¿Dónde vamos?

Por: Carlos Leyba

Cada vez que iniciamos una marcha la pregunta que nos hacemos, o la que nos deberíamos hacer, es: ¿dónde vamos?

Sabido es que “no hay viento favorable para un velero sin rumbo” o que no hay manera de llegar si no sabemos dónde queremos ir.

El rumbo es la primera definición que necesita un navegante, quién debe procurar conservarlo ante las inclemencias que pueden desviar la nave. Es más, no hay tal cosa como navegación sin rumbo.

Por otro lado es obvio que cuando hay navegación hay rumbo. Sea que éste esté decidido por el timonel o por otro. Si se navega, el rumbo es inevitablemente o propio, decidido por quien conduce ; o ajeno, decidido por quien aparentemente no conduce pero que en realidad lo hace.

Como en todas las dimensiones de la vida establecer y mantener “el rumbo” requiere mucho más que la voluntad o el diseño previo sobre el mapa de las posibilidades históricas.

Pero sin consciencia, diseño y voluntad propia, el rumbo es inevitablemente ajeno. Una señal del grado de “ajenidad” del rumbo es la ausencia de mapa y de cursos trazados sobre él. Si el trazado permanece en secreto, aunque exista, también es una señal que el rumbo ha sido, realmente, trazado por otro. El secreto, la mesa chica, la sorpresa, son características que inducen a pensar que el “rumbo” no es el propio. Decir el “rumbo propio”, el que uno ha trazado, también significa el rumbo apropiado que, más que de titularidad, habla de, por ejemplo, eficacia.

El rumbo “ajeno”, históricamente, acumula muchos ejemplos. Arnold Toynbee llamaba herodianos a aquellos que, a lo largo de los siglos, negaron la necesidad del rumbo propio y abogaban por uno ajeno. Existe, entonces, en la vida histórica la heteronomía del rumbo.

Claro que la vida - decía Marcel Proust según Orlando D´Adamo -  “es una sucesión de pequeñas casualidades”. Lo que también es cierto para la vida histórica. Vamos aproximando a la cuestión de aquí y ahora.

Casualidades. Por ejemplo, el boom de la soja que le dio un viento extraordinario a la salida de la crisis de 2001 fue para nosotros, ajenos a la construcción de la Chimérica, una “casualidad”: no lo pensamos, ni lo generamos nosotros. No fue producto de nuestra voluntad.

Sin embargo, no hubiéramos sentido ese maravilloso viento si muchos años antes no hubiera habido dos “diseños” o voluntades, que habilitaron la posibilidad de capturar ese viento exterior. Primer diseño: la incorporación del cultivo de la soja.

El gobierno, el plan de gobierno, de 1973/74 mediante un decreto del Poder Ejecutivo, estableció las condiciones necesarias para la implantación del cultivo mediante lo que se llamó el “Plan Soja”. El gobierno promovió el cultivo e importó y trasladó, en aviones de la Fuerza Aérea, las semillas disponibles en Estados Unidos. Podría haber sido de otra manera, pero fue de esa.

El segundo producto de diseño, de voluntad, de decisión, fue el programa de Expansión de la Frontera Agropecuaria. Programa que habilitó medios para incorporar millones de hectáreas a la producción rural; y sobretodo la convicción que no habíamos, hacia 1970, conquistado todo el territorio de enorme potencial productivo. El programa generó mucha consciencia sobre el potencial de zonas no tenidas en cuenta como consecuencia de la incomparable productividad de la Pampa Húmeda.

Cuando sopló el viento de cola, el concepto soja y la extensión de la frontera estaban en marcha; y junto a esos dos diseños se produjeron los avances tecnológicos que lograron la instalación productiva de 10 millones de hectáreas (2001) de ese cultivo generoso.

Cuando la crisis descomunal, con que celebramos la llegada del SXXI, amenazaba los lazos societales, llegó el viento de cola de los precios extraordinarios y comenzó la duplicación de la superficie sembrada.

Esa fue “la casualidad” pero las condiciones previas derivadas del diseño y la voluntad hicieron que la superficie sembrada se duplicara (el mercado). Sin los diseños previos la casualidad no se habría transformado en el impacto extraordinario que realmente ocurrió en la primera década del SXXI. Casualidad sí, pero diseño también.

