El mundo frente al covid: ¿individualista o solidario?

De alguna manera la pandemia nos ha invitado a reflexionar sobre la necesidad de pensar al mundo de manera colectiva, y sentirnos como humanidad sin distinción de fronteras, y a la sociedad como un todo donde la solidaridad triunfe por sobre las individualidades, porque si queremos estar bien debemos procurar que los demás también lo estén.

“Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, 

sino que desnuda las almas y el espectáculo suele ser horroroso”


El 31 de diciembre de 2019, la Organización Mundial de la Salud en China detecta una declaración de la comisión municipal de la salud de Wuhan en la que se hace mención a casos de neumonía vírica.

Un mes después las autoridades anuncian que el brote había sido provocado por un nuevo coronavirus, y el 11 de enero se produce la primera muerte por coronavirus en el mundo.

Hasta ese entonces, el mundo lo miraba con desinterés, a lo lejos, sin considerar riesgo alguno.

Sin embargo, el 21 de enero Estados Unidos informa su primer caso confirmado de infección por el nuevo coronavirus. Se trataba así del primer caso en América confirmado por la Organización Mundial de la Salud.

A una velocidad deslumbrante, el virus se comenzó a expandir sin distinguir fronteras, ni distancias, ni religiones.

De repente, ciudadanos del interior de Argentina, que observaron con aires de indiferencia el fenómeno en sus orígenes, despertaron interés, considerando ahora sí que ya nadie estaba exento.

¿Quién iba a pensar que el primero de marzo de 2020, dos meses después de los contagios de Wuhan, un Argentino de 43 años proveniente de un vuelo de Italia iba a ser el primer contagiado de covid en Argentina?

Wuhan, es la ciudad más poblada de la zona central, de la República Popular China, se encuentra a 18.000 km de Buenos Aires, a 12.000 km de Nueva York, a 8900 km de Paris, a 11.700 km de Sudáfrica. Sin embargo, ni las distancias, ni las fronteras, ni los controles, ni los océanos fueron suficientes para impedir que el virus viaje a todos los rincones del mundo en un tiempo récord.

Como nunca antes, un ciudadano del Norte Argentino leía con interés las cifras de los registros sanitarios de China, Japón, Sudeste Asiático, África y Brasil.

Inicialmente, los líderes de las naciones afectadas lanzaron una lucha para tomar el control de la situación, imponiendo medidas restrictivas en sus países, inyectando dinero en sus economías y prometiendo ambiciosos sistemas de salud. Sin embargo, no existió una gran coordinación entre los países para abordar de manera conjunta como un desafío global a la pandemia.

Los protectores faciales comenzaron a agotarse inmediatamente en todo el mundo porque las personas compraban por demás, por temor a que escasearan a futuro. Corea del sur, Alemania y Rusia prohibieron su exportación para garantizar que su propia gente tenga las suficientes, y así cada nación emprendió un camino de subsistir de manera individual.

India, con la producción del 20% de las drogas medicinales del mundo, detuvo sus exportaciones.

Donald Trump acusó a China y a sus laboratorios de haber creado intencionalmente el virus para afectar la economía mundial.

Una mujer en un supermercado australiano le clava un cuchillo a un hombre en una confrontación por papel higiénico, un estudiante de Singapur de origen chino es golpeado en las calles de Londres y manifestantes en la isla Francesa de la Reunión dan la bienvenida a pasajeros de cruceros lanzándoles insultos y piedras.

Paradójicamente, África, uno de los espacios olvidados de la humanidad, sin grandes recursos y con infraestructura sanitaria pobre, con un 17 por ciento de la población mundial, fue el continente que menos casos de covid tuvo durante la primera ola de contagios. Ser un continente con una gran cantidad de población joven y poseer un nivel de inmunidad de protección cruzada preexistente podría explicar por qué la epidemia no se propagó. Sin embargo, recientemente han afirmado que los niveles de testeos en África son bajos y será prácticamente imposible garantizar el acceso a la vacuna a todo el continente debido a falta de infraestructura y logística.


¿Qué gobiernos tuvieron un buen desempeño?

Estados unidos es el país con más muertes y contagiados de coronavirus del mundo, con 573.894 fallecidos, en segundo lugar Brasil con 345.287 fallecidos, luego México con 296.146, India con 167.694, Reino Unido con 126.980, Italia con 112.861 y con Rusia 102.247 fallecidos.

Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Nueva Zelanda, Australia fueron los países que mejor desempeño tuvieron frente a la pandemia, con bajas tasas de mortalidad mediante la restricción de sus fronteras, la implementación políticas inmediatas de confinamiento, de testeos, creación de hospitales, seguros de desempleo, cuidados gratuitos y provisión de insumos sanitarios.

Tanto el Gobierno de Brasil como el de Estados Unidos en la última etapa del gobierno de Donald Trump mostraron una gran subestimación de la pandemia, tildando al coronavirus de una simple “gripecita” sin realizar grandes restricciones, priorizando la economía, y mostrándose en contra de campañas de vacunación. El resultado de dichas medidas los posicionaron como los países con más casos de mortalidad del mundo.

Por su parte, China y Rusia han mostrado un aparente buen desempeño frente al virus, sin embargo, ambos exhibieron claros rasgos autoritarios censurando cualquier noticia o información que critique o disida con sus políticas frente al virus. Así, el gobierno obligó a retractarse a las dos enfermeras que denunciaron la falta de equipamiento y las condiciones ominosas a las que eran sometidas en Wuhan.

Vladimir Putin, en Rusia habría utilizado la pandemia a su favor, al celebrar un referéndum para permanecer en el cargo hasta 2023. Esgrimiendo motivos de salud pública extendió el voto una semana y permitió que se votara en casas, patios y espacios abiertos, sin poderse verificar la votación con transparencia y accesibilidad para los ciudadanos.

Un gran número de países, como India, Tailandia o Egipto prohibieron que los medios y periodistas publiquen informaciones sobre el coronavirus sin la autorización previa del gobierno, con castigos que van desde el bloqueo del sitio web de noticias hasta penas con prisión.

Francis Zaake, un parlamentario ugandés, compró arroz y azúcar y lo repartió entre sus electores más necesitados. De inmediato, fue detenido ya que, según manifestó el presidente, solo el gobierno puede realizar dichas tareas. Si otra persona lo hace, correría el riesgo de ser acusada de homicidio ya que podría actuar de forma desordenada, atraer a multitudes y, por lo tanto, propagar el coronavirus.

Cada rincón del mundo se ha desenvuelto de una manera distinta frente a la pandemia y cada gobierno ha mostrado sus fortalezas y sus debilidades. Lamentablemente, la pandemia ha debilitado los regímenes democráticos en aquellos espacios donde no se ha consolidado.

El coronavirus se presentó como un enemigo invisible, absolutamente desconocido, que no distingue raza, religión, ni sector social.

Es un gran monstruo que avanza a cada instante, no sabemos ni dónde ni cuándo, no lo vemos y desconocemos el momento exacto en que estamos expuestos a su contagio, si ya lo tocamos o si estamos por hacerlo. No hay dinero, ni muro, ni isla, ni medicina que lo evite.

Lo cierto es que ha paralizado al mundo, en un momento en que el mundo ya cuestionaba la globalización.

La globalidad y la distancia dificultaron la empatía inicialmente y costaba más ponerse en la piel del otro. Ahora comienza a instalarse la sensación que todos están en la piel del otro, que no es posible que subsista uno sin que subsista el otro.

El covid ha traído la muerte, ha sembrado el pánico, ha cerrado países, ha dividido familias, ha castigado más aun a los más vulnerables, pero de alguna manera también ha generado solidaridad, altruismo, creatividad y ha demostrado que podemos renunciar a muchas cosas que no son vitales. Se cerraron todos los aeropuertos del mundo, todos los centros comerciales, las rutas se vaciaron, los océanos sin cruceros, los hoteles desolados, las capitales turísticas del mundo totalmente cerradas, de alguna manera el sistema se pausó repentinamente.

¿Quién iba a pensar que el mundo podía pausarse? ¿Alguien alguna vez imaginó que un aeropuerto se cierre y que se cierren las fronteras? Un enemigo invisible lo logró.

Hay una metáfora de un diálogo entre la tierra y los seres humanos, en el que la tierra les exige a los seres humanos que se queden quietos, que no se muevan, que al capitalismo, esa gran montaña rusa se le acabaron los rieles, se pausó, no hay aviones, no hay escuelas, no hay centros, se rompió ese torbellino frenético que les impedía a ustedes contemplar la naturaleza, contemplarme a mí, le dice la tierra a los seres humanos. Continúa diciendo: No estábamos bien, el consumo excesivo, el calentamiento global, la contaminación, el plástico, ustedes no me habían escuchado, pero es difícil escuchar estando tan ocupados, en esa vorágine de querer ganar más y más. Miren el cielo ahora, ¿cómo esta? Se ve mejor sin aviones, ¿no? Miren el océano, ¿cómo lo ven? Es más lindo sin barcos que contaminan, ¿no? No se puede estar sano en un ecosistema enfermo. Y esta pequeña metáfora es un poco la reflexión a la que nos invitó la pandemia. Nos hizo pensar que cosas necesitamos verdaderamente, y cuales no son tan necesarias.

