De tótems milagrosos, tecno-solucionismos y sensaciones de seguridad

OPINIÓN. La etapa inicial en la que comunidades auto-organizadas respondieron rápidamente a la pandemia con tecnología ¿para quienes funcionan estas tecnologías? ¿son seguras?


La etapa inicial en la que comunidades auto-organizadas respondieron rápidamente a la pandemia con tecnología va dando lugar a una respuesta del mercado por parte de emprendedores tecnológicos que en algunos casos está inmersa en un mar de controversias ¿para quienes funcionan estas tecnologías? ¿son seguras?

La pandemia y las respuestas auto-organizadas de comunidades de usuarios de impresoras 3D y especialistas y aficionados al desarrollo de hardware cede lugar a la reaparición y reconversión de emprendedores y firmas que, nutridas en parte por las experiencias de estas comunidades, comenzaron a desarrollar un conjunto de nuevos dispositivos orientados al público masivo, comercios e instituciones. Lámparas de pie que deben ser encendidas in situ con una tecla y que se venden para desinfectar ambientes, robots autónomos sofisticados que prometen desinfectar vehículos y habitaciones en escasos minutos, mochilas desinfectantes al mejor estilo liquidadores de Chernobyl y Totems “sanitizantes” que combinan rociado por aspersión de químicos (desde hipoclorito de sodio a otros más específicos) con exposición a fuentes de luz ultravioleta sobre personas en entradas a negocios y centros de salud. Todos estos son algunos de los artefactos que distintos emprendedores y tecnólogos están promocionando como la nueva panacea tecnológica que nos permitirá una vuelta a una “normalidad segura”.

La luz UV de tipo C (UV-C) –que es la que usan muchos de estos dispositivos- es un tipo de luz emitida por el Sol pero que se genera en la Tierra de forma artificial, ya que es filtrada por nuestra atmósfera. Descubierta hace más de 100 años, una de las ventajas que posee es la de servir como germicida y se ha usado efectivamente en sistemas de esterilización del agua, alimentos, instrumental (como en las peluquerías) y, con cierta prudencia respecto a su eficacia, en ambientes hospitalarios. La energía que suministran se traduce en dosis (medidas en Joules) basadas en tiempos de exposición requeridos según el patógeno a neutralizar y la potencia UV-C de la lámpara. Pero otros factores como la distancia a la fuente de luz, la calidad de las lámparas y el medio a desinfectar influyen en su eficacia. Su uso entró en el foco de la cuestión desde que comenzó a usarse en varios países con la intención de eliminar el COVID-19. Bajo ningún formato está recomendada para que seres vivos sean expuestos a ella, dado que la exposición a la misma -incluso por pocos segundos- puede generar  daños, y a largo plazo cáncer de piel. Si bien actualmente se está trabajando en un nuevo tipo de sistema conocido como UV-C Lejano (o Far UVC) que sería menos peligroso, prácticamente aún no se comercializa esa tecnología.

Algunos de los nuevos desarrollos comercializados se publicitan con una efectividad basada en un tiempo de uso que oscila entre algunos segundos a media hora. Otros vendedores le entregan al cliente supuestas fórmulas para calcular los tiempos de uso para lograr la esterilización total -COVID19 incluido- de lugares y objetos, remitiéndose a ciertos trabajos científicos que evalúan la efectividad de este tipo de tecnología frente a patógenos. Y es que en realidad esos “estudios” a los que se refieren son un corpus muy heterogéneo de trabajos -basados en ensayos controlados de laboratorio- en su mayoría.  En gran número de estos casos, nos encontramos con artículos que no tratan sobre la eliminación del SARS-COVID19, sino de otros tipos de virus, cuando no se trata de artículos no verificados por pares (peer reviewed) aún. Sólo por poner un ejemplo, algunos trabajos noveles indican el uso de luz UV-C para dejar esterilizados barbijos como los famosos N95, sin corroborar del todo su eficacia frente al COVID19, con los daños que la luz UV-C puede generar al material, y recomendando la medición in situ de la potencia de la misma.

