¿Contrato y plan?

Por: Carlos Leyba

El Presidente Alberto Fernández ha dicho que “dará a conocer las bases de un “contrato social”. Tal vez sea una respuesta a la demanda por un Plan de gobierno, instrumento reclamado por muchos gobernados.

Un “contrato social” tal vez, mejor aún, sea la base para un acuerdo amplio sobre el rumbo que deberá adoptar nuestro país. ¿El rumbo es importante?

Séneca, que de gobierno sabía, en una de sus cartas a Lucilio afirma “Ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se encamina”.

Saber a qué puerto vamos es tener rumbo. Entrados en el Siglo XXI y después del desastre en que nos dejó la convertibilidad, el “viento de cola” único y extraordinario, del que disfrutó Néstor Kirchner, lamentablemente por falta de rumbo, por no tener un Plan, pasó como una ráfaga refrescante.

Pero nada que durara dejó. Los stocks acumulados fueron rápidamente devorados. No fue la primera vez. Pero en verdad fue una oportunidad única por la constelación de hechos favorables de un mundo en vertiginoso crecimiento como consecuencia de una mutación territorial, la Chimerica, que no supimos acumular y que sólo supimos disfrutar… por un rato. Otro acierto de imagen.

Cualquier observador, con la debida distancia para tener una mirada abarcadora, que quiera encontrar una dirección de esta nave llamada la Argentina, en los últimos 45 años, podrá decir que nuestro andar ha sido, dicho en criollo, un andar “como maleta de loco”. Tercera imagen.

Traducido “no tener objetivo claro, no saber bien qué se quiere o se pretende”.

Las idas y vueltas, los que propusieron ir para allá y fueron para el otro lado, los que empujaron en una dirección y terminaron arrinconados en la contraria, que es lo que describe la normal de todos estos años, resume la falta de “objetivo claro y de no saber bien qué se pretende o cómo”. Todo eso, objetivo claro, dónde y cómo, se expone en un “Plan” y es una “visión”. Ambas cosas requieren muchas definiciones instrumentalmente bien resueltas o materializadas.

Muchas de esas definiciones tienen décadas mal resueltas.

Ejemplos ¿País de productores, en el sentido que exportaremos más de lo que importamos? ¿Seguiremos ocupando solamente al 20% de la fuerza de trabajo en la producción de bienes transables, mientras el 80% también consume bienes y sólo produce servicios? ¿Un país primario o nos encaminaremos a recuperar un destino industrial exportando industria? ¿Sólo el 10% de la ocupación en sectores de alta productividad? ¿Reconstrucción del territorio repoblando el interior generando en él capacidad de trabajo de alta productividad? ¿Reconstruiremos el Estado abandonando su función de “seguro de desempleo”?¿Volveremos a reinstalar el sistema ferroviario y a reconstruir su industria? ¿Haremos posible que el 50% de los niños, que son pobres, tengan desde el amanecer las condiciones diarias para educarse?

Es ocioso decir que ninguno de esos objetivos (productores, industriales, repoblamiento, productividad, Estado óptimo, logística territorial, vida digna de los niños) ha inspirado a los gobiernos en los últimos 45 años.

Hemos hecho todo lo contrario: país de importadores, de deudores, que destruyó el sistema de transporte y generó 16 millones de pobres y lo especializamos en proteína vegetal, mientras las grandes ciudades generaban cordones increíbles de miseria.

¿Cuál puede ser la razón última? La pregunta correcta no es cuándo sino por qué. Respuesta: hace largo tiempo renunciamos a orientarnos por “un Plan”, a tener una visión, más o menos consensuada implícita o explícitamente, que guíe políticas públicas y que oriente y estimule decisiones privadas para lograr la realización de las ambiciones que, en ese Plan, habrían sido expresadas claramente.

Poniéndolo en palabras de J. J. Ortega y Gasset, la Argentina renunció a construir “un proyecto sugestivo de vida en común”. Si decimos “renunció” es porque antes lo tuvo. Lo tuvo y como consecuencia de tenerlo articulamos décadas de progreso económico y social.

