¿Cuarentena o qué?

Por: Carlos Leyba

En las últimas horas han ganado espacio mediático quienes, desde la mirada de cuidar a los argentinos que viven en la pobreza y el hacinamiento, han advertido las consecuencias sociales de la cuarenta sanitaria que ha implicado la cuarentena de la toda la actividad económica que no pertenece estrictamente al campo de las producciones esenciales.

Es una advertencia sensata: dejar de agregar valor es siempre grave, hacerlo por mucho tiempo y de manera deliberada, es mucho más grave. Es verdad. Pero la pregunta que se impone es ¿existe una terapia probada alternativa? La respuesta es no.

Por cierto hay varios especialistas que sostienen que no vale la pena la cuarentena y hay una legión, la inmensa mayoría, que sostiene todo lo contrario.

El gobierno y la oposición, en temas de salud, optaron por el consenso científico. En cierto modo tarde, porque el ministro del área subestimó el problema e impidió que se tomaran las decisiones que, si bien fueron anticipadas respecto del resto del mundo, habrían evitado el ingreso de muchos viajeros infectados: el virus portado por personas habría quedado circunscripto a esas personas. Pero no pasó y el criterio del ministro fue superado por la decisión del Presidente con el consejo científico al que acudió.

Hoy estamos en cuarentena y el impacto de la ruptura de la organización económica previa es más grave a medida que descendemos en la capacidad económica (que incluye la habitacional y sanitaria) de las familias.

Claramente los sectores que viven en el borde de la economía, no hace falta hacer la descripción porque todos sabemos como sobreviven 4 de cada 10 de nosotros, sin una respuesta específica y distinta de la hasta aquí vigente (changas) pasarán de la situación ya extrema en que sobreviven a una situación de colapso. Las esquirlas de ese colapso puden tener un peso destructivo sobre el tejido social y sobre la posibilidad de recuperación económica aún más potente que el propio virus.

Todo eso hace sensata la advertencia. Pero, más alllá de “épater le bourgeois”, esas advertencias, sean las de las escenificaciones grandilocuentes de tribunos frustados o análisis sofisticados ex post facto, hay que señalar que – notable casualidad – casi todos los que llaman la atención en ese punto y hoy se conmueven por la miseria que acaban de descubrir, han sido o promotores activos del modelo económico que fabricó esa miseria escandalosa, o comentaristas entusiastas de la estabilidad del índice de precios sostenido con la producción de ese empobrecimiento maligno de la sociedad y su taponamiento gestado por la deuda externa.

En realidad la pobreza es, en estas advertencias, un argumento ad hoc porque la idea subyacente es la imperiosa necesidad (o conveniencia), desde su punto de vista, de terminar con la cuarentena para que las personas vuelvan al trabajo. Plantean la tesis que “el remedio” (la cuarentena) será peor que la enfermedad (el contagio y la muerte) ya que producirá la caída brutal de la economía.

La cuarentena prorrogará y profundizará la recesión y la decadencia de un modelo de economía que produce la pobreza y la marginalidad y que inevitablemente, si el Estado no irrumpe como Estado activo y promotor, la incrementará, la exasperará y llevará la situación al lugar donde nadie quisiera que llegara.

Naturamente nuestros “avisadores de lo porvenir” quieren espantar la acción del Estado porque son conscientes que de esta crisis, si salimos con un Estado activo y promotor, podrán morigerarse sus consecuencias sociales y que, luego de ello, una reflexión colectiva nos llevará a replantear una estructura y un modelo económico y social, que adquirió la fuerza de la imposición con la Dictadura Genocida, el encantamiento, el adormecimiento de todos los gobiernos democráticos y la irresponsabilidad de un Presidente como Carlos Menem que, además de producir más del 20% del desempleo y multiplicar la pobreza, la deuda externa y la destrucción de la industria, el sistma ferroviario y naval, se dio el lujo de decir “pobres habrá siempre” mientras ponía en marcha, en democracia, el nuevo motor de la fábrica de pobres que había inaugurado JA Martinez de Hoz con el uso de la fuerza y no el de los votos de los legisladores disciplinados. ¿Quién se puede olvidar de Oscar Parilli gritando, cuando se privatizó YPF, no nos vamos a arrepentir?

