¡Echame a mí también!

Fútbol, política e historia. Ese es el triángulo que elige Jorge Castro para cautivarnos con su destreza literaria. En este caso, viaja hasta 1977 para narrar una de las grandes hazañas del Independiente de Bochini y Pastoriza, que derrotaba rivales dentro y fuera de la cancha.


I


El segundo gol de Talleres provoca una explosión de alegría en las tribunas de La Boutique y su onda expansiva alcanza al resto de la provincia y muchas de las aledañas también. Lo grita Talleres, Córdoba, el Interior del país entero.

En un costado de la cancha los futbolistas de la T celebran el gol formando una montonera. Hacia la mitad, se provoca otra: la de camisetas rojas rodeando a Roberto Barreiro, el árbitro del partido. Son los jugadores de Independiente, furiosos con él. Se sienten estafados. El primer gol de Talleres vino a través de un penal que sólo vio el referí. Y el segundo fue con la mano. Escandalosamente con la mano.

A Barreiro lo insultan, lo empujan, le tiran patadas a los tobillos. Es un pescado herido en el medio de un cardumen de tiburones. En el revoleo, lo expulsa a Trossero.  

Fue tirarle nafta al fuego.

¡Le está robando la plata a mis hijos, écheme, écheme!”, le grita Galván.

Roja.

“¡Nos estás robando, echame a mí también!”, lo increpa Larrosa.

Roja.

Cada expulsión es festejada como un gol por los hinchas cordobeses.

Los futbolistas de Independiente traspasan el límite de la cólera y se quieren retirar de la cancha. Bochini, lo que nunca, está sacado: “¡está todo arreglado, Pato, vámonos!”, le dice a Pastoriza, el técnico del equipo.

Pastoriza logra frenarlos. Los reúne e intenta tranquilizarlos. Es un hombre de pocas palabras, pero contundentes. Después de convencerlos de que sigan jugando, les da una sóla orden: clara, directa, sin lugar a la más mínima duda o réplica.

Vayan, sean hombres, jueguen y ganen”.

Los futbolistas se dan vuelta y encaran otra vez hacia el campo de juego.

Talleres es local, ellos visitantes.

Talleres tiene sus once jugadores, Independiente ocho.

Talleres con la victoria es campeón del Nacional ‘77, Independiente necesita un gol para dar vuelta la historia.

Restan veinte minutos.


  II


A Luciano Benjamín Menendez no le gusta el fútbol, sí le interesa su poder para cimentar imágenes públicas y desviar el foco de atención. Lo apodan Chupete y Cachorro, por ser hijo de un militar. También tiene otro alias: Hiena. Comandante en Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército con sede en Córdoba, en plena dictadura militar tiene bajo sus fauces a esa y otras nueve provincias que pertenecen a su jurisdicción: San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy.

Perteneciente al ala dura del Ejército, aspira al cargo de presidente que ocupa, según él, un blando: Jorge Rafael Videla. Si de Menendez dependiera, el Estado sería aún más intervencionista en la política económica, y en la disputa por el Canal de Beagle con Chile, iría directamente a la guerra en vez de intentar solucionar el conflicto por las vías diplomáticas. “Si nos dejan atacar a los chilotes, los corremos hasta la isla de Pascua, el brindis de fin de año lo hacemos en el Palacio de la Moneda y después iremos a mear el champagne en el Pacífico”, bravuconea.

De todos los Centros Clandestinos de Detención que gobierna, su orgullo es La Perla. Ubicado en la localidad homónina, a doce kilómetros de la ciudad de Córdoba, también se lo conoce como la Universidad, porque ahí los represores aprenden todos los métodos de tortura posibles. Hasta su desmantelamiento en 1979, en su interior permaneceran en cautiverio alrededor de 2500 personas. Muchas, aún hoy, continúan desaparecidas.


III


Las finales del Torneo Nacional de 1977 —que en verdad se juegan el 21 y 25 de enero de 1978— las disputan Independiente contra Talleres de Córdoba, los dos mejores equipos del momento en el fútbol argentino. Pero por debajo de ella subyacen intereses mucho más profundos.

Y cuanto mayor es la profundidad de esos intereses, estos más oscuros son.

