Decíamos ayer

Por: Carlos Leyba


“Como decíamos ayer” es una frase que goza del prestigio de Miguel de Unamuno. La pronunció al retornar a Salamanca, luego de la dictadura de Primo de Rivera, repitiendo la atribuida a Fray Luis de León que, en la misma Salamanca, la habría pronunciado al salir de la cárcel de la Inquisición. Expresa la necesidad y la convicción de estar señalando verdades y la obstinación, en este caso de los medios y de quienes forman opinión, en cancelar los hechos y hacerlos naufragar en interpretaciones.

Los argentinos hemos asistido y asistimos a la dictadura del “pensamiento único”, aquel que hace medio siglo recita “no hay alternativa”; y  vivimos en “la cárcel” de la ausencia de debate científico con base moral que es como pensaron la economía los grandes economistas desde Adam Smith en adelante y en estos tiempos ha quedado detrás de la afirmación de “no hay alternativa”.

Felipe González, que supo ser líder del partido obrero socialista español, devino en lobista profesional, lo que nada tiene de malo si se trata de una profesión a cara descubierta. Pero su audiencia es notablemente superior a la de una charla privada entre quienes deciden y quienes demandan. Dirigiéndose a esa audiencia y parafraseando a Ulrich Beck, dijo “no hay respuestas simples para problemas complejos” y lo hace en defensa de las prácticas dominantes del “neoliberalismo” y de los parientes próximos que bien se pueden definir en, repito, “no hay alternativa”. Dificilmente encontremos respuesta más simple para los complejos problemas con los que, en este comienzo o fin de ciclo o siglo super corto, nos enfrentamos: descomunal crecimiento de la desigualdad y la pobreza al interior de cada Nación, descomunal deterioro climático del ambiente global y los problemas reales, concretos y dramáticos, que ha causado la globalización extrema y que han sido puestos en evidencia por la pandemia: ¿dónde hay insumos para enfrentarla? . Justamente el “no hay alternativa” es lo que ha generado la desigualdad y la pobreza, el deterioro medio ambiental y la aceleración irracional de la globalización.

Esa expresión es el mejor ejemplo que la disciplina económica se ha autolimitado al ejercicio de unos “modelos” más o menos elegantes y sofisticados, y ha clausurado el debate de la razón de administrar racionalmente los recursos para la mejora de la calidad de vida de las sociedades. El poeta y monje, Ernesto Cardenal definió que “la economía del futuro será hacer la vida más hermosa”. Por los frutos que cosechamos no sería lo que está pasando desde que, como dice Eric Hobsbawn terminó el “corto” Siglo XX.

Hace unos meses una gran persona, que fue ministro de economía hace muchos años, me comentaba la decepción que le provocaba ver como muchos colegas dedicaban su trabajo a procurar hacer más sólidas, cada día, las fortunas de los ricos; y cómo a esos mismos consejos los convertían y proponían como las necesarias condiciones para el funcionamiento de la sociedad.  ¿Si los fines son distintos como podría usarse, sin vacilar, el mismo instrumento?    

Dicho esto se aclara porque, aquí y ahora, debemos repetir    “Cómo decíamos ayer” porque no debemos cansarnos de pronunciar en distinta métrica, una y otra vez, las verdades de los hechos que se han impuesto. Las interpretaciones capciosas, que rutinariamente se imponen en los medios, desvanecen la comprensión de la realidad y toda posibilidad de “un tiro para el lado de la justicia”.

Un reciente tuit de Martin Rapetti, economista del CIPPEC, nos recuerda que el PBI por habitante de 2020 – a los precios constantes de 2004 – será igual al de 1974. Una tragedia que se mide con un asombroso medio siglo de estancamiento. ¿Será posible?