La negación fue parte de esa construcción sistemática de la pobreza. Y es saludable que al menos, aunque sea por otras razones, quienes sostienen la excelencia del modelo que produce la pobreza, ahora la reconozcan y les duela.

Inventariemos a los más famosos negadores que, paradojicamente, después de haber avalado todo el programa de Menem, se dedicaron, una vez en el gobierno y no antes, a criticarlo. Cristina Kirchner en la FAO (Roma, 2015) llegó a decir que con sus políticas había logrado que la pobreza estuviera en menos del 5% y la indigencia en 1,27%. La felicitaron por ello. Al mismo tiempo, caminar por la calle, o el Observatorio de la UCA informaban que estábamos arriba del 25% (2013), Anibal Fernandez en 2015 afirmaba que en Argentina había menos pobres que en Alemania.

Lo cierto es que el entonces ministro de Economía, ese mismo año, los refutaba a todos diciendo “No tengo el número de pobres, es una medida estigmatizante”.

Volvamos. No hay nada mejor a la cuarentena. Y solo podemos tener un Estado hiper presente para evitar el sufrimiento de millones de argentinos.

El Estado no tiene recursos. Deberá posponer pagos y gastos. Deberá revisar muchos pagos de transferencia que han respondido a la frivolidad pública, a la picardía o al clientelismo. Tal vez esa revisión de gastos no se pueda hacer en la emergencia. Pero mucho podremos recuperar cuando la tempestad amaine. Debe ser un compromiso público. Este Estado como está tiene que dejar de ser el que es cuando termine el shock.Pero también la liviandad destructiva del comercio exterior tiene que terminar. Y también terminar la desintegración de las cadenas de valor. Y terminar con la presindencia del Estado en la promoción de la Inversión. Hay que cambiar la política del Estado. Cambiar la estructura que produce este desastre que nos está llevando a cuatro cuadras de la Casa Rosada a los peores momentos de la Edad Media, hacinamiento y miseria, caldos de cultivo de la peste. No es de ahora. Son 45 años construyéndolo con el aplauso mediático que ahora se agravia del resultado.

Pero ahora se trata de mirar el presente inmediato.El objetivo central del Gobierno, y que comparte con su acción la mayoría de la sociedad, es disminuir el contagio del coronavirus; y ha dispuesto, por el tiempo que sea necesario, la “cuarentena” como eje central de nuestra vida colectiva.

Como hemos dicho la cuarentena, a pesar de las evidencias medicas que la prescriben, está siendo cuestionada alegando que este “remedio puede ser peor que la enfermedad”.

Primero, no se trata de un remedio: se trata de evitar el contagio. El contagio ilimitado es la probabilidad de la muerte en corto tiempo de un número inusitado de personas a consecuencia de la incapacidad del sistema sanitario para recibir una avalancha, una puerta 12, de contagiados.

Difícilmente algo sea peor que eso. Y peor sería, para el gobierno, no haber hecho lo aconsejado por el consenso médico. Afortunadamente gobierno y oposición acuerdan en esto.

Quienes alegan que el “remedio es o puede ser peor que la enfermedad” lo hacen en función del forzado parate del aparato productivo de los bienes y de los servicios no esenciales, que se produce como consecuencia de la cuarentena. La producción se detiene no porque ha caído la demanda sino porque no se puede trabajar.

Los “esenciales” son los que tienen que ver con la alimentación, la salud, la seguridad (en todas sus dimensiones), la preservación del aparto productivo y con el abastecimiento de todas esas actividades y la realización de las exportaciones, el transporte, la energía, los recursos monetarios para no detener el comercio habitual. No son pocas las personas que deberán trabajar. La cuarentena reduce los contactos. Y cuando la presencia fuera del hogar es inevitable rigen las normas del “aislamiento social”.

Podemos decir que la cuarentena pone en suspenso la producción, entre otras cosas, de bienes de consumo durable, de servicios no esenciales de consumo y de maquinas para producir bienes o servicios que no tengan que ver con los “esenciales”.

Ese freno implica una caída importante. Para algunos sectores un desplome. Para otros hasta un ritmo mayor de actividad, por lo menos, en los primeros días.

