DODGE

Sin ánimo de caer en un registro puntualmente testimonial, quise hacer algo con la historia del auto familiar –que me fue entregado como a una posta, como si hubiera una carrera–, para escribir sobre el dolor. Sobre cómo se deterioran ciertas cosas y en ese proceso, indefectiblemente, también nosotros.

“Pero aquellas maratones / sin parar de escupir canciones / fueron buena pesca y tal vez / el dolor desaparezca”. Vaya sintomatología citar a un músico para entender el por qué de un nuevo libro. No es fácil indagar en el sentido del sinsentido de la escritura. Al menos hoy, ahora, en esta noche de invierno al sur de La Plata, pienso en ese verso de A. Calamaro para desarmalo: hacer algo (canciones) para lograr otra cosa (mitigar una pena).

Lo reconozco, me he dejado llevar por una fórmula que, a esta altura del baile, ya debería aceptar como falsa. O fallida. Repito: hacer algo para que pase otra cosa. Vaya trampa este mantra que, en carácter de tal, es ontológicamente imperfecto.

Sin ánimo de caer en un registro puntualmente testimonial, quise hacer algo con la historia del auto familiar –que me fue entregado como a una posta, como si hubiera una carrera–, para escribir sobre el dolor. Sobre cómo se deterioran ciertas cosas y en ese proceso, indefectiblemente, también nosotros.

El Dodge había sido el tesoro de mi padre, su principal obsesión. Cuando lo heredé, intenté lo esperable: apropiármelo. Sin saberlo, la transferencia de un vehículo, en este caso de un impoluto celeste, cromado, de cuatro ruedas, traía otras cuestiones en su baúl.

Como en un embrujo fuera de época, el Dodge fue transformándose poco a poco en un objeto cada vez más denso: en algo así como las primeras cien páginas de Christine; antes de la sangre, digamos, y de los chinchulines a la parrilla del caprichoso vehículo de S. King.

De cualquier manera, creo (y espero) no haber alcanzado nunca la estupidez de mi padre. A los hechos me remito: nunca llegué a pensar en no sacar el auto del garaje si el pronóstico del SMN profetizaba una lluvia brava. Jamás se me ocurriría no recurrir a mi actual auto si una de mis hijas se accidentara –escribo esto rozándome el testículo izquierdo– por temor a ensuciar la tapicería. Mi padre lo hizo, pidiéndole a un cliente al que debía terminarle una pieza de tornería que me llevara a la guardia del Larrain en su camioneta destartalada.



Mientras el Dodge y yo nos íbamos conociendo, yo comenzaba a percibir, por primera vez en mi vida más o menos adulta, a partir de sutiles indicios, que mi padre era cada vez menos mi padre. Una percepción que, estando el auto en cuestión bajo mi órbita, se acentuaba cuando notaba que el Dodge también envejecía, contra mi voluntad y mis cada vez más frecuentes inversiones para sostener su impoluta presencia y, por su puesto, su andar. Una picadura de óxido en la chapa. La inevitable renovación del sistema de audio. La imposibilidad de reemplazar una pieza original. Quiero decir, una parte del mundo, mi mundo –que al fin y al cabo es el único que cuenta– se estaba desintegrando. Me llevó algunos años aceptar esta realidad.

Y acá es donde aparece un estado de situación (psicológico) que me llevó a ponerle, de nuevo, una vela a la escritura, a su supuesto poder exorcista. ¿Qué hacer antes del final de algo? ¿Dónde ponerse, uno mismo, ante la inminente pérdida de algo? El duelo antes del duelo.

Pero.

Pero.

Pero.

La comedia humana parece ir por otros carriles. Por un lado, mi padre, a sus 87, sigue siendo mi padre. Y lo último que supe del Dodge, la última imagen que me fue concedida por su nuevo dueño algunos meses después de haberlo vendido, me trajo una cruel paradoja: estaba yo aún sin el nuevo auto esperando un remís, un taxi, un algo que me devolviera a mi casa. Recuerdo muy bien que eran como los diez de la noche de un sábado y estaba yo solito con mi alma en una avenida repentinamente fantasmal. Me recuerdo angustiado porque, de alguna manera, me invadía una cierta orfandad. Fue en ese preciso instante que me llegó al teléfono una foto del Dodge. Lo habían pulido. Le habían colocado un inmenso moño rojo sobre su techo. Era, digamos, la carroza de algún tipo de ceremonia.

Sospecho que esa noche volví a casa gracias a la piedad de un vecino, que reconoció mi sombra en la avenida. Mi padre estaba en casa, viendo la tele con madre. El Dodge había renovado, quizá por sólo unas horas, su razón de ser, estirando su vida útil sin perder su histórico esplendor. El único desorientado, una vez más, era yo.

Y acá vuelve a entrar la escritura y su sinsentido. Un atisbo de orden en el desorden. Quizá la única forma de elaborar duelos antes de tiempo y así aplacar la al fin y al cabo vital neurosis. Ahí está la cita de Barthes, ¿no? “Todo escritor dirá entonces: loco no puedo, sano no querría, sólo soy siendo neurótico”.

En los últimos párrafos de la novela el Dodge, el auto que de alguna manera protagoniza este asunto, se prende fuego. Cae a un arroyo envuelto en llamas. Quienes ya leyeron el texto objetan un poco este final. No me importa ni un poco si los asiste la razón. El único lugar del mundo en el que puedo hacer un corte abrupto sin consultarlo con absolutamente nadie y sin medir los efectos, es en la escritura. Sería –es, junto a la noche–, lo más parecido que encuentro al ejercicio de una modesta, y si se quiere torpe, libertad.

Además –gracias Russo por el dato–, tal como le escribió Horacio Quiroga a Ezequiel Martínez Estrada en una carta fechada el 13 de diciembre de 1935: “El asunto está en arder”.

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Sobre el autor: Daniel Krupa es autor de seis novelas breves. La última, editada este año por el sello Edulp, se titula Dodge.

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