Del desprecio a lo popular

Por: Águeda Pereyra

Por Águeda Pereyra y Bárbara Pistoia


1. 

12 de octubre, marcha opositora número ya ni sabemos, contra no sabemos bien qué.

Sí sabemos que la proliferación de consignas desarticuladas entre sí, de eslóganes que se excluían mutuamente —ilustremos este asunto: aquellos embanderados que equiparaban el kirchnerismo con el comunismo convivían sin chistar con los que afirmaban la equivalencia de Cristina Fernández con el ultraliberal Espert— no impidió que cierta multitud saliera a manifestarse con la certeza de constituir un “nosotros”, antagonizando al peronismo y enrostrándole que ellos “ganaron la calle”.

Tras la irrupción de la pandemia, la lealtad peronista ha tomado la forma de una decisión, un acto afirmativo: la de acompañar las medidas sanitarias que el Presidente decretó tempranamente, cuando todo lo que sucedió después era inimaginable. Tempranamente, decimos: cuando algunos se ilusionaban con una supuesta unidad armónica, cuando el ideal del consenso parecía funcionar. Pero la sociedad está signada por el conflicto, por la fractura: ahí reside, siguiendo a Mouffe y a Laclau, la esencia de lo político. No es posible que la política no se vea afectada por el antagonismo y, más temprano que tarde, la sociedad unificada, reconciliada, mostró ser una ficción caduca.

La misma noche del 12 de octubre, un oportuno Mauricio Macri —el mismo que unos días atrás sentenció, vía Twitter, haber roto el silencio, sin advertir quizás que para romper el silencio es necesario decir algo— decide otorgar una entrevista a Joaquín Morales Solá (sí, en TN; sí, a un periodista obsecuente que ni se le ocurrió utilizar al recurso de la repregunta). Macri se carga las marchas, se apropia de ese elemento que reúne lo diverso y realiza una oda a la racionalidad.

Macri dixit: “El peronismo está secuestrado por Cristina Fernández de Kirchner hace más de 10 años, eso significa que el peronismo ha sido coaptado por la irracionalidad y si no resuelve ese problema es muy difícil sentarse a una mesa a poder acordar. Todos los argentinos esperan acordar, pero con la irracionalidad no se puede (…) Siempre se ha dicho que Boca es peronista. Es mentira, de Boca son de todos los partidos políticos y de todos los credos religiosos. Pero es verdad que Boca es pasional, popular, vehemente… como puede ser el peronismo. Justamente, cuando yo llegué a Boca, para poder lograr lo que soñaba cuando llegué, tenía que construir un puente entre toda esa vehemencia y pasión y una cierta racionalidad. Porque sin reglas un club tampoco puede funcionar. Para eso tuve que hacer algo durísimo, durísimo porque también era mi ídolo, el ídolo de todos los argentinos, que fue sacar a Diego Maradona de Boca. Y ahí se construyó. Hoy el peronismo está en el mismo desafío, que es lograr separarse de Cristina Fernández de Kirchner”.

Un tímido Morales Solá preguntó si comparaba a Cristina con Maradona. “En la irracionalidad, no en el talento. En la irracionalidad”, cerró con impostada contundencia Macri.



