¿Cómo nos informamos en la pandemia?

Esta es la primera pandemia que encuentra a la humanidad en la era de la hiperconectividad y de las redes sociales. La Agrupación Rolando García reflexiona sobre el rol del periodista y del comunicador, y la necesidad de que sean fuentes confiables y responsables de información correctamente chequeada.

Agrupación Rolando García

Hace algunos días nos sorprendimos al ver una noticia que titulaba “sólo entre el 2 y 3% de los contagiados han desarrollado anticuerpos contra la covid-19”, en referencia a un reciente informe de la Organización Mundial para la Salud (OMS). La noticia también nos preocupó porque, de ser cierto este dato, las esperanzas de desarrollar estrategias de inmunización (tanto pasiva por transferencia de plasma de pacientes recuperados, como activa por vacunación), se esfumarían. Preocupados, consultamos la fuente original de la información, en este caso, la Organización Mundial de la Salud. En la conferencia de prensa a la que hace referencia la noticia, el director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, y Maria Van Kerkhove, epidemióloga y miembro del equipo especial COVID19 de la misma organización, explicaron que en base a datos serológicos, se estimaba que los casos reales de la enfermedad eran entre 2 y 3% de la población total. En otras palabras, esa sería la proporción de la población que, en principio, posee anticuerpos específicos contra el nuevo coronavirus, de acuerdo a resultados parciales. Este dato dista muchísimo del titular que llevaba aquella noticia: se sobreentiende que no es lo mismo el 2% de la población total que el 2% de la población contagiada. Aunque son datos muy preliminares, de confirmarse estos cálculos echarían por tierra la posibilidad de pensar en combatir la infección desde un enfoque de “inmunidad de rebaño” natural, pero no implican necesariamente que las estrategias de inmunización que se están desarrollando sean ineficaces.

La distancia entre ambos conceptos es abismal y resalta la necesidad de poner el foco sobre la precisión con la que se transmite información en el contexto de la pandemia. Si hasta ahora nos preocupaban las fake news (noticias deliberadamente falsas difundidas con la intención de engañar, desprestigiar o manipular la opinión pública), también debemos prestar atención a la calidad con que los medios de comunicación reproducen información de fuentes oficiales. De lo contrario, se pueden reproducir efectos similares a los de las fake news, no por una intencionalidad concreta, sino por incapacidad para interpretar el lenguaje técnico del ámbito de la ciencia y la salud y comunicarlo de forma accesible al público general. Una noticia mal comunicada puede llevar a interpretaciones erróneas, generando miedo en un momento en el que mundialmente se necesita reducir las incertidumbres al mínimo.

En este contexto, ¿cuál es entonces la manera más confiable para informarnos en medio de la pandemia? Pues bien, resulta recomendable acudir a las fuentes oficiales sin que medie una interpretación que pueda distorsionar la información, o contar con intérpretes con la adecuada capacitación. Entre las fuentes oficiales encontramos a las organizaciones internacionales del ámbito de la salud como la Organización Mundial para la Salud y la Organización Panamericana de la Salud. También los ministerios más involucrados en la lucha contra la pandemia (Ministerio de Salud; Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación). El Ministerio de Salud, por ejemplo, realiza dos informes diarios actualizando el estado de situación. Además, contamos con la voz de los asesores del gobierno, que se especializan en temas como salud pública, epidemiología y demás. Dentro de este grupo, quizás la figura de mayor peso en los medios actualmente es el médico infectólogo Pedro Cahn. Por último, podemos nombrar a las sociedades médicas y científicas, tanto nacionales como internacionales, que también se ocupan de analizar la situación y generar diagnósticos y recomendaciones en base a la discusión entre pares.

Es cierto que  muchas veces la información a la que se puede acceder consultando estas fuentes puede resultar muy “técnica” o de difícil comprensión para quien no está familiarizado con este tipo de vocabulario. Justamente, uno de los principales problemas en la comunicación pública de la ciencia radica en que “los científicos” muchas veces tienen un conocimiento profundo de la problemática en cuestión pero carecen de las herramientas para comunicar claramente el tema al público no experto. El problema se vuelve más complicado con periodistas o comunicadores que sí cuentan con estas herramientas pero que muchas veces no llegan a comprender a fondo la cuestión técnica. Es en este contexto que han surgido dos grupos “anfibios”, particularmente relevantes en el panorama actual a la hora de mediar entre “los expertos” y la población no especializada ávida de información precisa. Por un lado, periodistas científicos, es decir, comunicadores especializados en la transmisión de noticias relacionadas a la ciencia y la tecnología. Por el otro, científicos con formación en comunicación de la ciencia, que logran adaptar su discurso para hacerlo fácilmente comprensible, despojándolo de tecnicismos innecesarios. Estas figuras resultan hoy en día indispensables como fuente de consulta.

Esta es la primera pandemia que encuentra a la humanidad en la era de la hiperconectividad y de las redes sociales. Las características de redes como Twitter, Facebook y WhatsApp hacen que la información se viralice rápidamente, por lo que se torna de suma importancia el rol del periodista y del comunicador, como una fuente confiable y responsable de información correctamente chequeada. Para profundizar en torno a qué tener en cuenta a la hora de enfrentarse a una noticia en estos días, la red EsPeCie (Es Periodismo Científico) redactó este “Decálogo para comunicar contenidos científicos”, que fue presentado en un seminario virtual por sus integrantes Nadia Luna y Nicolás Camargo Lescano.

Reconocernos a nosotros mismos como propagadores de noticias también es de suma importancia. No somos consumidores pasivos de noticias sino que jugamos un rol activo en cómo las mismas se difunden, tanto las verdaderas como las falsas. Entonces, frente a la avalancha de datos e información en la que nos vemos inmersos, resulta imprescindible poder recurrir a fuentes responsables que transmitan qué se sabe (¡y qué no se sabe aún!), sus implicancias y sus limitaciones. Sólo así podemos tomar decisiones en base al conocimiento científico disponible.

El lápiz verde