¿De qué deuda me estás hablando?

OPINIÓN. Similitudes entre la deuda económica y la deuda ecológica.

Por Irupé Churruarin y Andrés Lambertini


Los patrulleros de la policía bonaerense que rodearon la casa del gobierno provincial y la vivienda del gobernador de la Provincia de Buenos Aires primero, y la quinta de Olivos después, marcando un día histórico -por lo lamentable- en la democracia de nuestro país, hacen parecer lejano un hecho que hoy apenas cumple dos semanas: el pasado 31 de agosto, el presidente de la Nación, junto con la vicepresidenta, ministros y gobernadores, anunció la reestructuración del 99% de la deuda con acreedores privados bajo legislación extranjera.

El recorrido que desemboca en este suceso empezó en diciembre del año pasado (e incluso antes), cuando el actual gobierno asumió y comenzó a trabajar para negociar el pago de una deuda que fue catalogada como insostenible por la magnitud y la velocidad con la que fue tomada por el gobierno de Cambiemos, bajo la premisa de que no se le iban a pedir más esfuerzos a los y las argentinas, y con el objetivo de tranquilizar la economía y poder empezar a poner a la Argentina de pie.


(Presentación de los resultados de la reestructuración de la deuda)


Cabe preguntarnos entonces: ¿de qué se habla cuando se mencionan los “alivios” o “costos” para la población de un país en términos de deuda? ¿Quiénes son les que más sufren las consecuencias de la especulación de los tenedores de bonos?

Los movimientos sociales y políticos respondieron claramente a estas preguntas: las consecuencias recaen sobre cuerpos concretos, les más vulnerades de la sociedad, les trabajadores precarizades o les que no tienen trabajo, las mujeres y disidencias sexuales, quienes hasta conjugaron como respuesta en muchas de las manifestaciones que se dieron en el último tiempo que “la deuda es con nosotrxs”.


Pero hay una deuda que también forma parte de las consecuencias de este capitalismo crecientemente salvaje que llamamos neoliberalismo, que es menos conocida, pero no por ello menos grave: hablamos de la deuda ecológica. 


Podemos decir entonces, parafraseando la consigna de les trabajadores, los colectivos de mujeres y disidencias sexuales, que “la deuda en con nosotrxs y con nuestros territorios”.


(Paro internacional feminista 2020)


Hablemos de deuda externa: lo que el Sur le debe al Norte

Cabe recordar que la deuda externa, en sí misma, no es “mala”. Constituye una herramienta de política económica que los estados nacionales soberanos tienen la potestad de utilizar. Como tal, puede constituirse en un vehículo de movilización de divisas orientadas al desarrollo económico y social de un país. Sin embargo, al mismo tiempo, de utilizarse de manera irresponsable y con fines meramente especulativos, puede convertirse en un factor de inestabilidad macroeconómica y, en consecuencia, de empeoramiento de las condiciones de vida de la población. Este es precisamente el caso del ciclo de endeudamiento hasta niveles insostenibles desarrollado durante el gobierno de Mauricio Macri.

Por un lado, el endeudamiento aumentó en forma inédita en la historia argentina: según el Instituto de Trabajo y Empleo (Fundación Germán Abdala) se superaron incluso los niveles de mayor endeudamiento de la Convertibilidad, episodio que desembocó en el default de la deuda pública y una de las peores crisis económicas y sociales de nuestro país. El stock de deuda pública pasó de ser aproximadamente el 50% del PBI en el 2015, al casi 90% al fin del 2019. Es decir, que el total de la deuda pasó a ser equivalente a casi el total de lo que la economía argentina produce en un año. No solo eso, sino que, mientras un 36% de la deuda como parte del PBI estaba denominada en dólares para finales del 2015, ese porcentaje se duplicó, alcanzando un 70% en el 2019.

Por otro lado, la emisión de títulos públicos no estuvo destinada a fines productivos: así como el ingreso de divisas por deuda pública, privada e inversiones especulativas sumó USD 100.000 millones entre finales del 2015 y 2018, y en  2018, a partir del cierre de los mercados voluntarios de crédito, las autoridades recurrieron al Fondo Monetario Internacional (FMI), que desembolsó un préstamo récord de USD 44.500 millones, la formación de activos externos, coloquialmente llamada fuga de capitales, superó los 86 mil millones de dólares.

Como consecuencia de este proceso de endeudamiento vertiginoso sin fines productivos se desencadenó, a partir del 2018, el descalabro económico y social más grande -hasta la irrupción de la pandemia del Covid-19 y la crisis que provocó en el mundo y en nuestro país- desde la crisis del 2001. 


Hablemos de deuda ecológica: lo que el Norte le debe al Sur

Nos referimos con deuda ecológica a aquella acumulación que tienen los países del Norte a costa de los del Sur, dada por la explotación de los recursos naturales de manera subvaluada, teniendo en cuenta la contaminación ambiental, la utilización gratuita de ciertos recursos o la ocupación ambiental del espacio para depósito de residuos, gases de efecto invernadero, etc. En otras palabras, es el sobreconsumo de estos países del Norte, manifestado en la sobreexplotación de los territorios y la mano de obra barata del Sur, que deja como saldo la contaminación ambiental y consecuencias sociosanitarias para con sus habitantes.

