Economistas multifunción: la praxis de robustecer prejuicios

OPINIÓN. Si bien en muchos casos los economistas han intentado interpretar desde su experticia las consecuencias económicas de las decisiones epidemiológicas (como los aislamientos obligatorios) o de la misma pandemia, en muchos otros hemos visto interpretaciones directamente epidemiológicas.

Desde el inicio de la pandemia de Covid-19 se ha vuelto frecuente leer o escuchar a economistas refiriéndose públicamente a problemas epidemiológicos. Si bien en muchos casos los economistas han intentado interpretar desde su experticia las consecuencias económicas de las decisiones epidemiológicas (como los aislamientos obligatorios) o de la misma pandemia, en muchos otros hemos visto interpretaciones directamente epidemiológicas, basadas en la supuesta expertise de los economistas para analizar estadísticas con complejas metodologías cuantitativas, pero cometiendo groseros errores en las interpretaciones propiamente epidemiológicas (por ejemplo, asumiendo matemáticamente la posibilidad de arribar a inmunidades de rebaño cuando todavía no se conocen los parámetros de inmunidad del virus).

Este fenómeno, que puede haber causado sorpresa o indignación, está atado directamente a una praxis habitual de ciertos economistas incluso cuando hablan de economía: el centrarse exclusivamente en la metodología -siempre cuantitativa- que les hace olvidar que detrás de cualquier método hay supuestos, argumentos y fundamentos teóricos. Si el trabajo del economista es simplemente estadística aplicada, nos olvidamos de la teoría que hay detrás. Si no hay teoría, da lo mismo hablar de economía, de epidemiología, de navegación a vela o de origami. La hipótesis de este breve artículo es que, más allá de la sociología de la profesión, en términos de discurso esta praxis funciona como un mecanismo que pretende dar validez objetiva a postulados científicos, pero que sin el anclaje teórico lo único que hace es robustecer los propios prejuicios de sus emisores.

Este problema se ha hecho evidente hace tiempo en el estudio de la historia, principalmente en la historia económica. Hasta los años 60, esta última no era una disciplina en sí misma, si bien muchos historiadores se dedicaban al estudio de fenómenos económicos. Es decir, la historia económica era un área de interés de la historia, ejercida por historiadores, y regida por las normas y prácticas de la historiografía: la búsqueda, confección e identificación de fuentes, la construcción de conceptos colectivos anclados en la teoría social, la necesaria lectura de los contextos. Por supuesto, la historia era una disciplina atravesada por perspectivas filosóficas y metodológicas enfrentadas, detrás de las cuales había diferentes teorías sociales explicativas y distintas pretensiones de objetividad. En particular, la escuela francesa de annales fue la primera en intentar pensar la historia desde la sistematización de datos para identificar fenómenos estructurales de largo plazo no observables en visiones de corto.

En los años 60, primero en Estados Unidos y luego en el resto del mundo, los departamentos de historia empezaron a ser ocupados por economistas, y luego directamente se conformaron departamentos de historia económica conformados por economistas o se empezaron a escribir artículos de historia económica carentes de cualquier reflexión propiamente histórica. Este fenómeno dio pie a la institución de una forma de hacer historia económica llamada cliometría. Consistió principalmente en la identificación del pasado como una multiplicación hacia atrás de las variables del presente para hacer pruebas econométricas, las cuales casi siempre tomaron la forma de contrafácticos. El modelo típico es el siguiente: se identifica un fenómeno en algún momento del tiempo y se intenta explicar su impacto en alguna variable o conjunto de variables hacia el futuro comparando el desempeño efectivo de esa variable con el desempeño hipotético que habría tenido de no haber ocurrido ese fenómeno, o de haber ocurrido de forma diferente. Por caso, el trabajo fundacional es el de Robert Fogel, luego Premio Nobel de Economía, sobre el impacto de los ferrocarriles en el crecimiento económico de Estados Unidos, sintetizado en su libro Railroads and American Economic Growth. publicado en 1964. Fogel compara el efecto de haber establecido ferrocarriles con el que habría tenido un sistema de canales fluviales. Este análisis de impacto confía en los criterios de la econometría para probar la validez y rigurosidad de las explicaciones, al tiempo que suele permitirse escapar de los contextos históricos: para el cliometrista la historia es una gran base de datos que permite hacer experimentos cuantitativos.

