Dos caminos diferentes: Trump y Fernández en un mundo en crisis

Por Sonia Winer y Gabriel Merino*  


La conmemoración de la liberación de Auschwitz por parte del Ejército Rojo, el viaje del presidente Argentino a Israel, por un lado; los anuncios de Trump y Netanyahu sobre como tramitar la conflictividad en Medio Oriente, por otro, se intercalan en las noticias de manera fragmentada. Pero si las conectamos a partir de ciertas premisas que ligan caminos entre Estados Unidos-Israel-Irán y Argentina, podemos reflexionar sobre las relaciones de poder y los vínculos que construimos. También sobre el papel de las institucionalidades o legalidades, es decir, las reglas de juego a través de las cuales se regulan las conductas -y se limitan las violencias- nacionales e internacionales en este momento del capitalismo. 

La columna entonces gira en torno a los siguientes interrogantes: ¿qué sucede cuando la mencionada institucionad/legalidad que se construyera después de la segunda guerra mundial entra en crisis, como parte de una crisis orgánica del sistema mundial, exacerbándose las violencias y el unilateralismo del conservadurismo estadounidense e israelí? ¿Puede ser una oportunidad para que Argentina logre posicionar otras propuestas más acordes a nuestros valores, reivindicando aquellos instrumentos universales que Trump y Netanyahu consideran obsoletos? ¿Qué lazos en definitiva queremos y podemos edificar: de sometimiento o de igualdad?

 

Trump: apoyos, intereses y cosmovisiones. El proyecto “americanista” unilateral 


La docu serie de Netflix “El fiscal, la presidenta y el espía” visibiliza los vínculos y los intereses compartidos entre exfuncionarios de la CIA y del FBI con un sector de la ex SIDE (hoy AFI) argentina. Lo que más llama la atención, es que mientras los norteamericanos entrevistados, Ross Newland y James Bernazzani, reconocen que no encontraron hasta ahora pruebas contundentes de la participación iraní en el atentado, los documentos que publica el Departamento de Estado de Estados Unidos en 2017 y 2018 continúan insistiendo en atribuírselo a Hezbolá. Subrayan su interés para que el tema permanezca en los medios de comunicación de nuestro país ¿por qué es eso? Porque lo utilizan para sus intereses de política exterior, que tiene como uno de sus objetivos fundamentales controlar el Golfo y subordinar a Irán. Y también para apoyar sectores internos rioplatenses alineados con éstos. 

Textualmente, los Country Reports on Terrorism que estamos revisando para conocer qué acuerdos se firmaron con la Casa Blanca durante el macrismo, repiten que “Los bombardeos de Hezbolá a la Embajada de Israel en 1992 y a la AMIA en 1994 permanecieron en las noticias”. La cartera bajo la órbita de Mike Pompeo afirma esto sin pruebas que avalen dicha afirmación, pero el contraterrorismo no considera que las necesite porque se fundamenta en el Derecho Penal del Enemigo, el cual da por tierra con el principio de inocencia y debido proceso. Retrotrae la norma a tiempos del absolutismo europeo. 

Por eso se arroga la posibilidad de asesinar extrajudicialmente de manera “preventiva” y selectiva (como hicieron con Soleimani en Irak y con miles y miles de personas antes que él desde 2009) a cualquiera que consideren terrorista, violando toda la legalidad internacional (e incluso la nacional). 

Detrás del contraterrorismo se encuentran, entre otros, los intereses de los contratistas del Pentágono, que lucran con la muerte: por ejemplo, el CEO de empresas como Northrop Grumman, fabricante de los bombardeos B-2, vio crecer el valor de sus acciones en más de un 5 % sus acciones ganando más de 4 millones de dólares en un solo día luego del asesinato de Soleimani. También podemos mencionar que el propio secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Espert, fue vicepresidente de Raytheon, una de las mayores compañías de defensa, y su antecesor en el cargo Patrick Shanahan, fue directivo durante 31 años de Boeing, otra de las grandes contratistas del Pentágono. 

