El alma atrapada de los incautos (fotografías criminales)

Julián Axat retorna a las aguafuertes de un defensor, y trae al recuerdo los casos de niñes y adolescentes prontuariados por la policía; y la vieja práctica de confeccionar álbumes de malvivientes, para tener a mano como forma de armar causas.

“Sacar a los pueblos de los álbumes policiales/ 

y que vuelvan a ser millones de álbumes familiares/

 quien fabrica su propia imagen/ desborda legajos…”

Rimbaud en la CGT

 

 

Robadores de almas

Corre enero de 2009. El joven E.V. vive en el barrio de Tolosa, tiene 14 años y cursa sus estudios en el secundario de nocturna “Legión extranjera” de 13 y 60, famosa por contar con repetidores y picapleitos de todas layas. La primera vez estaba parado en la garita esperando para subir al micro y la policía lo demoró. Le pidió que se suba al patrullero. Allí le tomaron dos fotos, una de frente y otra de perfil. Luego lo dejaron seguir su camino.

La situación se volvió a repetir en otras ocasiones, pero con otros patrulleros, a los que les decía que ya le habían sacado una foto, que no lo sigan molestando. Como E.V no tenía antecedentes, jamás se preocupó con lo que le había pasado, “debe haber sido un error”, pensó.

Hasta que en la escuela los compañeros le contaron que le habían robado el alma. “Como a los indios, con esas fotos los ratis te robaron el alma”. Así le dijeron.

Y efectivamente, le habían robado su imagen con la que –más tarde– le armaron una causa para joderle el alma.

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Uno en la multitud

Cuenta Walter Benjamin, en su ensayo sobre la fotografía, que la misma hace posible por primera vez, retener por mucho tiempo claras huellas de una persona. “(…) ¿No es un criminal cada transeúnte? ¿No debe el fotógrafo  -descendiente del augur y del arúspice- descubrir la culpa en sus imágenes y señalar al culpable?” (Discursos interrumpidos, 1989).

Aunque primero un instrumento de lujo para la élite (la foto sustituyó al retrato pintado), la historia de los detectives surge en el momento en que queda asegurada la más decisiva de todas las conquistas sobre lo incógnito de una persona perdida entra la multitud (“El hombre en la multitud”, famosa nouvelle de Poe). Desde entonces, nos es imposible prever el final de estos esfuerzos por capturarla en lo que dice y en lo que hace, para fijarla en un lugar cierto, conocer y controlar a una identidad entre el gentío.

Es decir, el nacimiento del carácter probatorio de la fotografía como tecnología de la vigilancia ligada al poder disciplinario, surge a finales del siglo XIX y nos remite a los orígenes de la institución policial moderna. A las clasificaciones según ese Aleph llamado “Atlas” de delincuentes que inventara el médico Cesare Lombroso en L´ Uomo delinquente (1876); y que si bien se trata de un conjunto de retratos dibujados, establece la matriz de una criminología basada en la observación de las características anatómicas, fisiológicas y psicológicas, de tipo desviadas o anormales en series de delincuentes conocidos.

Solo la técnica de la foto (el llamado “lápiz de la naturaleza”) utilizada de manera sistemática, podría dar cuentas de esas anomalías monstruosas y predecir en el futuro comportamientos criminales que ya había clasificado Lombroso, y seguiría su escuela en todo el mundo.


El clásico de Lombroso


Por eso el sistema policial y penitenciario gestado a fines del siglo XIX en Europa, pero que heredará el siglo XX en todos los países, se va a dedicar a coleccionar esas galerías de ladrones, homicidas, estafadores, violadores, onanistas, etc. (el velo de los parias, humillados, pobres, abandonados, anarquistas, discapacitados e inmigrantes).

La fotografía captura esos rostros y cuerpos en cuanto tienen de patológicos como “deformes”, “exóticos”, “locos”, “salvajes”. Como modo de conocerlos y –ex post– controlarlos, para que no repitan sus (supuestas) fechorías en el futuro; pues en la creencia del determinismo positivista, todo aquel que figura en esos registros, seguramente ya es propenso a repetir su crimen.

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El alma atrapada de E.V.