Durante los años 60 y 70 esta escuela se expandió por los departamentos de historia, pero hacia los 80 y 90 empezó a quedar relegada al mundo de los economistas. La historia económica quedó así fracturada entre aquella ejercida por historiadores y aquella practicada por economistas. La historia a secas, a su vez, empezó a estar atravesada por discusiones que le han sido ajenas a la economía, como el giro lingüístico, el narrativismo y más tardíamente el giro cultural. Por su parte, el desarrollo tecnológico, la ciencia de datos y las técnicas cada vez más complejas de econometría apoyada en computadoras reforzaron este divorcio disciplinar, cada vez más irreconciliable. Este divorcio ha llevado a que, por un lado, muchos historiadores afirmen que la cliometría ha entrado en desuso mientras que muchos economistas no conocen otra forma de hacer historia económica.

Si bien en muchos países esta trayectoria se ha hecho evidente, en Argentina la historia económica siempre ha expresado una síntesis entre historiadores y economistas, pero esta ha estado principalmente anclada en historiadores y departamentos de Historia de las universidades. En este sentido, el desarrollo de la cliometría como praxis de historia económica ha tenido en Argentina poco éxito.

Recientemente se llevó a cabo una presentación de un artículo aún en proceso a cargo de Gabriela Értola Navajas, Martín Rossi y Tommy Murphy titulado: “Juan Domingo Perón unveiled: long-term impact of Peronism on economic growth” en un ciclo abierto de la Universidad de San Andrés. Todos los autores son economistas. El evento tuvo amplia difusión en medios y redes sociales debido a que en su carta de presentación postulaba un polémico resultado: que la llegada del peronismo al poder en 1946 había generado que el PBI argentino cayera, en el largo plazo, más de dos veces. Esto generó el entusiasmo de quienes profesan pensamiento y militancia en el antiperonismo y curiosidad en el resto, principalmente porque el porqué y el cómo no se expusieron hasta el día de la presentación.

La idea de que Argentina era un país modelo hacia el inicio del siglo XX y que el quiebre histórico que ha condenado al país al fracaso ha de encontrarse en el inicio del peronismo o en la opción por un desarrollo industrial a mediados de siglo es un estandarte del pensamiento liberal desde hace muchísimo tiempo. ¿Por qué Argentina ha divergido de las trayectorias de países similares como Australia o Canadá? Si bien algunos exponentes del liberalismo mediático y político grafican esto con la caída del país en los ránkings mundiales de PBI per cápita (elemento ridículo que no tiene en cuenta, por ejemplo, el creciente número total de países en esas muestras), la historiografía liberal más seria ha tenido siempre esta premisa en la cabeza, más allá de que, de hecho, el período 1945-1975 haya sido, de acuerdo con distintos indicadores sociales como pobreza, indigencia o desempleo, el de mejor calidad de vida de la historia argentina, y que un quiebre mucho más consistente de esos indicadores -pero también del crecimiento económico- es el que se verifica desde el inicio de la última dictadura cívico-militar en 1976.

El artículo mencionado consiste en un ejercicio de control sintético, un método cuantitativo que consistió en este caso en imaginar una Argentina sintética tomando todas las series disponibles de producto bruto interno per cápita de distintos países entre 1900 y 1946 y haciendo que la computadora seleccione un conjunto de ponderadores fijos según los cuales la serie temporal de la combinación lineal del PBI per cápita de esos países se parezca lo más posible a la de Argentina. De los más de 30 países para los cuales la serie de Angus Maddison estaba completa, el resultado informático devolvió una combinación de ponderadores de once países: Uruguay, Nueva Zelanda, Australia, Bélgica, Suecia, Dinamarca, Canadá, Finlandia, Suiza, Reino Unido y Estados Unidos. Es decir, el PBI per cápita argentino entre 1900 y 1946 se parece mucho a una combinación de los PBI per cápita de los once países mencionados. Entonces, se sostiene esa combinación hacia el futuro y se la constituye como una “Argentina sintética”. En 2019, el PBI per cápita de esa Argentina sintética sería más de dos veces mayor que el de la Argentina real. Así concluyen los autores que el peronismo es responsable de que el PBI argentino sea menos de la mitad del que podría ser. ¿Cuál es el motivo? Los autores arrojan las posibles hipótesis de un cambio de valores o de un reforzamiento de los enfrentamientos políticos, pero estas nunca superan el estatus de meras conjeturas, ya que no solo no se las pone a prueba, sino que tampoco se profundiza en ellas.