Fueron distintas etapas, hiladas por la común propiedad de ser presididas por una “visión”, cada una de ellas dio sus frutos que se acumularon para lo porvenir. Dejaron un espacio amplio en el que se podían realizar políticas y diseñar alternativas. Cada etapa dejó, durante ese tiempo, grados de libertad a quién llegaba.

Vivíamos el ánimo de “proyecto sugestivo” que recitamos, tratamos y vivimos,desde los albores de la Patria.

No es difícil rastrear desde Mayo, en aquellos criollos, una secuencia de objetivos de Nación, a pesar que sufrimos luchas civiles por las distintas maneras posibles de alcanzarlos.

Varios proyectos frustrados, que nunca fueron abandonados del todo, se hicieron presentes en una manera común de anhelar el futuro.

La maduración de ese estado civilizatorio y del Estado propiamente dicho, se concretó en la Constitución del 53 que fue una visión y un “Plan”, que se materializó,entre otros logros - generosa decisión de los hijos de la Colonia –, en un espacio de progreso para millones de emigrados de ultramar y que se transformó en progreso colectivo.

Esa vocación de bienestar colectivo e incluyente se prorrogó en el Siglo XX.

La edad previa al ocaso que hoy vivimos, fueron los últimos 30 años (1944/74) en que el “Plan”, la visión,condujo la realización económica y social a pesar del tremendo conflicto político que no impidió el crecimiento y el desarrollo del país.

El país creció en todas las dimensiones, desde su mismo nacimiento hasta exactamente el fin del progreso estadísticamente mensurado, la espantosa decadencia, en que estamos a partir de 1975, si medimos crecimiento, pobreza, y equidad.

Decía Julio HG Olivera “Para el progreso económico importa además la organización económica como productora de hombres”. La fábrica de pobres que hemos sido desde hace 45 años nos está exponiendo el futuro que nos condena si no recuperamos el concepto moral de que “el plan es ética en acción” Paul Ricouer.

Escuchemos a un representante intelectual de quienes, desde 1975 anatematizan la “idea de Plan” e instalaron la “idea de reglas, de la desregulación y del retiro del Estado”. Dice Federico Sturzenegger en su libro “Yo no me quiero ir” “A principios del Siglo XX…el PBI per cápita…osciló entre el 70 y el 80% del de un australiano…hasta mediados de los años 70”. Nos refiere 75 años de progreso igual al de Australia desde principios de Siglo XX. Nos define un período de crecimiento similar al de un país que ellos mismos reputan como “modelo”. Enhorabuena. Coincidimos.

Este miércoles pasado, Martín Rappeti – economista del CIPPEC – publicó un gráfico de la evolución del PBI por habitante desde 1970 hasta hoy que confirma la colosal decadencia. Describe que en 2020 el PBI por habitante será igual al de hace 45 años (1974). Expone que desde 2012 estamos en una caída libre gobernada tanto por Cristina Kirchner como por Mauricio Macri.

En lo estructural hicieron lo mismo, renunciaron a un Plan y nos han llevado en la última década al aterrizaje al nivel del PBI por habitante de 1974, pero con 20 veces más pobres, con el doble del Estado y con menos industria que hace 45 años. Increíble pero real. Militares liberales, políticos supuestamente radicales y peronistas multiplicaron la pobreza, duplicaron el Estado y redujeron la industria a la mitad. Todos por igual construyeron el período de la decadencia.

La periodización, “cortar el tiempo en períodos es necesario para hacer la historia” “no es un simple hecho cronológico” “sino que expresa también la idea de viraje” (J. Le Goff, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas? FCE, 2016).

Pues bien,“el gran viraje”de la Argentina ocurrió como consecuencia del deliberado abandono del “proyecto sugestivo de vida en común” que, luego de la mecha encendida por la guerrilla, fue desatado de manera arrasadora por el “rodrigazo” que fue el prólogo cultural de la Dictadura Genocida y que, consciente o inconscientemente, ha sido continuado hasta hoy.

