El milagro de la ciencia en tiempos de pandemia

Por: Erina Petrera



La pandemia de COVID-19 ha logrado de forma poco ortodoxa y en poco tiempo lo que pensábamos que era casi imposible. Por un lado, bajar la contaminación del aire en varias regiones del planeta debido a la cuarentena y al cierre de algunas fábricas. Por otro, los animales salvajes han podido acercarse a zonas ahora deshabitadas mostrando que están a la espera de que les devolvamos su hábitat. La solidaridad ha emergido en su máxima expresión, cientos de voluntarios se han presentado para ayudar a los ancianos, vecinos preocupados por otros vecinos, trabajadores de la salud exhaustos trabajando contra reloj, cantos, bailes y aplausos desde los balcones de la cuarentena del mundo.

Lo mas llamativo es la recuperación de la fe en la ciencia, esa fe perdida en una ciencia vapuleada y con cada vez menos creyentes. Ahora todos piden que ocurra el milagro, el milagro de la cura de la COVID-19.

Pero la ciencia no hace milagros, y es por lo que todavía no hay una cura para esta enfermedad que recién estamos conociendo. En esta pandemia, y como ocurre con la mayoría de los brotes producidos por virus nuevos para los que aún no se han desarrollado drogas específicas, en los casos de enfermos graves se utilizan los fármacos que se estima que pueden funcionar. Sabemos que la respuesta de un paciente a los tratamientos depende de muchos factores, la edad, las enfermedades previas, el estado nutricional, etc. Debido a esto, una droga puede ser efectiva en una persona y en otra no. Por eso cuando se usa una droga en un único paciente y tiene buenos resultados se habla de estudio de caso, ya que fue efectiva en las condiciones en que se encontraba ese paciente. Para poder decir que el fármaco utilizado es efectivo contra la enfermedad que se quiere combatir se realizan ensayos clínicos donde se comparan los resultados de muchas personas tratadas con aquellas sin tratar. De esta manera sabremos cuantos se curan solo con los cuidados de apoyo estándares y cuantos se curan por la acción de la droga. Estos estudios son muy largos y necesitan de muchas personas que cursen la enfermedad para poder ser realizados en las condiciones que requiere el protocolo, todo debe ser registrado y monitoreado siguiendo los estándares. Es debido a estos ensayos que podría tardar hasta 10 años sacar un medicamento nuevo al mercado.

Entonces, en lugar de crear compuestos desde cero que pueden llevar años desarrollar y probar, los investigadores y las agencias de salud pública están buscando reutilizar medicamentos ya aprobados para otras enfermedades y que se sabe que son seguros.

El 19 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció el inicio de un ensayo clínico que evaluará el efecto terapéutico de distintos fármacos frente a la enfermedad causada por el SARS-CoV-2. El ensayo se llama SOLIDARIDAD e incluirá a miles de pacientes con COVID-19 que sufren enfermedad severa en varios países, como Argentina, Bahrein, Canadá, Francia, Irán, Noruega, Tailandia, Sudáfrica, España y Suiza.

En este estudio se evaluarán cuatro diferentes drogas o combinaciones de estas, que son las mas prometedoras, aunque no son las únicas que están en desarrollo o en fase de prueba.

Los fármacos que se van a utilizar son:

Remdesivir. Es un antiviral experimental que puede inhibir la RNA polimerasa viral y de esa manera detener la replicación del virus. Fue desarrollado para combatir el Ébola pero no ha tenido éxito en un ensayo realizado en el último brote del virus en la República Democrática del Congo. Como varios virus utilizan RNA polimerasa, aunque no es la misma, se hicieron otras pruebas que mostraron que el antiviral puede inhibir otros coronavirus como el virus del SARS y el MERS. Debido a esto se ha utilizado en algunos pacientes graves de COVID-19 con buenos resultados.

Cloroquina e Hidroxicloroquina. Esta es una droga que se utiliza para tratar la malaria y la artritis reumatoidea. Actúa disminuyendo la acidez de los endosomas celulares y de esta manera no permite que el virus entre a la célula. Los resultados previos son controvertidos, mientras algunos investigadores aseguran que su utilización llevó a una mejoría en los pacientes tratados, otros aseguran que debe usarse en altas concentraciones que resultan tóxicas para el organismo.