Esto es una realidad y detrás del contraterrorismo lamentablemente también se ubica otro diagnóstico compartido por gobiernos estadounidenses de uno u otro signo: la crisis de las reglas/institucionalidades/legalidades construidas. No obstante, esta coincidencia, al interior de la potencia existen disputas dentro de los polos de poder que se remontan a finales de los años noventa, entre dos sectores específicos: los “globalistas”, de gran influencia sobre las administraciones demócratas como la de Barack Obama (2009-2017), frente a los “americanistas”, asociadas a las gestiones republicanas y, en especial, con la de Trump (2017-act.). Las diferencias de uno y otro no están dadas solamente en el plano intelectual. O más bien, los debates que allí se desarrollan se vinculan con intereses económicos concretos y antagónicos entre sí. Los primeros responden a fracciones de capitales transnacionalizados que esperan conservar la supremacía de Estados Unidos y las ganancias que ello les ha brindado a través una nueva estatalidad global que los apuntale, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, tratados Transpacífico y Transatlántico, etc. Una estrategia de dominación que rediseña y maquilla de multipolaridad (desde la multilateralidad unipolar), en el marco de la crisis del sistema-mundo capitalista en curso, unas normas a la luz de sus intereses presentes. El acuerdo nuclear que propiciara Obama con Teherán y otras capitales importantes iba en esa línea, y procuraba generar un equilibrio de poder en dicha región, impedir un acercamiento de Irán a China y Rusia y salir del pantano de Medio Oriente para poner todas las fuerzas en contener/rodear el eje Pequín-Moscú. Por ello, bajo la administración Obama, se “permitía” otra política de la Argentina hacia Irán.  No veían mal que se avance en los procesos judiciales y el esclarecimiento de lo sucedido (lo que antes se impedía) ya que neoconservadores y sus aliados usaban los casos AMIA y Embajada de Israel para la lucha geoestratégica interna.

Para los “americanistas” en cambio, las reglas de juego multilaterales los han perjudicado, puesto que allí se alinean las fracciones empresarias e incluso trabajadoras que se consideran perdedoras de la globalización -parte del sector industrial siderometalúrgico estadounidense, por ejemplo-. Por eso abogan por el proteccionismo económico, especialmente los nacionalistas económicos emergentes con Trump (como Peter Navarro) y por una estrategia abiertamente unilateralista en todo lo demás;, y comparten con los neoconservadores del partido republicano, el diseño de una geoestrategia diferente a la de la administración anterior. La misma se traza en función de beneficios materiales para ese segmento e impedir el avance de otros polos de poder emergentes -China y Asia, por ejemplo-, que devienen competidores estratégicos para ellos. 

Mantener la dominación por medio de una “burocracia global” obsoleta es considerado un gasto innecesario e incluso la misma, entienden, puede afectar los intereses estadounidenses. La perspectiva “americanista” además, exacerba matrices racistas, machistas y jerarquías desiguales, mientras -al igual que la otra corriente- disciplina la rebelión y las insubordinaciones de los “vasallos”. El primero hace ciertas concesiones mínimas en materia de planes de salud y sociales para conservar a sus votantes norteamericanos. El segundo combina discursos nacionalistas y conservadores. Claro que ambos buscan afianzar relaciones de subordinación, pero con maniobras disímiles. Trump resignifica el “eje del mal” de George W. Bush y recoloca a Irán domo gran adversario (y a Irak, Cuba y otros nuevos “Estados Canallas”) porque desde el principio tiene en la agenda avanzar sin miramientos en la conquista de Palestina y en la construcción del Gran Israel para desequilibrar el juego de las potencias regionales ¿Esto se exacerba en tiempos de “juicio político”, filtraciones del libro de John Bolton y en año electoral en Estados Unidos?

 Por supuesto. Sobre todo, porque Trump necesita los 53 escaños del partido republicano (de 100) alineados en el Senado para impedir que su exconsejero de Seguridad declare en la Cámara de Representantes y/o que lo destituyan. 

Sin embargo, es clave comprender que estas medidas fueron pensadas con antelación y no ocurrencias producidas por un brote de locura de un día o de una semana. Asimismo, la mirada “americanista” nos ayuda a interpretar de otra manera el traslado del consulado a Jerusalén del inicio de su gestión, o la retirada del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en 2018 -acusando a sus miembros de “prejuicio crónico” sobre Israel-, el apoyo político de esta semana al primer ministro Netanyahu -acusado de corrupción, quien también afronta un proceso electoral en marzo en su país- y el anuncio del “acuerdo del siglo” por parte de Trump sin consentimiento de una de las partes involucradas en el mismo, Palestina. 