También y lamentablemente es cierto que el extraordinario potencial de esa “casualidad”, montada sobre los “diseños previos”, fue un viento cuya energía no fue aprovechada para las transformaciones necesarias en nuestra economía en los albores del SXXI.

El viento de cola es algo, casual y ajeno, que nos empuja. Necesitamos tener aspas y desplegarlas, y un molino que transforme el viento en energía. Pero si no tenemos baterías preparadas para acumular esa energía, cuando el viento deje de soplar, el “viento de cola” será una oportunidad desaprovechada. Con la soja tuvimos el molino preparado, pero no supimos “acumular” esa energía.

Muchos hoy apuestan a Vaca Muerta como la “nueva soja” y el nuevo viento de cola que habrá de generar ese empuje. ¿Es una casualidad? Estaba ahí, la descubrimos y una tecnología desarrollada en otro lado está haciendo posible la explotación.

No es precisamente producto de nuestro diseño, pero su explotación es o será resultado de nuestra voluntad. ¿Cómo se materializa esa voluntad? ¿Cuál es la zanahoria que estamos dispuestos a invertir (recursos públicos o decisiones políticas) para atraer los capitales que financien la explotación de Vaca Muerta?

Aclaro que, en esto al menos hay un consenso entre el cristinismo y el macrismo. Vaca Muerta a 7,50 para el gas empezó con CFK y con ella los contratos secretos de YPF con Chevron (que siguen siendo secretos con Macri).

El macrismo ha adoptado estas banderas con el entusiasmo de hacerlas propias: Nicolás Dujovne y Aexl Kicillof ambos coinciden en la zanahoria de 7,50 dólares el MMBTU, aunque para los expertos lo de Axel fue un poco peor, de ahí los entusiastas elogios que mereció el “joven marxista” de parte del que fuera Numero 1 del petróleo: Carlos Bulgheroni.

Claro que – como señaló Roberto Rocca en la reunión de AEA – a ese precio su empresa petrolera “puede explotar el recurso”, pero su empresa industrial no puede pagar más de 3 dólares por MMBTU. ¿Entonces?

Subsidio público a las empresas concesionarias. ¿Es inevitable? Por cierto, que no.

Pero el Estado nacional, que no tiene en YPF una empresa testigo, no se involucra en auditar costos de aquello que va a concesionar. Es decir, estamos a ciegas. La cuestión es que hay que explotar ese recurso, en las condiciones que la ciencia indique, porque en medio siglo no será lo necesario que es hoy; y probablemente las demandas ecológicas planetarias, impidan su explotación. Explotarlo antes de su obsolescencia. Supongamos que se constituye en una fuente extraordinaria de recursos externos, de divisas, netos. Pero la pregunta es ¿recursos netos para poner en marcha qué?

La abundancia de dólares derivadas del éxito de Vaca Muerta puede condenarnos a una eterna enfermedad holandesa: puede ser tan bajo el tipo de cambio derivado de la abundancia que haga imposible agregar valor para otros bienes transables.

En otras palabras ¿estamos preparados para el nuevo viento de cola y para “acumular la energía” que permita transformar la economía y generar trabajo para el 97 por ciento de la población activa?  

Hemos sido bendecidos en lo que va del Siglo por el viento de cola sojero y bien puede ser que el del gas y el petróleo de Vaca Muerta, previo análisis de fondo del costo que estamos dispuestos a pagar, se convierta en un viento cuya energía sepamos acumular.

Pero eso depende esencialmente que sepamos diseñar y tener voluntad de un rumbo que nos lleve hacia el progreso colectivo de la economía y de la sociedad.

En lo que estamos de acuerdo todos, sin excepción, es que el presente nos encuentra en una economía lamentable con todos los objetivos básicos demasiado lejanos, sin horizonte de crecimiento ni de estabilidad, sin una balanza comercial basada en equilibrios y con un desempleo atronador; y además endeudados con acreedores que creen poco en nosotros. Una economía decadente y a merced del acreedor.

Pero además en una sociedad decadente: el cohecho de los poderosos en el poder del Estado y de los que exhiben el poder económico; la pobreza de más de la mitad de los menores de 14 años es un escándalo cotidiano, la inseguridad, la desconfianza en los que deben brindar seguridad y el desprestigio de quienes administran la justicia; y la escasez – por decir lo menos – del sistema educativo.

