Comercio Internacional y el Desarrollo Económico

OPINIÓN. En América Latina pensamos el desarrollo económico desde el comercio internacional, mientras que en los países centrales, quien habla de desarrollo piensa en tecnologías, finanzas, cambios estructurales en la organización estatal.


Por Eduardo Crespo, Marcelo Muñiz y Gonzalo Fernández

(Integrantes del Grupo Geopolítica y Economía desde el Sur Global). 


En América Latina pensamos el desarrollo económico desde el comercio internacional. En países centrales, diferentemente, quien habla de desarrollo piensa en tecnologías, finanzas, cambios estructurales en la organización estatal (las denominadas “instituciones”), etc. No es una anomalía. Sucede que en regiones periféricas el desarrollo capitalista moderno se introdujo desde afuera, se trató de un proceso iniciado en Europa que paulatinamente abarcó otros territorios. Aunque la conexión entre diferentes regiones del planeta se remonta a tiempos inmemoriales, exceptuando contadas excepciones el comercio de larga distancia no incluía productos básicos, es decir, bienes directa o indirectamente utilizados en la producción de todos los demás, como alimentos y energía. Hasta el siglo XIX el transporte era oneroso. Cualquier producto que se podía elaborar en un territorio soportaba sin grandes dificultades la competencia internacional por la protección que brindaba el costo de transporte. El comercio de larga distancia solía a limitarse a ítems exóticos, productos que no se podían elaborar por las limitaciones geográficas del país importador. Fue sólo en el siglo XIX cuando la mayor parte del planeta se incorporó a un orden internacional estructurado en base a una división internacional del trabajo donde productos básicos – incluso competitivos de producción local - eran comercializados en gran escala.

Este orden se edificó en base a tres pilares: el tecnológico, el financiero y el militar. El primero dependía de máquinas características de la revolución industrial, el ferrocarril y el barco a vapor, diseñadas en los países que lideraron el desarrollo económico moderno. Tuvieron el efecto de abaratar costos de transporte y así incorporar inmensas áreas del planeta a una acumulación en escala mundial. El segundo fue el financiamiento de la infraestructura que sustentaba la conexión global, en particular el trazado de líneas férreas, puertos y servicios urbanos. Era proporcionado por redes de bancos europeos, principalmente británicos. Los países que se conectaban al comercio internacional también se integraban a una red de obligaciones contractuales. La tercera condición, quizás la más importante, era la existencia misma de un orden internacional, algo que los economistas suelen dar por supuesto. Cruzar el Océano con barcos repletos de mercancías nunca fue tarea sencilla. En el pasado las travesías no sólo sufrían a causa de icebergs y huracanes, también tenían que sortear piratas y armadas hostiles. Esta situación cambió drásticamente después de la batalla de Trafalgar (1805), cuando Inglaterra se transformó en la potencia incontestable de los mares. La Royal Navy proporcionó una infraestructura militar imprescindible al servicio del libre mercado.

Estas condiciones propiciaron las independencias y la construcción de Estados en nuestra región. Sin Trafalgar, la Royal Navy, barcos a vapor, ferrocarriles y banca inglesa, nuestra historia habría sido diferente. Basta pensar en los recurrentes conflictos civiles argentinos por el control del puerto y la aduana de Buenos Aires. Es comprensible que sigamos pensando el desarrollo económico mirando con inusual insistencia hacia el mercado mundial. Todos los ingredientes que en estas latitudes lo hacen posible siempre vinieron de afuera. Es natural que para el historiador y economista latinoamericano el desarrollo sea un fenómeno export-led y que el (buen) economista local insista, obsesivo, en la restricción externa y la bisagra que nos conecta al mundo, el tipo de cambio.