¿Cuántas de las cosas que nos brindaba esa vorágine de consumo eran necesarias verdaderamente?

El detenimiento del mundo, demostró que los niveles de sostenibilidad no eran los adecuados, que la polución ambiental era excesiva, que los océanos estaban excesivamente contaminados, y nos hizo reflexionar sobre la contracara del impacto que todas nuestras decisiones de compra tienen en la vida de otras personas. De alguna manera es necesario pensar al mundo como propio y entender que lo que sucede del otro lado del océano nos afecta a todos independientemente de la distancia.

Lamentablemente no es posible movilizar a las personas en su totalidad con un plan totalmente altruista, es necesario recurrir a un interés propio de la gente, pero frente a la pandemia la sociedad debe considerar que no hay salidas individuales.

En los países más avanzados, existen estándares sociales, políticos y de trabajo que no querríamos q desaparezcan, pero sabemos que se vulneran en el resto del planeta.

De nada sirve perseguir ciertas conductas de consumo ético en nuestro país para cambiar el capitalismo y las estructuras de desigualdad que existen en todo el mundo, porque con eso no es suficiente.

Veníamos de un mundo donde la prosperidad material siempre parecía una meta más razonable que la búsqueda de la excelencia moral, y de alguna manera la pandemia sembró un gran dilema sobre la necesidad de todo lo material.

Sin embargo, gran parte de la población de los sectores más ricos del planeta esperan con ansias la oportunidad de poder volver a sus vidas tal como eran antes.

La sensación de fatalidad, de estar en manos de una fatalidad sin término, inicialmente mostró miserias, egoísmos, necesidad de supervivir de cada estado o seres a su manera. Así, cada estado priorizó sus insumos, se lanzó un negociado frenético por la vacunas en medio de una crisis sanitaria global, y cada persona frente a la desesperación buscó subsistir ella misma.

Ha circulado una frase que dice: “Lo peor de la peste es que desnuda las almas”, y en la danza se la supervivencia se han visto las peores miserias.

Sin embargo, la pandemia nos ha mostrado a pesar de todo, más gestos de admiración que de desprecio y la sociedad ha comprendido que es necesario luchar por un mundo donde la salud de todos sea más importante que las ganancias de unos pocos. No es posible pensar en uno mismo, no es posible salvarse como individuo sino como sociedad.

En la guardia del hospital se encontraron los del barrio más vulnerable con los del barrio privado, porque no distinguía ni situación económica ni obra social. De alguna manera, cada uno fue comprendiendo que si los otros están mal también lo estaré yo, y que es necesario pensar como sociedad y no como individuo.

La crisis humana mundial llamo a la solidaridad, y las respuestas a nivel país o individuo no son capaces de abordar la complejidad de una pandemia mundial.

En situaciones extremas el ser humano puede reaccionar de manera impredecible. Puede vaciar el alcohol en gel de la góndola de los supermercados sin importarle el prójimo y puede al mismo tiempo sacar todo su potencial solidario y entregarlo en su plenitud a disposición de quien lo necesite, solo por el placer de ser útil a la humanidad. Y esto es, precisamente, el costado enriquecedor que genera esta situación tan caótica: miles de vecinos se organizan para ayudar a los más vulnerables, hay campañas de prevención, colectas para los sectores más vulnerables, médicos, enfermeros, vacunadores, docentes y policías trabajando sin cesar por el bien de la comunidad.

De alguna manera la pandemia nos ha invitado a reflexionar sobre la necesidad de pensar al mundo de manera colectiva, y sentirnos como humanidad sin distinción de fronteras, y a la sociedad como un todo donde la solidaridad triunfe por sobre las individualidades, porque si queremos estar bien debemos procurar que los demás también lo estén.


Sobre el autor: Matías Avecilla es licenciado en Relaciones Internacionales U.N.I.C.E.N., especialista en Planificación e Intervención para el Desarrollo U.N.L.P.

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