Pésimo en lo deportivo y agonizante en su economía, cuando Amadeo Nuccetelli asume la presidencia de Talleres en 1974, el club cordobés es un alma en pena. En pocos años consigue ponerlo de pie. Llega un momento en que la Liga Cordobesa es un corsé que asfixia al equipo de Barrio Jardín: necesita medirse con los equipos de Buenos Aires. En la Primera División se juegan dos torneos, el Metropolitano y el Nacional. El primero sólo lo disputan clubes afiliados a la AFA: los de Buenos Aires y Santa Fe. El Nacional sí lo juegan algunos equipos no afiliados directamente, pero a Talleres esa migaja no le alcanza. La T tiene un equipazo —entre varios grandes jugadores, cuenta con Luis Galván, Miguel Oviedo y José Daniel Valencia, meses más tarde campeones del mundo con la selección argentina— y necesita de los recursos económicos que le otorgan los partidos contra los clubes grandes para poder sostenerlo. Y de los deportivos también. En la Liga Cordobesa ya no tiene rivales de fuste: entre junio de 1974 y septiembre de 1976 consigue una racha invicta de sesenta y seis partidos. El de 1977 es el cuarto Nacional que disputa y ya se siente curtido para medirse con un grande como Independiente, que viene de hilvanar la histórica conquista de cuatro Copas Libertadores consecutivas.

Nuccetelli bien sabe que su Talleres encarna algo mucho más grande que la obtención de un título deportivo: carga sobre sus hombros con la cíclica disputa entre el unitarismo de Buenos Aires y el federalismo del Interior. Si su equipo logra coronarse, tiene terreno firme para plantarse contra los dirigentes porteños. Y por sobre todas la cosas, se le abren las puertas de su máximo anhelo: conquistar la presidencia de la AFA, y una vez ahí, reformular los torneos y otorgarle mayor presencia en ellos a los clubes del Interior. Pero no es el único que aspira a tan encumbrado cargo. El presidente de Independiente, un tal Julio Humberto Grondona, también lo ambiciona, y es igual de consciente que para lograrlo necesita una victoria de su club.  

Por su parte, Menéndez precisa de un Talleres victorioso para darle impulso a su carrera por la presidencia del país. La Hiena —como antes, por ejemplo, Mussolini— conoce el profundo poder que puede llegar a tener la irracionalidad que muchas veces genera el fútbol: atraviesa clases sociales, e incluso, inclinaciones políticas. Una foto con el primer campeón Federal del fútbol argentino, oriundo de la provincia que dirige con puño de hierro, lo posiciona de la mejor manera ante la opinión pública, y es el pasaporte ideal para llegar a la Casa Rosada.

Ajenos a estas disputas, los futbolistas de los dos clubes pasan a convertirse en las piezas de las maquivélicas partidas de ajedrez que a través de ellos están por empezar a disputarse.


 IV


La final de ida se juega en la Doble Visera y no pasa demasiado. La presión y los consecuentes  nervios de un partido decisivo, atan piernas y multiplican las precauciones en dos equipos que justo se destacan por todo lo contrario: un juego agresivo y vistoso. El empate 1 a 1 proviene de dos goles de penal. Primero abre la cuenta Enzo Trossero para Independiente y a los pocos minutos iguala Ricardo Cherini. Las dos sanciones ejecutadas por Coerezza, el árbitro del partido, son pura invención suya. Cuatro días más tarde, cuando se juegue la segunda final, la implicancia del referí marcará a fuego ese encuentro.

Aunque el partido termina en tablas, sólo Talleres se va contento de Avellaneda. El reglamento dictamina que a empate en la cantidad de goles entre las dos finales, se consagrará campeón el equipo que haya metido mayor cantidad en condición de visitante. El 1 a 1 casi que es una victoria para el conjunto cordobés. Independiente se encuentra obligado a, por lo menos, marcar un gol en el segundo y decisivo partido.


 V


Córdoba es una gran bandera blanca y azul. Su hijo predilecto está a un partido de alcanzar la gloria y eso se ha convertido en una auténtica cruzada dentro y fuera de la provincia. Los eternos rivales han depuesto las armas por unos días, y en el enjambre humano que rodea a La Boutique, las camisetas de Talleres se mezclan con las de Belgrano e Instituto. Y si se aguza un poco más el ojo, se descubren las de lo clubes santafecinos, sanjuaninos, tucumanos… El Interior en su totalidad se ha volcado en favor del equipo de Barrio Jardín.

