¿El fin de las mayorías? Los partidos y la representación

Por: Federico Aranda


Desde hace ya varias décadas los analistas políticos han instalado en el imaginario de una gran parte de la sociedad dos ideas íntimamente relacionadas. Por un lado, la existencia de una crisis de representación que parece irresoluble, por el otro, el inevitable ocaso de los partidos políticos tradicionales.

En diversas formulaciones estos argumentos se reproducen en los medios de comunicación dando por válidos presupuestos o simplificando procesos políticos complejos. En vez de construir conocimiento a partir del análisis de nuestra realidad, se recortan o se fuerzan los hechos para que encajen dentro de estructuras teóricas predeterminadas, y con frecuencia, importadas desde academias extranjeras.

Bastará para satisfacer el propósito de este breve artículo poner de manifiesto las contradicciones, en algunos casos manifiestas, entre estos discursos que cuentan con gran legitimidad y lo que observamos suceder a nuestro alrededor desde hace décadas. No se pretende originalidad, ya que lo que aquí se mencionará es tema de trabajo de muchos colegas, sino solo poner en cuestión opiniones que se dan por sentadas y que no solo configuran nuestra visión de la realidad sino también la forma en la que actuamos en ella.

Las nociones de crisis de los partidos y de la representación se muestran útiles para describir el cuadro que vemos en la actualidad. Indudablemente los partidos políticos de hoy no funcionan de la misma forma en que lo hacían hace cincuenta años. En principio esta afirmación no amerita una carga valorativa determinada y, además, podría extenderse a la mayoría de las instituciones de nuestra sociedad. ¿Acaso la escuela pública, la iglesia, la familia...no han sufrido enormes cambios en relación a cómo las conocíamos? De la misma forma, los vínculos entre alumnos y docentes o las relaciones intrafamiliares se han transformado ¿por qué en este contexto dinámico el lazo entre representantes-representados debería de haber permanecido inmutado?

Que tanto la forma en la que entendemos a la representación política como el rol que cumplen los partidos políticos en nuestra sociedad se haya transformado no debería significar algo negativo en sí mismo. Vemos entonces que la cuestión requiere enfocarse en el valor que se le asigna a ese cambio. Y en ese sentido, vemos imperar un diagnóstico que parece demostrarnos que los mecanismos de representación política y los partidos de hace medio siglo funcionaban mucho mejor que en el presente. Pero ¿podemos afirmar eso? La respuesta es no. Como mínimo, no de forma tan obvia como intentan exponernos.

A la hora de evaluar el desempeño de los partidos en nuestro sistema político existen diversos factores que deberían ser tenidos en cuenta para poder hablar con un mayor nivel de precisión (por no decir de seriedad) sobre la fortaleza o debilidad de estas organizaciones y el rol que cumplen en la práctica política concreta. Descartando la torpeza de los cometarios que hablan de un peronismo fragmentado a nivel nacional por el simple hecho de que hay “peronistas” en las principales listas de precandidatos, es necesario ser cuidadosos a la hora de evaluar cómo funcionan las instituciones partidarias en sus diversos niveles. Como sabemos, la organización política de nuestro Estado es federal y se integra con tres niveles de gobierno. Cualquier evaluación sobre cómo funcionan los partidos políticos en la sociedad no puede prescindir de este dato. No solo existen enormes diferencias en el rol que los partidos cumplen en el escenario nacional, provincial o en la instancia municipal sino también en la forma que funcionan en un distrito o en otro. Es decir, la manera en la que partidos como el PJ o la UCR se desempeñan a nivel nacional cambia sustancialmente respecto a cómo esos partidos pueden vincularse con sus electorados en el nivel local. Del mismo modo el rol que cumplen esos partidos, por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires, es totalmente distinto a la importancia que esas organizaciones pueden tener en provincias como San Juan o Mendoza.