Lo que debemos tener en claro desde Argentina, con respecto al cambio de directriz en Medio Oriente, es que para los “americanistas” reglar o regular las conductas o las violencias es contraproducente. Y que el giro allí no les impide priorizar otro objetivo: recolonizar su “patio trasero” para así acumular más fuerza contra otros polos emergentes. Apuestan al despliegue de la fuerza bélica para reactivar su economía y combinan mecanismos distintos (el uso de la fuerza militar, la fuerza económica, la psicológico-cultural, ciberataques, etc.) para aniquilar aquella alteridad vivenciada como amenazante/diferente o que se interpone a sus fines. Ello impacta quizás en lo que hace a los niveles de agresividad y se ocasiona al exterior e interior de fronteras cada vez más difuminadas espacio-temporalmente. 

En lo que hace al rol asignado a Irán, nos obliga a recapacitar sobre qué impacto involucra en nuestras tierras, donde se vuelven a ubicar/inventar enemigos y células en la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil. Donde les interesa particularmente que lo relativo a la Embajada, la AMIA y a Nisman siga en la prensa, aunque han sido cómplices en varios de los procesos de encubrimiento perpetrados por la inteligencia y la dirigencia local. 

Dos periodistas de perfiles ideológicos cuasi contrapuestos han publicado libros sobre esto -nos referimos a “La InfAMIA” y “Caso Nisman, Secretos Inconfesables” de Juan Salinas y “¿Quién mató a Nisman?” de Pablo Duggan- que dejan entrever intereses y conexiones de servicios de argentinos con israelíes y estadounidenses con mayor profundidad. Uno de ellos señala algo a tomar en cuenta, que a su vez aparece en el libro de Gordon Thomas “La Historia Secreta del Mossad”: parece que agentes del Shin Bet opuestos al gobierno del primer ministro Isacc Rabin -que estaban furiosos con él porque éste se proponía llegar a un acuerdo de paz con Siria, con la garantía del consejo de seguridad de la ONU, a cambio de devolverle la meseta del Golán, arrebatada por Israel en la guerra de 1967-, habrían actuado en el atentado contra la Embajada en Buenos Aires en 1992. Salinas sugiere que los móviles de los atentados de esos años serían cambiar el signo del gobierno de Israel, donde nunca más hubo una administración laborista después de éstos -y, a partir del asesinato de Rabin, siempre primó la derecha-. Además, agrega que en las entidades de la colectividad judía en Argentina sucedió lo mismo y subraya que por medio de aquel entramado en el presente se afianza una alianza de los evangélicos pentecostales de matriz norteamericana y brasilera con los sionistas más radicales, el cual confluye sobre Jair Bolsonaro, Donald Trump -a través de Jared Kushner ligado a Jabad Lubavitch- y otros miembros de sus administraciones. Este entramado inflama la visión del choque de civilizaciones desde el supremacismo blanco/occidental, no sólo contra el islam chiíta y el estigmatizado mundo musulmán, sino también contra las cosmovisiones populares de los pueblos latinoamericanos que sincretizan elementos cristianos y semitas en general con tradiciones y religiosidades indígenas, dando lugar a una cultura propia.

Nuestras investigaciones sobre los cambios burocráticos producidos dentro del Departamento de Estado de Estados Unidos durante los últimos 3 años, donde se restringe el tema “derechos humanos” hacia “libertad de culto” adjudicándole fondos, oficinas y nuevos “estatus” en la cartera bajo la órbita de Pompeo, fortalecen esta línea de análisis. La reactivación del enemigo “iraní” aquí, sin que medie un proceso conforme a derecho para probarlo -como reclaman organizaciones de familiares de las víctimas de AMIA-, evidencia que la figura de la amenaza se coloca donde existen intereses antes que valores, para nutrir la dinámica del amo y esclavo hegeliana, sin barajar otras formas de lo vincular por fuera de la sumisión. Esa es precisamente la relación que los debates entre “globalistas” y “americanistas”. por lo general, no ponen en cuestión. 

