Cohecho y estancamiento

Por: Carlos Leyba

Todos los datos de la economía real, en este mes de agosto y antes que todos los demás males caigan sobre la realidad, son pésimos. Y lo peor es que lo peor está por venir.

No vale la pena poner números. La conciencia y la percepción son contundentes. Es cierto que los números fiscales, antes de intereses, mejoran.

Pero, la presidencia de Mauricio Macri, el “mejor equipo de los últimos 50 años”, los CEO - exitosos privados – empoderados en la cosa pública, la “nueva política”, habrá conducido cuatro años de estancamiento. Electroencefalograma plano?¿Sólo cabe esperar el rebote del gato muerto?¿Hay vida? No crecimiento. En el mejor de los casos, de seguir la política, dentro de un tiempo rebote.

Al término del mandato PRO estaremos al mismo nivel de PBI que cuando Macri asumió. Será un PBI por habitante menor yun escenario de mayor conflictividad social. Datos.  

Por un lado están las explicaciones. Todas válidas. Pueden tener que ver con el pasado, el exterior, el clima, la suerte, etc. Pero son sólo explicaciones. Los datos.

Frente a los hechos además de explicaciones, hay consecuencias, previsiones y pronósticos que alimentan las expectativas y su signo.

Para el gobierno no es lo importante lo que está pasando en la superficie, lo que realmente ocurre,sino lo son las reformas en las estructuras que forman una nube de palabras vacías.

Abandonaron brotes, semestres y gerundios y pasamos al “crecimiento que no se ve”. Y si no lo vemos es por la culpa de otros, el clima, la tasa de interés americana, Turquía.

Esas reformas –simplificadas – son apuestas, algunas materializadas otras no, hacia “el mercado”. La idea es que “el mercado todo lo resolverá”

Entre ellas lo de siempre, abrir la economía, que los precios internos y externos no sean intervenidos y que sean el resultado de las fuerzas del mercado sin interferencias.

Cuando pase “la tormenta” (nada de lo que pasa es generado aquí, según Mauricio) se verán las consecuencias benéficas del descubrimiento de un sendero de crecimiento motorizado por las “fuerzas de la naturaleza pródiga”. Una fantasía que, más que imaginación cálida, evidencia impotencia por la acción: deposito mi futuro en los otros. No es mi proyecto sino el de los otros lo que me rescatará, la simpatía del mundo, el apoyo de los líderes mundiales. En que quedamos ¿la política o el mercado?

Este jueves en la Asociación Empresaria Argentina, la mayor parte de las grandes empresas,– de alguna manera – se confirmó el optimismo PRO. El revoleo de los Cuadernos arreo la tropa en busca de beneplácito al menos de las palabras.

Paolo Rocca, la cabeza de Techint dijo “ Yo creo que Argentina está tomando muchas decisiones en la dirección correcta” y agregó que, en 5 años gracias a Vaca Muerta, podemos “pensar a un país con una producción de 200 millones de m3/día de gas natural y 1 millón de barriles/día de petróleo… una facturación de US$ 30.000 millones/año y exportaciones por US$ 15.000 millones/año… dimensión … comparable con la del campo argentino”. En 2023 la fuerza de la naturaleza habrá hecho su trabajo. Expectativas que empezarían a materializarse en cuatro años.

Para los que no son parte del gobierno, las consecuencias del presente tienen ese sabor amargo de las palabras escritas por Juan José Castelli “si ves al futuro, dile que no venga”. O el sabor sabio de Henri Bergson “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”. Los que no anidan en el gobierno y aunque anden sueltos y desparramados ven un futuro de plano inclinado. Y ningún forzudo que lo enderece.

La única realidad es que estamos haciendo el futuro con este presente, ahora, en el que las fuerzas de la naturaleza pueden ayudar pero no  pueden resolver los endemoniados problemas que  nos detienen. Y nada estamos haciendo para resolverlos.

No se puede cambiar haciendo lo mismo. Si seguimos haciendo lo mismo lo más sensato, dicen lo que están fuera del poder, es tratar que el futuro no venga. La proyección, sin cambios, no es alentadora.

Cada año de estancamiento aumenta la verdadera mochila fiscal: aunque el déficit primario pueda bajar.

Nada nuevo.  Es más, la “buena noticia” para Mauricio, es que esto de no crecer no es una novedad. Mauricio llevará la cucarda de haber logrado cuatro años de crecimiento cero. Nadie había logrado tanto. Es cierto. Pero tampoco debemos olvidar que el último período de Cristina fue de retroceso del PBI por habitante: en 2011 la riqueza media cayó a $13.957 mientras que en 2004 fue de $14.336.

Este “logro” de Mauricio surge luego de un largo período de ausencia de crecimiento vigoroso y eso no lo hace a Macri demasiado diferente a los demás o a los demás demasiado mejores que él.

Por eso período tras período se puede jugar con aquella afirmación  “no se preocupe por lo malo que somos, los que vengan después nos harán buenos”.

¿Cuán largo es este período de ausencia de crecimiento?

