El caso “botella de vino”

Julián Axat nos trae la sexta entrega de sus aguafuertes semanales: “memorias de un defensor de pibes chorros”. Esta vez, la crónica sobre el robo de una botella de vino barato, que en 2011 terminó llegando a la Suprema Corte, convirtiéndose en una parodia absurda del sistema penal juvenil.

a Tatá Rodríguez, 

que, a veces, brinda por este caso


Así como el filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios; el llamado delincuente producirá delitos…

Pero el delincuente no produce solamente delitos: produce, además: el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una "mercancía" (lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional). Pero además, el delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo.

Siempre me fascinó esta hipótesis de Marx (Historia crítica de la teoría de la Plusvalía, México, FCE, 1945, T.1, Pág. 217), pero nunca creí que la iba  poder demostrar con un caso concreto. Pues la historia comienza así:

Mariano tiene 16 años, vive en los Altos de San Lorenzo, y ese día llega temprano al centro de la ciudadde La Plata donde cuida coches y limpia vidrios. Esa tarde, luego de la jornada, decide tomarse un vino con un amigo llamado Agustín; por lo que se dirigen a pocas cuadras, al pequeño supermercado que funciona sobre plaza Italia, y que todo el mundo conoce por el nombre de su dueño: “Aníbal”.

Aníbal suele estar abierto hasta tarde, y se especializa en la expedición de alcohol a todo el mundo y a toda hora.  Hasta allí llegan Mariano y Agustín, ingresan al local y eligen una botella de vino de mesa, cuyo valor –por entonces– ronda los siete pesos. Al dirigirse a la caja a pagarlo, el dueño, a quien conocen y quien ya les ha vendido en otras oportunidades (pero con quien últimamente no están en buenos términos), se interpone en el camino y se niega a venderles la botella. Por lo que se trenzan en una discusión que se eleva de tono.

En algún momento, los jóvenes arrojan los siete pesos sobre el mostrador mostrando la intención de pago y buscan salir; cuestión que es impedida por personal de seguridad del local. Entonces Mariano toma la botella por el pico, la rompe y amenaza que lo dejen salir. Salen. Pero a media cuadra son detenidos por la policía.


(Foto: Coti López. Diarios de época sobre caso “botella de vino”)


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Corría el 23 de noviembre de 2011. Mi defensoría se encontraba de turno. Esa misma tarde son traídos esposados Mariano y Agustín, para que los asesore antes de prestar declaración indagatoria ante el fiscal. El delito: Tentativa de robo agravado y daño. Ninguno tenía antecedentes. Solo algunas caídas en comisaría, pero no por motivos delictivos.

Ambos estaban bastante golpeados, así que realicé un informe de situación por apremios ilegales, y les aconsejé que declaren la verdad de lo sucedido; de modo de descartar toda idea de un robo. Claro que esto dependía que lográsemos –luego– apoyarnos en algún indicio o testimonio que pudiera corroborar que los jóvenes habían querido pagar la botella, y todo había sido producto de un equívoco y acalorada discusión que culminara con el daño a un bien ajeno.

La declaración de los jóvenes fue creíble. No así la de la víctima, el dueño del comercio, el conocido Aníbal que en su testimonio, no era claro si lo habían pretendido robar o solo lo habían amenazado después de la acalorada discusión. Era obvio que no iba a reconocer que les vendía bebida a menores de edad y que, la discusión con ellos, guardaba otro trasfondo… Pero aun así, el fiscal decidió solicitar la prisión preventiva por seis meses de ambos jóvenes, que la jueza concedió sin más, por entender –además– que estaban en situación de calle. Descartando de plano mis planteos de insignificancia y cambio de carátula de robo, a simple daño.

Recuerdo durante la audiencia la situación insólita de los jóvenes que intentaban explicarle a la jueza que habían pagado la botella y que no querían robarla.

– Jueza: ¿Les quiero preguntar a los chicos si quieren decir algo más?

–Jóvenes “M” y “A”: Estamos arrepentidos…

–Joven “M”: yo estoy arrepentido de lo que hice, y fue un mal entendido.

–Joven “A”: yo también…

–Joven “M”: Y se lo vamos a pagar. Le vamos a devolver cien pesos por el daño de la botella.

- Jueza: Igual esto no es un tema puramente económico…

(Fragmento de la audiencia)

El precio de la botella, si bien como decía la jueza, no era el eje; constituía un hecho risible y de inevitable mención que trastocaba los fundamentos del sistema que nos llevaba a todos a ese lugar.


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Inmediatamente los diarios se hicieron eco de lo absurdo del caso (prácticamente todos los comentarios de los lectores hacían hincapié en el precio de la botella y en la mala calidad del vino en cuestión), por lo que ante varias consultas de la prensa y, siempre reservando el nombre de los jóvenes imputados, mis explicaciones hicieron eco de esa indignación popular y giraron en torno a la utilización y el empeño desmedido del sistema penal para perseguir el robo de gallinas (en este caso las botellas de vino) y el poco esfuerzo demostrado respecto de los crímenes graves y de guante blanco (véase por ejemplo la nota publicada por el matutino Página/12: “Dos chicos presos por robarse una botella de vino”: https://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-157856-2010-12-01.html).

Las apelaciones para impugnar la prisión preventiva dictada en contra de los jóvenes las interpuse de inmediato, a través de un habeas corpus. Expuse el concepto de insignificancia y bagatela, haciendo un razonamiento sobre la desproporción entre la respuesta punitiva (seis meses presos) y el valor del bien (siete pesos). Pero también la mirada tutelar que, sin antecedentes de ningún tipo, los encerraba por estar en situación de calle, encima cuando el delito de robo no era del todo claro.