El 14 de febrero del año 2011, EV es llevado detenido ante su defensor de oficio en turno; es decir, quien esto escribe.

La explicación que da el adolescente en la entrevista sobre las razones de su detención, están explicadas más arriba. Desde que fuera fotografiado en 2009, formaba parte de la galería de “menores delincuentes”, por lo que a toda víctima de un crimen cuyo autor se desconocía en la zona, la policía exhibía el álbum de fotos donde –entre otros– estaba su rostro.

Su cara de frente y perfil figuraba hace ya dos años en esos registros. Su doble de cuerpo: la imagen, estaba atrapada.

Tarde o temprano alguien lo iba a apuntar.  Y así pasó.

Se da inicio a una causa ante la justicia penal de La Plata, “caratulada Robo agravado con uso de armas”, en la cual queda expuesta la tarea de inteligencia e identificación realizada por parte del personal policial de la Comisaría 4° respecto del menor E.V. Y por averiguaciones practicadas por un oficial de policía de tal repartición, se vincula al joven con el robo a un comercio de la zona.

En la rueda de reconocimiento practicada en sede de la DDI La Plata la víctima del hecho refiere ante quien esto escribe que en la seccional 4° le exhibieron fotografías del menor que debiera reconocer.

Es así que formulo la denuncia de la situación y pido la nulidad de la rueda, dado que estaba cantada de antemano. La jueza del caso, la Dra. Inés Siro, hace lugar al pedido de la defensa y ordena allanar la Comisaría para secuestrar las fotos.

Como consecuencia del allanamiento, se halla en su interior un bibliorato con cientos de fotografías de menores de edad,  entre los que se encontraba el rostro del adolescente sindicado.


Foto de álbumes encontrado en la Comisaría 4.°


A los pocos días, se decreta la nulidad de la causa, y la destrucción de la foto de E.V, de modo que su imagen y su alma quedan –por el momento– liberadas de futuras amenazas a su libertad.

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De Bertillón a Onganía

En la argentina, el Lombrosianismo caló hondo desde el siglo XIX, y tiene su genealogía a partir de José Ingenieros, Ramos Mejía, y la galería de delincuentes (léase, de inmigrantes) de la capital elaborado por el comisario de pesquisas-escritor Fray Mocho.

La foto del peligroso “petiso orejudo” tomada a su ingreso en el Penal de Ushuaia, podría haber figurado tranquilamente en el Atlas de de Lombroso. De hecho es la foto de prontuarios más conocida de la criminología vernácula, que ilustra la tapa de cientos de libros.

Pero la sofisticación del positivismo criminológico que hizo de la imagen de los delincuentes su apoteosis demagógica (la revista Caras y Caretas daba cuenta literalmente de la importancia de los rostros para la época) tiene continuidad en el Decreto Nº 1019 dictado durante la dictadura de Onganía en 1967, llamado “Reglamento de Prontuarios Policiales”, que ordenó la creación de fichas de prontuario, a partir del universo de identificación policial-judicial-penitenciario, a través de fotografías y huella dactilar.

El decreto establece que “… los prontuarios se confeccionarán en forma de legajo o carpetas que fijará la Jefatura de Policía, al cual se incorporarán todos los documentos necesarios para consignar los datos…”. “… Cada vez que deba formar prontuario por delito, se procederá a clasificar el delincuente, según las reglas del "modus-operandi" anotado, la clasificación que se hubiere efectuado en el prontuario respectivo: capitalista", "pasador", "coimero" etc…”.

Con estas consignas clasificatorias: “modus operandi” (modo de operar o proceder del delincuente) la excusa de la identificación se transforma en una suerte de muestrario de la criminalidad política-común, para exhibir-coleccionar. Pero también en un dispositivo para combatir y mantener a raya a los enemigos de la dictadura: sean los obreros, los jóvenes en general, la militancia universitaria, etc. La normativa solo sirve para dar apariencia de legalidad, y tergiversas las técnicas de Bertillón y Vucetich.

Seguramente con el fin de hacer galerías (por separado) de subversivos y presos comunes, los legajos de las personas detenidas -presas, conformaron desde el dictado del Decreto 1019/67, los archivos del terror que –más tarde– echó mano la dictadura de Videla y cía., para el secuestro, tortura y desaparición de personas.

