El juego de encontrar las (evidentes) diferencias

Sorprende que, entre tanto esfuerzo por interpretar el fenómeno Trump y aquello que supuestamente representa y su legado a mediano y largo plazo, entre tanta exégesis e impugnación, casi no existan apelaciones a la decadencia del imperio americano. Vale decir, al deterioro progresivo en las últimas décadas de la influencia política y el protagonismo económico norteamericano.

Sorprende que, entre tanto esfuerzo por interpretar el fenómeno Trump y aquello que supuestamente representa y su legado a mediano y largo plazo, entre tanta exégesis e impugnación, casi no existan apelaciones a la decadencia del imperio americano. Vale decir, al deterioro progresivo en las últimas décadas de la influencia política y el protagonismo económico norteamericano.

En cambio, no sorprende el uso abusivo del genérico POPULISMO para caracterizar al fenómeno en cuestión. Una caracterización mayormente peyorativa que presenta la ventaja funcional de homologar el mentado populismo trumpista a otras experiencias a las que se desea objetar por asociación.

Un ejercicio de esa índole puede verse en nuestro país, con variedad de expresiones políticas y mediáticas nominando al trumpismo y al kirchnerismo como populismos de derecha e izquierda, respectivamente. Reconociendo la distancia entre las políticas de uno y otro, según la mayoría de estas ocurrentes analogías, pero emparentando sus formas y ciertos presupuestos antiliberales y antirrepublicanos.

Con relación a los usos del populismo (a los usos del “populismo” como etiqueta), corresponde advertir que su generalización en ámbitos no especializados ha dado lugar ya no a una enriquecedora polisemia sino un contradictorio cúmulo de hipótesis -siempre susceptibles de ser unilateralmente renovadas-, convirtiendo al populismo en poco más que una generalidad de recomendable abandono.

No es objeto del presente artículo actualizar esta amañada discusión, pero sí resulta oportuno adherir a las lecturas que cuestionan la asimilación del populismo a una forma específica de liderazgo.


Quienes identifican con un mismo rótulo a procesos tan disímiles como los encabezados por Trump, Le Pen, Chávez o CFK tienden a concebir al populismo como un tipo de liderazgo.


Así, el término populismo se fue desplazando hasta volverse indistinguible del concepto de demagogia. “En un excesivo juego metonímico, aquella vieja totalidad de las primeras teorizaciones ha sido reducida a sus elementos componentes y hoy la identificación de algún aspecto particular que caracterizó a lo que en algún momento fue calificado como populismo es tomada como prueba suficiente para ingresar en la categoría. Pocos terrenos han sido tan propicios a caer en la falacia de afirmación del consecuente como los estudios políticos y sociales por la proliferación de este pseudoinductivismo analógico. Más aún: basta que un dirigente manifieste obrar en favor del pueblo o que simplemente invoque su nombre con cierto énfasis y persistencia para que inmediatamente sea calificado de populista”, advertía Gerardo Aboy Carlés casi veinte años atrás (Repensando el populismo, 2002).

Despejado ese punto y aclarando, también, que en modo alguno suscribimos a la caracterización del kirchnerismo como un movimiento de corte populista (cabe aquí una discusión con la lectura economicista imperante, que identifica al populismo como un enfoque específico tendiente a privilegiar el crecimiento y la redistribución en detrimento de los riesgos macroeconómicos*), valdría la pena realizar unas breves consideraciones sobre este intento de emparentar nuestra actualidad con el devenir de la corriente liderado por Donald Trump.

En primer término, recordar que a estos nuevos fenómenos masivos de la derecha radical (populistas o no) se los suele reconocer por su oposición a la inmigración y al multiculturalismo, por una dosis importante de militarismo, de punitivismo, supremacismo, anticomunismo y por la exaltación de valores tradicionales en contraste y manifiesta hostilidad hacia toda expresión asociada con aquello que denominan Ideología de Género, lo que involucra al feminismo, a cualquier interpretación culturalista del género, las reivindicaciones de las disidencias sexuales, etc.

