El imperativo que no será

OPINIÓN. "Lo que esta catástrofe revela sobre la violencia humana contra otros seres humanos, sobre la crueldad y la brutalidad humana, es aterrador. Les presento algunas postales de mi tierra, India".

Este artículo es publicado con el consentimiento del autor y forma parte de un libro próximo a publicarse, Tour du monde de la Covid-19 (S. Kuriyama, O. de Leonardis, C. Sonnenschein, I. Thioub (ed.), Paris, Manucius, 2021.

Traducción: De nuestra redacción. 


La catástrofe de Covid-19 no tiene precedentes. Pero, como nos dice el libro de Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Tampoco lo es la catástrofe del Covid-19. Solo puede comprenderse en los términos de esta paradoja.

Sin embargo, la tendencia general es ver la catástrofe solo como algo sin precedentes, inesperado, incluso inimaginable. Eso nos hace caer en dos quimeras. Una, que se trata de una catástrofe natural. Dos, que la solución radica en un mayor control de la naturaleza. Algo de lo que, como siempre, se encargará la ciencia. Creará una vacuna, con suerte hasta una cura que vencerá al virus.

No considerar la catástrofe como una novedad, como la mayoría de los desastres "naturales" que estallan cada vez con mayor frecuencia, demuestra que fue provocada por el hombre; un subproducto del interminable esfuerzo por conquistar la naturaleza.

Visto así, la catástrofe nos muestra el imperativo lógico de una reforma radical en la que radica exclusivamente la salvación humana, no en la conquista irracional de la Naturaleza. Hablando mal y pronto, el imperativo exige la imposición de límites a la violencia del hombre contra la naturaleza y contra los otros seres humanos.

El imperativo, como la paradoja, continúa olvidado en gran medida. Una solución que requiere un mayor control sobre la Naturaleza y hace que la vida sea mucho más divertida supera ampliamente a una solución que requiere control sobre nosotros y nuestra diversión. Dejando de lado el ruido ambiental ineficaz, la enorme inversión material y psicológica en la vacuna y los medicamentos anti-Covid-19 garantiza que ni siquiera esta catástrofe alterará el destino del imperativo olvidado. Y, por lo tanto, tampoco torcerá el destino de la humanidad.

La violencia contra la naturaleza no se modificó en lo más mínimo. Pero lo que esta catástrofe revela sobre la violencia humana contra otros seres humanos, sobre la crueldad y la brutalidad humana es aterrador. Les presento algunas postales de mi tierra, India. Me temo que no les resultarán ajenas sin importar de dónde son.

Una noche de marzo, el Primer Ministro Modi anunció una cuarentena nacional que comenzaba a la medianoche de ese mismo día. Algo difícil para cualquiera, excepto para los extremadamente ricos, que creó una situación imposible para los pobres, es decir la abrumadora mayoría de los indios. Los más vulnerables eran, y son, quienes dependen de ingresos diarios y los trabajadores independientes que emigraron del campo a las grandes ciudades. No tenían ahorros para pagar el alquiler y evitar el hambre. En cuanto al autoaislamiento que la cuarentena garantizaba teóricamente, ellos viven apiñados en viviendas minúsculas.

Exigieron que se los repatriara. Dado que el gobierno no hizo nada; es más, prohibió el traslado de personas durante la cuarentena, hordas de personas pobres, hombres, mujeres y niños, comenzaron a regresar a pie. A menudo, dado que se veían obligados a eludir los controles policiales apostados para evitar su éxodo, caminaban por las vías del tren. Agotados por la caminata, un grupo de veinte personas decidió descansar sobre los rieles y se quedaron dormidos, pensando que los trenes no funcionarían durante la cuarentena. Dieciséis de ellos fueron aplastados por un tren de carga. Muchos más han sido atropellados por vehículos en las carreteras.

La cuarentena está en su tercer mes y el verano indio está en su peor momento. El gobierno finalmente dispuso un servicio de trenes especiales, que son demasiado pocos para los millones de migrantes varados. Contrariamente al discurso oficial, los repatriados empobrecidos están pagando sus viajes. Poniendo en evidencia una pésima gestión y una enorme apatía, ha habido casos de trenes que llegaban a los destinos equivocados.