No es casual que los legajos de las personas desaparecidas o presas políticas, coincidan con las fichas fotográficas confeccionadas por las policías en función del decreto mencionado.

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Juan Vucetich


De Onganía a Vucetich

Este uso tergiversado de las técnicas de la imagen e identificación policial, en la actualidad continúan como prácticas discriminatorias y de nulo nivel probatorio. Hoy la selectividad policializa los territorios a partir del llamado “profiling” (palabra adoptada por la criminología inglesa, para explicar el policiamiento en función del testeo constante de los rostros, a partir de todo tipo de tecnologías, pero especialmente de la colocación de cámaras en puntos estratégicos).

A contrapelo de esta historia de la tergiversación, las tecnologías de identificación han sido principalmente objeto de estudio de la propia institución policial. Estos trabajos “oficiales” se caracterizaron como parte del proceso de modernización de fuerzas policiales altamente profesionalizadas, que buscaron mantenerse (al menos en apariencia) dentro del Estado de derecho.

Las enseñanzas de Alphonse Bertillón en Francia, recogidas por  Juan Vucetich en Argentina,  a fines del siglo XIX crearon la técnica del dibujo de rostro a partir de un lenguaje estandarizado para la descripción: el largo y ancho de la cabeza; el largo y ancho de la oreja derecha; el largo del pie izquierdo; el largo de los dedos medio y auricular izquierdo; el largo del codo; la estatura, el busto y la extensión de los brazos, partes de la cara como el oído, la frente, la nariz, el iris, la barba y el pelo. Esta información se traducía en unas fichas de identificación que resumían el retrato hablado (descripción matemática de la cara).

Y lo más importante: A través de la técnica de Bertillón no se exhibía, de entrada, una fotografía para dar con el posible autor del delito (evitando de ese modo el sesgo de imponer una foto). Sino que primero se hacía la descripción taxonómica y –eventualmente– se la cotejaba con fotos de personas condenadas, a modo de evaluar parecidos.

Por lo que el “Bertillonaje” se trata de un mecanismo de eliminación: sólo podía probar la no-identidad. Determinaba que el sujeto detenido no era aquel que se encontraba fichado en los archivos policiales.

Incluso Vucetich irá más allá de Bertillón, inventando en 1896 la tecnología de identificación dactiloscópica, un dispositivo más económico y de mayor precisión a la hora de identificar, que no se prestaba a la simulación y la performance como el uso de la fotografía.

Salirse de las técnicas de “Bertillonaje” o de “dactiloscopeo”, para echar mano a galerías fotográficas de ladrones, encima extraídas de manera espuria a los pobres perejiles (detenciones ilegales, por averiguación de identidad, contravenciones, edictos, etc). Es decir, son mala práctica y hablan de una fuerza policial desprofesionalizada, y de jueces prestos a avalar el clasismo y la estigmatización.

En la línea temporal que trazamos, Onganía y el uso contrainsurgente de sus “carpetas de modus operandi” le ganaron la apuesta científica al viejo Vucetich.

Los álbumes de fotos-prontuarios resulta hoy una herramientas con margen de error amplio desde el punto de vista probatorio, y más que un modo orientativo o de identificación, se convierte en sesgo o placebo para las víctimas de delitos, que –como muestra el caso de EV– después deben ir a ruedas de reconocimientos, sintiéndose chantajeadas de tener que aprobar aquellas fotos de prontuarios que las policías le exhibieron en privado.

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La lucha por liberar las almas de los archivos ilegales

Lamentablemente una parte de la justicia continúa comprando –aun hoy– este tipo de recetas policiales, dejando la puerta abierta para el “armado las causas” a personas inocentes, solo porque figuran en estos álbumes de fotos.

Son muchos los organismos de derechos humanos y defensores que han denunciado esta actividad  en varias oportunidades, logrando que en la Provincia de Buenos Aires queden taxativamente prohibidas desde 2011, a partir de una sentencia dictada por el Juez Arias en La Plata que declaró inconstitucional el Decreto 1019/67.