¿Cómo ocurrió? Es que hemos sufrido una secuencia de administraciones, de distintos colores políticos y notable diversidad, pero una asombrosa unanimidad, sorprendente, en el contenido y ejecución de las políticas estructurales de la economía. Unanimidad estructural en las políticas durante medio siglo, aunque  con diversidad de maneras coyunturales, que logró ese estancamiento o más bien, esa decadencia.  

Volver al nivel de agregación de valor por habitante después de 45 años, es un hecho único en nuestra historia la que supo crecer, en promedio, todos los años de su vida económica, al menos, hasta 1975.

Eso es lo que no ocurrió en los últimos 45 años. Entonces no fue esta peste lo que derrumbó la economía. Vino de mucho antes. Aunque nadie puede negar que al derrape de Mauricio Macri se le sumó, en esta casi mitad del año, el tirabuzón que provocó la cuarentena, ciertamente inevitable para salvar una catástrofe sanitaria, que prohibió trabajar para evitar traslados y contagios masivos.

¿Desde cuándo, entonces, la economía en caída? En 1975 comenzó un largo viaje de destrucción del aparato productivo, que incluyó el cambio ideológico en la concepciones de intelectuales notables y de enorme influencia.

Un ejemplo paradigmático es el de Guido Di Tella. El muy querido Profesor Di Tella, autor de la estrategia del desarrollo indirecto, una voz industrialista, mutó al tiempo que la fortuna industrial heredada - que llegó a fabricar un automóvil emblemático -  se desvaneció. Ese periplo personal  culminó con dos frases tan extremas como emblemáticas.

En julio de 1989 – Carlos Menem se preparaba para asumir de manera anticipada por el desastre económico – sentenció “Nos hace falta un dólar recontraalto”. Expresaba su vocación, tal vez entonces limitada a un solo instrumento, por la producción industrial destruida al amparo del atraso cambiario de JJ Martinez de Hoz. La Dictadura Genocida había retrasado el tipo de cambio en pos de una estabilidad que ella misma hacia imposible con sus políticas que gestaban la declinación de la productividad promedio por la migración de la fuerza de trabajo al desempleo o a sectores de bajísima productividad.


Aquella vocación industrialista, expresada a través de una propuesta de precios relativos, desapareció, no sólo en el pensamiento y la palabra de Di Tella. Legiones de economistas -y políticos que los repiten -  suscribieron la política basada en que la Industrialización por Sustitución de Importaciones se había agotado. Y lo afirmaron a pesar que la restricción externa estaba en su apogeo y que los dos canales en los que se derrama no cejaban en crecer, la deuda externa y la deuda social.  En subsidio no hubo una propuesta de “otro modelo de desarrollo” en la que el Estado se comprometiera.

Di Tella Siendo Canciller, cuando las privatizaciones y la convertibilidad habían completado el camino iniciado en 1975 y profundizado por la Dictadura, afirmó “la mejor política industrial es no tener ninguna”. Di Tella estaba sintetizando el pasado desde 1975, el presente del menemismo y anticipando el futuro que, finalmente dándole la razón a “no tener ninguna” se proyectó hasta nuestros días y sigue vigente. No tenemos y no hemos tenido ninguna política industrial durante cuatro décadas. Y nada hace presumir que eso cambiará.

Entretanto desde 1975 y el presente logramos dos defaults. Acumulamos deuda externa que no pudimos pagar en los términos pactados. En los días que corren, más allá de la muy probable negociación exitosa, transitamos el precipicio del default que, de concretarse, sería el tercero y – en mi opinión – extremadamente gravoso y en términos del discurso de Martín Guzmán, absolutamente insustentable. El default será insustentable porque de ocurrir todo será peor.

Desde 1975 duplicamos el peso del Estado sobre el PBI a pesar que el Estado regaló empresas y servicios públicos, redujo provisión de servicios educativos y de salud –el sector privado se multiplicó incluyendo las obras sociales sindicales – y sufrió el deterioro grosero de la administración de justicia y la seguridad. Podríamos agregar la debilidad del servicio de relaciones exteriores que acompañó nuestro retroceso económico. Un Estado duplicado que ofrece pocos bienes públicos describe la profundidad de nuestra crisis. En estos años, el Estado, dejo de proveer un bien público esencial que es el mapa del futuro por donde deberemos transitar.

