Cuba, hoy más que nunca


¿Cuál hubiese sido el destino de Cuba de no haber triunfado la Revolución el 1 de enero de 1959? ¿Hubiese habido Revolución si un día como hoy hace 68 años los principales cabecillas del asalto al Cuartel Moncada hubiesen sido fusilados como la mayoría de sus compañeros y compañeras de armas? ¿En cuánto impactó ese vibrante alegato de Fidel Castro, luego convertido en grito de guerra y llamado a la lucha sintetizado en “La historia me absolverá”? ¿Por qué a la derecha regional (y mundial) le preocupa (y se ocupa) tanto y desde hace varias décadas por un país a todas luces pobre, con un PBI insignificante y sin grandes recursos naturales para “rapiñar”? ¿Qué les (y nos) produce su existencia? Otra vez Cuba. Si, una vez más, volvió para ser debatida, criticada y defendida.

Los sucesos del domingo 11 de julio que tuvieron como epicentro la capital del país y otras provincias pusieron nuevamente a Cuba en el centro del debate político latinoamericano y mundial. Unos días antes se había producido en un país vecino el asesinato de un presidente, pero a las luces del poder mediático tuvo una exposición mucho menor que las movilizaciones, por otra parte diminutas, que se dieron en el país caribeño. ¿Qué hace que el asesinato del primer mandatario de Haiti ocupe mucho menos espacio, debate y discusión que las protestas en un país del tercer mundo bloqueado desde hace 60 años?

Desde que la Revolución de enero de 1959 triunfó en la isla, Cuba no ha dejado de ser un faro donde intelectuales, artistas, políticos de todo pelaje, líderes mundiales, y ciudadanas y ciudadanos involucrados en las luchas sociales han discutido acerca de su proyecto, su obra, sus acciones y su posicionamiento internacional. La figura de su líder histórico Fidel Castro fue marca registrada de ese país situado a 90 millas del país más poderoso del planeta, al que desafió con su soberanía e independencia a reducirse a ser una factoría chévere de EEUU. A pesar de que recién bajado de la Sierra Maestra, el líder revolucionario había abjurado del marxismo y prometía una revolución pacífica, nacional y “martiana” (José Martí, la figura emblemática de Cuba) el hecho representaba todo un desafío para los intereses del gigante vecino. Una vez iniciada las transformaciones sociales y estructurales en los primeros años de Revolución EEUU tomó posición y apuntó sus cañones (y sus mercenarios) a la isla insurrecta. La invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961 no sólo puso en vilo al mundo un año después, sino que permitió el abrazo cubano a la antigua URSS y el llamado a una “Cuba socialista” antiimperialista y revolucionaria que se ubicaba geoestratégicamente en el campo soviético

Los intentos de exportar la revolución al continente americano (y así fortalecer la propia) colisionaron contra un conjunto de imponderables y errores que se cristalizaron en la derrota de Ernesto Guevara en su intento armado en territorio boliviano, y triunfaron tardíamente en el 79 en Nicaragua. En el medio de esos candentes 60 y 70, esa isla destinada a la marginalidad política alfabetizó a toda su población, le dio cobertura sanitaria de primera, alimentó a los hambrientos, puso en la elite a deportistas condenados a la nada y, con la misma energía, persiguió opositores (a muchos les abrió los puertos para que puedan irse hacia el norte), a los desiguales y a las voces disidentes, a todas luces minoría en el país. Durante esas décadas Cuba gozó de uno de sus mejores momentos económicos y exportó médicos y médicas a todos los confines de la tierra, cobijó revolucionarios y perseguidos políticos, se solidarizó con países atacados y vilipendiados y entrenó combatientes para replicar la “guerra de guerrillas” en sus países.

A finales del 80, este pequeño país se encontró en la encrucijada de darle continuidad a su revolución en un contexto internacional totalmente desfavorable. La caída del Muro de Berlín (desde su materialidad y simbolismo) y la desintegración de la URSS pusieron en jaque (casi jaque mate) al proceso, dando lugar a una nueva etapa plagada de incertidumbres. ¿Por qué Cuba no siguió el destino del resto de los satélites soviéticos? ¿Por qué la isla siguió resistiendo y reafirmando su Revolución? 

Con el inicio del “Periodo Especial” en 1992 Cuba ingresaba en un territorio virgen y lleno de acechanzas. Siguiendo el lema de Simón Rodríguez “inventamos o erramos”, la conducción política del país priorizó al turismo y la exportación de sus logros como forma de reemplazar la adquisición de divisas del sumamente beneficioso intercambio con el polo socialista que comenzaba a perder con la desintegración soviética. Fueron años de muchas penurias y de extremada escases, pero Cuba continuó en la misma recta en la que se encontraba ¿Por qué no siguió el mismo camino del resto del bloque socialista? ¿Será que la Revolución cubana tiene (y tuvo) poco que ver con las formas y contenidos de sus pares europeos? ¿O será que el componente principal de su Revolución haya sido (y es) el antiimperialismo de raigambre martiano y su nacionalismo defensivo? Es cierto que existieron protestas (agosto de 1994 la más importante), multiplicación de “balseros”, mucha disconformidad y un comienzo tímido pero permanente de la desigualdad entre quienes accedían a la divisa estadounidense y quienes no, Cuba permaneció abrazado al ideario revolucionario en esta nueva coyuntura.