Unos trabajan. Y producen su salario. Otros no pueden hacerlo. Y es para estos que la política debe instalar un estado de excepción.

La excepción de la política económica consiste en garantizar que ninguna empresa quebrará (desorganización del capital) como consecuencia del parate; y garantizar que aquellos que no trabajan puedan percibir el salario, o parte de él, de manera que los consumos de subsistencia – excluidos aquellos bienes y servicios que no se habrán de producir – estén financiados. El BCRA tiene que cambiar las reglas de modo que el sistema financiero sea un sistema de excepción en todo, las normas, los financiamientos y los costos. Una agencia del Estado no puede trabar el proceso de distribución ni destruir capacidades futuras ni generar conflictos absolutamente previsibles. Una crisis, o una guerra, exigen un comando unificado y una mesa de arena en que se traten de prever todas las alternativas. Es la hora de la mesa sindical y empresaria, no de los que hablan, sino de los que están en la operación.

¿Cuál es la excepción? El capitalismo, y ese pretende ser nuestro sistema, se caracteriza por el régimen de trabajo asalariado. El trabajador, a cambio de su trabajo, recibe un salario. El empleo asalariado es la clave del éxito del sistema capitalista. Y el desempleo su fracaso, justamente porque no puede generar el sistema de distribución que lo define.

Tibor Scitovsky sostenía que así como las elecciones eran la manera en que las sociedades manifestaban su conformidad con el gobierno o con la oposición; la medición del desempleo manifestaba la medida del fracaso de la política económica. La contradicción mayor de esta lógica de hierro la manifestó Milton Fridman que adormeció, con una pretendida proposición científica, la conciencia de toda una generación de economistas, dijo: “hay una tasa natural de desempleo que garantiza la estabilidad de los precios”. Bendijo el desempleo.

La legítima preocupación de muchos que hoy temen que la cuarentena cancele los ingresos de muchos trabajadores y, en particular, de quienes no son asalariados (cuentapropistas o los que militan en el ejercito de la pobreza) es lamentablemente tardía.

Lo inadmisible es que – muchas de esas personas – hayan sostenido y avalado las políticas económicas de exclusión basadas en la idea que, por ejemplo, la apertura incentiva la competencia y otras generalidades más apropiadas para “revistas de peluquería” que para comunicadores, políticos o economistas. Lo hecho, hecho está.

Ahora sólo nos queda una economía de excepción: el Estado debe garantizar que todos tengan, por el tiempo de la cuarentena, los ingresos para una vida mínima razonable y que a su vez las empresas no quiebren. Es un lugar para los sensatos pero no para los vacilantes. Hay que actuar. Ejecutar.

Desorganizar el capital sería impedir la recuperación futura que será generosa, y mutilar más la vida de los trabajadores, sería garantizarnos conflictos inimaginables e inútiles. La apertura de la Cámara de Compensaciones Bancarias generó una masacre en el mercado por falta de normas apropiadas para el momento.

Nada es igual que antes de la cuarentena. Así que ahora la cuarentena de las personas tiene que estar acompañada de los controles que impidan que el aluvión monetario, necesario e inevitable, no se extinga en una marea inflacionaria.

Cuarentena para las personas y para los precios, para los costos y para los salarios.

Esta es, tal vez, la hora de un acuerdo social en que – a pesar de la precaria representación de todos los sectores económicos y sociales – administremos una situación de escases provocada, con el compromiso colectivo de debatir un nuevo paradigma que, vaya paradoja, nos convierta de una vez por todas, después de décadas de negarlo, en un país de productores y no de consumidores saturados por la apelación a la deuda generada por una generación impulsora de la peor demagogia que es la de endeudarse sin generar las políticas para formar las capacidades de pago. Consumidores y deudores, la peor combinación.

El desafío es que tenemos que afrontar las consecuencias de la que es, hasta ahora, la única terapia validada: el aislamiento de cada uno en su casa que, de cumplirse, logra que los infectados no infecten; y que el virus no se expanda abiertamente.

Y que de esa manera sea posible “aplanar la curva” e impedir una catástrofe sanitaria.

