Cuarentena y default

Por: Carlos Leyba



La cuarentena continúa. Pero no será igual para todos. Las mayores restricciones apuntan a las mayores concentraciones demográficas.

El mapa de las restricciones calca el mapa de las regiones de mayor empleo y mayor industrialización.

La traducción es que las modificaciones tendrán repercusiones sociales pero pocas repercusiones económicas: no será importante el impacto en el incremento en el valor agregado a partir de las relajaciones en la cuarentena.

La cuarentena social se relaja, pero la repercusión sobre el aparato productivo no será de fuerte impacto.

Por ahora la generación de ingresos del sistema económico estará muy lejos de las necesidades sociales y por lo tanto será imprescindible la acción directa del Estado para financiar la distancia que subsistirá entre necesidades vitales y valor agregado generado.

Cuando existe el pleno empleo y el uso intenso de la capacidad instalada, el valor agregado por el sistema productivo genera los ingresos socialmente necesarios.

La Argentina tuvo largos períodos en los que el pleno empleo y el uso de la capacidad instalada generaron la mayor parte de los ingresos necesarios. Entonces la asistencia social era un componente relativamente menor de la satisfacción de las necesidades sociales.

El último período en que rigieron esas condiciones fue el del Estado de Bienestar que bien puede definirse como aquél en el que el objetivo básico es el pleno empleo, la materialización racional del derecho a trabajar que implica que el trabajo es productivo, es decir, que aporta a la productividad social de la economía.

Ese proceso fue abortado a partir que se instaló la ideología de la “tasa natural de desempleo”. Es decir, cuando el pleno empleo dejó de ser un objetivo al que los instrumentos de política económica se adaptaban. Ese objetivo fue sustituido con la idea que “hay necesidad de una tasa de desempleo que garantice la estabilidad de los precios”.

El fundamento, de esa visión, era que la “estabilidad de los precios” es la condición necesaria para que el proceso económico fluya con “decisiones racionales”.

Esa mirada llevó a utilizar la apertura económica como elemento crucial para que las importaciones de bienes, producidos más baratos en otros países, tiendan a reducir los precios locales y, en consecuencia, bajar los precios. El flujo libre de importaciones los mantendría estabilizados.

La consecuencia fue el cierre masivo de empresas incapaces de competir con los salarios, es decir, con las misérrimas condiciones de vida de países más pobres en proceso de industrialización (Corea y Taiwan en aquellos años, China en los últimos); y también incapaces de competir con países más ricos que exportan saldos de temporada o bien exportan el resultado de economías con mayor productividad sistémica que – no hay que olvidarlo – son la consecuencia de programas de inversión financiados y subsidiados contundentemente por los Estados decididos a generar esa capacidad competitiva.

Hay más razones para perder en esas peleas desiguales.

Pero la realidad es que, abandonado que fue el objetivo colectivo del pleno empleo, se produjo el incremento sistemático del desempleo, más la no incorporación de población económicamente activa a la oferta laboral y a la vez un incremento sistemático y descomunal de la pobreza.

Esa política deliberada generó un constante incremento del déficit del balance de pagos, el que se administró con una permanente demanda de crédito externo o de la oferta de incentivos para colocaciones de dólares a alta tasa de interés en pesos con la certeza de tener un “seguro de cambio” más barato que la tasa de interés ganada. Nuestra bien bien conocida bicicleta financiera.

Para lograr esos dólares se aplicaron las ingenierías más originales. Fueron emblemáticas, la tablita de J. Martínez de Hoz inspirada en uno de los economistas actualmente más respetados por la City; luego la convertibilidad cuya autoría no sólo corresponde a D. Cavallo sino a sus lugartenientes que también fungen como economistas respetados por la City y el establishment; y la última aventura de Federico Sturzenegger y quienes lo sucedieron en el delirio económico macrista, hasta que llegó Hernán Lacunza que pudo introducir alguna racionalidad en la retirada en desbande de las fuerzas infantiles del PRO.

Aclaro que ya llegará el tiempo en que el establishment y la City vuelvan a acudir a la “sabiduría” de Federico and Co. El establishment argentino es el único que se estrella una y otra vez con la misma piedra.

Veamos las derivaciones de la idea que el pleno empleo no es un objetivo sino, por ejemplo, un estorbo. O, para los mas sensibles, una consecuencia no deseada del mercado. Una consecuencia por falta de mercado. Si el desempleo ocurre es justamente por esas trabas que, como los sindicatos, se interponen en el funcionamiento racional de los mercados que con tantas restricciones no pueden funcionar. El pleno empleo, dicen, no es un objetivo. Es la  consecuencia de esos estorbos al mercado cuyo más notable elemento es el sindicato.