Pero también hay un acuerdo – al menos de los que están lejos del poder que son mayoría, aunque silenciosa – en que sin “consenso” no hay manera de encontrar una salida.

Es que en la navegación la prioridad es que nadie desee echar por la borda a los demás pasajeros. Reconocernos parte del pasaje, cualquiera sea el que comanda la nave, es el primer principio de la estabilidad del navío.

El método del que disponemos para elegir el comando es extremadamente precario. No hay partidos políticos cuya existencia si implica el proceso de pensamiento, negociación y acuerdo; cursus honorum, selección de los más aptos o más convenientes.

Entonces, aquí y ahora, en ausencia del proceso de los partidos políticos, la elección popular no discierne entre programas y tampoco entre candidatos seleccionados por méritos. ¿Manda la fama?  

Los dos principales candidatos en pugna están elegidos por el dedo autócrata de quién tiene la llave; y los candidatos aledaños, con alguna excepción, padecen de una enfermedad auto referencial financiada por intereses, como mínimo discutibles, problemáticos proyectados al futuro. Es lo que hay.

En esas condiciones, desde el Estado, debemos definir el rumbo. Hacerlo requiere del análisis profundo de lo que rodea, condiciona y perturba la navegación.

Es conocida la imagen que J. Ortega y Gasset refiere para este tema. Un explorador del Polo Norte, cuyo nombre no recuerdo, se deslizaba en su trineo tirado por perros, luego de una agotadora jornada y llegada la noche, con el firmamento pleno de estrellas, estableció su posición y con sorpresa verificó que, después de horas rumbo al Norte, estaba más al sur de cuando partió. Había viajado hacia el Norte sobre un tempano al que las corrientes profundas lo arrastraban hacia el Sur.

Hay corrientes profundas de la Historia que deben ser tenidas en cuenta. Por ejemplo ¿podemos ignorar que vamos aceleradamente hacia la sustitución de las energías fósiles (Vaca Muerta) y que no podemos proyectar un cash flow externo de altos precios a largo plazo? ¿podemos desechar sin más los riesgos de la presión o el rechazo a la importación de los productos que cargan sobre su elevada productividad la presencia de organismos genéticamente modificados?

En otras palabras, que la suerte de los vientos de cola además es efímera.

Pensar en las corrientes profundas que van más allá de nuestra voluntad es fundamental. Muchas de las reacciones políticas hasta hace poco inimaginables en Occidente bien pueden ser el anuncio, el aleteo de la mariposa, de lo que puede convertirse en un replanteo profundo de la estructura de distribución del trabajo en el Planeta.

“Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer” (Funes el memorioso, Jorge L. Borges). Necesitamos, como prioridad, formalizar un ámbito público de pensamiento del largo plazo, el ámbito del diseño, de elaboración del mapa sobre el que habremos de trazar el rumbo. El Estado – como lo hizo Juan Perón a partir del Consejo Nacional de Posguerra o Arturo Illia, con el Consejo Nacional de Desarrollo y del que fue su sucesor el Instituto Nacional de Planificación del tercer gobierno de Perón– necesita convocar, sin distinción de ideologías o compromisos políticos, a especialistas de todas las disciplinas para contribuir a diseñar el mapa del futuro y a sugerir los rumbos posibles en función de los valores privilegiados.

El primer “consenso” debe ser aceptar que hay que “pensar”.  

No se pueden eludir las respuestas, seguramente distintas, a las preguntas previas: ¿de dónde venimos? O ¿dónde estamos?

El problema de este grupo de turistas de la política, que somos los argentinos, es que no estamos de acuerdo en la definición del lugar en el que estamos; menos aún respecto del espacio de dónde venimos; y como es más que obvio, no tenemos tal cosa como el imaginario de un destino común.

Una consideración prioritaria ¿tenemos idea de un destino, de una vida futura, en común? Cuando Francisco insiste en la cultura del “encuentro” reconoce que hay “posiciones encontradas” y que buscar “lo común” es un desafío que hay que aceptar porque su costo, que es importante, evitará a futuro costos mayores. Hay demasiadas cuestiones no resueltas en nuestra sociedad.

Carlos Menem indultó a los jefes militares de la Dictadura Genocida y a los jefes de las organizaciones guerrilleras que estaban presos por la Justicia. Raúl Alfonsín había instado el juicio de esos responsables de lo que sufrimos en los 70. Pero el indulto fue revisado parcialmente. Los Jefes de la Dictadura y todos los responsables de la violencia fueron sometidos a la Justicia. Pero no se revisó el indulto a los Jefes guerrilleros. Para muchos, no importa cuantos, esa es una cuestión pendiente. “La ley pareja”.  

