El loco se acuesta a las ocho

OPINIÓN. Siempre es difícil diagnosticar quién está loco y quién es el cuerdo...


1916

Siempre es difícil diagnosticar quién está loco y quién es el cuerdo. Hay bibliotecas sobre el tema. En ese año un loco, acompañado por otro demente entusiasmado,  en Santiago de Chile, se suben a un globo aerostático y trabajosamente ascienden en un intento de cruzar la Cordillera de los Andes por su punto más alto, superando los 7.000 metros sobre el nivel del mar, para aterrizar en la Argentina.

Todo estaba mal. El globo se había desgarrado en vuelos anteriores y estaba precariamente reparado. Era pleno invierno y no tenían ropa especial contra el frío sino pesados abrigos de gruesa tela.  El apoyo meteorológico en tierra era mínimo. Tampoco comunicación radial, que por entonces no existía.  No habían podido abastecerse de hidrógeno para inflar el globo y solo pudieron hacerlo con gas de carbón, de menor poder ascensional.

Los fuertes vientos los empujaron hacia el Aconcagua de 6.900 metros de altura.  Debían también superar los 6.570 del volcán Tupungato. Como iban directamente al choque entre esas montañas comenzaron a tirar el lastre que llevaban en bolsas de arena, también, el ancla, luego la comida, más tarde la ropa de abrigo a pesar que se registraba una temperatura de 30 Grados Celsius bajo cero. Así pudieron elevar al globo que registró una altura máxima de 8.100 metros. Los Dioses de la Cordillera desviaron levemente hacia el sur, al globo, alejándolos del Aconcagua.

Dos hombre, casi desnudos, muertos de frío y abrazados, riéndose, aterrizaron abruptamente en el Valle de Uspallata, cerca de Mendoza (Argentina). Magullados salieron de la canasta que los transportó.  Habían cumplido su propósito. Fue el día 24 de junio de 1916, el viaje había durado tres horas y media.

El brasileño Alberto Santos Dumont , el primer hombre que voló en una máquina más pesada que el aire, y referente mundial de la naciente aviación, consultado previamente por uno de los viajeros sobre la factibilidad de cruzar la Cordillera en globo declaró: “Es imposible. Sólo un loco lo puede intentar”. Tenía razón. Lo hicieron dos locos, Eduardo Bradley y el entonces Teniente Ángel María Zuloaga.


1969

Un grupo de hombres jóvenes subieron a su nuevo vehículo plateado decididos a cometer un crimen aún no castigado. Dejaron atrás sus barrios periféricos y fueron decididos a violar una de las doncellas más amadas del planeta. Dejaron cerca el vehículo que los había transportado, que en su forma fálica anticipaba el propósito; cuando tuvieron en la mira a la virgen, dos de ellos llegaron hasta ella poseyéndola por la fuerza, contra el piso, dejando a su lado la marca de sus zapatones, que suele sucederle a los violadores seriales. El otro hacía de campana en el volante para comandar la huida. Luego del desfloramiento festejaron el hecho con saltos de extraños ritos, le robaron a la víctima algunas pertenencias y regresaron a sus casas luego de tomar un ligero baño. La Doncella lloró.

Así fue como Neil Armstrong, Edwin Buzz  Aldrin y Michael Collins violaron a la Luna, la amada imposible de cientos de miles de enamorados, la inspiradora de millones de poetas, la novia viva, combustión  permanente de “las llamas de los fuegos encendidos de amadores”. Lo hicieron el 20 de julio de 1969 y la prensa internacional los reconoció como “Los Conquistadores de la Luna”.  Tres días después regresaron a su tierra y comenzó una interminable algarabía de agasajos, homenajes, giras internacionales, salutaciones, etc.

En uno de esos viajes publicitarios del éxito y el triunfo, los astronautas llegaron a Buenos Aires el 1 de octubre de 1969, menos Buzz Aldrin que por compromisos protocolares debió permanecer en Estados Unidos. Se repitieron las ceremonias de agasajos y por orden del Presidente Juan Carlos Onganía, el Ministro de Defensa Dr. José Cáceres Monié que dominaba la lengua inglesa acompañó en todo momento a los visitantes haciendo también la tarea de traductor ya que ellos no hablaban español.

La última ceremonia, realizada al atardecer del 3 de octubre, en la sede de la Cancillería, el imponente Palacio San Martín, consistía en una toma de contacto de selectos invitados a conocer a los astronautas. Como había sucedido durante toda la visita el Ministro de Defensa estaba al lado de Armstrong que directamente le peguntó al funcionario: “¿A qué hora termina esto? Porque nosotros tenemos un compromiso impostergable más tarde.  Nos espera El Loco que se acuesta a las 8”.  El Dr. Cáceres Monié no entendió nada, pero apuró el trámite y con el tiempo justo a las 8 de la noche Armstrong y  Collins tocaban el timbre de una casa a pocas cuadras de la cancillería.

Los esperaba el Brigadier General Ángel María Zuloaga, “El Loco” según Neil Armstrong, héroe mítico del Neil infantil y adolescente y poderoso imán para atraerlo hasta la esquina de Florida y Santa Fe, en el corazón residencial de Buenos Aires. Tenía motivos el cosmonauta para admirar al Brigadier. No sólo había cruzado en globo la Cordillera de los Andes en las precarias condiciones descriptas, sino que previamente había obtenido el récord mundial de distancia en globo, con 900 kilómetros entre Buenos Aires y San Leopoldo en Brasil. Pocos meses antes había batido, también, el récord de altura llegando a los 6.920 metros sobre el nivel del mar. Luego del cruce de la cordillera fue a Francia donde obtuvo el brevet como piloto militar y participó de la Primera Guerra Mundial, siendo condecorado por su heroísmo. Prestó servicio también como piloto en Inglaterra obteniendo de igual modo una condecoración, más tarde fue Agregado Aeronáutico en Estado Unidos donde permaneció 4 años y fue instructor de pilotos de combate. Condecorado por una docena de países, instructor en cuatro naciones, amigo de Santos Dumont, organizador de la aviación argentina, comandante de la Fuerza Aérea en este país, etc. Este héroe de carne y hueso llamado por aquel entonces “El Loco” por la desmesura de su valor, ahora de 84 años recibía la visita de uno de sus admiradores al que el mundo rendía honores.

Sobre el escritorio, al costado de la pequeña mesa donde tomaban café, en una pequeña placa de plata, estaban grabadas las palabras que le dedicó Belisario Roldán, una figura de primer nivel de las letras argentinas: “De ahora en más los astros tienen un acompañante humano. Un héroe que también mira a las montañas desde arriba”.

Antes de irse los visitantes recibieron como obsequio de El Loco los platillos y las tazas donde había tomado café en la noche de Buenos Aires. Tenían grabado en color ligeramente azulado la imagen del globo “Eduardo Newbery” con el que había cruzado la Cordillera.   Ahora se las puede admirar en el Museo Internacional de la NASA en los Estados Unidos.



Sobre el Autor


Hugo Martinez Viademonte. Es Periodista. Ex corresponsal de Inter Press Service, Estado de San Pablo y colaborador de las agencia internacionales.