El imperio polaco, un sueño del pasado alentado por la OTAN

Por: Hernando Kleimans

Hace unos años, viviendo en la entonces Unión Soviética, partí a buscar mis ancestros en la ciudad bielorrusa de Riéchitsa. Había sido tremendamente devastada por los nazis, que la ocuparon en 1941 y la mantuvieron hasta noviembre de 1943, cuando las tropas del 65 ejército del general Pável Batov, del 1° Frente de Bielorrusia del Ejército Rojo liquidaron la resistencia alemana.

Viajé en auto desde Minsk, atravesando los cerrados bosques bielorrusos. Pensaba en encontrarme con una aldea, desde la cual mis ancestros viajaron a la Argentina para radicarse en Santa Fe.

Cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con una auténtica ciudad medieval, con murallas y almenas, a la vera del Dniepr superior y ubicada en la encrucijada de principales caminos que desde hacía cinco siglos comunicaban Polonia y Lituania con Bielorrusia y Ucrania. Capital de la Rech Pospolita, el imperio que los reinos polaco y lituano habían instaurado desde el Báltico hasta el Mar Negro, en el siglo XVI.

Un imperio muy belicoso, asociado con los terratenientes prusianos, que guerreaban para enseñorearse de Rusia y de sus comarcas fronterizas conocidas como Ucrania (en ruso, “U Kraína” significa “en la frontera”). Los cosacos ucranianos, conocidos por su habilidad para negociar sus favores, fuera con los polacos, los rusos o a veces a los suecos, finalmente hacia mediados del siglo XVII, dirigidos por su “guetman” Bogdán Jmelnitski, se sublevaron contra el dominio polaco y ante la amenaza de ser derrotados por la Rech Pospolita, juraron fidelidad a Rusia.

A partir de allí, los cosacos se encargaron de cuidar las fronteras del imperio zarista (U Kraína) de turcos en el sur, polacos y suecos en el norte. A cambio, recibían importantes dotaciones del tesoro zarista, así como provisiones, caballerías y armas.

La Rech Pospolita se diluyó ante los golpes del zar y del rey sueco. Pero siempre quedó latente la ambición polaca y lituana de volver a ser imperio. Réchitsa siguió siendo considerada como la antigua capital y Bielorrusia como territorio de la Rech…

Finalizada la primera guerra mundial, en 1918, Polonia volvió a ser un estado soberano luego de la dominación zarista y alemana. Fue conocido como Rech Pospolita II. En 1919 la nueva Rech declaró la guerra al incipiente estado soviético que no pudo finalmente afrontar la contienda y en 1921 se firmó el tratado de paz. Polonia se aseguró extensas regiones en el oeste, a costa de la derrotada Alemania y retomó el control sobre las regiones occidentales de Bielorrusia y Ucrania. En ellas se instauró un régimen colonial y saqueador. Bajo el dictador Iosif Pisuldski, en Polonia se abrieron los primeros campos de concentración.

A raíz del Pacto de Munich en 1938 entre la Alemania nazi, Gran Bretaña y Francia, Polonia se anexó una región lindera de Checoslovaquia, la que incorporó junto con una gran parte de Lituania en el Báltico. En 1939, Hitler exigió la devolución de Gdansk (Dantzig), el gran puerto y ciudad “libre” del Báltico, y reclamó la adhesión de Polonia al pacto antikomintern, dirigido contra la URSS. El führer no recibió las satisfacciones que reclamaba y  81 años atrás invadió y sometió en pocas semanas a sus vecinos orientales.

Días antes, Alemania y la URSS suscribían un pacto de no agresión y por un protocolo secreto, Moscú volvía a asumir el dominio sobre las regiones occidentales de Bielorrusia y Ucrania. Stalin se había cansado de las idas y vueltas de Francia e Inglaterra, que demoraban la firma del tratado de amistad con la Unión Soviética en sus intentos por enfrentarla con Alemania.