Lopinavir y Ritonavir. Son inhibidores de proteasa que se utilizan para tratar la infección con VIH. Estos inhibidores no permiten que el virus se ensamble dentro de la célula y por lo tanto detienen su multiplicación. Se han probado en pacientes con SARS y MERS, aunque los resultados obtenidos son ambiguos. En cuanto a su utilización en un grupo pequeño de pacientes con COVID-19, no se vieron diferencias entre el grupo tratado y el grupo control, pero los investigadores aclaran que los pacientes estaban muy enfermos y que tal vez su utilización en etapas tempranas de la enfermedad podría dar mejores resultados.

Lopinavir / Ritonavir e Interferón-beta. El Interferón-beta es una molécula que está involucrada en la regulación de la inflamación y ha mostrado ser efectiva en monos infectados con MERS. Actualmente se está realizando un ensayo clínico con estas tres drogas en pacientes infectados con MERS en Arabia Saudita.

Otro ensayo que se realizará en el país, que ya tiene la autorización preliminar de la ANMAT como protocolo de emergencia sanitaria, evaluará si la colchicina, un fármaco antiinflamatorio, puede reducir la severidad de la enfermedad en los pacientes internados. Una de las hipótesis planteadas por los investigadores es que la respuesta inmune al coronavirus, en algunos pacientes, es exacerbada y puede llevar a un mayor daño pulmonar. El uso de un antiinflamatorio podría restringir esta respuesta y por lo tanto disminuir el daño.

Son muchas más las drogas y los posibles tratamientos que se están evaluando. Por ejemplo, un tratamiento que está en boca de todos es el uso de suero de convalecientes. Cuando un paciente se recupera de una enfermedad infecciosa, tiene en su sangre grandes cantidades de anticuerpos que son los encargados de reconocer al virus si este lo vuelve a infectar. Entre estos anticuerpos hay unos especiales que se llaman anticuerpos neutralizantes, que lo que hacen es unirse al virus y no permitir que este infecte a la célula. En el caso del plasma inmune, como también se le llama, es muy importante que contenga una cantidad alta de anticuerpos neutralizantes y no todos los virus inducen la producción de estos anticuerpos en igual medida. El plasma del paciente recuperado se estudia para descartar otras infecciones y es administrado al nuevo paciente. Este tratamiento no es nuevo, por ejemplo, es el único que se utiliza para los casos de Fiebre Hemorrágica Argentina desde 1970 y es altamente efectivo. También se ha utilizado en los brotes de Ébola, SARS, Influenza A y otras infecciones virales. Lamentablemente los reportes no son concluyentes y mientras en algunos casos han disminuido levemente la mortalidad, en otros casos no ha habido diferencia. Estudios realizados en pacientes con COVID-19 han mostrado que la aplicación de plasma inmune puede contribuir a la recuperación de los pacientes, pero al tratarse de casos severos con otras comorbilidades que además estaban recibiendo drogas, no es concluyente que la mejoría se deba al plasma solo.

El otro milagro que se espera es el desarrollo de la vacuna que prevenga al COVID-19. En la página de la OMS figura un listado con 50 candidatas a vacunas para COVID-19, de ellas 48 están en etapa pre-clínica y solo 2 están en fase I de evaluación clínica. Las vacunas, como cualquier fármaco, también tienen que pasar por los ensayos clínicos para ser aprobadas. Estos ensayos constan de 4 fases de evaluación clínica. La etapa pre-clínica es la investigación in vitro en el laboratorio y los estudios realizados en animales. En la fase I de evaluación clínica se prueba si la vacuna es segura para las personas que las reciben. Luego deben pasar a la fase II, para evaluar la eficacia y el rango de dosis. En la fase III, se deben realizar estudios en grandes y variados grupos de participantes para determinar el riesgo- beneficio y el valor terapéutico de manera general, así como explorar las reacciones adversas más frecuentes. En esta fase entraría el ensayo SOLIDARIDAD. Luego en la fase IV se realizan estudios una vez aprobada la comercialización para establecer su valor terapéutico, aparición de nuevas reacciones adversas y/o confirmación de la frecuencia de las conocidas.

Como se puede apreciar, la ciencia tiene un gran trabajo por delante, pero sobre todo tengamos en cuenta que la ciencia no se puede apurar. Por lo tanto, es poco probable que encontremos la cura milagrosa del COVID-19. Los ensayos clínicos mostrarán cuales son las drogas que permiten una mejor recuperación y cuales no. Además, sabremos cuales de las vacunas evaluadas generan la mejor protección, aunque es poco probable que estén disponibles antes de finales del próximo año.

Mientras tanto, no corramos a la farmacia a comprar medicamentos que no nos han sido recetados, para prevenir una enfermedad que no tenemos. Seamos sensatos, quedémonos en casa y sigamos teniendo fe en la ciencia que camina lento, pero a paso seguro.



El lápiz verde