Otra hipótesis que suele sostenerse sin mucha fundamentación es que en el presente la sociedad ya no vota por ideas o programas claros y que los partidos están sucumbiendo frente a la emergencia de líderes personalistas que evitan los discursos con contenido ideológico para girar en torno a conceptos vagos. Esta afirmación ha tenido una amplia penetración en el sentido común de la sociedad e incluso en la propia dirigencia que, exceso de marketing mediante, contribuye a un proceso de empobrecimiento del discurso político creyendo obtener así las simpatías necesarias para lograr el éxito electoral. ¿En qué momento nos convencimos de esa idea? ¿Acaso hubo una época de nuestra historia donde la ciudadanía en las semanas previas a las elecciones reclamara desesperada por los documentos con las plataformas electorales de cada partido? ¿Existió un tiempo en el que las familias enteras debatían en largas sobremesas sobre el modelo económico que convenía a nuestro país? ¿Cuándo dejaron las librerías de vender miles y miles de ejemplares de teoría o filosofía política para pasar a ocupar sus stands con libros de coaching ontológico? ¿Era mejor el periodismo de Neustadt que el de Majul? ¿El programa de Grondona que el de Lanata? Tal vez aquella idea nostálgica de que todo tiempo pasado fue mejor permea la conciencia de quienes sostienen esta interpretación. Lo que teníamos antes era política de la buena, ahora, todo es pose y superficialidad...quizás el pasado nunca fue tan bueno, quizás el presente no es en realidad tan malo.

Según ese discurso el rol de los partidos pierde importancia, ahora el eje esta puesto en líderes imbuidos de un personalismo extremo. Pero, suponiendo que los partidos ya no tienen tanto peso (hipótesis, como señalamos, muy debatible) frente a la preeminencia de liderazgos carismáticos, ¿cuándo sucedió ese cambio? ¿Cuál era el vínculo de dirigentes como Menem o Alfonsín con sus partidos? ¿Cuál fue el rol del propio Perón desde la construcción del movimiento justicialista hasta su muerte? Con esto no se esta negando el fenómeno de personalización de la política o la organización de los partidos en torno a la figuras que brindan más posibilidades de éxito en los comicios. Lo que cuestionamos es que este fenómeno sea la gran novedad del tiempo presente.

Cuando observamos lo que sucede a nuestro alrededor vemos que los partidos políticos continúan teniendo un rol central en la organización territorial y en la administración de recursos de las principales fuerzas políticas (en los casos del PJ en el Frente de Todos y de la UCR en Juntos por el Cambio esto se aprecia claramente). Parece que la sociedad, al igual que hace cincuenta años, continua decidiendo su voto en base a criterios que poco tienen que ver con una lectura racional de programas o plataformas de campaña y más con la apropiación de significantes y la construcción de identidades. Si en ese proceso de identificación el partido de antaño cedió lugar a la figura del dirigente moderno, es un interrogante que deberemos dejar para otra ocasión. Pero sostener que en la actualidad la supuesta crisis de los partidos y de la representación desemboca en elecciones que “dejan de ser una contienda entre opciones políticas diferentes para convertirse en una simple selección de gestores de lo público” *, es distorsionar no solo la teoría sino la propia realidad.

Quienes desde la académica, las redacciones o las editoriales insisten en señalar que los partidos han muerto, que nuestra dirigencia no representa a nadie o que la competencia electoral se reduce a una pugna de vanidades entre los candidatos, parecen más interesados en imponer una lectura sobre la política que en intentar describirla. ¿Quiénes ganan con la crítica a los partidos políticos? ¿A quiénes conviene que se extienda la idea de que nuestros políticos no son representativos o que expresan liderazgos sin ideas? En la operación que pretende convencer a los ciudadanos de que todo es lo mismo, de que la política fue vaciada de sentido y de que nuestros políticos no están en condiciones de representar al pueblo tal vez se esconda otra intención: la eterna voluntad de un grupo de privilegiados de generar rechazo hacia la política y de alejar a las mayorías de la única herramienta con la que cuentan para hacer de nuestra patria un lugar donde finalmente reinen el amor y la igualdad.



* “El fin de las mayorías. Eclipse y fragmentación de los partidos políticos” publicada por La Nación en su edición del pasado domingo 4/08/2019.

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