Desaceleración inflacionaria, ¿sueño de una pandemia de invierno?

OPINIÓN. A diferencia de muchos países, donde el circulante y el equilibrio del mercado de dinero explican gran parte de la evolución de los precios, en Argentina, hay tres grandes motores inflacionarios: los salarios, las tarifas de servicios públicos y el dólar.


En la Argentina, la pandemia impactó muy negativamente en la actividad económica y generó diversas tensiones en el mercado cambiario, tanto oficial como paralelo. Sin embargo, y en sentido contrario, atenuó las presiones inflacionarias: entre abril y julio, la suba de precios promedió menos de 2% mensual, ubicándose muy por debajo del cierre de 2019 (3,8% en el último trimestre) y los primeros tres meses de este año (2,5%).

Ahora bien, a medida que comienza a flexibilizarse la cuarentena y se agravan las tensiones en el mercado cambiario, aparecen dudas sobre la persistencia de esta baja. ¿Tiene sentido esperar una aceleración inflacionaria o, por el contrario, en medio de una caída inédita de la demanda los precios seguirán controlados? Veamos.

La economía argentina es particular y sus causas inflacionarias también. A diferencia de muchos países, donde el circulante y el equilibrio del mercado de dinero explican gran parte de la evolución de los precios, en estas tierras hay tres grandes motores inflacionarios: los salarios, las tarifas de servicios públicos y el dólar. Analizando qué pasará con estas variables, entonces, podremos entender cómo seguirá el nivel general de precios.

Durante el primer semestre de 2020, se perdieron más de 400 mil puestos de trabajo registrados (-3,3%), casi el doble del deterioro acumulado en 2018 y 2019 (-220 mil, -1,8%). Si bien esta dinámica se explica en gran parte por la pandemia y la cuarentena, a la vez que la diferencia obedece esencialmente al desempeño de los monotributistas (+34 mil entre 2018 y 2019 y -80 mil en la primera mitad de 2020), en tanto los asalariados privados sufrieron “menos” en este período (-276 mil vs. -240 mil), refleja claramente que la situación del mercado de trabajo es delicada.

Por lo tanto, no cabe esperar una recomposición sensible del poder adquisitivo. Por el contrario, estimamos que se ponderará la estabilidad de puestos de trabajo por sobre la recomposición salarial en las próximas negociaciones paritarias. Aunque inevitablemente habrá algunas mejoras, las mismas no serán significativas y estarán limitadas a algunos gremios puntuales. En consecuencia, las presiones inflacionarias seguirán domadas por este lado.

En segunda instancia, las tarifas de servicios públicos permanecerían congeladas, al menos, hasta fines de este año. Mientras que la inflación general acumuló 16% entre enero y julio de 2020, los precios regulados crecieron solo 5,5% en el período. Como respuesta, el gasto en subsidios económicos se duplicó en relación con los primeros siete meses del año pasado, representando casi 1,5% del PBI (vs. 0,8% en 2019). Más allá de la sostenibilidad de esta dinámica, el gobierno anunció que las tarifas de luz, gas y agua continuarán sin aumentos hasta, por lo menos, fines de 2020. Por lo tanto, las presiones también seguirían acotadas por este lado.

Sin embargo, cuando tomamos las proyecciones del Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central (REM-BCRA) vemos que el promedio de inflación mensual se acerca al 4% para el período septiembre-diciembre, más que duplicando a la media de los últimos meses. En consecuencia, se espera una aceleración inflacionaria, ¿que advendría por el lado cambiario?

Al momento, la autoridad monetaria enfrenta una encrucijada: la demanda de dólares excede amplia y sistemáticamente a la oferta en el mercado oficial, aún en un contexto de superávit comercial y fuertes restricciones a la compra de divisas. Para peor, las Reservas netas perforaron los USD 8.500 millones, alcanzando mínimos de los últimos largos años, de modo que los días para estos niveles de tensión son contados. Aunque no parece muy probable esperar una disparada del dólar en este contexto de fuerte cepo, sí podrían endurecerse las restricciones, afectando incluso las operaciones comerciales -importaciones-. En este caso, aún sin haber una devaluación de jure para muchos sectores, estaríamos ante una devaluación de facto: un dólar comprado en el mercado oficial cuesta menos que uno “propio” o adquirido en los mercados paralelos.

Si este fuera el caso, se trasladaría a precios una parte de las tensiones cambiarias y la desaceleración inflacionaria de los últimos meses se revertiría. Para peor, este desenlace podría darse en simultáneo con nuevas actualizaciones de los Precios Máximos, que alcanzaron a una porción importante del índice de precios al consumidor, o, más aún, con el fin del programa.

En consecuencia, la tregua inflacionaria de los últimos meses parece estar llegando a su fin. La aceleración que posiblemente se haya observado en agosto, con una suba mensual cercana al 3%, continuaría en septiembre y se extendería al último trimestre de año, especialmente si las tensiones cambiarias no ceden. La finalización de la cuarentena traerá muchas buenas noticias; lamentablemente, no sería el caso del frente inflacionario.

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