El futuro de los Estados Unidos de MAGA

OPINION. El gobierno de un presidente violento y racista que se niega reconocer su derrota en las urnas permitió que una imagen digna de Hollywood se haga realidad.


Los cuatro años de mandato de Donald Trump y su famoso lema de Make America Great Again (MAGA) dirigió el famoso american dream a categorías impensadas hace unos años atrás. El gobierno de un presidente violento y racista que se niega reconocer su derrota en las urnas permitió que una imagen digna de Hollywood se haga realidad. Los Estados Unidos, dicen, son una “tierra de oportunidades” donde cualquier objetivo es realizable, y en los Estados Unidos de Trump aún más.

La jornada violenta del miércoles fue excepcional porque fue la primera vez que ocurrió desde que lo asaltaron las tropas británicas en 1812, pero no fue sorpresivo. Fue consecuencia directa de cuatro años de Trump, de la promoción de sus teorías conspirativas, sus infundadas denuncias de fraude y su deseo de mantenerse en el poder. “Vamos a tener que ver qué pasa”, dijo durante la campaña presidencial al ser consultado si reconocería los resultados. “Retrocedan y esperen”, les dijo a los supremacistas de Proud Boys en un debate y el miércoles incentivó a sus seguidores a “no ceder” y “recuperar nuestro país”. Lo que debía ser un evento burocrático y sencillo se convirtió en un acontecimiento único con cinco muertes que repercutirá tanto al interior como al exterior del país con consecuencias todavía desconocidas.


El futuro republicano

La presidencia de Trump puso en debate algunas premisas del Partido Republicano, especialmente en materia económica y comercial. A pesar de las esperanzas de muchos, la institución no logró ni dominarlo ni calmarlo. Trump ganó en 2016 como un outsider y se retira de la presidencia con doce millones de votos más en la canasta. En su mandato dio forma a un movimiento previo a su gobierno, que sobrevivirá al 20 de enero y que promete ser una oposición encarnizada y violenta contra Biden: el trumpismo. Ciento de personas, entre ellas supremacistas blancos, racistas, neonazis, defensores de la tenencia de armas, seguidores de teorías conspirativas y militantes del descabellado mundo QAnon, tomaron uno de los edificios más importante del país luego de haber sido incitados durante meses por Trump: “Nunca vamos a recuperar nuestro país con debilidad”, les dijo y le respondieron con acciones. El futuro de esta corriente pasa por dos preguntas: ¿Qué rol ocupará Trump fuera del gobierno y cómo convivirá el trumpismo en el sistema partidario? ¿Lo de este miércoles fue el final de su legado y su último manotazo de ahogado o fue el principio de una nueva etapa todavía desconocida? 

Según una encuesta de Gallup el 82% de sus votantes aseguran que Biden no es un presidente legítimo y según YouGov el 68% de los republicanos afirma que la toma del Capitolio no representa una amenaza a la democracia. Trump se irá, pero su electorado persistirá. ¿Qué rol ocupará el magnate? Resulta difícil de imaginar a un amante de las redes sociales y de la polarización retirarse a Miami y dedicarse a vender su autobiografía. ¿Cómo articulará el partido con el hombre a partir del 20 de enero? Algunos líderes dan muestras de querer alejarse y marcar distancia, pero son conscientes que el trumpismo llegó para quedarse y que las elecciones se ganan con votos y, en parte, con esos votos. A partir de ahora entrará en juego el desafío de romper con el magnate, y ganarse su odio y desprecio, y con ello a una importante base electoral, o mantenerse cerca y seguir alimentándolo. El desafío será la articulación entre el partido y el movimiento con el latente riesgo de que el hombre cope la institución, como se vivió en estos cuatro años.