La cuestión de la corrupción en el gobierno anterior es un tema aún no resuelto. Salvo un velo en los ojos - la evidencia de la obscenidad de las fortunas súbitas de los empresarios del sur, las cuentas impositivas pendientes, las obras pagadas y no realizadas, la inexplicable fortuna de la familia Kirchner o la que le generaron a empresarios como, por ejemplo, los Eskenazi a quienes los beneficiaron con un contrato insólito para la compra de un importante porcentaje y el control de YPF sin poner, prácticamente, un peso – es imposible no reclamar justicia para esos actos. Es una tarea sanadora.

Negar, trabar, ocultar la Justicia será una degradación moral para la Argentina y ciertamente impedirá por muchos años un encuentro sin resquemores.

Pero hay mucho más en el presente y en el pasado. Respecto del presente, todos los actos simplemente sospechosos, desde el pago de los beneficios escandalosos del dólar futuro, la reticencia en la cuestión Odebrecht en la Argentina respecto del resto del mundo, el decreto que habilitó el blanqueo de los parientes de los funcionarios públicos, las cuestiones que involucran a la familia presidencial en los Cuadernos o en el tema del Correo, las monumentales ventas de dólares a precios que luego quedarían en ridículo por lo bajo, etc., son todas cuestiones que deben ser sometidas a escrutinio por los organismos de control integrados por personas independientes y de alta calidad moral, y hacer intervenir, si cabe, a la Justicia.

La única manera de sostener la condena de los delitos de otros es someter a examen las sospechas sobre los propios. Hay denuncias, y si las hay, hay sospechas, y deben ser analizadas con el máximo rigor.

Y respecto del pasado deben, por lo menos, ser sometidas a escrutinio independiente con acceso público todas las concesiones otorgadas desde 1983 en adelante. Saber que todo será revisado, y que esos delitos contra el erario público no prescribirán, es un paso adelante.

Revisando las cuentas pendientes el encuentro será posible. De lo contrario siempre existirá el riesgo de que la basura, oculta debajo de las alfombras, al volar nos ciegue. ¿Utópico? Si. Pero la utopía no es quimera. Y sin utopía se destruye el horizonte.  

¿De dónde venimos? Una Dictadura Genocida, una guerrilla inútil, una economía 45 años estancada, endeudada, sin poder resolver ni los problemas de la macroeconomía ni los del desarrollo.

Habiendo desperdiciado oportunidades. Sin haber apostado durante 45 años a una estrategia de progreso colectivo.

Condenados por impericia o por negocios, al más cruel “populismo” que es el de la deuda externa. Endeudarnos para no gobernar. Eso hizo la Dictadura, el menemismo y lo coronamos ahora después de un default.

En síntesis, si venimos de allí no podemos menos que estar empantanados. Allí estamos.

El Estado es deficitario, a pesar de la política que cree provocar equilibrio fiscal, la economía inflacionaria, a pesar de la agresiva política monetaria de desinflación, la economía recesiva, a pesar de la cosecha mas grande de la historia, la sociedad con el mayor número de pobres de la historia y cuando la mayor parte de los niños son pobres y a pesar de recibir recursos del exterior para financiar la subsistencia de la economía.

Estábamos mal antes de ahora. Pero ahora estamos peor. Peor porque las condiciones de partida son más difíciles dada la situación interna, con inmensas demandas insatisfechas, y la externa sumida en una complejidad para la cual no hay disponibles soluciones provenientes de las condiciones del mundo: ni demandas ni crédito.

En definitiva, ha pasado tanto tiempo que, 45 años desde que vivíamos en camino al desarrollo, no guardamos memoria ni nostalgia del pasado; el presente, con la complejidad que vivimos, no es un lugar donde quisiéramos permanecer.

Es decir que sólo nos queda el futuro. Es una buena noticia. Porque el futuro es siempre una oportunidad.

Sobre todo, si estamos dispuestos a diseñar el mapa, pensar en las corrientes profundas, tratar de encontrarnos y señalar un rumbo. Es decir donde vamos. Que es lo que tenemos que responder ahora. Para no perdernos definitivamente.


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