El alambre

A Robert Pilgrim le gustaba los días de su cumpleaños festejarlo con sus peones en la estancia Don Ulises que tenía en la zona noroeste de la pampa, en el partido de General Pinto, provincia de Buenos Aires.


A Camilo Ruiz


A Robert Pilgrim le gustaba los días de su cumpleaños festejarlo con sus peones en la estancia Don Ulises que tenía en la zona noroeste de la pampa, en el partido de General Pinto, provincia de Buenos Aires. Venían a saludarlo también amigos de otros campos y de la ciudad, pero sus peones eran infaltables.

Cerca del galpón, bajo aromos y grandes eucaliptos estaba el sitio de los asados y se doraban los costillares y borregos necesarios para alimentar a la gente. A la mañana antes de soltar al rebaño al campo se elegían los borregos que serían sacrificados. A media mañana el carnicero de Pazos Kanki traía los costillares de ternera que se oreaban colgados bajo los árboles dentro de bolsas de arpillera para que las moscas azules no desovaran sobre la carne fresca.

Como antiguo rito, a eso de las cinco de la tarde, Mister Pilgrim encendía el fuego y colocaba los hierros con los borregos crucificados preparando el holocausto que sería devorado en las primeras horas de la noche. Se hablaba de todo y de nada, del precio de la hacienda en Buenos Aires, del trigo, de la leche, del maíz del vecino que venía medio atrasado, nacimientos, enfermedades y muertes de parientes y conocidos, de la hija del puestero, la Candelaria,  que se casó con un peón cordobés que se fue y la dejó con hijo. La chica se hizo puta en Germania y trabajaba en el burdel sin vergüenza alguna. Al niño lo cuidaban entre todas las pupilas.

Aparecía la guitarra y la música y el canto se derramaban como un vino que se hacía niebla para ascender hacia la luna “que esparce plata sobre la paz del monte”, como dijo un sembrador. El  capataz Jerónimo Acosta que nadie sabía porque siempre había trabajado con patrones ingleses comentó que en el lote nueve se había cortado el alambrado esa tarde y Pilgrim contestó con suave tono de orden: “Mañana temprano lo arreglás; seguro que se pasó un toro”.

Aún los pacíficos y ceremoniosos toros de pedigrí criados a campo, tienen una fuerza descomunal en sus gruesos  cuellos musculosos. Cuando están en celo y en el lote vecino hay una vaca que se pasea como muchacha que va a la feria, tras el alambrado camina el toro pacientemente, muchacho que pasa en bicicleta, aspirando los olores profundos de la dama, en un caso a “Agua Florida”, en el otro el ácido y fuerte olor de la orina y el sudor y las feromonas bovinas que excitan al toro al leer correctamente el mensaje que transmiten,  como si recibiera una carta. Cuando la excitación llega al máximo, el toro no recapacita, no se preocupa donde dejar la bicicleta, no tiene miedo si alguien lo ve, ni lo detiene  la Tabla de Moisés. Mete los cuernos bajo el alambrado, levanta su descomunal cabeza, palanquea con los músculos de cuello, ni siquiera siente que los alambres de púa le rompen el cuero como si fueran una garra de acero, y apoyado en la patas delantera en uno o dos intentos revienta los alambres de acero como cuerdas de guitarra, pasa al otro lado y mientras alcanza a la vaca, saca del estuche su largo instrumento para iniciar el antiguo concierto de vida y energía.

Y Acosta comentó: ”Y eso que era alambre San Martín 15/17…” Acosta sabía de alambres. Este recurso lo introdujo en la pampa argentina en 1845 un inglés, Ricardo Newton para cercar su quinta cerca del río Salado en la Bahía de Samborombón; poco después en 1855 el prusiano Francisco Halbach fue el primero en alambrar una estancia entera cerca de Buenos Aires. El abuelo de Acosta, Mario, trabajaba con él y de entrada no le gustó el alambrado. “Esto es malo para el campo, y para nosotros, los peones”, razonaba Mario dentro de su universo de percepciones.