No podemos dejar de subrayar el modo en que los balbuceos de Macri forcluyen en su elogio a la racionalidad la presencia del odio como elemento aglutinante de las distintas individualidades que regularmente se amontonan en bocinazos, banderazos y demás formas de ruido social para despotricar bajo consignas diversas contra el gobierno. Pero más acá de lo que el empresario no dice, hay que agregar que las analogías que establece Macri no son para nada originales. Recordemos la más que olvidable columna de opinión que, hace ya diez años, firmaban el periodista John Carlin y el médico psicoanalista Carlos Pierini para El País de España (y que recogieron, sedientos, algunos medios locales), titulada “Maradona como metáfora argentina”. Allí, mediante una operación bastante simple, se ubicaba “el problema Maradona”, que era también “el problema del kirchnerismo”: si Diego, según los autores, encarnaba todos los males que caracterizaban al ser argentino, era por el modo en que representaba una forma de “la idolatría a los líderes redentores”. Este “endiosamiento” de ciertas figuras —Perón, Evita, Maradona, Cristina Fernández o Néstor Kirchner— constituía finalmente la causa del estrepitoso fracaso que ellos sentenciaban para nuestro país. Cada línea exudaba desprecio por las elecciones del pueblo. Porque, hay que subrayarlo, se trata de elecciones que implican, quizás, una forma de la razón que no se adecúa a los parámetros que el liberalismo político sostiene; lealtades que implican al cuerpo, al afecto. Pero también son elecciones que se edifican en una autodeterminación de dignidad frente a un orden establecido, un orden oligarca, opresor, supremacista; esa autodeterminación —que nunca es en soledad, siempre es con otros y siempre deja su siembra en su andar— es el acontecimiento que revierte el orden impuesto, porque es en la respuesta de las bases al acontecimiento peronista que emerge y se sostiene la realidad efectiva.



2.

La apelación a una racionalidad erigida al lugar del ideal, opuesta a una irracionalidad vinculada a las pasiones, es la manifestación de un dualismo —razón versus pasión— que opera en el campo de las ciencias políticas, y también en el campo de la psicología, aunque no podemos ignorar que encontramos algunas de sus raíces en el ideario cultural, donde también se ejerce con fuerza, cuando no con aires academicistas.

En el campo de las ciencias políticas, las tradiciones dialógicas apelan a un fundamento racional que permita garantizar la legitimidad de las instituciones democráticas, que permita el consenso: este ideal se funda en la eliminación de la idea misma de lo político. En el terreno “psi”, la psicología positiva sostiene y promueve un yo bien adaptado (a las lógicas del capital): el elemento disruptivo (el síntoma, las pasiones) es rechazado en la medida en que se considera obstáculo a la realización del individuo (consumidor). En las antípodas de esta concepción, el descubrimiento freudiano inaugura un modo inédito y subversivo de pensar lo anómalo, ese elemento que irrumpe y objeta la unidad del yo.

En nuestro país, el peronismo ha encarnado históricamente ese elemento disruptivo que toma la forma del exceso: tal como afirman Santoro y Fava en Peronismo, entre la severidad y la misericordia, la figura del “negro peronista” encarna un goce de más que resulta inasimilable. Se trata de aquello que rehúye a las lógicas de la productividad —lógicas tan caras a la retórica neoliberal—: “Lo improductivo, en nuestras sociedades, está condenado; sobre todo si los que gozan no están habilitados por el sentido común, en función de su procedencia geográfica, su clase o su color de piel”. Esos “cabecitas negras que gozan demasiado”, que gozan obscenamente, representan esa democratización que el peronismo no cesa de realizar y que el antiperonismo desprecia en la medida que representa un peligro, un atentado hacia sus propios intereses.

Y si nos interesan las recientes comparaciones macristas es, justamente, porque allí, finalmente, reposa un elemento de verdad: el peronismo y Boca Jrs. comparten ese gesto popular que la derecha rechaza —más o menos abiertamente, más o menos explícitamente—. Pero podemos dar un paso más y trascender la camiseta azul y oro: el fútbol mismo se caracteriza por ese plus que no se ordena del todo, que resiste a ser administrado —el elemento incalculable, lo que queda por fuera del programa y sin embargo en ocasiones define el partido.

Las técnicas de gestión de lo sensible constituyen, como afirma Diego Sztulwark, una pieza central del dominio neoliberal. Hay algo de ese “elemento irracional” que Macri se empeña en extirpar que no encuadra con la administración de las emociones que el macrismo intentó —de un modo poco feliz— con su revolución de la alegría.