La llegada de Hugo Chávez en 1999 a Venezuela abriendo el “giro a la izquierda” en la región oxigenaron la Revolución y Cuba logró volver a respirar luego de una década que a las necesidades materiales se le sumaron la profundización del bloqueo con las ley Torricelli (una de las más cruentas de la época) y la agudización de la presión estadounidense sobre su economía. El siglo XXI resultó sumamente auspicioso hasta la llegada de Donald Trump. En el medio de proceso de gobiernos progresistas sudamericanos, la isla logró reactivar su economía con una mayor integración hacia la región (también política), logró procesar la sucesión entre los hermanos Castro sin ningún tipo de conflicto interno, su Revolución fue reivindicada por los nuevos líderes regionales del nuevo siglo y su política educativa y de salud puesta a la vanguardia del continente y se concretaron un conjunto amplio de acuerdos sumamente beneficiosos para el país caribeño durante la presidencia de Obama que esperanzó al pueblo cubano acerca del inicio de una nueva etapa floreciente en los marcos del singular sistema político de la isla. Durante esos primeros 14 años del siglo XXI se habló muy poco de Cuba, de su régimen, de las supuestas violaciones a los derechos humanos, y se la destacó en su rol de mediador entre el gobierno colombiano y la guerrilla, en su integración a la Celac y en su política hacia EEUU. Es más, en esos años la isla se convirtió en el país la menor mortalidad infantil del continente y de acuerdo al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD de 2019) en Cuba la esperanza de vida  es superior a las de EEUU (79,9 y 78,5 años).

Sin embargo, la llegada de Trump a la presidencia estadounidense dio marcha atrás a la política aperturista de Obama hacia Cuba, re-iniciando un brutal bloqueo comercial, económico, sanitario y político del que aún hoy la Isla no ha podido superar. En ese marco, la pandemia ha agravado aún más una economía por demás achicada y ha generado descontentos en una parte, por ahora, minoritaria de la sociedad. A las protestas de hace tres domingo el oficialismo respondió con movilizaciones más abundantes y con un conjunto de medidas de flexibilización de productos importables y de tenencia de divisas, que compensen una política de unificación cambiaria desacertada en el corto plazo, con la liquidación del CUC. Se esperan más medidas en esa dirección en los próximos meses, siempre dentro de un contexto en donde las penurias sociales sean moneda corriente. El bloqueo criminal de los EEUU, que la derecha mundial lo menciona como un dato de la realidad sin consecuencias en vidas y salud, cumple un rol decisivo en este contexto sumamente complejo que hoy pasa Cuba. Como anota en forma precisa el especialista Ruben Guzzetti aquí, “el bloqueo aplicado contra Cuba es el más prolongado y destructivo que jamás ninguna potencia haya aplicado a otro país. Los daños son cuantiosos: pérdida de ingresos al país, imposibilidad de comerciar libremente teniendo que tercerizar compras pagando sobreprecios, imposibilidad de importar alimentos, medicamentos, bienes de capital y repuestos, etc”.

A pesar de que este ataque militar sin armas se sostiene desde hace 60 años, el país ha encontrado alternativas diversas para enfrentar esta agresión, pero en su mayoría dependieron (y dependen) de un contexto internacional multipolar (o bipolar como se dio hasta 1989) que le permita a Cuba comerciar con países ajenos a la presión económica y política estadounidense y de lo poco que la isla pueda ofrecer en términos exportables. A pesar de que el Bloqueo ha sido rechazado por toda la comunidad internacional (en la última elección en la  ONU 184 votos repudiaron el embargo frente a 3 abstenciones y a EEUU e Israel que siempre votan a favor) el mismo se mantiene incólume más allá de cualquier coyuntura.

¿Cuál hubiese sido el destino de Cuba de no haber triunfado la Revolución el 1 de enero de 1959? nos preguntamos al inicio de esta nota. La respuesta a todas luces parece más que evidente: un país del tercer mundo desconocido, muy pobre, sin logros en ningún terreno social y fuera de la agenda regional e internacional. Sin embargo, esa isla condenada a la irrelevancia hoy emerge, una vez más, como un faro de atracción por sus logros y sus fracasos.   


 Sobre el autor: Mariano Fraschini es Doctor en Ciencia Política y co-compilador junto a Santiago García de “Liderazgos en su laberinto. Como ejercen el poder los presidentes sudamericanos del siglo XXI” de Editorial Prometeo

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