Aunque el crecimiento económico moderno coincide con la creación de una división del trabajo en escala global, sus frutos no se repartieron de forma balanceada. Aunque las causas de la denominada “Gran Divergencia” son acaloradamente discutidas, todo indica que el comercio internacional reforzó las asimetrías de origen (1). En otras palabras, los países que se especializaron en desarrollar actividades de mayor complejidad técnica y donde la innovación permanente es imprescindible – esto ya durante la “segunda revolución industrial” de finales del siglo XIX – siguen siendo comparativamente ricos, los otros, los que se especializaron en proveer materias primas adoptando pasivamente condiciones técnicas desarrolladas afuera, siguen siendo comparativamente pobres. En coyunturas afortunadas, cuando los términos de intercambio mejoran, pueden crecer a tasas elevadas, pero esto no ocurre debido a motores de crecimiento propios, endógenos, sino por circunstancias que en general no controlan. Argentina y Uruguay son paradigmáticos. A principios del siglo XX contaban con indicadores envidiables a escala mundial. Sus PBIs per cápita superaban los de Suecia, Finlandia, Noruega, Japón. Pero cuando las fronteras de expansión agrícola fueron ocupadas y sobre todo cuando la hegemonía británica llegó a su fin, después de la crisis de 1930, siguieron trayectorias de países periféricos, signadas por el estrangulamiento de divisas y el estancamiento relativo. Contadas son las naciones que en el siglo XX revirtieron su fortuna y se incorporaron al bloque de los desarrollados. En general se trató de países con apoyos geopolíticos evidentes, como Corea del Sur, Taiwán, Israel. Otros, como España y Portugal, tendieron a converger con su región, aunque también apoyados de afuera y con brechas persistentes en relación a los líderes. El desarrollo de los subdesarrollados, la convergencia, fue la excepción, no la regla.

Cierta literatura apunta que, así como las tecnologías del carbón y del vapor cambiaron la estructura del comercio internacional en el siglo XIX, las tecnologías de comunicaciones y transporte contemporáneos hicieron lo propio en las últimas décadas. Las empresas multinacionales pueden organizar su producción con “cadenas globales de valor” (CGV) basadas en la subcontratación de millares de empresas desparramadas en espacios heterogéneos. Con las tecnologías anteriores las economías de coordinación obligaban a concentrar la producción más sofisticada en locales específicos, acentuando asimetrías. Las nuevas tecnologías, en cambio, permiten dispersar la producción en función de otros costos – como los salariales - sin por ello encarecer o imposibilitar la coordinación. Esta transformación estaría revirtiendo la suerte de las naciones. Niveles de ingreso y salarios entre países ricos y pobres tenderían por ello a converger. En palabras de Baldwin “Las cadenas de oferta mundiales han transformado el mundo. Revolucionaron las opciones de desarrollo que enfrentan las naciones pobres; ahora pueden unirse a las cadenas de oferta en lugar de tener que invertir décadas para construir las suyas (2)” . Para desarrollarse, los países ya no necesitarían generar capacidades propias, sino incorporarse a las ajenas que ahora sí estarían disponibles para todos. En hipótesis los países subdesarrollados podrían cambiar su estatus internacional subiéndose al tren de las corporaciones multinacionales.

Algunos audaces insinúan que esta transformación es lo que sustentó el ascenso económico chino. No caben dudas que la introducción de China al sistema internacional, como todo lo ocurrido en Asia Oriental, fue facilitada por Estados Unidos en las décadas de 1970 y 1980, un modo de cercar a la URSS, que por entonces lucía como un rival más temible, equivalente a la incorporación anterior de Japón, Corea del Sur y Taiwán como formas de contener la revolución china. La inversión extranjera directa, liderada por empresas de la región vino después. Entendemos, no obstante, que la experiencia china no se subsume a esta explicación. La escala de su mercado doméstico, su milenaria tradición estatal, organización social y disciplina – características compartidas con sus vecinos -, y sobre todo el ser un país militarmente autónomo, nuclear y con históricas aspiraciones a recuperar su antigua grandeza, convierten a China en un actor formidable de aspiraciones globales. No se trata apenas de un destino rentable para la IED. Es una inmensa maquinaria social con extraordinarias capacidades para primero incorporar tecnologías del exterior y luego para desarrollar las propias y colocarse en la vanguardia de un número creciente de ellas. Nada semejante se observa en otros países que pasivamente fueron incorporados a estas cadenas, como México, que a juzgar por las estadísticas es un gran exportador de manufacturas, pero que desde la década de 1980 se caracteriza por el crecimiento vegetativo, la exportación de personas (las remesas de parientes están entre sus principales fuentes de divisas) y haber perdido regiones de su territorio a manos de burguesías del narcotráfico.  

