El apremio de la vida

Porque el mundo, ya sin afuera, se volvió él mismo un afuera.

Martín Kohan

No podremos caernos del mundo, esa es la mayor seguridad que nos queda

Sigmund Freud


I

La cultura —afirmó Freud en El porvenir de una ilusión— tiene una doble función: por un lado, regula las relaciones entre los individuos, por otro, se encarga de la distribución de los bienes asequibles. Uno y otro aspecto están íntimamente vinculados, en tanto el lazo entre los sujetos se ve afectado, inevitablemente, por la satisfacción pulsional que los bienes existentes hacen posible. Y la distribución de estos bienes es, históricamente, desigual. Freud lo sabía, quizás por eso, en este mismo texto, señaló que ninguna cultura ha podido evitar que “la satisfacción de cierto número de sus miembros tenga por premisa la opresión de otros, acaso de la mayoría”, ubicando allí la causa de la hostilidad que las clases oprimidas desarrollan hacia esa cultura que ellos posibilitan por medio de su trabajo, pero de cuyos bienes participan tan escasamente. Y sentenció: “Huelga decir que una cultura que deja insatisfecho a un número tan grande de sus miembros y los empuja a la revuelta no tiene perspectivas de conservarse de manera duradera ni lo merece”.

Subrayo este “merece” y asocio, no tan libremente. Asocio mientras pienso —con otros— las derivas de los discursos que hoy circulan intentando asir la actual escena del mundo, discursos que incluso arriesgan predicciones —“el después de la peste”—.

Hay una frase que insiste, una fórmula que no es en absoluto nueva pero que se actualiza en este contexto viral y que reza sobre “la vida que merece ser vivida”. Me detengo en esa frase, me pregunto si es una interrogación potente, me pregunto si oculta una prescripción, un ideal erigido sobre cierto “buen modo” supuesto de posicionarnos frente a la irrupción del virus. En ese merece resuena, rápidamente, el mérito. Porque habría que preguntarse, más acá de la fórmula, si todos pueden acceder a esa vida que merece ser vivida. Resuena también el deber: una vida que merece ser vivida deviene imperativo que orienta, que prescribe cómo debe ser vivida. Ya conocemos el correlato de tales discursos idealistas, exhortantes: sujetos deudores y culpables, que nunca “están a la altura”, sujetos que no dan la talla. Pienso que la razón neoliberal ha sabido apropiarse de la idea del mérito para legitimar la desigualdad. A contramano de la sentencia freudiana, que también oculta un ideal respecto a lo que se espera (o a lo que él esperaba) de una sociedad, las culturas que han dejado insatisfechas a las grandes mayorías continúan desarrollándose y profundizando la inequidad.

II

Si, ante a la coyuntura que nos impone el virus, algunas interpretaciones celebran la posibilidad de dar un golpe certero al capitalismo actual, anunciando un nuevo despertar del socialismo, otras voces presentan a este panorama como un inevitable triunfo de la técnica sobre nuestros cuerpos. Cuerpos reducidos a la pura biología, aterrados y pasivizados frente a un poder tiránico que nos dicta cómo vivir. El virus deviene el argumento perfecto para un dominio completo de nuestra subjetividad, el deseo se devalúa hasta su desvanecer, al tiempo que el sujeto queda absolutamente excluido de la escena política: parafraseando a Jorge Alemán, el crimen perfecto se habría consumado.

Lo cierto es que no sabemos cómo se configurará el mundo. Frente a la tentación por hacer encajar el acontecimiento en los esquemas conceptuales existentes; frente a la prisa por banalizar lo inesperado “encerrándolo en una cadena causal que lo convierte en previsible retrospectivamente”, como sugiere Rancière, prefiero esa suspensión que lejos de clausurar la imaginación política, habilita un ejercicio del pensar que asume la contingencia. Porque no sabemos qué sucederá después, no podemos anticipar ninguna “nueva normalidad” sin que ese pronóstico tenga algo de estafa, o de anhelo. Pero sí podemos intuir que cualquiera sea ese escenario post-pandémico, no estará por fuera de nuestras acciones, no estará exento de las marcas de las actuales disputas.

En este punto, me gusta el modo en que Gramsci concibe la historia: el autor se aleja de posiciones mecanicistas, fatalistas —y sus efectos pasivizantes para el sujeto—, pero tampoco recae en el cinismo lúcido del relativismo historicista. Historia, pensamiento y praxis se anudan, forman un bloque. Comparto la intuición gramsciana, que afirma que, dado que no hay garantías —a saber, en la medida en que no podemos regirnos por leyes abstractas e inmutables—, el único entusiasmo justificable es el acompañado por una voluntad inteligente, una laboriosidad inteligente, una riqueza inventiva de iniciativas concretas que modifiquen la realidad existente.