¿En qué mapa del futuro se encontraría destruir el sistema ferroviario? ¿En cuál mapa del futuro se encontraría la destrucción de 4 millones de hectáreas de bosques naturales? ¿En qué mapa del futuro se encontraría la construcción de una represa empuntada que ni siquiera tiene la línea de transmisión programada? Todo eso y más, continúa hasta hoy. Y una pequeña apostilla, no es lo mismo el déficit en un Estado que es el 20% del PBI que en otro que es el 38/40% del PBI. Volvamos.

Pero eso no es todo lo que ocurrió para tener el resultado de la cuenta de Rapetti – hoy el mismo PBI ph que en 1974 -.

Lo que cierra el inventario de la decadencia es la tasa de crecimiento del número de pobres de 7% anual acumulativo a lo largo de 45 años. En estos días de pandemia escuchamos, vemos y leemos en los medios el “asombro” de los comunicadores sociales, de los economistas entrevistados, de la dirigencia política. ¿No los vieron llegar a los conurbanos día tras día generando Villas Miserias? ¿Dónde miraban cuando se duplicaron? En 1974 eran 800 mil. Carlos Menem cuando ya eran millones dijo “pobres habrá siempre”. Hoy son 16 millones.

Mientras la población se duplicó, mientras logramos duplicar el Estado y a la vez entregar el patrimonio público, el número de pobres se multiplicó por 20.

Fue Federico Sturzenegger – también economista del pensamiento dominante – quién en su último libro afirmó que desde 1900 hasta 1975 el PBI por habitante de la Argentina fue – siempre en esos años – el 75% del de Australia. Y a partir de 1975 el PBI por habitante, en relación al de Australia, declinó. Hoy dificilmente sea el 25% del de ese país. En 1974 era el 75%.  

El rigor del pensamiento único, vigente desde la última Dictadura hasta nuestros días, y el encarcelamiento del debate científico sobre nuestro pasado económico, que se mantiene hasta hoy, ha ahogado los hechos colmándolos de interpretaciones por parte de dirigentes políticos, economistas y sobre todo de “comunicadores sociales” de todas las divisas  que han ahogado los hechos en capciosas interpretaciones exculpatorias.

No es la macroeconomía, por cierto desastrosa, de todos estos años la responsable de la pobreza, la deuda y el derrumbe de la productividad. Es exactamente al revés.

No hay macroeconomía sana posible en una estructura económica inviable en la que el 80 % de la fuerza de trabajo está asignada al sector servicios; en la que el número de personal doméstico es igual al de la industria manufacturera; en la que el empleo público – sin empresas ni servicios públicos – suma 4 millones de personas; en la que el desempleo real, bien medido, hace largo tiempo que es el 10% en los mejores momentos. Una economía que no produce bienes transables, en la que apenas se invierte de modo de ni siquiera reponer el capital productivo desgastado, en la que los fondos de argentinos del exterior multiplican la masa prestable local. Una economía capitalista sin crédito no es viable como tal. Una economía sin proyectos se agota a sí misma. Ahí estamos.Una mejor macroeconomía, indispensable, es inviable sin atacar los problemas estructurales que la impiden. Por eso “la política” mayúscula es lo más importante, pero ¿cuándo, quién, cómo?

Pero si 1975 es la fecha del comienzo de la caída  ¿qué pasó en 1975?. El 4 de junio de ese año ocurrió un hecho inexplicable en un gobierno que pretendía ser la continuidad del de Juan Perón. Un hecho si se quiere inesperado en esa continuidad que, ese 4 de junio, demostró no ser tal.

