El ladrón de hachas

                                                                                                                                                                      Remake


Pedro Krisiuk era una flor extraña en un jardín de extrañas flores. Su rama procedía de Ucrania y se había plantado en la Provincia de Misiones, en la puñalada forestal argentina en el corazón de la amazonia brasileña. Allí se radicó su padre, Yuri Krisiuk, atraído por no se sabe que espejismo, llevado por el exótico propósito de vivir mejor, comer caliente todos los días, y alguna otra ocurrencia caprichosa, ajena a su destino de obrero. Se casó, tal vez, con una argentina morena, de pelo negro intenso que ocultaba como podía su mezcla brasileña de india tupí con africano. De ellos nació Pedro, con la fuerza temible del ucraniano. Fuerza en los genes y en el cuerpo de acero, blanco tostado, pelo rubio amarillo, duro; cuerpo de hachador.

El golpe de su hacha en el tronco de un quebracho dibujaba un bárbaro ballet de Rudolf Nureyev, donde cada músculo interpreta la partitura de destino. Tenía dos hachas Eskiltuna forjadas en Trelew con acero sueco, pero guardaba celosamente una española que había encontrado en Posadas, capital de la provincia, que por tortuosos caminos de la inmigración había llegado desde el país vasco, de las fraguas José Ramón Jáuregui, de Urnieta, hasta Misiones. Pedro no conocía la hidalguía del instrumento, no era genealogista. Era hachador; si sabía lo que era un hacha excepcional. La compró barata, en una ferretería de cosas usadas. La usaba poco, y el viernes pasado lo había hecho en el frente que cortaba a unos dos kilómetros de la picada.

Había dejado esa hacha en la puerta de su rancho, y cuando regresó trayendo el agua que buscó en el arroyo, ya no estaba el hacha. No recordaba con seguridad si la había guardado adentro, bajo el catre. No se preocupó demasiado. El sábado no trabajaba. Se levantó temprano, como siempre y mientras estaba tomando uno mates se acordó de su hacha. Buscó debajo del catre y no estaba. Las Eskiltunas descansaban al lado del fogón, paradas una al lado de la otra como soldados de guardia. La española no estaba. No había mucho sitio para buscar. Sabía que arriba del rancho, en la cumbrera, había un hacha vieja, en desuso, acostada con el filo para arriba. Como todo el mundo sabe, un hacha arriba del techo protege la casa contra los rayos. Si de casualidad cae alguno, la chispa del rayo golpea el hacha y se divide en dos, y los hilos de fuego van directamente a tierra, salvándose la casa.

Hizo memoria y se acordó que cuando traía el agua del arroyo vio al hijo del vecino pasar por la parte delantera de su rancho, rumbo a la de su padre. Carlos tenía unos 18 años, también hachero, pero muy joven para serlo en serio. Era hijo de italianos y es conocido que los italianos son aficionados al robo. Se culpó a sí mismo de haber dejado el hacha a la vista de un italiano, y recordó que Carlos tenía esos ojos chicos y vivaces propios de los ladrones de hacha. Su misma cara, huesuda, afilada, huidiza lo culpaba. Cuando lo vio caminaba encorvado, como quien esconde un hacha.

No dudó. A la tarde cuando el muchacho fuera para el pueblo lo esperaría en la picada y lo apretaría hasta que confesara donde había escondido el hacha que había robado. Si era necesario matarlo no dudaría en hacerlo, pero Carlos no se iba a reír de él robándole el hacha que más quería. Durante la noche había caído algo de lluvia, pero ahora el sol estaba en el esplendor de su luminosidad y se acordó que en el frente del pique había dejado su pañuelo de trabajo, una pieza de tela basta, cuadrada, de 40 cm de lado, que tanto secaba el sudor de su cara, como se ataba en la cabeza a modo de protección del sol, o limpiaba sus manos. Fue a buscarlo. Cuando llegó al sitio donde había estado trabajando, distraídamente miró en torno y le llamó la atención un pequeño destello. Fue hacia él y semicubierta por la maleza estaba el hacha que daba por perdida. Recordó, súbitamente, que el sudor de la frente le había cegado momentáneamente, y que con el pañuelo se secó la cara. Ya era tarde. De modo que dejó el pañuelo en un rama baja y decidió regresar a su rancho. Al hacha la había dejado en el suelo. Ahora la recuperó, y contento la llevó a su casa.

Regresaba caminando tranquilo y dejando que su mano derecha balanceara acompasadamente su hacha, con el filo de navaja, en media luna, hacia adelante. En cada paso casi rozaba su tobillo y a Pedro le gustaba el riesgo calculado. Se sentía pleno, había encontrado esa parte vasca de su brazo, y la vida le parecía agradable. A unos cincuenta metros antes de llegar vio a Carlos que iba a buscar agua. Pensó en los italianos a los que siempre había considerado gente de trabajo, honestos a carta cabal, y particularmente recordó a Carlos, tan buen vecino que si bien era cierto que tenía los ojos chicos, miraba de frente, como las personas honradas. No tenía la cara típica de los ladrones de hacha, incluso caminaba siempre erguido a muy buen paso. Se dijo a sí mismo: “Me gustan los italianos, son muy alegres.”

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