Los camaristas los entrevistaron y me dieron parte de la razón, liberando solo a Agustín, quien había sido espectador de la maniobra violenta de Mariano con la botella. Es a partir de allí, que comienza el derrotero de este último por varios Institutos de Niños y Adolescentes, y la apelación ante la Suprema Corte que exponía la cifra aritmética entre el valor del bien en cuestión y el costo total del proceso.


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Quizás este caso, sea, el ejemplo más gráfico o nítido que haya tenido al alcance, para comprender (deconstruir) cómo se sostiene o necesita reproducirse la matriz (la Mátrix) de los casos que hay que consumir para continuar existiendo, y así legitimarse o validarse como sistema.

La aritmética punitiva del caso “botella de vino” está vinculado con la cita de Marx que da inicio a esta nota, pero también al plus-valor que tiene la justificación de todo el sistema penal judicial para que exista como tal.

La cuenta es la siguiente:

1 Botella de vino = $ 7 = $ 40 mil (mi sueldo como defensor en ese entonces) + $ 40 mil (sueldo del fiscal de menores en ese entonces) + $ 40 mil (sueldo del juez de menores en ese entonces) + $ 60 mil x 3 (sueldo de cada Camarista que trató el recurso) + $120mil x 6 (sueldo de los 6 jueces de la Suprema Corte que tenían para tratar el recurso extraordinario) = $ TOTAL 1.020.000

Esta larga cuenta la introduje en el recurso de apelación ante la Corte, pero también surge en forma de poema escrito a cuatro manos junto al mismo Mariano y que luego publiqué en mi libro Musulmán o biopoética (2013), en forma de hip hop.

Es decir, el precio real de todo el proceso desencadenado por el caso “botella de vino”, multiplica su valor de mercado como bien, convirtiéndolo en un bien suntuario por todo el esfuerzo laboral-judicial reflejado en términos de precio (o costo) laboral de los operadores que giran en torno a él.

1 Botella de vino de $7 = $ 1.020.000

El “fetichismo” criminológico de esta mercancía, resulta de inflar el precio de mercado del bien jurídico protegido inicial, alienando o nublando los ojos de aquellos que –kafkianamente– agregan cadena de valor en función del objeto, hasta hacerlo infinitamente más caro.

Desde hace unos años circulaba (aun circula) una mirada sobre la importancia de perseguir bagatelas y poner a funcionar toda la costosa maquinaria con ellas.

El ex Alcalde de Nueva York, el derechista Rudy Giuliani, hizo famosa la llamada “teoría de la ventana rota”, por la cual los pequeños actos vandálicos deben ser perseguidos como si fueran graves delitos, incluyendo la rotura de ventanas u otras incivilidades; pues a la larga, si no se penalizan de entrada, se convierten en un mal ejemplo que tiende a transformarse en hechos más graves.

¿Y si fuera a la inversa y persiguiendo todo lo grave, dejara de existir todo lo leve?

Pero no, los jueces y fiscales de este país, honran desde hace tiempo –y sin saberlo–, la doctrina puesta en práctica por Giuliani. Pues todo el sistema penal de la Provincia de Buenos Aires estaba y está construido internamente por la economía de este tipo de persecución de pequeños hechos que, a la vez, fabrican su economía cotidiana de valor del sistema, multiplicando el valor de lo ínfimo.

Como la parte en el todo. El todo en la parte. La criminalización del caso “botella de vino” era todo el sistema penal y viceversa: todo el sistema penal no tenía sentido sin que funcionasen gracias a miles de casos “botella de vino” administrados por una banal y costosa burocracia capaz de elevar el precio de cada pequeño objeto protegido.

En la deconstrucción de la picadora de carne: metáfora del pequeño elemento del sistema en el que están reunidos –a la vez– todos los elementos del sistema. Dijimos sistema costoso para perseguir lo banal (en salarios de jueces, fiscales, defensores, mobiliario, empleados, edificios, alcaldías, oficinas, etc.). Lo banal como trascendente. Gasto inútil o útil para seguir reproduciendo la desigualdad social.

Bienvenidos a “la Mátrix” de nuestro sistema penal.


*


Todavía cierro los ojos y recuerdo los dos fragmentos de la botella apoyados allí, al lado de la jueza y del expediente, exhibida en una bolsa sobre el mostrador.

“Reírse por no llorar” dice la frase hecha. Como quien asiste a escenas de teatro de la comedia, pero que en el fondo, se da cuenta que lo cómico proviene de un hecho trágico o bien del absurdo.

La botella rota a la mitad, con la etiqueta roja de la marca del vino barato.

Elemento miserable del mundo atrayendo la mirada a la audiencia, como sortilegio que encandila para siempre a los que la contemplan.

Un elemento que, por su sola existencia, habla más y mejor de lo que hablamos aquellos que la rodeamos con palabrería inútil. Y como si al estar quebrada, hubiera dejado salir un genio atrapado. El genio maligno que sale, pero habla de la verdad, a través de los detalles.

¿En ciertos detalles está Dios o está el diablo?

La Suprema Corte nunca terminó de tratar mi costoso recurso extraordinario, porque Mariano un día se fugó del Instituto de Menores.

Y yo, nunca más, tuve noticias de él.


Sobre el autor: Julián Axat es escritor y abogado.

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