En vida de Perón, los Montoneros fueron, sino los materiales, los autores intelectuales del asesinato de José Ignacio Rucci, el líder sindical en quién Perón había confiado la conducción de lo que para él era la “columna vertebral”.

Los montoneros por “izquierda” – una izquierda Hollywood si no hubiera sido trágica para el país – trataron de liquidar la continuidad del proyecto de desarrollo que Perón estaba conduciendo junto al movimiento obrero y a la mayoría de los sectores empresarios que firmaron las actas de compromiso sectoriales. Para los “socialistas de Palermo” aquél era el proyecto de la burguesía.  

La muerte de Perón segó el liderazgo político indispensable para todo proceso de aire transformador; y a ella le sucedió el avance de los sectores más regresivos a los que sólo la violencia podía incorporar al poder.

El “golpe de palacio” lo dio José López Rega y su ejecutor fue Celestino Rodrigo, un Ingeniero dignatario de su propia secta “Los Caballeros del Fuego” que conducía José Lopez Rega e integraban Ricardo Masueto Zinn y Pedro Pou, arrebataron la conducción económica del desgobierno de Estela Martínez. Hacia 9 meses, el tiempo de un embarazo, que Alfredo Gómez Morales – impuesto por Lorenzo Miguel – había engendrado el monstruo que produce toda economía cuando la conduce la inacción.

Rodrigo sometido a la personalidad de Zinn; devaluó 100% el dólar financiero, el 61% el comercial; el dólar turista se multiplicó por 4,5; el combustible aumentó 180% y todas las tarifas de los servicios públicos, en promedio, se duplicaron. Zinn acordó su programa con el Consejo Empresario Argentino que presidía entonces José Alfredo Martínez de Hoz quien fue luego ministro de economía de la Dictadura. El “rodrigazo” fue la tarea sucia para el programa de Martínez de Hoz y la Dictadura la condición necesaria para poder imponerla.

Curiosidades de fechas, treinta y dos años antes, el 4 de junio de 1943 se produce el golpe de Estado que derroca al presidente Ramón Castillo. El Coronel Perón - en una reunión con empresarios muy importantes entre los que estaba Mario Hirsch (Bunge y Born) y hombres de la política como Manuel V. Ordoñez – declara que el golpe se realizó ante la inminencia de un “golpe comunista” conducido por la CGT, entonces en manos del comunismo según sus declaraciones. Las banderas de la Revolución de Junio fueron reivindicadas muchos años después por el propio Perón señalando que muchos de sus propósitos anunciaban lo que sería su doctrina de gobierno.

La realidad es que ese 4 de junio de 1943 significó un cambio en la vida económica y social de la Argentina. Un cambio que aceleró, pero con el peso siniestro de la interrupción institucional, el proceso de desarrollo industrial e inclusión social.

Treinta y dos años después, el 4 de junio de 1975, la Argentina descarriló dramáticamente en lo económico y luego en lo institucional.

En estos días, claro que después de la cuarentena, sí o sí, nos debemos a una profunda reversión que deje atrás la espantosa historia iniciada hace 45 años.

Esta vez reivindicando, a la vez, el valor de la Constitución y el consenso que implica; y la economía del desarrollo y la inclusión.

El Presidente convocó a grandes empresarios, muchos de ellos líderes de empresas de capital nacional y de decisiones nacionales. Un gesto en el camino de construir acuerdos. La política es conversar. El monólogo, el pensamiento encerrado, son signos de degradación de la política. Justamente, con sus más y sus menos, es lo que ha ocurrido desde que recuperamos la democracia. Ningún líder propuso un programa para ser debatido y, en consecuencia, llevar a cabo aquello que concitaba el acuerdo. Como sin acuerdo no hay largo plazo nos hemos manejado con una sucesión de cortos plazos que han gambeteado los problemas estructurales porque eso es la esencia del “corto plazo”, eludir lo estructural. Como decíamos ayer.

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