Fue una revolución cultural que nos retrotrajo a la disolución de toda idea de objetivos comunes, a la dilución de la función de desarrollo del Estado, a la reducción de la vida social a un conjunto de reglas destinadas a administrar un territorio y no una Nación. Es más, la Nación se convirtió en una de fronteras débiles por donde se expulsó a la miseria a millones de argentinos; tan débiles que una ola importadora destruyó y destruye el trabajo nacional y engrosa la deuda externa para financiar esas importaciones.Fronteras débiles que hicieron que las decisiones del Estado, destinadas al Bien Común, estén sometidas al interés de lobbies poderosos que – en gran medida – se apropiaron de la acumulación pública formando una nueva y grosera “oligarquía de concesionarios”.

Es evidente estadísticamente que hay dos grandes “períodos” en nuestra historia.

La Argentina como “proyecto sugestivo de vida en común”, iniciado desde las luchas criollas por la Independencia, período en el que el país creció y se desarrollo económica y socialmente; y progresó institucionalmente, al compás de proyectos densos, pensados, fundamentados, compartidos. Lo dicen los hechos. Recorriendo el país con ánimo arqueológico aún vemos los rastros en pie de aquella obra titánica.

Y estadísticamente hay un segundo período que empieza en 1975 y llega a nuestros días. El período de la decadencia que, con ánimo antropológico, podemos encontrar en los márgenes de cada gran ciudad y que se exhibe como insultante miseria, que en una gambeta “no marginadora” se la deja de llamar Villas para llamarlas “barrios populares” y – como sabemos – los nombres no cambian las cosas.

¿Alguien lo programó? No. No hay Plan o “visión” para la decadencia. La decadencia simplemente ocurre, justamente por la ausencia de Plan, de “visión”. Se renuncia, seamos indulgentes, a mensurar las consecuencias inevitables de los actos.

Pero primero es necesario tener “fronteras culturales” débiles. ¿Quién demolió la convicción de una visión y un Plan con objetivos para gobernar? ¿Cómo ocurrió? ¿Qué pandemia ideológica nos enfermó? Claudio Jacquelin, columnista de La Nación, señala que surgió “un nuevo orden mundial que consagró la hegemonía… del neoliberalismo económico”. El cronista no hace una crítica, relata el hecho y – creo – lo comparte. Pero antes de esa “hegemonía” hubo la construcción de un discurso que, luego de la crisis del petróleo, se vio acompañado por una marea de dólares que buscaban su colocación. Esa hegemonía tuvo una fuerza arrasadora, la empujaba un torrente de dólares que necesitaba la permeabilidad de las estructuras para ser recibida como una bendición.

Así se generó la economía para la deuda externa y la deuda social. Una nueva manera de pensar la economía era necesaria para que la deuda externa y la social se justificaran.

A partir de 1975 se instaló, en la Argentina,el discurso local de “no hay alternativa”. Ese discurso se impuso y derogó el requisito de pensar para gobernar dado que “no hay alternativa”. Y, si “no hay alternativa”, muchas cosas están de más.

Fue disuelta la oficina estatal en la que se articularon objetivos de mediano y largo plazo para todas las áreas de injerencia pública; proyecciones, globales y sectoriales, a mediano y largo plazo, de nuestra economía y del marco internacional que imaginábamos.

Todos esos planes de Desarrollo estaban acompañados por leyes de promoción de la inversión privada –incentivos y protecciones – y un sistema de financiamiento a largo plazo.

No es posible afirmar que el desempeño de la economía de esos años (1944/74) haya cumplido estrictamente lo que aquellas proyecciones proponían, ni que el mundo se hubiera comportado tal cual se previa.

Pero sí podemos afirmar que esos años – los de los objetivos de Desarrollo y de los instrumentos públicos para lograrlo, los de la existencia de un Plan – fueron los de mayor crecimiento por habitante en nuestra historia si es que consideramos etapas largas de 30 años.

Ninguna etapa anterior – de 30 años – tuvo la misma tasa de expansión que la etapa 1944/74. Aunque todas las etapas, para las que hay estimaciones, fueron de crecimiento sólo hasta 1975.