Ninguna de estas características podría, de buena fe, imputársele al kirchnerismo o a una porción mayoritaria del mismo ni reconocerse en la orientación de sus políticas públicas. Por el contrario, algunos o varios de esos rasgos sí son reconocibles en el discurso de una parte significativa tanto de la base social como del ala dura dirigencial del frente opositor que lidera Mauricio Macri.



Podríamos agregar, incluso, que el kirchnerismo ha sido y es destinatario de las críticas que realizan estas derechas radicales así como también de sus caracterizaciones agonales (comunismo, progresismo, feminismo).

Otro elemento a considerar son las simpatías explícitas que encuentra el trumpismo en nuestra tierra. Para ello, un dedicado repaso de su presencia en las redes sociales puede ser muy ilustrativo de los públicos involucrados.

Nos valemos, para esto, de la nómina elaborada con igual gracia que minuciosidad por el usuario de Twitter @originemonde. A saber: el macrismo decepcionado de su obamismo imaginario, los macristas que sin ser obamistas imaginarios encontraron ahí un modelo para darle coherencia a sus diversas aristas sin pulir, los peronistas de Perón con propensiones mecanicistas o identificaciones al rasgo, los morenistas, los amantes K del decisionismo, los antiprogresistas, los que creen frazerianamente en la magia por contigüidad y se copan con Putin, los exprogresistas que radicalizaron su pasaje al macrismo y, finalmente, la horneada de nuevos libertarios.


No se requiere mayor perspicacia para advertir la transversalidad de esta nómina y un rápido cotejo por las RRSS permitiría advertir que son minoritarias las adhesiones relativas de los actuales oficialistas.


Finalmente, cabe referirse a las referidas coincidencias antirrepublicanas que se atribuyen (que parte de la oposición política argentina atribuye) a trumpistas y kirchneristas. A manera de síntesis diremos que la voluntad deslegitimadora de las recientes elecciones expuesta por el derrotado Presidente de EEUU no tiene antecedentes reconocibles en las prácticas del kirchnerismo, que nunca cuestionó la validez y entidad de las distintas votaciones adversas que debió afrontar, pero sí en la discursividad del macrismo o algunos de sus aliados. Desde aquellas tempranas reseñas de una “legitimidad fragmentada” en el 2007 a las nunca probadas ni argumentadas denuncias de fraude que se suceden con cada triunfo del peronismo en los últimos años.

Tampoco resultan muy criteriosos ni ajustados los parangones realizados entre el asalto del Capitolio norteamericano y distintas manifestaciones opositoras durante el gobierno de Macri. Ni siquiera, aquella de fines de 2017 durante el tratamiento de la reforma del régimen de actualización previsional. Por si fuese necesario, destaquemos que aquel implicó la toma del palacio legislativo en EEUU por parte de grupos extremistas (racistas, xenófobos, supremacistas) en un manifiesto acto insurreccional alentado por el propio Trump con el afán de evitar la consagración de quien fuera su rival electoral y esta otra fue una movilización de composición heterogénea con la única finalidad de oponerse a una reforma legislativa. Ni las piedras de una parcialidad ni la represión indiscriminada de las fuerzas de seguridad modifican la sustancia del acto ni habilitan las equivalencias.

Todo esto podría condimentarse con las expresas diferencias entre el gobierno de Alberto Fernández y la administración Trump en sólo un año, a contrapelo del seguidismo desplegado por la gestión macrista, pero nos alejaríamos mucho de nuestro tópico.

En definitiva y a tenor de lo visto, no se trata de una equivalencia apresurada ni de un error de cálculo. Asemejar fenómenos tan desiguales únicamente es posible como parte de una operación oportunista que busca llevar agua a su molino significante.


*ver Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, “Macroeconomía del populismo en América Latina”.

Diarios Argentinos