Después, dos años después, la Alemania nazi invadía la URSS desde el antiguo territorio polaco. La primera república soviética sojuzgada por el nazismo fue Bielorrusia. Recién en 1944, la operación “Bagratión” del Ejército Rojo, dirigido por los grandes mariscales Gueorgui Zhúkov y Konstantín Rokossovski (polaco de nacimiento) y con la heroica ayuda de los guerrilleros bielorrusos, logró la liberación plena de la república. Minsk, su capital, yacía en ruinas. Casi tres millones de bielorrusos habían perecido. Más de 400.000 fueron esclavizados en Alemania. 209 ciudades fueron destruidas.  619 aldeas fueron quemadas junto con sus habitantes. Más de 10.300 plantas industriales fueron destruidas. El daño material directo equivalió a 35 veces el presupuesto de 1940 de Bielorrusia…

En comparación, Bielorrusia fue el país que más sufrió y perdió en esta guerra. Fue precisamente esta condición la que decidió que, independientemente de ser parte de la URSS, tanto Bielorrusia como Ucrania fueran reconocidas como estados fundadores de la ONU.

En la Unión Soviética postbélica, Bielorrusia ocupó un lugar preponderante. Conocida como el “taller” de la URSS por su enorme potencial industrial, fue también la llave de paso para los primeros ductos que condujeron petróleo y gas a Europa Occidental. En muchos casos sus dos refinerías, en especial la de Mozyrsk, lograron buenas diferencias al vender “caro” el crudo “barato” que le llegaba desde Rusia.

Bielorrusia sufrió directamente la disolución de la URSS, un acto en el que nunca fue debidamente aclarada la conducta de su entonces presidente, Stanislav Shushkiévich quien, junto con sus colegas ucraniano Leonid Kravchuk y ruso, Borís Ieltsin, inconsultamente resolvieron liquidar un estado constituido por otras doce repúblicas, económica, política y socialmente plenamente integradas, con profundas vinculaciones entre ellas.

Cuatro años después, en 1994, un economista agrario, ex director de una granja colectiva, asumió el gobierno. Alexandr Lukashenko tuvo a su cargo la restauración de su república tras calificar la disolución de la URSS como “la catástrofe geopolítica más grande del siglo XX”. Bielorrusia volvió a producir camiones, equipamiento para la minería, maquinaria agrícola, informática…

Dependiente en casi un 90% de la energía proveniente de Rusia y con un enorme flujo comercial hacia el mercado ruso de alimentos, Lukashenko buscó restaurar los lazos políticos con Moscú aunque no se planteó nunca el sometimiento al “hermano mayor”. Aunque existe y funciona la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (la OTSC reúne a Rusia,Bielorrusia, Kazajstán, Armenia, Kirguizia y Tadzhikistán), en 1997 firmó con Ieltsin la creación del Estado Unido Rusia-Bielorrusia, una estructura supranacional que sirve para definir acuerdos económicos, políticas conjuntas de seguridad y defensa y relaciones internacionales.

En 2003, esta tendencia a la unión con Rusia se reflejó en la creación del Espacio Económico Único, conjuntamente con Kazajstán y Ucrania, además de Rusia. En 2015, esta asociación se convirtió en la Unión Económica Euroasiática, a la que adhirieron Armenia y Kirguizia, y negocian su integración China, Cuba, Egipto, Tailandia, Mongolia, India e Israel.

Estos movimientos internacionales le otorgaron a Lukashenko una cierta estabilidad económica que le permitió continuar con un sistema autoritario de gobierno. A lo largo de sus 26 años presidenciales, logró sofocar varios importantes movimientos opositores. Sin embargo, en los últimos tiempos se vio cada vez más presionado, hasta el punto de convocar a una reforma constitucional que determinará, entre otras cosas, el levantamiento del mandato presidencial por tiempo indefinido.

En las últimas elecciones, Lukashenko  fue descartando, siguiendo su ya tradicional estilo, a cuanto opositor se colocó en su camino. Entre ellos, metió presos a sus principales contrincantes, el banquero Viktor Babarico, titular de la filial bielorrusa del Gazprombank ruso y al blogger Serguéi Tijanovski. Esto provocó que la oposición se uniera en torno a la esposa de este último, Svetlana Tijanóvskaia, hasta ese momento traductora de inglés y copropietaria con su marido de un par de empresas de servicios.