Dicho esto, al abandono del pleno empleo como objetivo le apareció de manera inevitable una nueva matriz de endeudamiento público. O, dicho de otra manera, un gasto publico no financiable con la estructura tributaria argentina.

Es que – para decirlo en criollo – el desempleado no genera valor agregado y por lo tanto no genera tributos de la primera iteración. También muchas actividades para competir – dado que el Estado no administra reglas de comercio que neutralicen las mil y una formas de dumping del comercio internacional – se ven en la necesidad (y conveniencia) de operar en negro con lo que se agrega valor, pero sin impacto tributario de la primera iteración. En síntesis, la pobreza y la marginalidad son tributariamente negativas.

Pero como la sociedad tiene conciencia de los riesgos vitales colectivos de la pobreza y el desempleo, en resguardo, ocurren dos cosas.

La primera, las Administraciones Públicas, a lo largo y lo ancho de todo el país, usaron el conchabo público como una morigeración del desempleo y como una forma carísima del clientelismo: un voto cada dos años al costo de 26 salarios por voto.

La segunda, como la pobreza no genera ni siquiera esa empleabilidad improductiva, la sociedad exige que la Administración la cuide, la alimente, la cure y la eduque.

La ecuación final del sistema derivado de ese teorema - que sustituyó el objetivo del pleno empleo por el servicio del desempleo a la estabilidad - significa la estabilidad estructural del déficit de las finanzas públicas y el déficit de las cuentas externas.

Ambos déficits – finalmente objetivos no confesados y no obra de la casualidad – constituyen el eje de la Economía del Malestar en la que vivimos cada vez peor desde 1975.

La inflación no se doblegó, sino que se disparó con dos hiperinflaciones. La economía se estancó. Y asistimos a un escenario de permanente estado de default virtual.

Hoy la cuarentena obliga al Estado a financiar las necesidades que no se cubren con valor agregado y esto se prorrogará por un tiempo mas o menos largo. El déficit fiscal se acrecentará. En ese marco ocurre la necesidad de negociar nuestra deuda externa.

Muchos economistas, de todas las tendencias, han acordado la racionalidad de la propuesta de Martín Guzmán. Los que no están de acuerdo son los economistas que, a lo largo de los últimos 45 años, fueron funcionarios que decidieron o administraron, las colocaciones de deuda externa.

Ellos, seguramente, creen que la Argentina puede y debe pagar más. Inclusive lo pactado por ellos a tasas que hoy son descomunales en un mundo donde abundará, por una década, la liquidez mundial. Dicen que hay que pagar desde ahora, es decir, sin esperar ningún tiempo para respirar.

Este discurso habla de ignorancia de la situación real. Y dice que, en la bifurcación entre cumplir con las imposibles condiciones pactadas o adecuarlas a las condiciones financieras actuales, optan por instalar una crisis social de proporciones gigantescas. Nunca como ahora cabe aquello de que “Dios ciega a los que quiere perder”.

La pata del maligno no es ajena a estas reacciones irracionales. Veamos.  

La versión criolla de la leyenda “del familiar” señala que el viborón - con cabeza entre humana y caprina - llora como un niño tierno. Es una señal que se cruza en el monte, a la vera de un arroyo, detrás de una piedra. 

Algunos, “cruz diablo”, huyen y renuncian a la fortuna fácil. Saben de la lluvia de bienes. Pero también de las consecuencias que maltrae.

Otros sucumben. La fortuna atrae. Lo traen a casa. Deben esconderlo. Que nadie conozca el lenguaje de la artimaña. Nada transparente. Hay mucho de lenguaje pseudo académico en las conjugaciones financieras incomprensibles a las que Raúl Scalabrini Ortiz llamaba “si la segunda vez no entiende es porque están mintiendo”.

La leyenda dice que quien cuida al “familiar” debe alimentarlo con lo mejor que tenga. La vaca más gorda, el trabajador más dispuesto, lo mejor que se disponga.

Mientras cumpla tendrá fortuna. Si hubiera un mínimo abandono, la venganza será terrible. El familiar llevará al alma al mismo diablo; la vida desalmada no será vida.

La deuda externa es nuestro “familiar”.

Corrían los primeros meses de 1974 posteriores a la crisis del petróleo. En la reunión de Roma del FMI comisionistas de banqueros árabes enriquecidos, líquidos, pugnaban para que la Argentina abriera la puerta a un crédito extraordinario por dimensión, costo y plazo.  