Es cierto que el concepto “casa” tiene tantos significados como condiciones de hábitat desgraciadamente existen. Desde quienes “viven” en la calle a los que viven hacinados en precarias construcciones y sin las condiciones mínimas aceptables para el SXIX, o quienes tienen la fortuna de la amplitud y el paisaje. La palabra casa y cuarentena, va de una suerte de castigo adicional al de vivir en esas condiciones normalmente, a la leve limitación de no poder caminar por las calles.

La cuarentena no es lo mismo para todos. Pero lo es porque la vida, antes del coronavirus, no era la mismo para todos.

Lo que es imperdonable que como sociedad, no habiendo sufrido ni devastaciones naturales ni guerras en el territorio continental, según distintos registros hemos generado una estructura productiva – de eso se trata - que hace que entre un 20 y un 40 por ciento de la población y un porcentaje aún mayor de niños, vivan en condiciones de catástrofe social. Es la estructura productiva la responsable de este riesgo que hoy el coronavirus aviva.

La catástrofe sanitaria implica la saturación de la estructura y el agotamiento de los recursos humanos: y en consecuencia el riesgo de una guerra perdida. Difícilmente haya algo peor. Destrucción de la vida.

En la guerra también acaece la destrucción del aparato productivo. Al salir de ese escenario de pos guerra se requiere la reconstrucción física de lo que teníamos antes del conflicto. En esta guerra, la guerra contra el coronavirus, no está en juego la destrucción del aparato productivo. Depende de nuestras decisiones. El sistema jurídico y financiero no pueden avalar la desorganización del capital, la destrucción de empresas y el camino del despido. Hay que actuar ya y unificadamente.

Aquí y ahora se trata de administrar la cuarentena de modo tal de evitar los daños sociales colaterales que puedan dar lugar a conflictos graves, que son posibles como consecuencia de la destrucción previa del tejido social.

Destrucción minuciosa que se viene arrastrando hace décadas ante la parálisis mental de la clase dirigente y en particular de quienes se dedican a la política, en todas las formaciones, y a los que les ha tocado administrar la vida publica nacional, provincial y municipal durante años.

Cuando comenzó la Dictadura Genocida las personas bajo la línea de pobreza ascendían a 800 mil. Y antes de ese período las Villas Miserias eran situaciones gravísimas, pero de paso. También entonces existía el trabajo social en las Villas y el ingreso a ellas era abierto y sin cuidados especiales. Lo sabemos los que cargamos años de haber vivido en una sociedad infinitamente mejor. La probabilidad de permanecer en esas lamentables condiciones de habitación, en aquellos años, era indirectamente proporcional a la demanda de trabajo.

Antes de la Dictadura Genocida lo más probable era el pleno empleo.

En todos y cada uno de los años de la Dictadura en adelante, la pobreza creció sistemáticamente a una tasa “china”, del 7 por ciento anual y hoy en esas condiciones, sobreviven entre 12, 14 o 16 millones de personas. No es nuevo. Son 45 años en los que la dirigencia política no los vio venir. Y estaban llegando a los conurbanos a tratar de vivir de los deshechos. No los quisieron ver. Era mejor negarlo. ¿O lo fueron a buscar? Tal vez sin saberlo.

Pero las políticas de destrucción deliberada, no bélica sino económica, del aparato productivo son las responsables de este engendro único. No creo que haya otro ejemplo de tamaño experimento social.

Del que ahora, casi con unanimidad, todos se duelen y sufren – tal vez con razón – por las consecuencias sociales de la cuarentena que podría implicar que mucha gente fuera del trabajo y una ruptura de la cadena de subsistencia. Pero si eso es posible es porque es una deriva de aquella destrucción.

El gobierno y todos los gobiernos de la oposición están demostrando una voluntad de consenso y una comprensión del momento. Es eso muy estimulante. Tal vez el coronavirus termine por amigar a los ciudadanos con la política a la vez que la política se amiga entre sí. Auspicioso sentido de futuro. Por ahora sorprende la ausencia de las propuestas empresarias y sindicales para encarar los problemas del presente y sobretodo los del futuro.

La hora indica que – sea como sea y con controles ad hoc de una economía de excepción – el Estado debe dar crédito para que la máquina social no se detenga y para apostar al futuro de la recuperación de la máquina productiva. La cuarentena es la hora de la política.





Diarios Argentinos