Desorganizados

OPINIÓN. Este parece ser uno de los desafíos más urgentes para un proyecto popular: organizar la discordia (sin desconocerla) y administrar el caos que produce la vida en común, para no desorganizar y posibilitar la vida que queremos.


Una de las características típicas de nuestra vida contemporánea parece ser la desorganización. Aún antes de que la pandemia la profundizara, ya parecía ser un pathos propio de nuestra época, uno de los síntomas que provoca el estilo de vida promovido en el capitalismo tardío: el desdibujamiento de las fronteras entre el trabajo, la familia y el ocio, la invasión permanente de nuestro tiempo y nuestro espacio con mensajes y notificaciones en nuestros teléfonos, la escasez de tiempo frente a la abundancia de exigencias, todo ello en el marco de un espacio público caótico y casi inhabitable e intransitable, parece conllevar la desorganización y el desorden de nuestras vidas como una consecuencia necesaria.

Si en sus orígenes el capitalismo supo proponerse como un modo de organización racional del trabajo, de la vida y del mundo, a partir del triunfo neoliberal y especialmente a partir de la crisis financiera del 2008 parece haberse convertido en lo contrario: la racionalidad resulta difícil de encontrar y de sostener, el estado de crisis parece ser permanente y consecuentemente la sensación de catástrofe inminente se volvió una constante con la que convivir. La depresión, la confusión y la ansiedad se han vuelto estados de ánimo generalizados. En el capitalismo contemporáneo la desorganización y el desorden parecen ser más la norma que la excepción.

La pandemia y las condiciones que impuso profundizaron y generalizaron esta situación. El ejercicio de rutinas y rituales sencillos tales como ir a un local para realizar cualquier tipo de intercambio o transacción se vio primero impedido y luego alterado por los obstáculos que el Covid y los protocolos para hacerle frente impusieron al lazo entre los seres humanos, ya bastante obstaculizado antes de la pandemia por la fragmentación de lo social como correlato necesario del capitalismo neoliberal. La escuela, otrora un factor de organización de las familias (así como también de docentes y trabajadores), se convirtió debido a la pandemia (y a las medidas más o menos acertadas de los distintos gobiernos para hacerle frente) en un factor de desorganización de la vida cotidiana. Lo mismo cabría decir del trabajo como organizador de nuestro tiempo: lejos de ordenarlo, ha profundizado su dislocación.

Hay distintas maneras en que puede sintomatizarse la relación con el orden. Por un lado están (estamos) aquellos que frente a lo impredecible de la vida se refugian un orden rígido y firme, rutinas repetitivas, un orden de hierro cuya alteración en general es vivida con angustia, cuando no con ira. En el polo opuesto a este modo obsesivo de relacionarse con el mundo, están también quienes padecen de diversas maneras y en diversos grados no poder ordenarse, no poder organizarse. Entre estos dos polos extremos y ficticios ─dado que la vida suele ser mucho más compleja que las categorías y las generalizaciones más o menos pueriles que fabricamos para intentar abordarla─ pueden localizarse indeterminados matices y variaciones. Y por supuesto también puede darse el caso en que la relación con el orden no sea un síntoma, no sea un problema.

También en política la cuestión del orden es “más compleja”. En general de un modo un poco inmediato suele asociarse con posturas conservadoras la apelación al orden, a la organicidad, al mayor cálculo posible de la vida cotidiana; en sintonía con ello suele asociarse con posturas “revolucionarias” (de izquierda o de derecha) la apelación al desorden, al cambio, a la novedad. Y por supuesto aquí, como en lo demás, pueden encontrarse no sólo matices sino también una tercera posición: aquella que entiende que un orden es necesario para poder producir modificaciones sostenibles en el tiempo, que todo cambio es sobre el fondo de no desconocer aquello que permanece (y que eventualmente es necesario que permanezca).

En tiempos turbulentos, frente a la revolución permanente neoliberal y la desorganización sistemática que con o sin pandemia introduce en nuestras vidas, pero también frente a las fuerzas reaccionarias siempre al acecho de rapiñar poder aprovechando, celebrando y cultivando el desorden, tal vez convenga a un proyecto popular y transformador mantener un rasgo en apariencia “conservador”: tal como dijo la vicepresidenta Cristina Fernández, “De eso se trata la política: no desorganizar la vida de la gente, no desorganizar la vida de la sociedad”. Este parece ser uno de los desafíos más urgentes para un proyecto popular: organizar la discordia (sin desconocerla) y administrar el caos que produce la vida en común, para no desorganizar y posibilitar la vida que queremos.

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