Además, hay indicios de que este tipo de globalización podría estar llegando a su fin. Cualquiera sea la explicación del ascenso chino, parte del establishment norteamericano interpreta que estos cambios desestabilizan el orden estadounidense. Esta circunstancia, sumada a las consecuencias de la crisis mundial de 2008, están reorientando la economía mundial en un sentido opuesto al que siguió desde la segunda guerra mundial. El comercio internacional está paralizado. En el segundo semestre de 2019, antes de que los efectos del Covid-19 fueran evidentes, caía incluso en términos absolutos. El gobierno de EEUU rompe acuerdos comerciales, adopta una retórica proteccionista y desarma regímenes de regulación globales creados por sus predecesores. Autores como Peter Zeihan (3), Richard Hass (4) e Ian Bremmen (5), pronostican que EEUU profundizará esta estrategia aislacionista en años venideros. Debe entenderse que EEUU no precisa del mundo. Es superavitario en alimentos, gracias al shale volvió a serlo en energía, aún lidera el desarrollo tecnológico mundial, tiene poder militar para protegerse y emite dólares. Ya no cuenta con incentivos para seguir actuando como garante del comercio internacional. China, mucho más dependiente del mundo, también busca adecuarse a estas circunstancias reorientado sus actividades hacia dentro.  

Como fue común en todas las pandemias de la historia, lo más probable es que el Covid-19 profundice esta tendencia. Las recesiones globales acentúan el proteccionismo como formas de preservar empleos. Las restricciones a la circulación de productos y personas no son buenos augurios para el comercio global. En estas circunstancias llama la atención que tantas voces (como en eldiplo y en clarin) aún depositen esperanzas en el futuro exportador argentino . Sigue siendo fuerte la visión simplista que reduce todas las dimensiones económicas a un ajuste de precios relativos. Si “el tipo de cambio es flexible, la restricción externa no existe” decía la ortodoxia macrista. Si mantenemos “un tipo de cambio competitivo… el desarrollo vendrá por añadidura” parecen sugerir otros. Si no es con exportaciones, ¿cómo? Si el crecimiento para dentro no es sostenible y los esfuerzos del pasado, como la sustitución de importaciones, además de costosos, son hoy inviables dadas las disparidades tecnológicas y la estrechez de los mercados, ¿cómo superar nuestra crónica restricción de divisas? ¿Cómo pagar nuestras deudas? El primer paso es reconocer restricciones, sobre todo cuando no se controlan. Ningún país de tamaño medio o grande en la región parece haber encontrado su lugar en el mundo. Ninguno, chico o grande, camina hacia el desarrollo. La convergencia asociada a CGV es un fenómeno exclusivamente asiático. Es grave que esto no se discuta y sigamos comprando espejitos de colores. Aunque la sustitución de importaciones a la vieja usanza ya no sea viable, la experiencia china confirma que no es a través de inserciones pasivas, ni a consecuencia de combinaciones milagrosas de precios relativos, como las economías se desarrollan.


Notas

(1) Williamson,J. “Trade and Poverty. When the third world fell behind”. MIT, 2011. 

(2) Baldwin,R. “Global supply chains: why they emerged, why they matter, and where they aregoing”, en Global value chains in a changing world, World Trade Organization,2013.  

(3) Zeihan, P. “Disunited Nations: The Scramble for Power in an Ungoverned World”. Harper Business, 2020.

(4) Hass,R. “A World in Disarray”. Penguin Press, 2017. 

(5) Bremmen,I. “Every nation for itself”. Penguin, 2012.

 

Sobre los Autores

Eduardo Crespo es Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y de la Universidad Nacional de Moreno.

Marcelo Muñiz es Profesor de la Universidad Nacional de Moreno y de la Universidad del Salvador.

Gonzalo Fernández es Politólogo por la Universidad de Buenos Aires. 




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