El cansancio que inhibe

La ansiedad se ha metido en nuestras vidas con su efecto dominante sobre las motivaciones y la realización de metas cada vez más ambiciosas.

La vida cotidiana exige respuestas inmediatas en las distintas áreas: trabajo, familia, hijos, vida amorosa, vida social, etc. Es posible que no demos abasto ante tantas demandas; es posible que ni nos quede tiempo para pensar si lo que hacemos es congruente con nuestros deseos o sólo estamos reproduciendo conductas estereotipadas. La ansiedad se ha metido en nuestras vidas con su efecto dominante sobre las motivaciones y la realización de metas cada vez más ambiciosas. Apenas concretamos un objetivo cuando ya existe otro en espera. Es posible que la adaptación del psiquismo a las exigencias de la vida sea más lenta que la asimilación del bombardeo constante de información. El mundo interior requiere tiempo para la reflexión y la selección de las respuestas según las prioridades. Las preocupaciones que se agolpan en nuestra mente se presentan con igual grado de inquietud: todo nos parece importante y urgente, cuando seguramente algunas de ellas lo son, y las otras podrían esperar su proceso. El resultado de la tanta carga interna origina una sensación de alerta: creemos que algo malo va ocurrir. No sabemos cuándo, ni dónde, ni por qué. Lo que sentimos remite a un estado de incertidumbre que no podemos explicar ni justificar por las circunstancias que estamos viviendo. Tanta preocupación y alerta desmedida es irracional. Seguramente hacemos un chequeo de las cosas que nos suceden en ese momento y no hay nada que explique tal grado de intranquilidad. Claro que mantener esa tensión interna tienen sus costos en el estado general: impaciencia, irritabilidad, dificultad para poner la mente en blanco, contracturas musculares, dificultades para dormir, problemas físicos (gastritis, colon irritable, eczemas, etc.) y una profunda sensación de cansancio o fatiga. Este último síntoma acompaña al estrés, a los trastornos de ansiedad y a la depresión. La fatiga suele parecer lentamente, en forma solapada, sin que la persona en un principio se dé cuenta de su importancia. Las mujeres son las más afectadas y repercute en todas las áreas en las que se desenvuelven.

Los síntomas de agotamiento han sido clasificados en: cansancio físico y cansancio mental.


Cansancio físico:

“Me canso con facilidad”

“Necesito descansar más”

“Me siento dormido o somnoliento”

“ya no puedo empezar nada”

“Siempre me falta energía”

“Tengo menos fuerza en los músculos”

“No tengo deseo ni fantasías sexuales”


Cansancio mental

“Tengo problemas para concentrarme”

“Tengo problemas para pensar con claridad”

“Tengo muchos actos fallidos o no encuentro la palabra justa”

“Tengo problemas de visión”

“Tengo problemas de memoria”

“Ni pienso en hacer el amor”


Ante la presencia de cansancio o agotamiento es importante evaluar las causas orgánicas que podrían estar causando el problema o ser confluyentes con problemas emocionales. Existen enfermedades orgánicas como el hipotiroidismo, la anemia o cardiovasculares que hay que descartar. El cansancio que proviene de los cuadros de ansiedad se siente como un agobio que impide cumplir con las actividades diarias, así como también el sujeto pierde la capacidad para disfrutar. Es frecuente que este síntoma tan molesto deje a la persona sin entusiasmo, desganada y sin posibilidad de pensar en proyectos futuros. Las madres no tienen energía para acompañar a sus hijos en los juegos y tareas, o deben hacer un enorme esfuerzo para mantenerse activas. La vida social se restringe: no hay ganas de hablar con familiares o amigos, tampoco de temas de pareja. El cansancio es un síntoma tan frecuente que forma parte de la mayoría de las consultas médicas y psicológicas. Una profunda evaluación de los factores causales permite el abordaje terapéutico específico. Más allá de las acciones profesionales específicas, decidirse por un cambio en los hábitos de vida es fundamental. El ejercicio diario de seleccionar los problemas por su importancia, darnos el tiempo para tomar decisiones, aprender a delegar y a compartir para no echar por sobre nuestras espaldas la responsabilidad de las situaciones vividas, aprovechar los momentos libres para realizar actividades placenteras, son algunas de las pautas saludables que hay que internalizar y sostener.

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