De toreros y corridas

Es sorprendente la cantidad de historia existente sobre las corridas de toros.

Para el común de la gente es prácticamente nulo el conocimiento del mundo de la tauromaquia, que podemos datar sus orígenes aproximadamente en los 2.000 años a.C., en la edad de Bronce. Con diferentes modalidades se practicó en casi todo el territorio europeo, pero la forma actual de lo que conocemos como “corridas de toros”  se puede datar a comienzo del 1.700 de Nuestra Era.

Es sorprendente la cantidad de historia existente sobre las corridas de toros. En términos generales puede afirmarse que en estos 300 años no hay una corrida de toros de las principales plazas que no haya sido escrupulosamente estudiada con una minuciosidad que llega al aburrimiento. El nombre del torero, su alias, lugar de nacimiento, fecha del mismo, cuándo comenzó a torear, color del traje que usó, corridas en las que intervino, cantidad de toros que enfrentó, nombres de los mismos, peso, edad del toro, forma de los cuernos, pelaje, bravura, ganadería, etc. todo está registrado.

Nos guste o no las corridas de toros constituyen al menos una forma de representación artística que ha repercutido en la literatura, el teatro, la pintura, la música, el baile. El juego de vida y muerte tiene una intensa vibración dramática. Una mariposa de colores danzando contra un toro de lidia; porque hay que recordar que el toro no es un espécimen de  una ganadería domesticada como las que conocemos. Es de otra raza, nunca domesticada, descendiente de los toros salvajes de las selvas europeas y norte de África. La distancia que hay un tigre de Bengala y el gato doméstico.

En este acopio de historia no podía faltar el relato pormenorizado de los toreros muertos o mutilados por los toros y por su peculiaridad  rescato dos casos, solo dos existieron, de toros que clavaron sus cuernos en los ojos de los toreros, uno de ellos murió, y el otro  sobrevivió muchos años.

El más cercano a nosotros fue Manuel Granero un muchacho de buena clase media estudiante destacado de música, violinista, que nunca había ido a una corrida. La primera vez lo llevó su tío a sus doce años y en la plaza tuvo súbitamente la revelación que sería torero. El violín quedó  en el armario y en su lugar apareció la capa roja.

Manuel Granero hizo todas las estaciones que impone  la profesión de torero: hay que empezar desde cero, desde jugar a los toros en las calles hasta llegar a “maletillas” con una capa de tela y en los campos abiertos de las ganaderías, citar a los animales, luego becerros, sin cuadrilla y con ella,  más tarde novillero, luego aspirante, recibir la aprobación de un torero reconocido, toma la “alternativa” que es la ceremonia de graduación por la que se le permite torear con sus pares. La recibió el 28 de septiembre de 1920 en Sevilla, a los 18 años. Un largo aprendizaje.

Fue una estrella fugaz de brillante éxito. Su gloria no alcanzó a durar dos años en los que mató casi doscientos toros. Se encontró con la muerte el 7 de mayo de 1922 en la Plaza de Toros de Madrid entre el dolor y el espanto de haber contemplado quizá la muerte más macabra de la historia del toreo.

Un toro de la ganadería del Duque de Veragua de irónico nombre, se llamó “Pocapena”, lo empitonó en el muslo derecho y lo tendió en la arena,  en dos cornadas sucesivas lo llevó hasta las duras tablas que conforman la barrera de la plaza, y allí una tercera cornada le entró por el ojo derecho. No hay una descripción más precisa del hecho que el parte facultativo que narra en prosa técnica, pulcra, sin adjetivos, e imposible de superar en su horror:

 "Cornada en región orbitalina derecha, con fractura del fondo de esta cavidad, sigue por fosa cerebral media atravesándola en toda su extensión, destrozando la masa encefálica; fractura de los huesos frontal, etmoides, esfenoides, parietal, temporal, maxilar superior y malar, con desprendimiento de partes blandas del pericráneo, desde la órbita, y procedencia de gran cantidad de masa encefálica, con fractura igualmente del cráneo, que da comunicación con esta cavidad, y de ésta, con faringe. Mortal de necesidad. Otra cornada en cara anterointerna del muslo derecho. Entró en la enfermería en estado agónico y el torero falleció instantes después". Así murió Manuel Granero.

Sesenta y cinco años antes, en 1857, hubo un torero de no gran renombre por su arte, pero de reconocido valor físico que exhibió hasta su  muerte a los setenta años, Manuel Domínguez.  Debería ser conocido en la Argentina donde vivió varios años toreando, algunas veces en Uruguay, en Colonia donde aún está la plaza, y otras en Buenos Aires. Fue también, soldado en diversos cargos que le dio el Brigadier General Juan Manuel de Rosas. Luchó contra los indios, traficó con cueros y lana y luego regresó a España donde a una edad insólita para un torero, cincuenta y seis años, volvió a torear.

 Era más conocido por su apodo, “Desperdicios” que lo había ganado en buena ley. El primero de junio de 1857 toreando en el Puerto de Santa María, el toro “Barrabás” de la ganadería de Concha y Sierra le clavó el asta en el ojo derecho. Llegó a la enfermería con el ojo herido pendiente del nervio óptico  y de un tirón con su mano izquierda lo desprendió diciendo “Son desperdicios”; y lo tiró al suelo. De ahí nació su sobrenombre. Sorpresivamente no murió y a los noventa días entraba nuevamente al ruedo para torear. No le faltó valor personal. Murió “de su muerte” como dice Bernal Díaz del Castillo, el seis de abril de 1886.


Ilustración: José Ignacio Astigueta 

Diarios Argentinos