Cuando la sesión parlamentaria del miércoles se retomó, casi 120 parlamentarios republicanos objetaron los resultados electorales, entre ellos el senador Ted Cruz. Es decir, a pesar de los incidentes, de las huidas apuradas con máscaras de gas y el despliegue de un equipo SWAT en el Capitolio un importante sector republicano persistió en sus denuncias de fraude en Arizona y Pennsylvania. El desafío que acecha al Partido Republicano será la disputa entre el establishment y lo outsider: republicanismo vs. trumpismo. Los republicanos ocuparon y cerraron muchos parlamentos en el extranjero, pero nunca el suyo y el coqueteo político con bases extremistas ya ha demostrado tener un costo muy alto. ¿Quién dominará a quién? Si la discusión no se resuelve a favor de la arrogancia y los caprichos de Trump, ¿El magnate sería capaz de lanzar su propio partido y amenazar el histórico bipartidismo nacional? En estos cuatro años ha demostrado no temerle a poner en jaque a su propio país. Este debate marcará el rol del partido en la oposición y su futuro papel en la democracia nacional.


El futuro demócrata 

Para Joe Biden lo que ocurrió el miércoles fue “un asalto a las instituciones” liderado por “terroristas domésticos”. La senadora Elizabeth Warren y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, lo definieron como “un intento de golpe de estado”. Una correcta caracterización de lo que ocurrió por parte de las distintas sectores que existen al interior de la coalición electa será fundamental para determinar las acciones a tomar al respecto. Sobre la mesa hay tres principales opciones, con sus costos y desafíos: juicio político, destitución a través de la 25° Enmienda o pasar página para “cerra heridas”. Las tres lideradas por un presidente electo de 78 años que mantiene un discurso soso de unidad nacional y “salir de la oscuridad” que no encuentra resonancias ni respuestas en una base opositora cada día más violenta e intransigente.

El problema del juicio político es el tiempo. El 20 de enero Trump abandona la Casa Blanca y en condiciones normales un puñado de días no son suficientes para destituirlo y, además, tampoco alcanzarían los votos en el Senado. El recurso de la 25° Enmienda, que permite que el gabinete nacional cese al presidente al declararlo “imposibilitado para ejercer los poderes y obligaciones de su cargo” quedó descartada luego del rechazo del vicepresidente, Mike Pence. De todas maneras, la opción más peligrosa es la de no hacer nada y dejar que la toma del Capitolio no sea investigada, ni juzgada ni condenada ya que marcaría un peligroso antecedente. Entre este abanico de opciones el partido deberá optar por la más conveniente para que no vuelva a ocurrir y los responsables paguen por la misma.

Lo que también deberá hacer el partido es fortalecer al propio Biden, un presidente que todavía no asumió pero que debe lidiar con una de las crisis internas más graves de la historia nacional. La base trumpista reafirmó ser extremadamente violenta e irascible. En estas condiciones su discurso de unidad nacional parece no sortear las adversidades políticas y se dirige a caer en una profunda división que ya fracturó a la sociedad. Además, la mayoría que ostentará el gobierno en ambas cámaras legislativas será frágil y de apenas un voto, el de la vicepresidente Kamala Harris, en el Senado. Será una presidencia débil, obligada a negociar con la representación institucional de una oposición que anticipa no hacerle la vida fácil.

Asimismo, deberán tomar real conciencia y dimensión del trumpismo y dejar de analizarlo como una anomalía de pronta disolución. “Las escenas del Capitolio no representa quiénes somos”, dijo Biden en la misma sintonía de algunos representantes demócratas deseosos de salvar el orgullo nacional. Pueden no ser una mayoría, pero los extremistas que ingresaron al capitolio son estadounidenses y el trumpismo es la expresión política de importantes sectores sociales que no anticipa abandonar el escenario político en el corto plazo. Observarlo como una anomalía y desligar las responsabilidades instituciones y políticas para enfrentar y tratar esta amenaza es una equivocación que puede provocar serios errores en el futuro. No será una mayoría, pero sí es estadounidense. Sí es América.

La toma violenta del Capitolio representa una seria amenaza para la democracia estadounidense y del mundo que provocará serias consecuencias. La clase política no puede arrogarse la incredulidad de lo inesperado como un justificativo porque fue consecuencia directa de cuatro años de odio y polarización. Si el anhelo es que las escenas del miércoles no se vuelvan a repetir, estos interrogantes que se avecinan para el futuro de los Estados Unidos deberán ser analizados y resueltos.

Diarios Argentinos