A veces el debate acerca del inicio del estancamiento tiene como único propósito alimentar la retórica política acerca de “los responsables”.

Pero ponerle fecha al fin del progreso y comienzo de la decadencia, también puede servir para mensurar cuan inclinado hacia abajo está el plano de la historia y tratar de desentrañar qué hicimos o dejamos de hacer para no poder impedir la continuidad de la larga declinación.

Hoy la moda – la que el Presidente ha adoptado – es señalar 70 años, es decir, “el fin del progreso” ocurrió en 1948. Pura retórica. Ninguna cifra avala esa afirmación. Es más algunos entusiastas hablan de 100 años. Pamplinas.

Es más, el economista que Mauricio admira a tal punto de haberle entregado la conducción absoluta del BCRA hasta el día de los inocentes de 2017, Federico Sturzenegger escribió en su libro “Yo no me quiero ir” (qué premonición) “ A principios del SXX … el PBI per cápita de un argentino osciló entre el 70% y el 80% del de un australiano … relación que se mantuvo relativamente estable hasta mediados de los años 70… (ahí) comienza una declinación formidable” (Planeta, Pág. 51) Los datos avalan solidamente esa afirmación “declinación formidable”, rodrigazo, Dictadura y hasta hoy.

Nuestra economía sufre desde 1975 la enfermedad crónica del estancamiento, una enfermedad que genera múltiples contagios y fundamentalmente, una fatiga que se transmite a todo el sistema social.

En nuestro caso es “crónica”, porque es de larga duración y no sólo tiene picos – que los tiene – sino que es de lenta progresión, que es silenciosa y genera una perversa adaptación.

Nos acomodamos a la enfermedad, nos habituamos al estancamiento. La política económica se hace en y para el estancamiento. Aunque quienes la hacen no quisieran hacerlo.

En realidad les pasa lo que a Monsieur Jourdain de Moliere, que descubrió gracias al filosofo:¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo¡ Trabajan para el estancamiento sin saberlo.

La perversa adaptación no es otra cosa que, por ejemplo, las sucesivas decisiones políticas destinadas a comprar tiempo

Un métodos que inexorablemente se convierten en una carga que profundiza los males.

¿Hay algo más “populista” – utilizando por “moda” esa clase vacía tan usada por los comunicadores como descalificación – que el endeudamiento en dólares, los que no sólo no somos capaces de producir sino que además nada hacemos para producirlos y reequilibrarnos económicamente?

¿ O hay algo más “populista” que promover el ingreso de dólares especulativos sosteniendo una tasa de interés inexplicable e impagable que – a la vez – hace impagable el retorno?

¿Hay algo más “populista” que provocar, con la tasa de interés irracional, la interrupción de los flujos requeridos para mantener la actividad y – al mismo tiempo – buscar recursos para paliar las consecuencias de lo que la tasa de interés provocó?

¿O hay algo más “populistas” que acabar con los stocks de energía, de reservas, de acumulación reproductiva?

Los ejemplos agobian. La realidad es que, con estancamiento prolongado y este período íntegro sin crecer, viene acompañado – además – en los últimos años de una tasa de inflación de 32 por ciento en 12 meses: la consagración de la estanflación como diagnóstico.

Y además un déficit de la Cuenta Corriente del Balance de Pagos que ha alcanzado los mayores niveles históricos en relación al PBI.  

En este contexto el gobierno tiene como prioridad de corto plazo cumplir con los compromisos con el FMI. En verdad renunciar a ellos, más allá de lo razonable o no razonable, que hayan sido esos compromisos, o que el FMI nos abandone, es sumarle al escenario una tormenta de consecuencias impredecibles.

¿Pero hay formas de cumplirlos compromisos que no produzcan la profundización de los males presentes?

Lo cierto es que no cumplirlos – como no renegociarlos – es un salto al vacío. Es obvio que el gobierno nos llevó a la puerta del precipicio. Es obvia la perversidad de las Lebac y de su tasa de interés. Es obvia la perversidad de haber liquidado 15 mil millones de dólares de las Reservas para intentar mantener un dólar a 20 pesos o para permitir una fuga de esa cantidad a 20 pesos por dólar. ¿Cómo explicar la diferencia si se fueron a 20?

Una aclaración “la perversidad”, la cualidad de perverso, supone daño intencional y corrupción del orden (RAE). Volvamos. Porque entre lo intencional y la corrupción del orden moral está la trama de nuestros días.

La mejor opción, a esta altura del drama, es renegociar con el FMI. Claro que previamente hay que elaborar un programa que cuente con el aval de un consenso social, económico y político. Somos los que somos, el pasaje de la nave es el que es. Consenso para terminar con la perversidad.

Lo que no es terminar con la perversidad es continuar con la misma estrategia aunque sea en cuotas más pequeñas. Así no hay salida. No hay éxito sin salida.

Hoy estamos en una encerrona. Podrá calmarse el tipo de cambio unos días, podrán mantenerse las tasas de interés de demolición, pero la inflación inercial continuará y ese combo, finalmente y hasta que la cotización del verde torne disuasoria, garantiza que la erosión continuará. Consenso para administrar esta tormenta.