Para él el Paraíso era donde estaba y como estaba. Era un tradicionalista estructural, sin saber que tradición es pasado. Todo cambio le era sospechoso; y emprendió una guerra personal contra el alambre en el que veía al Demonio. No se privaba de opinar y en la matera o a la hora de comer pontificaba contra el alambre delante de todos los peones. “Ahora todo el país es camino. Cuando llegue el alambre los caminos serán obligatorios, habrá que ir por donde quiera el gobierno. El alambre es más peligroso que los indios”.

Veía con claridad de profeta el fin de la pampa que él había conocido, en la que luchó contra el malón de Azul en febrero de ese año. Se autoproclamó abanderado de la causa contra el alambre. Don Francisco que conocía sus convencimientos, mantenía silencio. Discretamente evitaba que Acosta participara en la tarea de los alambradores, cuatro irlandeses que tejían la red de alambre de 200 km. de extensión para un solo hilo. Los irlandeses manipularía en total 800 km. de alambre para tender los cuatro hilos que marcaría el perímetro de “Los Remedios”, la estancia de Halbach.

El alambre llegaba de Inglaterra en rollos de 1.000 metros asegurados por cinco mordazas metálicas  que lo mantenían domado. Al alambre le queda memoria de su nacimiento en rollos y si se llega a soltar forma un descomunal resorte sin perder su aspiración por volver a ser rollo. Tendían los irlandeses un corto tramo de cien metros cuando llegó Acosta con unas tenazas que mandaba el patrón. Se bajó del caballo y entregadas las herramientas observaba con uno de los irlandeses continuaba tensando el alambre con un torniquete fijado a un poste de ñandubay enterrado dos metros. El alambre quedó fijo y firme, el hombre lo golpe con la llave y sonó como una bordona. No le gustó el sonido y decidió tensar más. Lo golpeó en ese momento y el sonido se había agudizado. Le pareció bien, pero por las dudas intentó dar dos vueltas más de torniquete, y entonces, se oyó un chasquido como de hueso que se quiebra, y el alambre reventado en el punto más lejano recuperó instantáneamente su libertad y su origen de rollo y voló como un relámpago vengativo. La punta golpeó a Acosta en la frente como una inyección letal, le atravesó el cerebro, y salió por detrás de cabeza dejando una marca insignificante. Acosta cayó al suelo de espalda sin articular palabra, y solamente dos golpes de su brazo izquierdo contra el suelo, como queriendo levantarse, señalaron su agonía de rápido trance. Sus ojos abiertos miraban al cielo y entregó el alma a quien se la dio, mucho antes de lo que pensaba esa mañana cuando tomaba mates. Antes de lo que esperaban sus dos hijos, el patrón, su esposa. Quedó enhebrado al alambre como un mameluco lavado listo para ser colgado al sol, para que se secara. El viento suave podría moverlo.

En el velorio, en su rancho, el patrón Francisco Halbach dijo: “Fue el Destino”, y la palabra quedó vibrando en el aire como una sentencia. A lo mejor ni Don Francisco supo que quiso decir. Los supersticiosos se quedaron pensando si no sería una venganza del alambre.

Gracias al alambre llegaron las parcelas, los loteos,  el mejoramiento de la genética animal y vegetal de la producción agropecuaria, luego el tren y los caminos adivinados por  Mario Acosta. Treinta años antes que el alambrado había llegado a la Argentina el primer toro Shorthorn de pedigrí certificado en Inglaterra, Tarquino, de imperial nombre, con el que se inició el registro de los Shorthorn en la Argentina. Tal fue la difusión  de esta raza bovina que alentó a los productores a acuñar la frase: “La Patria la hicieron los caballos y la ganadería los Shorthorn”.

Esa pampa existió hasta promediar el siglo XX, hoy a esos campos los recorren sofisticadas máquinas de siembra directa con cabinas dotadas de aire acondicionado, información satelital de humedad y temperatura, esparcidoras de nutrientes químicos; y los Acosta, Halbusch, Pilgrim, los indios y hasta los Shorthorn fueron absorbidos por un tornado que los llevó hasta la luminosa y lejana tierra del “Nunca Jamás”.


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