El fútbol y lo incalculable, la sociedad y su fractura que impide un devenir completamente armónico; el peronismo, Boca y lo popular. Cristina, “el hecho maldito del país tilingo, incluso de la tilinguería letrada”, escribió en una columna reciente Jorge Alemán, advirtiendo el modo en que el odio hacia Eva —que es también odio hacia lo plebeyo, hacia ciertas encarnaciones de lo femenino también— se renueva en el nombre de CFK, en ese modo de detentar el poder que se figura como exceso, como goce enigmático, como amenaza. Y, finalmente, el Diego.



3.

Anteriormente hicimos referencia al ideario cultural. Retomando esa línea de pensamiento, el dualismo que pretende cierta racionalidad como espejo civilizatorio y reduce a lo pasional a un clima de barbarie es el eje predominante y fundacional de nuestra identidad cultural.

Parándonos en la segunda mitad del siglo XIX, sin tanta necesidad de decoro y con el eurocentrismo a flor de piel, más que un diagnóstico sobre lo pasional, lo que aparece es siempre la brutalización como ánimo del sujeto no-blanco. Esa oposición a la civilización reducida en términos raciales es explícita de manera no inocente. Acompaña un fervor de época que se consagra en el artículo 25 de la Constitución Nacional, el que demanda una inmigración de calidad y asocia su estándar al migrante europeo. Si la Europa hoy sigue siendo un sinónimo de lo blanco, por aquel tiempo su representación como tal era contundente, no tenía desdoble alguno. Es también desde este mismo cantar que el Martín Fierro evoca la identidad nacional matando al hombre negro, despojándose, incluso, de su propia racialidad. O el cuadro La vuelta del malón —primera obra de arte argentina realizada para una exposición en Chicago que conmemoraba “el descubrimiento” de Cristóbal Colón sobre el territorio hoy conocido como las Américas y el Caribe— brutaliza al hombre nativo y se presenta como una oda a Julio Roca.

Este triángulo —Constitución, las artes y las letras— es más que el antecedente al dualismo razón vs. pasión, es la base de un negacionismo que a través del tiempo cobra nuevas expresiones y que se carga en su razón de ser más de quinientos años de historia. Es la base que da nacimiento al gran mito argentino de ser un país de inmigrantes y que se autopercibe frente a la región (y más allá) como “la excepción blanca”. Una excepción que choca con las limitaciones propias de toda mentira. Porque el supremacismo argentino deviene rápidamente en servilismo frente a Estados Unidos y se vuelve un boomerang karmático frente a Europa. De aquel lado del océano nuestra blancura no es excepcional y tampoco tan blanca. Pero lo más interesante es que el pasado de las familias que migraron espera ahí para recordar que el abandono de la tierra natal no tuvo nada de experiencia elitista.

La gran mayoría que llegó al Río de la Plata a principios del siglo XX no vino para encontrarse consigo mismo. Esos hombres y mujeres escapaban principalmente del hambre, pero también buscando un refugio frente al escenario bélico o las persecuciones fascistas por razones religiosas o políticas. Eran, en definitiva, parte del sector racializado europeo, mismo lugar que ocuparon acá durante mucho tiempo. Porque lo racial es también una construcción. El racismo no se mide exclusivamente en términos de color de piel, sino que también se rige por cuestiones de clase, políticas y geográficas, cuando no sociales y culturales. En países como el nuestro, la noción sobre el negro tiene múltiples manifestaciones que, no casualmente, se materializan a través de estigmatizaciones y criminalizaciones sobre lo popular, con una particularidad no menor: Argentina convive con la idea de ser un país sin comunidad negra, tanto en términos de afrodescedencia como en tonalidades de piel. Todo aquel no blanco termina más temprano que tarde siendo extranjerizado. Aun cuando son la más inmensa mayoría nacional. Pero, para eso, deberíamos empezar a reconocer que lo nacional no son tan solo unas pocas avenidas de la ciudad de Buenos Aires.