III

Frente a la épica con la que algunos discursos han revestido el hecho de “quedarse en casa” — en algunos casos, emparentándose con el mandato a la productividad, empujándonos a aprovechar el tiempo, hacer ejercicios, escribir, leer, y un largo etcétera— aparece la épica de la defensa de las libertades individuales, asentada en discursos que no se limitan a señalar las obvias y preocupantes consecuencias económicas que la cuarentena implica para un enorme número de ciudadanos, sino que avanzan sobre reivindicaciones en torno a la circulación, a la recreación, al esparcimiento.

En uno y otro extremo se insinúa la exaltación de lo individual: por un lado, el sujeto confinado en su hogar ejerciendo una meticulosa vigilancia sobre aquellos que osan romper la cuarentena, mientras se convierte en ejemplar emprendedor de sí: no sólo no ha perdido nada, sino que sabe cómo exprimir las ventajas de un tiempo y un espacio trastocados, detenidos. Por otro lado, se denuncia un retorno al comunismo que impide la libre circulación de las mercancías y los cuerpos: en este contexto, el lema “mi cuerpo es mío” se revela fácilmente acomodable a las consignas más liberales cuando es enarbolado por una manifestante estadounidense que protesta contra el uso del barbijo.

IV

Retorno al texto freudiano, me asombra su actualidad. Allí se afirma que la cultura se justifica para proteger al hombre de los peligros de la naturaleza, aún cuando “ningún hombre cae en el espejismo de creer que la naturaleza ya esté conquistada; y pocos osan esperar que alguna vez el ser humano la someta por completo”. Así, las enfermedades y “el doloroso enigma de la muerte” aparece como una forma de violencia de la naturaleza, que se manifiesta inevitable, grandiosa, y nos enfrenta a nuestra propia endeblez, a nuestro desvalimiento.

Es llamativo el modo en que Freud describe el comportamiento humano frente a los acontecimientos que nos enfrentan con esos agujeros en el saber, con lo indomeñable: “una de las pocas impresiones gozosas y reconfortantes que se pueden tener de la humanidad es la que ofrece cuando, frente a una catástrofe desatada por los elementos, olvida su rutina cultural, todas sus dificultades y enemistades internas, y se acuerda de la gran tarea común: conservarse contra el poder desigual de la naturaleza.”

El optimismo freudiano, aquel que se conmueve frente a una sociedad que olvida sus antagonismos para conservarse contra los embates de la naturaleza, resuena en el llamado de algunos dirigentes, que nos convocan a “cerrar la grieta” y luchar, todos juntos, contra un “enemigo invisible”. Si la cuestionable metáfora bélica postula un cuerpo unificado, sin fracturas, esa ilusión se revela como tal en la medida en que, rápidamente, emerge el conflicto. Lo político, entendido como aquello que hunde sus raíces en la dimensión de antagonismo inherente a las relaciones humanas, continúa operando.

V

La igualdad, siguiendo a Jorge Alemán, “no es lo homogéneo, no es un colectivo donde todos marchan a la vez”. Al contrario, la igualdad es el terreno donde la diferencia se puede desplegar. La igualdad funciona como condición de posibilidad de lo singular. Desde esta perspectiva, la igualdad objeta la lógica del “para todos”, y lo común se distingue de la masa, signada por lo uniforme. Quizás por eso, gobernar es una de las tareas imposibles, tal como supo entrever la intuición freudiana.

Si la coyuntura nos enfrenta al debate en torno a lo común, también habilita la pregunta acerca del deseo, aquello que, como supo escribir Jorge Jinkins, no es para el psicoanalista una categoría, sino la consecuencia estricta a la que lo expone el ejercicio de su práctica.

Elías Canetti, en El libro contra la muerte, formula el primer mandamiento como un tú no debes morir. El psicoanalista Marcelo Barros retoma este imperativo, impensable sin el lenguaje, como el “fundamento simbólico de lo que Freud designa como el apremio de la vida”. Si el axioma freudiano que conmina a soportar la vida implica asumir la castración como una forma de soportar lo real, Barros sostiene que, quizás, hay algo que llama a vivir más allá del goce narcisista. El deseo habita entre las excepciones y la regla; en la transgresión que no busca ser legitimada por la autoridad; en ese encuentro furtivo de los cuerpos; en el despojarse al sol de aquella anciana, contra toda advertencia de las fuerzas de seguridad que la conminaban a retornar al domicilio; también habita en las formas singulares que toma ese acto de fe que implica la obediencia; en las formas de asumir, frente a lo impredecible, el cuidado de sí y de los otros. Frente a la ausencia de garantías, el sujeto asume una posición, se construye una ficción, quizás, para no caerse del todo del mundo. Y ahí, el deseo, tal como afirmó Lacan, siempre resulta un poco decepcionante para la tradición moralista.

Diarios Argentinos