Un tipo de cambio que acumule Reservas y que no las erosione, aquí y ahora, es la primera condición para formular un programa de desarrollo y estabilización.No hay horizonte de estabilización sin horizonte de desarrollo.

Pero sin ese programa, que aproveche las condiciones de un tipo de cambio disuasorio, no hay equilibrio posible, no lo pueden lograr, sin programa, ni las fuerzas del mercado ni las de la naturaleza.  Si hay algo que la “naturaleza” necesita es tiempo y si hay algo que esta situación y esta gestión carecen es tiempo. Vaya si perdieron el tiempo.

Pero, por los riesgos involucrados, por los golpes recibidos, estamos en una situación en la que la mesa del acuerdo en sí es sanadora. Un Estado capaz de asumirse como tal no sólo es urgente sino que es imprescindible.

Es cierto que la idea de consenso, que es la base del Bien Común, es ajena a la cultura J. Duran Barba, Marcos Peña y M. Macri. Pero no podemos decir lo mismo de la mayor parte de los cuadros con vocación política del PRO y a pesar de su manifiesta debilidad, de los cuadros del radicalismo y de la Coalición.

Sin ese programa de consenso, que sí es posible, no es posible avanzar en el acuerdo con el FMI y menos aún apuntar a bajar la inflación, estabilizar el nivel de las Reservas y bajar el déficit en Cuenta Corriente.

El dato clave y disparador, es el tipo de cambio del que hemos hablado y sobre ese valor hay que ordenar los precios relativos mediante un acuerdo, con un Estado activo y controles necesarios para garantizar la estabilidad de los bienes salario: es decir como sostenemos todos los economistas profesionales, las retenciones son el puente del incentivo al ingreso de dólares y el freno a la estampida inflacionaria de los bienes salarios.

 Y es imprescindible, además del tipo de cambio, disuadir la fuga, los gastos en el exterior. El bien escaso por excelencia del presente argentino es el dólar.

Es obvio que el gobierno solo no puede. Ningún gobierno solo puede en una sociedad tremendamente conflictiva. En la pretensión de hacerlo está la matriz del fracaso. La experiencia hace evidente la afirmación.

Vaya a saber que fuerza estrafalaria cambió el signo del debate en el país. Pero después del rotundo fracaso de Macri en la instalación del aborto, las estratagemas miserables del marketing siempre terminan mal, como eje de reacomodo de las fuerzas políticas, aparecieron los Cuadernos.

Cuadernos que también habían aparecido antes en Chubut y después en Jujuy. Apuntes de la realidad.

Pero esas apariciones de fantasmas arrastrando bolsos cargados de coimas, se corporeizaron en verdaderas “confesiones” a cargo de Carlos Wagner. El empresario que confesó la organización mafiosa de la obra pública. No es tampoco nada nuevo. ¿Un viaje al pasado iniciático?

“Robo para la corona”. Y de ese período de saqueo al patrimonio público, como han pasado unos años, increíblemente quedan “fortunas de prestigio” montadas sobre la succión en permanencia del dinero público. Al robo añejado en vasijas de roble se lo disfraza noble.

¿Se imagina la ley de residencia de la Colonia aplicada a los funcionarios y aventureros empresarios de estos años? Pero además del robo, nos clavaron el estancamiento económico y la decadencia social de la pobreza.

Caso único en la historia en el que el estancamiento fabricó fortunas. O que las fortunas súbitas profundizan el estancamiento. Haga la lista de los apellidos de las fortunas argentinas y pregúntese quién de ellos, banqueros, contratistas, concesionarios, figuraba entre los medianamente ricos en la mitad de los 70.

No hay – en términos reales – niveles de fortunas comparables entre los que acumularon en generaciones en nuestra historia (las fortunas viejas), y estos nuestros nuevos ricos que han acumulado solamente en una, dos o tres gestiones de cuatro años, ha fuerza de transferencias públicas (las fortunas nuevas son la apropiación del patrimonio del Estado).

Esta matriz perversa del estancamiento debe desaparecer. Y hoy existen condiciones para que la política sana, que la hay, termine con esa dependencia.

Claro que nada desaparece hasta que se lo reemplaza. Así nos explicaba August Comte. Para que desaparezca la cultura del cohecho, la coima de los concesionarios, que hace 40 años gobierna, hay que desplazar su influencia nefasta. Sólo sobre ese supuesto se podrá construir un consenso digno para el desarrollo y la estabilización. No se pueden sentar a la mesa del acuerdo.

Sólo sobre ese acuerdo político se podrá construir un consenso digno para el desarrollo y la estabilización. No hay lo uno sin lo otro. Si los concesionarios, usurpadores por décadas del Estado, no son reemplazados por el vigor de fuerzas productivas del trabajo y el empresariado, continuara el estancamiento como modelo.

Cohecho y estancamiento. Una pareja perversa que nos domina hace cuarenta años.

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