El tremendo estancamiento que hemos vivido de 1974 a 2020 (cuadro de Rapetti- Cipecc) es un fenómeno único. Como única es la ausencia de Plan y de “visión” en la política de estos años.

No se puede afirmar que ese récord de crecimiento (y desarrollo) del período 1944/1974 haya sido producto de la existencia de un Plan o de una visión. No.

Pero sin ninguna duda podemos afirmar que ese récord de expansión – cuyos números comparados no pongo para no fatigar al lector - fue la consecuencia del trabajo de generaciones de hombres públicos y dirigentes – en los que incluyo empresarios, sindicalistas, cuadros de la universidad, intelectuales – que entendían la política pública como una de objetivos y que proclamaban y sentían el objetivo central de “un proyecto sugestivo de vida en común”.

Sin duda esos eran los mismos ánimos que dominaron, cada uno a su tiempo, la obra monumental y, sobre todo, generosa, de los hombres que forjaron los primeros 100 años de la Patria. Esos criollos que supieron brindar futuro a millones de hombres que emigraban para encontrarlo.

Todas aquellas generaciones tuvieron claros y explícitos objetivos que obligaban a la reflexión sobre los instrumentos necesarios para lograrlos.

A ese último período (1944/74) de preminencia de los objetivos, en el que gobernaron todas las formaciones políticas con convocatoria electoral y también las minorías sin votos, a través de los golpes militares, le sucedieron estas nuevas formaciones políticas que desistieron de guiarse por objetivos o metas; y pasaron a gobernar con la idea que sólo hay que “formular reglas claras y permanentes” y que, en base a esas reglas, el mercado – las decisiones económicas individuales – con su “estricta racionalidad” generará la decisión económicas optimizantes que incrementarán la productividad. Productividad que, sin duda, es el primer y fundamental elemento del desarrollo.

Pero las estadísticas nos revelan que no fue así: la liberalidad para los mercados destruyó las fuerzas económicas y forjó una “sociedad de mercado” que fabrica exclusiones. Son los hechos, no interpretaciones.

Desde 1975 fueron derogadas, mutiladas, degradadas, todas las leyes que contuvieran promoción de la inversión y los organismos de financiamiento por fuera de mercado. Esos gobiernos pusieron “reglas” y derogaron objetivos, condenaron el Plan, rechazaron la “visión”.Y así nos fue.

El presidente Alberto Fernández, imaginando el escenario del fin de la pandemia y de la cuarentena, anunció para entonces un “contrato social”. Bienvenido.

Concertarlo (es un contrato) deberá atender, como dice Francisco, a que en el diálogo para lograrlo, nos respetemos y reconozcamos con igualdad de estatus. No hay escenario de contrato con el clima de la grieta. El Presidente no está sólo.

Por ejemplo, Gabriel Mariotto, que habla por Cristina Kirchner, dice que el Presidente tiene “que terminar con la moderación”. Antónimo de la moderación, propuesta de terminar con ella, es proponer el abuso, el exceso, la destemplanza.

¿Qué contrato, que diálogo, qué concertación resiste el abuso, el exceso, la destemplanza?

¿Qué esperanza para la reconstrucción de la Justicia con un Consejo de la Magistratura regimentado para no investigar las causas que afectan, si no son investigadas, la honestidad de los Jueces?

Son muchas -aunque tal vez todas de personajes menores si es que no avizoramos que responden a una estrategia de desgaste - las siembras de discordia y deslegitimación del “otro” como para pensar en un camino allanado al diálogo.

Es muy estimulante la mención presidencial. Pero es necesario que despeje el camino para poder ofrecer al debate un “Plan”, con objetivos e instrumentos. Es decir, las respuestas a las preguntas dramáticas que surgen desde esta decadencia de 45 años.

Ese “contrato social” para ser tal deberá superar los acuerdos por cierto legítimos, sobre abstracciones que tienen más de retórica que de compromisos y que, por lo tanto, no alimentan en estas urgencias dramáticas.

Diarios Argentinos