En la misma presentación se les cuestionó a los autores que el año de corte 1946 es establecido como parámetro y no como resultado endógeno del modelo. Este sería un problema en el método y no del método. Sin embargo, también se les mencionó -y esto es algo bastante más profundo- que el peronismo no puede ser pensado como un fenómeno exógeno en la sociedad argentina: que la llegada de Perón al poder en 1946 no puede ser entendida sin la consideración de los factores sociales, políticos y económicos que llevaron a ello principalmente desde la crisis de 1930: la creciente conflictividad social, los procesos migratorios campo-ciudad, el auge del nacionalismo, la incipiente industrialización, la sostenida sindicalización o la constitución de las fuerzas armadas como un actor político clave. En este sentido, se cuestiona la misma posibilidad de responder a la pregunta “¿qué habría pasado si en 1946 no llegaba Perón al poder?” simplemente negando el suceso. En tanto las variables previamente mencionadas no forman parte del análisis y que el peronismo como fenómeno político no es explicado, sino que simplemente se instituye un corte metodológico en 1946 -técnicamente, achacable a cualquier evento que ocurriese ese año, como por ejemplo el primer descenso de la historia Ferrocarril Oeste a Segunda División-, los autores no pudieron dar respuesta a este planteo. De hecho, sí asumieron que la posibilidad de que haya quiebres profundos en el futuro habrá de asociarse a los impactos del peronismo (incluso cuando fuera en contextos de gobiernos no peronistas), siendo el peronismo el único shock exógeno importante de la historia argentina desde 1900.

En la misma línea, los autores no explican la excepcionalidad del peronismo en el marco latinoamericano. Autores que se dedican a la historia latinoamericana desde la década de 1990 en adelante, como la estadounidense Rosemary Thorp, el colombiano José Antonio Ocampo y el uruguayo Luis Bértola, incluyen al peronismo en un ciclo de gobiernos de corte nacional-popular en lo que se ha llamado un período de industrialización dirigida por el Estado, con características comunes y en algunos casos muy similares en Brasil, México, Perú y Uruguay entre otros países. En ese caso, las trayectorias de los PBI de cada uno de esos países deberían demostrarse distintas a la de Argentina por alguna característica única del peronismo que, por cierto, los autores no han destacado.

Un cuestionamiento adicional, que se asocia al de la exogeneidad pero se inscribe en la metodología de control sintético, refiere a la elección de las variables que conforman la Argentina sintética. Si bien la Argentina sintética entre 1900 y 1946 tiene una evolución del PBI per cápita parecida a la de la Argentina real, no se tiene en cuenta que trayectorias similares de crecimiento no necesariamente implican igualdad en todas las variables (y, por ende, un comportamiento similar en el futuro). De los países seleccionados, solo tres iniciaron su industrialización al mismo tiempo que Argentina (Uruguay, Australia y Nueva Zelanda). Los demás no solo la iniciaron antes, sino que el grado de dependencia externa era muchísimo menor. Si bien no hay datos certeros, podríamos arriesgar que en la mayoría de ellos la distribución del ingreso era significativamente más igualitaria que en Argentina. En lo que refiere a distribución de la riqueza, un elemento clave que muchas veces ha explicado el ya mencionado desarrollo desigual de Argentina en relación a otros países de gran extensión, poblamiento masivo tardío y base agraria de clima templado, como Estados Unidos, Canadá y Australia, ha sido la distribución de la propiedad de la tierra en pocas manos. Estas variables también quedan afuera de la conformación de la Argentina sintética. Del mismo modo, países que tuvieron una trayectoria industrial tardía al igual que la Argentina, como Brasil, México, España o Rusia (Unión Soviética desde 1917) no forman parte de la Argentina sintética, precisamente porque su PBI per cápita fue durante todo el período hasta 1946 significativamente más bajo.