 

Alberto, Elizabeth y Vera Jarach: pluriculturalidad-derechos humanos



La ceremonia en Jerusalén a la que asistió Alberto Fernández esta semana, nos recuerda precisamente que una de las derivaciones de la segunda guerra mundial marcó el punto de inflexión de aquella institucionalidad/legalidad[4] que hoy se da alegremente por perimida al interior del polo de poder angloamericano. La votación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 y la construcción de instrumentos político-jurídicos universales (o con pretensión universalizante) para garantizar una serie de derechos indispensables para el desarrollo de la vida digna, orientados por los principios de igualdad y de no discriminación. Y por el de Justicia, aunque sea redundante. Reglas donde se imaginaron vínculos de liberación y no de sumisión. Otro momento histórico del sistema-mundo y del imperialismo, es cierto, donde las correlaciones de fuerzas obligaban a Estados Unidos a adherir -aunque también manipuló organizaciones regionales en su propio beneficio- y participar activamente en su construcción. No exento de contradicciones profundas y de tensiones, solo por mencionar una, entre las normas y ciertas costumbres[5]. Sin embargo, aquellas institucionalidades todavía resultan útiles y pueden ser reivindicadas y aprovechadas por fuerzas progresistas para ir marcando agenda e incorporar demandas en ese sentido: el viaje de Elizabeth Gómez Alcorta a Chile para presentar en la reunión de la CEPAL, amparándose en el Convenio para la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de las Naciones Unidas (CEDAW), adoptada por las Naciones Unidas en 1979, de una propuesta de distribución de las tareas de cuidado más equitativa, así lo evidencia. Nuestro movimiento de derechos humanos se reconoce como emblema de aquella institucionalidad en varios sentidos -la judicialización de los delitos de lesa humanidad en el país, la incorporación y reconocimiento de nuevos derechos en regímenes internacionales, etc.- y que Fernández se cruzara con Vera Jarach y se lo relatara a Netanyahu[6] da cuenta de estas otras posibles transformaciones frente a los genocidios padecidos que se inscriben por fuera de las soluciones belicistas. 



Por ende, la presencia del único mandatario latinoamericano en la conmemoración del Holocausto, no sólo debe ser leída en el marco de la negociación por los recursos materiales ante organismos como el FMI, sino como puesta en valor estratégica de capital simbólico acumulado en materia de derechos humanos por Argentina. Es decir, en materia de institucionalidad y de luchas coherentes con el rediseño progresista de la legalidad, donde la Casa Rosada puede reivindicar otra referencialidad que ya cuenta con un prestigio adquirido. También como una interpelación al propio “occidente” 

Esto le brinda un plus en la posibilidad de interpretar los conflictos y las crisis sistémicas, leyéndolos como oportunidad para abonar una institucionalidad consecuente con proyectos de democratización e igualdad, por ejemplo, a partir de una perspectiva “pluriculturalista”, crítica tanto del supremacismo racial blanco-occidental como del multiculturalismo globalista. En la que cada pueblo o comunidad se encuentre dispuesto a exponerse a que otro le muestre las debilidades de sus concepciones y le apunte las carencias de su sistema de valores, tras la premisa de que todas las culturas son necesarias y, en alguna medida incompletas, y que el diálogo entre las misma permite avanzar a partir de eso para desarrollar la conciencia de las imperfecciones de manera igualitaria. La diferencia enriquece y une al mismo tiempo. El asilo político a Evo Morales en Buenos Aires, quien edificó la plurinacionalidad en Bolivia, es más que significativo de dicho camino. Por eso, frente a las perspectivas y al debate al interior de Estados Unidos, fundando en la necesidad de primacía, tenemos la oportunidad de resignificar una propuesta cualitativamente superadora y ampliar márgenes de autonomía a través del fortalecimiento del polo emergente que se nuclea en la CELAC. Tomemos ese camino.

 








* Sonia Winer es  Investigadora CONICET- Doctora en Ciencias Sociales UBA. 

* Gabriel Merino es Investigador CONICET -Doctor en Ciencias Sociales y Profesor de la Universidad Nacional de La Plata. 


[4] Pues esta comprende una serie de instrumentos internacionales de protección de los derechos humanos (pactos, tratados, convenciones, cortes, etc.) 

[5]Por ello, cuando se norman los convenios contra todas las formas de discriminación y se sancionan leyes que garantizan acciones afirmativas para beneficiar a las mujeres, a las personas de color o, inclusive, a les portadores de deficiencias físicas, la legalidad colisiona con la moral establecida y con creencias arraigadas, erosionando las prácticas de Occidente. Aunque el Convenio para la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de las Naciones Unidas (CEDAW), adoptada por las Naciones Unidas en 1979, es clara a este respecto y sanciona que “los Estados-Parte tomarán todas las medidas apropiadas para [...] modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con vistas a alcanzar la eliminación de los prejuicios y prácticas consuetudinarias, y de cualquier otra índole que estén basadas en la idea de inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres”. 




Rouvier