Al igual que las controversias en torno a la efectividad de barbijos, tapabocas y protectores faciales, los dispositivos destinados a usar tecnología UV-C y/o aspersión tienen una noción de funcionamiento construida socialmente, bajo el supuesto de contribuir a una nueva normalidad segura para un mercado que entiende la vuelta a la normalidad mediada por ciertas tecnologías.  Desde el lado de la demanda, lo que se intenta comprar, parece, es la sensación de seguridad que provee un artefacto, un amuleto, un tótem: No sabemos bien cómo funciona, pero alguien que suponemos sabe lo que hace nos garantiza que funciona, previo apoyo mediático o publicitario, y creemos. Pero en el fondo, es ciencia y técnica -no magia-, y eso es lo que decide si realmente funciona o no, si elimina el COVID-19 o no, y si puede generar daños o no. El principio de la tecnología UV-C es válido, la efectividad específica de los dispositivos -y la seguridad para los usuarios-, son otro tema.  En este punto es que tenemos que preguntarnos dos cosas.

Primero, ¿cómo es posible que, existiendo escasa información validada sobre la efectividad del uso del UV-C en la eliminación del COVID-19, esta tecnología se traduzca en forma inmediata en una multiplicidad de dispositivos que prometen eliminar al virus en distintas potencias y formatos? ¿Cuántos fabricantes están en condiciones de hacer pruebas de laboratorio específicas de sus sistemas y medir la potencia real que suministran sus equipos para desactivar el COVID-19? ¿Y qué ocurre con la efectividad de la aspersión con químicos y los riesgos para la piel y el sistema respiratorio? ¿Qué nos dice esto de las controversias y de la falta de respaldo científico y técnico (no del principio de funcionamiento, sino en concreto de la falta de estudios de la efectividad de los diseños y los lugares de uso), y de la cuestión de la seguridad?

Segundo, ¿Por qué, si existen estudios que detallan los riesgos para la vista y la piel del uso del UV-C, e incluso los riegos de uso de ciertos químicos sobre la piel, encontramos todo tipo de dispositivos orientados al uso particular, comercial e industrial que promueven su uso e incluso de forma directa su aplicación sobre seres humanos? Es cierto, no todos los estudios sobre riesgos para la salud son concluyentes, pero que los riesgos estén en discusión debería ser motivo suficiente para tomar precauciones ¿Cómo es posible que no exista regulación alguna al respecto? Y si existe, ¿por qué no se aplica?

 Por supuesto que hay casos que intentan no caer en estas categorías, y ofrecen medidas de seguridad. Otros más prudentes no garantizan la eliminación total de todos los virus y bacterias. Pero en general, tanto del lado de la oferta como de la demanda, se observa un retorno de un tipo  de pensamiento mágico actualizado a los estándares tecnológicos del siglo XXI, amparado también en la voz de políticos de otras latitudes que recomiendan medicamentos o tratamientos no aprobados clínicamente aún, cuando no desacreditados.  Bajo la necesidad de encontrar soluciones rápidas y escalables a un problema complejo, los objetos “curalo todo” (o esterilízalo todo) están de vuelta. El problema de la pandemia, entonces, queda resumido en la construcción de funcionamiento de esta tecnología y la presión de la reactivación económica ¿es realmente tan simple? ¿Quiénes podrán pagar por ella? ¿es realmente segura esta nueva construcción de “normalidad”? “Todo suma para prevenir”, se dice por lo bajo. Paradójicamente, deberíamos preguntarnos si el riesgo que a largo plazo puede suponer el mal uso de muchas de estas tecnologías a escala masiva no es incluso tanto o más peligroso que la propia amenaza que intentan eliminar. No nos dejemos encantar por los tótems tecno-milagrosos tan fácilmente.


Sobre el autor

Maximiliano Ozono. Economista Industrial. Investigador docente (UNGS) Maestrando en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ).

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