La asociación histórica de Boca Jrs. con la comunidad hermana boliviana es una de las manifestaciones racistas por excelencia. La idea una Jujuy más parecida a Bolivia que a Argentina es otra expresión en esa línea que hace unos meses atrás intentó explicarse en términos de humor y de la necesidad de no ser tan correctos. Términos que, en definitiva, se confirman racistas en su argumentación, porque desconocen el estigma de lo no blanco, las complicaciones cotidianas que se implican a partir de ese estigma y que aparecen como un eco del negacionismo referido anteriormente.

Hay una gran intimidad entre el “si te ofende que te digan Bolivia, el racista sos vos” y la narrativa del “esfuerzo de mis viejos” o “mis abuelos vinieron con un brazo adelante y se fueron haciendo de abajo”. Ambos desconocen lo mismo, funcionan frente a una otredad no solo con superioridad, también a partir de una toma de distancia de aquello que se presenta estereotipado en el inconsciente colectivo. Aunque las contradicciones queden a la vista, el que las anuncia las presenta como realidades concretas, testimoniales, depositando cualquier mal y responsabilidad por ese mal en el otro, pero también tomándolas casi como un acto de voluntad o de comprensión.



Sin embargo, no hay nada que comprender frente al negacionismo ni tampoco hay una voluntad por reconocer en la movilidad social. No, al menos, como disparadores políticos. Es el mismo racismo el que no permite reconocer que ese esfuerzo familiar antecesor está completamente atravesado por el ascenso social que provocaron las políticas peronistas. Políticas con una dirección inédita en nuestro país hasta ese momento y comenzando una saga que perpetuará al peronismo a ese lugar de ser el movimiento trabajador y el partido que responde por él. Como diría Mordisquito, nadie más que los patrones, los oligarcas, los supremacistas, nadie más que ellos, “que la crueldad”, inventaron a Perón y a Eva. Y hoy, 75 años después, nadie es más responsable de lo vivo que está el peronismo que el antiperonismo. Decía Perón frente a la plaza histórica del 17 de octubre que había victoria en la concepción propia de ser trabajador, de sabernos trabajadores. Porque ahí hay una identidad que direcciona la energía de la determinación y emancipación.

Esa identidad invita al mismo desorden que décadas después encarnará Diego Maradona: lo imposible se hace posible para las bases que ahora se saben merecedoras de más. O en palabras de Evita, “de toda la riqueza del mundo”. Por eso, Leonardo Favio advertía que si hay tristeza y hay sangre por ahí no hubo peronismo. Idea que retoma Daniel Santoro cuando explica que la revolución del peronismo no es en sí por el pan, porque el pan se da por descontado, el peronismo es ir por el gustito que acompañará a ese pan.

Las entrelíneas de estas reflexiones parecen inagotables. Cada una abre una nueva puerta que nos revela capas profundas de nuestra identidad histórica, lo que nos permite acceder con facilidad a aquello que no se dice más que quedarnos discutiendo agendas impuestas que no permiten, justamente, revertir el orden. Entre la historia negada, la que vamos desandando y una tradición de resistencia, el peronismo y Maradona no solo se van haciendo el uno a otro, también componen una geografía en sí misma, en primer lugar, del ser argentino, pero, despojándonos de las fronteras, una geografía para los descamisados del mundo. De estas entrelíneas que quedan acá sugeridas y al borde de lo pendiente, más otras tantas tensiones sociales y culturales que encarna el cuerpo maradoniano, se trata Todo Diego es político, un libro próximo a editarse por Síncopa Editora, con diez textos escritos por diez mujeres que buscan no entenderlo al Diez, y saliéndose de ese versus que este artículo buscó desentramar, invita al regodeo en el signo abierto para atender lo que su existencia, tal como la del peronismo, vino a movilizar.   


Sobre las autoras: Águeda Pereyra es psicoanalista (UBA), y Bárbara Pistoia es editora y ensayista.

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