Zorro viejo, Pastoriza decide viajar a Córdoba dos días antes, así sus jugadores tienen tiempo de asimilar el clima triunfalista que se vive en la provincia. Más tarde, cuando Independiente esté a punto de tirar la toalla, el Pato sacará a relucir otra jugada audaz que pocos se hubiesen animado a realizar.

Media hora antes de que comience la segunda y decisiva final, los presidentes y técnicos de cada equipo son convocados al vestuario de Barreiro, el árbitro. Ahí dentro, rodeado de custodia militar, se encuentra Menéndez. No dice mucho, pero advierte que el encuentro “debe ir bien por el medio”. Después saluda y sube al palco, donde verá el partido acompañado de Grondona y Nuccetelli.

El marco es el ideal para una final: 19 mil hinchas de Talleres y 8 mil de Independiente revientan el estadio, pero dentro de la cancha los equipos no responden a tanta expectativa. Si en la primera final predominaron la precaución y los nervios, en la segunda los equipos parecen dos esgrimistas estudiando a su rival, sin animarse a soltar estocada alguna.

Y en un partido de estas características, muchas veces una jugada de pelota parada es el abracadabra necesario para abrir las áreas: tiro libre para Independiente. Larrosa mete un centro pasado, Trossero cabecea la pelota al medio del área y Outes de palomita la clava en el ángulo. Uno a cero. El Rojo ya tiene el gol que necesitaba. En el placo, Grondona apenas si gesticula y Nucettelli se agarra la cabeza. La Hiena, disimuladamente, aprieta los dientes.

Ahora, la presión es toda de Talleres. Y lo aplasta. Busca el empate pero no puede generar peligro. Se juegan quince minutos del segundo tiempo y Valencia tira un centro intrascendente que pega en el cuerpo de Pagnanini, lateral derecho de Independiente.

Entonces Barreiro decide intervenir: cobra penal.

Los futbolistas de Independiente protestan. Los de Talleres, incrédulos, se miran sin entender el por qué de semejante regalo. Barreiro les acaba de tirar un salvavidas justo cuando el mar se los tragaba. Por las dudas, minutos más tarde les arrojará otro más.

Ricardo Cherini, al igual que en Avellaneda cuatro días antes, convierte el penal. 1 a 1. La Boutique se estremece. En el palco, Grondona no se inmuta y Nucettelli se contiene como nunca para no gritar como un desaforado. La Hiena, disimuladamente, esboza una sonrisa.

Pasan los minutos y los equipos empiezan a atravesar la zona del partido donde, por más mínimo que sea, cualquier error se paga con la derrota. La carne de las piernas comienza a convertirse en cemento. La presión es tal que dos cracks del tamaño de Bochini y Valencia pasan desapercibidos.  

Treinta minutos, tiro libre para Talleres. Ludueña juega corto para Cherini, éste se la devuelve, y Ludueña tira un centro pasado. Outes y Villaverde saltan y no llegan a despejarlo. Por detrás de ellos, Bocanelli, delantero de Talleres, estira el brazo izquierdo y de una piña mete la pelota dentro del arco de Independiente. Barreiro cobra gol.

Y se desata el Infierno.

La Boutique explota de delirio, alegría, emoción. Mientras los futbolistas de Talleres festejan, los de Independiente, estallados de bronca e indignación, acorralan a Barreiro. El árbitro expulsa a Trossero, Galván y Larrosa. El resto de sus compañeros se quieren ir de la cancha y Pastoriza los convence de seguir. Pero lo del técnico no es sólo discursivo, antes de que se reanude el juego arriesga el cuello: mete a Bertoni y Biondi, dos futbolistas de ataque y buen pie. Podría haber hecho lo más fácil, pedirle a los jugadores que se refugien en su área, dejen pasar el tiempo y pierdan de manera piadosa. ¿Quién lo hubiese criticado si tomaba esa decisión? La respuesta es simple: él mismo. Conocedor como pocos de la identidad del club al que defendió dentro y ahora fuera del campo de juego, sabe que el concepto de derrota digna es un patético consuelo.

Pastoriza se la juega, es plata o mierda.

En el palco, Grondona permanece serio, Nucettelli casi que acaricia el sillón de la AFA. La Hiena, el de Rivadavia.

Apenas vuelve a rodar la pelota, Bochini pega una patada que es más roja que las tres juntas que sufrió Independiente. Barreiro tiene la expulsión servida en bandeja: la juzga demasiado castigo. Ese perdón al Bocha será clave minutos después.