Esto último se evidencia en aspectos tales como la utilización de productos químicos y agroquímicos derivados de las industrias de materias primas y el agro, como también en la destrucción de montañas con prácticas como la minería a cielo abierto, entre otras. Todo esto se traduce en contaminación de los suelos, las napas de agua, enfermedades por inhalación, ingestión o contacto con un sitio contaminado, y hasta debilitamiento de las economías locales y regionales. 

Lo que los países del sur le proveen al mundo tiene costos para los mismos que no entran en la ecuación. Así como crecen las tasas financieras, crecen las tasas de la naturaleza, tanto que en muchos casos se tornan incalculables y difícilmente capaces de ser pagadas. El nivel de destrucción que requiere esta provisión no solo no es reconocido sino que es en muchos casos irreparable. Mientras algunos de estos países protegen de manera indiscutible los recursos propios, son parte de lógicas que comprometen los de otros, sosteniendo sus niveles de consumo a costa de la degradación de otros territorios. 


Relación entre la deuda ecológica y la deuda externa 

La deuda externa y la deuda ecológica son dos caras de la misma moneda: la lógica de funcionamiento de la economía capitalista que pone por encima a la especulación, las ganancias y el consumo exorbitante de unos pocos por sobre el bienestar común, a costa de la explotación humana y territorial.

Las exigencias por parte de los acreedores financieros y los organismos internacionales para que las naciones del Tercer Mundo paguen sus deudas obliga a estos países, dadas sus estructuras productivas, a desarrollar prácticas ecológicamente destructivas, que se sintetizan en el modelo extractivista: la explotación creciente de sus riquezas naturales con el objetivo de aumentar constantemente la exportación de materias primas.

Por lo tanto, la relación entre la deuda externa y la deuda ecológica se muestra, para los pueblos del tercer mundo, como intrínseca. A medida que aumenta la deuda externa de los países del Sur con respecto a los del Norte, también lo hace la deuda ecológica de los países del Norte con respecto a los del Sur. El problema fundamental reside en que, mientras la deuda financiera crece exponencialmente, los recursos naturales (y hasta las mismas economías) no tienen la capacidad de crecer a la misma velocidad.

La discusión respecto a la imposibilidad de que la deuda externa crezca a un ritmo insostenible está planteada claramente en la agenda pública y, como lo demuestran las expresiones por parte de los representantes políticos nacionales -y hasta de los organismos internacionales- goza de un nivel considerable de consenso, dadas las consecuencias negativas que puede tener en la economía y la sociedad. El objetivo pasa a ser, entonces, plantear la discusión sobre la otra cara del problema, para dejar en claro que el constante crecimiento de la deuda ecológica es insostenible para la economía, para la sociedad, y para el planeta. 


Hacia un modelo alternativo

La relación de los humanos con su entorno está mediada por cuestiones que van más allá del intercambio biológico/natural: se ve también atravesada por una historia que configura determinadas prácticas, por decisiones políticas, económicas y por sociedades que en conjunto configuran y reproducen maneras de “hacer la vida''. Sabemos ante todo que hay alternativas de modelos de producción respetuosos con los territorios y sus habitantes, pero a la hora de pensar en ello, no podemos dejar de pensar una transformación a su vez de las lógicas económicas. No menos importante es que se lleve a cabo de la mano de la participación popular y pluralista, en especial de aquelles que han sido vulnerades por las lógicas de explotación mencionadas. Es hora de que los verdaderos acreedores, los pueblos afectados por la especulación financiera y la explotación de sus cuerpos y territorios, sean escuchados. Esto se trata de una ampliación democrática, de una sociedad que construya de manera consciente, equitativa y respetuosa el andar de la Patria, pensando en les otres.

Creemos en la necesidad de terminar con lógicas de dependencia históricas, de algunos países que se someten a la explotación sin medida, a condiciones de vida de extrema desigualdad por parte de otros países que, como dice el Papa Francisco, “hacen fuera lo que no se les permite en los suyos”. Necesitamos con urgencia poner en marcha y construir en conjunto una vida productiva al servicio de las mayorías, una verdadera soberanía productiva basada en la participación y cooperación de sus habitantes que indispensablemente requiere de una soberanía económica despojada de mecanismos que hipotequen toda vida, humana y territorial.

En palabras del Presidente de la Nación, es fundamental para estas transformaciones que el contexto demanda que “asumamos lo que nos pasó y la responsabilidad de que no nos vuelva a pasar nunca más”. El destino de nuestro país, su gente y nuestros bienes comunes naturales, no pueden depender de la discrecionalidad de un gobierno de turno que de forma irresponsable los somete a una explotación voraz. Construir una Argentina más justa es responsabilidad de todos, todas y todes, y para tal tarea nos toca repensar nuestro pasado para construir un mejor futuro.


Que sea justicia ambiental

Lo decía Juan Domingo Perón en 1972 en su Mensaje ambiental a los pueblos y gobiernos del mundo: "Creemos que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales... y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esa marcha, a través de una acción mancomunada internacional.”

Las luchas ambientales tienen ya una larga historia de reivindicaciones en el mundo y especialmente en nuestra región, impulsadas por los mismos afectados en defensa de sus de sus territorios, como parte innegociable del desarrollo de una vida digna para las comunidades que integran, y nos dejan un mensaje claro, imposible de censurar: “SIN JUSTICIA AMBIENTAL, NO HAY JUSTICIA SOCIAL”.


Sobre los autores: Irupé Churruarin es estudiante de Sociología UBA. Militante política. Andrés Lambertini es estudiante de economía en la UBA.

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