Nos ofrecían una fuente de juvencia  que, por una comisión, brindaba dinero ya y longevidad asegurada.

Longevidad en el ejercicio del poder: con esos créditos se compraría tiempo, se alejarían los problemas y todo aquello que había que hacer podría hacerse sin que la dureza de la realidad se empecinara en impedirlo.

El crédito en dólares todo lo da. Como el familiar. Pero ¿a cambio de qué?

Emparentada con estas mieles recuerdo a un consultor, consejero del primer candidato de Cristina Kirchner, que sostenía su fórmula del buen gobierno. Consistía en que, en los años pares -los electorales- el atraso cambiario garantizaba los votos de la clase media al grito de “deme dos”. Sea en Miami o al ritmo de “Ahora 12” de eléctricos o electrónicos integrados al 70% por partes importadas.

Naturalmente a esos encantos seguirá siempre el inevitable desbalance comercial, como un mantra que invocará la “necesidad del endeudamiento”.

El familiar, primero fortuna, luego dame el potencial.

Entonces “el endeudamiento” se hará presente exigiendo la entrega de “lo más preciado”.

En 1974 ese crédito fue rechazado. La historia de nuestra deuda externa – que es la historia contemporánea de nuestros defaults – empieza después.

Gobiernos, de distinto origen y orientación política, pero emparentada filiación económica, sucumbieron al llanto tierno del familiar. La fácil.

La deuda externa es la materia prima del más extremo “populismo” imaginable practicado, ¡qué insólito! por los que condenan habitualmente al populismo.

Si se entiende por “populismo” la acción políticamente irresponsable de esconder la basura debajo de la alfombra para que el que después venga asuma la tarea de limpiarla; entonces no hay, no se conoce, ejemplo más claro de populismo que la “deuda externa” para financiar agujeros negros, no obras.

La paradoja argentina es que la deuda externa siempre ha sido gestionada por economistas que, sin rubor, han endeudado al país a tasas de interés impagables en ese mismo momento y menos después de haberse endeudado.

Impagable es toda deuda que se pacta a una tasa de interés mayor que el crecimiento proyectado del PBI; y de una estructura de PBI que no se proyecta con aumento de exportaciones ni sustitución de importaciones, sea de bienes o de servicios.  

Es notable que en estos días - ensombrecidos por la pandemia y oscuros por la deuda externa - y en los días anteriores, entre los expertos principalmente consultados por los medios se destacan quienes han comandado, o ejecutado, el proceso de endeudamiento externo, siempre pagando tasas imposibles que más que duplicaron las tasas de crecimiento del país.

Los mismos colegas que sostuvieron políticas de atraso cambiario, que multiplicaron los déficits comerciales o que siempre alentaron la liberalidad en la fuga de capitales, o la liviandad en el uso de recursos externos escasos para el pago de servicios que, sometidos a un escrutinio razonable, jamás podrían haberse erogado.

Con esos consejeros toda mirada al futuro se ensombrece.

En el proceso de deuda, con todas esas concesiones exigidas (atraso cambiario, fuga de capitales, desindustrialización) el “familiar” se alimentaba mientras internamente se brindaba al aplauso electoral por la bonanza efímera e importadora, celebrada por el coro de los simplificadores que, por otra parte, a veces, han estado de ambos lados del mostrador.

Los que diseñaron los gigantescos negocios de las bicicletas financieras, pagando tasas exorbitantes para atraer capitales especulativos; los que otorgaron los dólares a precios irrisorios cuando la demanda de los que huían sacaba chispas por la velocidad a la que escapaban, son los mismos que habían negociado o negociaban los créditos otorgados al país. Y hasta algunos asesoraron a los financistas que otorgaban esos créditos.

¿Los incentivos “de mercado” estaban para servir “al familiar” o al país?

Lo cierto es que la historia de la deuda externa en estos 45 años, la que forjamos primero con los Bancos, después con los bonistas e inclusive con países como lo han sido los acuerdos con China, no han servido para el desarrollo de la Nación. ¿Por qué?

Respuesta: porque en más de cuatro décadas la deuda no ha sido pensada para el desarrollo del país.  

¿Qué transformación productiva se forjó detrás de esos créditos?

¿Hemos tomado deuda externa para invertir en infraestructura pública?

¿En mega proyectos industriales capaces de transformar un sector o una región?

De ninguna manera. La deuda o la refinanciación de la deuda, ha estado asociada, de una u otra manera, al desarrollo de nuestros males estructurales.

