El cambio de Cambiemos: las cartas están marcadas

Por: Martín Astarita


Empezó oficialmente la campaña electoral y el gobierno, luego de un extenso letargo, parece haber retomado la iniciativa. Es posible identificar algunos elementos de su estrategia que representan una diferencia significativa con respecto a cómo perfiló su campaña cuatro años atrás. Veamos.


Negatividad. En 2015, la campaña de Cambiemos fue, en términos generales, “positiva”, alegre. Predominaron los globos y la revolución de la alegría fue un lema contagioso. Pareció existir una división del trabajo: mientras los grandes medios y un sector de la justicia se encargaron de la campaña sucia y negativa contra el kirchnerismo, Macri y su equipo se dedicaron mayormente a bailar y sonreír. Esta positividad tenía cierto correlato con la línea discursiva central de Cambiemos, consistente en una crítica al gobierno anterior que buscaba ser constructiva. Se trataba, en esencia, de impulsar un cambio que lograra conservar las cosas buenas del período 2003-2015. Fue la mentada caprilización, tan en boga por aquel entonces no solo en la Argentina sino también en otros países de la región.

El enfoque general de la campaña de Juntos por el Cambio en 2019, por el contrario, está marcado por la negatividad y la agresividad. Y ello, lógicamente, va acompañado de un viraje respecto de cómo interpretar no solo el período 2003-2015. El marco temporal se ha extendido a unos imprecisos 70 años, con el correlato de una ampliación en el “sujeto” causante de la desgracia argentina: en lugar del kirchnerismo, la crítica pasó a ser el peronismo en su totalidad. Y a diferencia de lo planteado en 2015, ahora parece no haber nada en esos 70 años para recuperar o conservar. De lo que se trata en esta elección, reza el mensaje oficialista, es de superar de una buena vez y para siempre la Argentina peronista.


El pichettismo que ensució a Cambiemos. En 2015, una de las grandes discusiones en el universo Cambiemos pasó por la posibilidad de incorporar a un sector del peronismo. Concretamente, la duda era si resultaba conveniente aliarse con Massa en la provincia de Buenos Aires. Fue una disputa semi-pública entre dos líneas internas representadas por Monzó y por Peña. El purismo de Peña triunfó y permitió la llegada de Vidal a la gobernación.  

En 2019, la incorporación de Pichetto como compañero de fórmula de Macri, aunque no trajo realineamientos significativos dentro del peronismo, significó un viraje. Y si Peña no perdió poder, fue a cambio de moderar su inclinación purista.


Círculo rojo. La nominación de Pichetto rompió con otra lógica muy propia de Cambiemos en 2015, que era tomar distancia de los consejos (imposiciones) del Círculo Rojo. Aunque es legítimo dudar de cuán verdadero era tal distanciamiento, lo cierto es que, aun así, en 2019 la decisión parece haber sido la de mostrarse públicamente más receptivo y próximo a este sector. Pichetto no trae votos pero calma al círculo rojo, explicaron los analistas oficiales.

Ausencia de promesas e ideologización. Pobreza cero, los trabajadores no van a pagar ganancias, no vamos a aumentar las tarifas. Aún resuenan las promesas -incumplidas- hechas por Macri en la campaña 2015. Repetidas hasta el hartazgo, dichas promesas tenían una premisa fundamental dentro del marco filosófico de Cambiemos: publicitar acciones y medidas concretas era una manera de impedir los encasillamientos ideológicos. Cambiemos tenía la pretensión de mostrarse como una fuerza moderna y pragmática, post-ideológica.

La campaña en 2019 ha dado un giro brusco en este sentido: hoy el oficialismo hace proselitismo desde un espectro bien definido del mapa ideológico nacional y regional. Desde allí, enarbola sus batallas y le pide al electorado acompañamiento. Son disputas ideológicas, de valores: contra el peronismo, contra el populismo, contra el comunismo, contra el chavismo, por la república, por la libertad.

Del sí se puede a la resignación. Uno de los lemas centrales de Cambiemos en 2015 fue “podemos vivir mejor”. Había una cierta coherencia en la línea discursiva: la “caprilización” implicaba que había un cierto legado kirchnerista a conservar -la AUH, la estatización de las AFJP, el Plan Progresar-, base sobre la cual, el lema “podemos vivir mejor” encajaba perfecto. Sí se puede, era el latiguillo con el que Macri solía cerrar sus discursos.

En el transcurso de su presidencia, pasaron cosas. La crítica situación económica y social, junto con la decisión de vivir bajo los mandatos del FMI tras la crisis cambiaria de 2018, llevó al gobierno a aplicar un clásico programa de ajuste, justificado con el discurso de la resignación. Se instaló el “no se puede”. Las restricciones, los condicionantes, la repetición de viejas frustraciones, comenzaron a ser frecuentes en los discursos gubernamentales.


Las cartas marcadas. En definitiva, la negatividad, la nominación de Pichetto, la pérdida de pureza, la mayor permeabilidad -al menos públicamente- hacia el círculo rojo, la ausencia de promesas y una marcada inclinación ideológica, el discurso resignado del No se puede, delinean, en conjunto, una estrategia proselitista muy distinta a la encarada por Cambiemos allá por 2015.

Resulta difícil saber anticipadamente si estas novedades serán premiadas por el electorado. Lo que parece más fructífero es preguntarse por las razones de este viraje: ¿es fruto de una libre decisión? ¿Reapareció nuevamente el “mago” Durán Barba con toda su maligna creatividad? ¿O, por el contrario, la nueva estrategia es el reflejo de ciertas restricciones y condicionamientos surgidos tras 4 años de una deficitaria gestión presidencial?


Diarios Argentinos móvil