Si semejante apatía por la gran mayoría del electorado parece inexplicable en una democracia, todavía hay más. Muchos gobiernos provinciales, más allá de las diferencias políticas, han suspendido leyes laborales clave que protegen los derechos básicos de los trabajadores. Han introducido la jornada laboral de doce horas y han eliminado el salario mínimo legal.

Tan autoritaria como mayoritaria, la dispensa de Modi se ha abusado más todavía de esta emergencia de salud para perseguir a los musulmanes y para silenciar a sus críticos.

Y, en estas horas oscuras, la Corte Suprema de India ha olvidado tanto los valores humanos básicos como sus obligaciones constitucionales.


Sobre el autor

Sudhir Chandra es historiador y uno de los mayores especialistas mundiales de Gandhi. 


Versión original


The Imperative that Shall Not Be


The Covid-19 catastrophe is unprecedented. But, as the Ecclesiastes tells us, there is nothing new under the sun. Nor so is the Covid-19 catastrophe. Only in terms of this paradox can it be understood.

The general tendency, however, is to see the catastrophe only as unprecedented, unexpected, even unimaginable. That lulls us into two illusions. One, this is a natural catastrophe. Two, the solution lies in greater control over Nature. That, as always, science will do for us. It will bring a vaccine, hopefully even a cure, rendering the virus toothless.

Seeing the catastrophe as not new shows it to be, like most ‘natural’ disasters that now erupt with increasing frequency, man-made; a by-product of the never-ending endeavour to conquer Nature.

Seen thus, the catastrophe shows us the logical imperative of a radical overhaul in which alone, not in mindless conquest of Nature, lies human salvation. Baldly stated, the imperative calls for limits to man’s violence against Nature and against fellow human beings.

The imperative, like the paradox, remains largely neglected. A solution that requires greater control over Nature and makes life so much more fun, scores over one that requires control over ourselves and our fun. Ineffectual environmental noises apart, the massive material and psychological investment in anti-Covid-19 vaccine and medication guarantees that even this catastrophe will not alter the fate of the neglected imperative. Nor, consequently, the fate of human kind.

Violence against Nature is business as usual. But what this catastrophe throws up of human violence against fellow human beings – of human cruelty and ruthlessness – is frightening. Here are some snapshots from my land, India. These, I fear, may not appear very unfamilar to you, no matter where you are from.

One March evening Prime Minister Modi announced a nation-wide lockdown, beginning the same mid-night. Hard for anyone, except for the super-rich, this created an impossible situation for the poor, which means the overwhelming majority of Indians. The most vulnerable of them were – are – the daily wage-earners and self-employed who had migrated from the countryside to large cities. They had no savings to pay their rent and to stave off starvation. As for the self-quarantine that the lock-down was meant to ensure, they were in any case cooped up in tiny cramped accommodations.

They demanded to be sent back to their homes. The government doing nothing, indeed forbidding movement during the lockdown, hordes of them – men, women and children – started walking back. Often, obliged to dodge the police deployed to prevent their exodus, they walked along railway tracks. Exhausted from walking, a group of twenty of them decided to rest on the rails and fell asleep, believing that no trains were running during the lockdown. Sixteen of them were crushed to death by a goods train. Many more have been run over by vehicles on the roads.

The lockdown is into its third month, and the Indian summer at its worst. The government is finally running special trains, which are far too few for the millions of stranded migrants. Contrary to official assurances, the pauperised returnees are paying for their journey. Betraying massive mismanagement and apathy, there have been instances of trains reaching wrong destinations.

If such apathy for the vast majority of the electorate seems inexplicable in a democracy, there is more. Many provincial governments across the political divide have suspended key labour laws that safeguard the workers’ basic rights. They have introduced a twelve-hour working day, and done away with the statutory minimum wage.

As authoritarian as it is majoritarian, the Modi dispensation has further abused this health emergency to persecute the Muslims and to gag its critics.

And, in this dark hour, India’s Supreme Court has forgotten elementary human values along with its constitutional obligation.

Diarios Argentinos