Es decir, a lo largo del tiempo – en la negociación o en la renegociación de la deuda - le entregamos a la voracidad del “familiar” lo mejor que tenemos que es el potencial de nuestro desarrollo.

Entregar el potencial de desarrollo es haber combinado deuda externa, que obliga con sus condicionalidades previas o posteriores en la renegociación, a suprimir los incentivos que hicieron desarrollados a los países que hoy lo son.

No hay ejemplo de desarrollo sin incentivos públicos.

Sin incentivos al desarrollo hemos profundizado nuestra natural característica de productor y exportador especializado y renunciado a los incentivos de la diversificación.

Si los pueblos son lo que comen, como decía Fernan Braudel; los países como, organización económica y social, son lo que exportan (Dani Rodrik).

Somos un país primario y primarizado.

Recorramos el planisferio y la geoeconomía del progreso social y económico y será evidente a los ojos de un niño, que mira el Mapamundi, que allí, donde se exporta primario, abundan la pobreza y el subdesarrollo.

El potencial que teníamos lo entregamos al mismo tiempo que acudimos al facilismo de la deuda externa.

Es doloroso recordarlo: fuimos la economía industrial más pujante de Sudamérica hasta que decidimos dejar de serlo y a base de déficit comerciales, y de primarización especializada, inauguramos el “populismo” de la deuda externa y la fuga de capitales que la acompaña y las condicionalidades que después nos imponen las renegociaciones.

Hoy nos enfrentamos nuevamente a tener que cancelar una deuda, la última tomada por financistas expertos del gobierno de los CEO´s a tasas exorbitantes mientras liquidaban dólares, como dijo el entonces vicepresidente del Central, aprendiendo cómo funcionaba el mercado de cambios. El hombre confesó que una lección que se llevó de su carísima gestión en el BCRA fue que “es muy difícil hacer intervención cambiaria en países tan volátiles” (sic).

Martín Guzmán ha hecho una propuesta de pago absolutamente razonable para la Argentina.

Razonable porque nuestro país no está en condiciones de pagar intereses ni capital a lo largo del período de este gobierno.

No lo estaba cuando asumió y tampoco lo está ahora en la cuarentena y tampoco lo estará luego de la cuarentena.

Llevamos décadas de estancamiento generando deuda social y ahogo financiero.

Es cierto muchos argentinos aumentan el ahogo y la pobreza, con la fuga. Pero hay otros problemas en las causas de la fuga y en la administración del retorno.

Claramente acelerar el pago de la deuda no convoca al retorno de capitales.

Nada puede fundamentar la razonabilidad, ni la posibilidad, que la Argentina acelere los pagos.

El plazo de espera propuesto diría que es hasta generoso.

La tasa de interés propuesta es absolutamente lógica.

Ningún inversor razonable podría esperar una tasa mayor o significativamente mayor, a la que propone Guzmán.

Y la quita de capital de 5% no es para rasgarse las vestiduras y nada impide que a cambio, por ejemplo, de un plazo mayor, la quita desaparezca. Nada justifica un rechazo.

El argumento es la tasa de descuento con la que se valoriza la quita.

La que usan los acreedores y la que usan los “expertos” argentinos que critican la propuesta, es sencillamente inmoral.

Les recuerdo que la economía es una ciencia moral al menos para el padre Adam Smith que a tantos de nuestros economistas ha inspirado.

Nadie en este mercado, el anterior a la pandemia y el actual y el futuro posterior a la pandemia, en un marco de liquidez gigantesca, puede aspirar a una tasa mayor a la que propone el gobierno argentino.

Usar una tasa mayor para valorar la oferta es inmoral y estúpido.

No hay argumento para usar como tasa de descuento una tasa superior al promedio de los mercados que aseguran el retorno.

Entre otras razones el fracaso de los inversores está asociado a la concupiscencia financiera patológica de los inversores adictos a tasas impagables.

Pero por nuestra parte, y a pesar de ello, toda la energía debe estar en no caer en default. Sería el peor escenario. Y un fracaso más.

La carta de 160 economistas destacados de todo el mundo, muchos de ellos de clara orientación ortodoxa, es una lección para los colegas argentinos que aún ponen en duda la corrección de la propuesta.

Y también para muchos comunicadores que militan en la crítica a lo más sensato que se ha propuesto en estas cuatro décadas para negociar deuda sin declarar un default.

Los mismos que, al mismo tiempo, guardan silencio para no condenar a los “populistas” que nos vienen endeudando hace más de cuatro décadas, para alimentar al monstruo del “familiar”, que en la Argentina ya es la leyenda diabólica de la deuda externa. Autores abstenerse



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