, Cristina eterna. Mirados desde el presente groseras pérdidas de tiempo acompañadas del desacuerdo, la grieta y el estancamiento.

Abrir la puerta para el Gran Acuerdo Político Nacional es la primera responsabilidad del que gane y la primera impresión, como se sabe,es única.


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