También me tocó asistir a situaciones en las que se involucra a otras personas inocentes al serle exhibidas fotos a las víctimas, quienes más tarde llegan a juicio (luego de una larga prisión para el señalado en la foto); donde la propia víctima entra en duda, lográndose la absolución.

El caso más impactante fue el de Gabriel Roser, un pibe que vivía en los márgenes de La Plata y que estuvo un año preso como consecuencia del señalamiento en una foto, hasta que con ayuda del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ) se demostró en el juicio que era inocente, y que la foto fue la única culpable.

Por último viene a mí el caso del “Barrio Mitre” de la capital federal. Un barrio en el que todos los jóvenes fueron fotografiados por la policía metropolitana. Cuando digo todos, quiero decir absolutamente todos.

El inmenso archivo fotográfico hallado en la sede de la Fiscalía del barrio de Saavedra es digno de ser exhibido en un museo de robadores de almas. Allí fueron encontradas hasta fotos de frente y perfil de bebes, niños de 6 años, personas trans, y adolescentes que habían sido ya asesinados por la policía.

Supuestamente las fotos habían sido obtenidas por el personal de calle de la policía de la jurisdicción, pero eran utilizadas por el fiscal (de apellido Campagnoli) como guía en sus investigaciones criminales. El material fue entonces secuestrado por la fiscal Cristina Caamaño (actual jefa de la AFI), quien en 2014 intervino la fiscalía.

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El fotógrafo y el juez

En la ciudad de La Plata, existe un artista de la fotografía y que lleva la toga hace muchos años. Es también docente universitario; en él coinciden o encarnan los dos ejes: la justicia penal y la fotografía.

Pero diría –a partir de una intuición mía sobre sus gustos– que se considera a sí mismo, más fotógrafo que juez.

Me refiero a Ernesto E. Domenech.

Ernesto escribió hace varios años un libro de ensayo magnífico, sobre los tópicos mencionados en esta nota, y lo hace desde una mirada antropológica, literaria, filosófica y jurídica. Allí desfilan análisis eruditos sobre la fotografía, los de Bejamin, Barthes, Foncuberta, Le Bretón, Sontag, Berger, etc. Pero también una perspectiva sobre las obras de Helen Zouth, Adriana Lestido, o Sara Facio (ésta última quien publica el libro en su editorial La Azotea).

La relación entre crimen y fotografía es compleja, y Domenech lleva a cabo una genealogía posible, cruzando el dispositivo criminológico y la técnica de la cámara lúcida. Lo hace conociendo desde adentro el sistema, porque las fotos que encuentra en sus expedientes como juez, son una referencia del tipo de compromiso que entonces debe asumir como magistrado y docente. Pero también cierta ética, principalmente como artista-fotógrafo. 

Por suerte su fotografía no tiene mucho que ver con todo esto (¿o quizás si?), es más bien minimalista, basada en la sensibilidad de los detalles (¿en los detalles está Dios?), coleccionados en la calle-en su casa- en el juzgado. Ciertas manifestaciones irrepetibles de lejanías. Pequeñísimos y sorpresivos destellos. Juegos de la luz y los objetos del cotidiano que él capta con la cámara, que hablan de un universo mayor escondido; a lo sumo un punctum de ese universo (en internet hay muchos sitios con la obra de Domenech, dejo esta).



En fin… como dijo alguna vez Michel Foucault, “el saber es poder”, y aunque pasado de moda, César Lombroso sigue teniendo arraigo increíble en los imaginarios actuales de saber y de poder.

En la era tecnológica de facebook/instagram, en la que los rostros quedan encriptados como si nada (¡y es uno mismo el que exhibe y sube su prontuario!), las fuerzas de seguridad que se dicen profesionales o la justicia no debería permitir el “todo vale”, ni frente a las víctimas ni frente los victimarios.

Que esté legalmente prohibido, no quiere decir que -por lo bajo- no sea aún una práctica posible. De hecho, lo es. Por eso se debe tener la guardia alta, y la lucha por el Estado de derecho, debe ser la constante.

 

Sobre el autor: Julián Axat es escritor y abogado.

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