Talleres mueve la pelota e intenta liquidar el partido. Llega, llega y llega al área de Independiente pero no concreta. O bien falla la puntería, o bien cada futbolista quiere hacer el gol de su vida y que su foto salga en las tapas de El Gráfico y Goles. El equipo cordobés peca de cazador inexperto: tiene a su presa malherida pero no termina de rematarla.  

Los ocho futbolistas de Independiente hacen lo que pueden. Corren como poseídos ante el toque rival y en defensa rechazan todo lo que les tiran. Encima, el minutero es un nuevo rival, cada vez falta menos para que termine el partido.

Menéndez ha organizado un asado descomunal para festejar el título de Talleres. Pero ese día también es el cumpleaños de Bochini, y los dioses del fútbol —que a veces son justos— le quieren regalar un milagro, y de paso, escupir ese asado. Pagnanini corta una pelota y se la pasa al Bocha. Entonces, él y Bertoni hacen lo que mejor saben: empiezan a tirar paredes, y de pronto, el arco de Talleres ya no es esa costa lejana que hasta hace unos minutos apenas si se divisaba en el horizonte. Bochini deja mano a mano a Biondi contra Guibaudo, el arquero del equipo cordobés. Biondi encara y la pelota se le va larga. Podría haber pasado cualquier cosa con ella: que la rechazara un defensor de Talleres, que se fuese por la línea de fondo, que el arquero la recuperara, que algún futbolista de Independiente pateara al arco y se fuese desviada.

Pero le cayó a Bochini.

Con la zurda, la menos hábil —y evitando el desesperado intento de neutralizar el tiro por parte de la defensa de Talleres—, el Bocha suelta la pelota como si fuese una paloma, que lenta e inexorablemente vuela hacia dentro del arco cordobés. 2 a 2.  

El grito de los hinchas de Independiente se hace más notorio por el silencio sepulcral que, como una mortaja, envuelve a La Boutique. Gracias a los dos tantos de visitante, Independiente se está consagrando campeón. El gol de Bochini se grita en Avellaneda, pero también en La Perla. Dando ya por hecha la victoria de Talleres, en el centro clandestino se autorizó a que algunos presos escucharan el partido. Y estos, sin importar el cuadro del que son hinchas, consideran el resultado como una mínima revancha a tanto horror sufrido —y todavía por sufrir—.

Presionado por los futbolistas de Independiente, Barreiro sólo hace jugar tres de los diez minutos adicionados. Los de Talleres casi no reclaman. Más de lo que hizo por ellos, el árbitro no puede seguir haciendo.

Independiente sale campeón y sus jugadores, cuerpo técnico e hinchas festejan emocionados. Aún es muy pronto para que tomen cabal conciencia de la hazaña que acaban de producir. Los hinchas de Talleres, pese a tener el corazón destrozado, despiden con aplausos a sus jugadores y reconocen al rival.

En el palco, Grondona ya se acomoda mentalmente en el sillón de la AFA. Nucettelli tiene el alma por el piso. La Hiena, sufre algo que nunca creyó padecer: que en Córdoba las cosas no salgan según su voluntad.                                          



 VI


La Hiena ya no ríe. Responsable del funcionamiento de 238 centros clandestinos de detención, tortura y muerte, fue el genocida vivo con mayor cantidad de condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad: catorce. Así y todo, gozó del beneficio de prisión domiciliaria.

Durante treinta y seis años (desde 1978 hasta su muerte en julio de 2014) Grondona manejó a sus anchas la AFA. También fue vicepresidente de la FIFA. En los dos lugares pactó, entregó, hizo y deshizo todo lo que fuese necesario para perpetuarse en el poder. La Parca fue benevolente con él: si hubiese demorado un poco más en llevárselo, estaría preso junto a otros dirigentes de la FIFA por cargos de soborno, fraude y lavado de dinero.

La final del Nacional 77’ no fue la primera vez que Pastoriza amargaba a un militar: en 1971, siendo jugador, y bajo el gobierno de facto de Levingston, encabezó una huelga de futbolistas que resultó triunfante. La AFA había querido revocar el convenio dictado por el Ministerio de Trabajo pero los jugadores no dieron el brazo a torcer y evitaron la efectivización de la medida.

Por su parte, hasta el día de su retiro, Bochini dedicó su vida a una sola cosa: coleccionar paredes, asistencias, goles y títulos, y casi sin darse cuenta, erigirse en el ídolo máximo de la historia de Independiente.


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