Del mismo modo, asumir que una Argentina sin Perón habría recorrido un camino similar al de una Argentina sintética conformada principalmente por países que ya eran industriales en 1946 y en algunos casos eran grandes potencias globales también tiene sus problemas: casi todos los países que conforman la Argentina sintética formaron parte del núcleo del apoyo geopolítico de Estados Unidos en la inmediata segunda posguerra, en tanto su estructura industrial previa -más allá de la destrucción física propia de la guerra- tenía la potencialidad de un crecimiento acelerado. Es decir, si bien el PBI per cápita de estos países evolucionó de manera similar al de Argentina en la primera mitad del siglo XX, esto no quiere decir que Argentina se haya parecido a ellos. Más aun, la conclusión podría ser la opuesta: la particularidad argentina es haber tenido durante la primera mitad del siglo un PBI per cápita demasiado alto en relación a sus características estructurales. Posiblemente la distribución desigual de los ingresos pueda ser una clave para comprender mejor este fenómeno.

Estas consideraciones que surgen aquí son algunas entre tantas otras que pueden explicar los problemas del citado artículo. Refieren, centralmente, a la necesidad de incorporar dimensiones económicas, sociales y políticas de la contingencia histórica, sin las cuales no se puede explicar el peronismo. Pero también a la necesidad de que detrás de toda pretensión explicativa concreta haya teorías sobre las cuales se instituya esta explicación. No queremos decir aquí que el artículo citado no tiene teoría: la tiene y de hecho los esbozos explicativos de las hipótesis son prueba de ello. La idea de que el conflicto social y el cambio de valores entendidos como shocks exógenos operan como los limitantes del crecimiento en el largo plazo está atada a las ideas del neoinstitucionalismo, según el cual las instituciones (un ente difuso pero entendido ante todo como reglas de juego que incentivan o desincentivan la acción individual) tendrían el poder de desviar la trayectoria de un país respecto de su potencial. A diferencia de un enfoque estructural, según el neoinstitucionalismo los shocks institucionales son exógenos y explican el desvío de ciertos países respecto de las trayectorias normales esperadas. En condiciones normales, la economía debería funcionar bien: sin altibajos, sin ciclos pronunciados, sin conflicto inherente. Este conglomerado de principios está presente en el artículo de forma tácita, pero también lo está en gran parte de la historiografía económica liberal que intenta explicar por qué Argentina no fue Australia. El problema en este caso particular es que, al no ser explicitada o valorada la teoría, la rigurosidad del trabajo pretende ponerse en juego solo desde la validez de los métodos. Si la teoría es un detalle menor, el trabajo reclama que se lo juzgue solo en términos procedimentales y no teóricos.

Volviendo al inicio, este ejemplo es un caso paradigmático de la praxis habitual de muchos economistas que entienden que su expertise es metodológica (econométrica) antes que teórica. Un economista que piensa que todo puede ser explicado desde sus herramientas técnicas y que, de hecho, por el funcionamiento habitual de la academia en sus ramas mainstream solo acostumbra a ser cuestionado y a cuestionar a otros en estos términos siente la libertad de poder intervenir sobre cualquier ámbito para el cual estos métodos sean o parezcan aplicables. Este mismo economista está tan acostumbrado a dialogar sobre estas mismas bases que muchas veces se olvida de explicitar sus propios postulados teóricos. Sin embargo, en tanto no haya teoría explícita, en tanto no haya rigurosidad conceptual y en tanto no se reconozcan los límites de los propios métodos, estas prácticas de economistas invadiendo campos ajenos sin siquiera preguntarse por sus especificidades solo servirán para darle una mayor imagen de robustez a los prejuicios: en vez de demostrar -como se pretende- que la llegada de Perón significó el hundimiento de la Argentina, lo que se está demostrando es que los autores son antiperonistas y buscan disfrazar de objetividad sus propias ideas políticas.


Sobre el autor 

Nicolás Dvoskin. Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt, CEIL-CONICET y Sociedad de Economía Crítica.

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