Los resultados, por todos conocidos ya, fueron abrumadoramente falsificados según la oposición. Vladimir Putin admitió, diplomáticamente, que se habían registrado incorrecciones y conteos defectuosos. El canciller ruso, Serguéi Lavrov, apuntó que el régimen de Lukashenko había durado demasiado… La oposición lanzó a las calles de las principales ciudades bielorrusas grandes manifestaciones que fueron duramente reprimidas por la milicia (la policía bielorrusa).

Sin embargo, ¿cuáles fueron las consecuencias más evidentes de esta efervescencia? Además de las denuncias casi de rigor de los círculos políticos europeos, sospechosamente cuidadosos en la terminología a emplear, los Estados Unidos desplazaron contingentes militares anteriormente dislocados en Alemania a Polonia, malgrado los refunfuños de Ángela Merkel, ex habitante de la Alemania Oriental y poco afecta a las grandes aventuras. Los países bálticos aproximaron efectivos a las fronteras con Bielorrusia. Se multiplicaron los vuelos “observadores” de aviones militares de los miembros de la OTAN. Refugiada en Lituania y reconocida por Vilnius como “la líder de Bielorrusia”, Tijanovskaia llamó a la resistencia, anunció que desconocería todos los tratados suscriptos con Rusia y convocó a un “consejo de transición” que, rechazando la victoria de Lukashenko, proclamó la gestación de un nuevo gobierno de coalición.

Rusia reconoció el resultado electoral y Vladímir Putin felicitó a Lukashenko, con el que en un pasado reciente no todas fueron rosas. Ambos presidentes intercambiaron hace unosmeses algunos punzantes mensajes y en especial Lukashenko anunció que no se sometería a los dictados del “hermano mayor” y buscó aproximaciones con la Unión Europea. Palabras, claro. Y aunque sigue proclamando su amplio triunfo, presionado por la eficiente diplomacia rusa reconoció que “estuvo sentado demasiado tiempo” en el podio presidencial y propuso convocar de inmediato a una reforma constitucional luego de la cual convocaría a nuevas elecciones anticipadas.

Rusia intenta encuadrar la situación para que no vuelva a suceder el desmadre ucraniano de 2014, cuando Kiev quedó prácticamente en manos de los antiguos nacionalistas de ultraderecha, impulsados y sostenidos por Washington. A la reciente visita de Lukashenko al balneario de Sochi, en el Mar Negro, donde mantuvo largas conversaciones con Putin, le sucedieron importantes maniobras fronterizas conjuntas de tropas rusas y bielorrusas. De cualquier forma, ambos países son miembros de la OTSC que el pasado 4 de septiembre reunió en el centro militar de Kúbinka, a pocos kilómetros de Moscú a sus ministros de defensa y a los de los países miembros de la OCSH (1) que analizaron “temas de seguridad mundial y regional y la consolidación de esfuerzos para contrarrestar las amenazas de desencadenamiento de guerras y conflictos armados”.

El canciller Lavrov enmarcó los esfuerzos de Moscú para calmar la agitación en Minsk, anunciando tratativas para adaptar el tratado del Estado Único a la actual realidad. “Estoy convencido –dijo en un reciente reportaje- que rápidamente la situación se normalizará y se reanudará el trabajo para promover los procesos de integración”.

Esta situación se entremezcla con los bélicos llamados de Varsovia y la amenazante acción cuasi guerrera de Vilnius, alentados por las voces solidarias de la OTAN. Sin embargo, no parece posible el surgimiento y consolidación de una tercera Rech Pospolita, pese a los ambiciosos planes de Polonia y Lituania que, como en la antigüedad, sueñan con un imperio que se extienda “de mar a mar”, entre el Báltico y el Mar Negro, en una Europa Oriental que diagraman como subyugada. Y una vez más, será Moscú la que ponga fin a estas aspiraciones imperiales. “No quisiéramos –dice Lavrov- que los vecinos de Bielorrusia, y nuestros vecinos, incluyendo a Lituania, intentaran dictar su voluntad al pueblo bielorruso y en esencia dirigir procesos en los que la oposición es utilizada ‘a ciegas’”.


Notas

(1) La Organización de Cooperación de Shanghai nuclea a Rusia, China,India, Pakistán, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Tadzhikistán;son observadores Afganistán, Bielorrusia, Irán y Mongolia yasociados en el diálogo Azerbaidzhán, Armenia, Cambodgia,Nepal,Turquía y Shri Lanka. 

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