Clandestino

Por: Suyai Verón

Hace unos días, leía que se intenta situar el día de “las infancias y adolescencias libres de etiquetas” y pensé en lo importante de la incidencia de lo social en los avatares del sufrimiento psíquico de un sujeto y más aún, cuando hablamos de las infancias y también de la adolescencia.

Pienso en la dificultad que subyace cuando hay que hacerle frente a ello y todo lo que sobreviene si el sujeto no cumple con ciertos requisitos para tener lugar en una determinada sociedad. La etiqueta surge entonces, en respuesta a la necesidad de clasificar en función a aquello que no ingresa en la categoría de lo normal y lo esperable. Algo que está por fuera de cierta legalidad, podríamos decir, clandestino.

 Me quedo con estas palabras. Lo esperable y lo normal. Y pienso en la cantidad de situaciones esperables y normales que se dan en relación al distanciamiento social teniendo en cuenta, de todos modos, que cada psiquismo liga lo disruptivo desde un lugar muy singular. Lo externo nos alcanza por igual. Todos nos sentimos más lábiles.

Es esperable que los niños estén angustiados. También reciben el impacto aunque lo vivan desde una lógica distinta a la del adulto. Los chicos entienden y están al tanto. Tienen miedo a quedarse solos y se han vuelto más demandantes.  En muchos casos aparecen regresiones. Aquí debemos insistir en que estos no son signos de patología, sino, que son cuestiones que responden directamente a una situación disruptiva. En este punto es importante que se puedan hacer a un costado las exigencias super yoicas del “deber” responder a cualquier “ideal”. Lo posible transita hacia otras direcciones.

Hay que pensar en el aislamiento, el encierro y en lo que ello des-ata y des-liga teniendo en cuenta que necesitamos a otros para armar una exterioridad. Hay una cuota de agresividad propia en el ser humano que debe ser sublimada, puesta a otro servicio. Necesitamos un lugar por fuera, un mundo externo al propio cuerpo donde depositar los deshechos. Lo intolerable de nosotros, para que no nos retorne. Por eso necesitamos hacer lazo para ubicarnos en un circuito con otros y no quedar por fuera, aislado. Hay otro encierro entonces también: el propio. Y ese también es peligroso.

Alguna vez hablamos sobre aquellas infancias a las que no les alcanza con cobijarse bajo un techo para sentirse a salvo y pienso en aquellas familias en donde las situaciones de violencia ya tenían un estatuto de “normalidad” antes de esta situación inédita. El encierro, aquí, entonces lo exacerba y de allí la importancia de contar con esos lugares en donde los niños puedan recurrir para comunicarse y sentirse escuchados. La exclusión social también es un modo de violencia que inhibe el despliegue subjetivo dejándolo por fuera. Clandestino.

Pienso en las escuelas, aquello que permite acceder a una alteridad. Lugar de socialización por excelencia en donde la palabra debería estar particularmente instituida y pienso en la función que cumplen hoy, a la posición que mantienen frente al aislamiento social, la crisis y en lo que  han priorizado.

Pienso en lo público y en lo privado. En los que exigen el pago de cuotas y en los que reparten bolsas de comida. Hay un distanciamiento social que ya nos pre-existía, claro. Las escuelas seguirán allí cuando todo pase… Ojalá no todo pase.

Habría que re-pensar su función y que prevalezca, aún más en esta coyuntura, como lugar de encuentro y no como mero trasmisor de contenidos pedagógicos considerando todo lo que el encierro redimensiona en relación a las “violencias” ya normativizadas e instituidas.

Pienso en todas las barreras y etiquetas que un sujeto debe atravesar para encontrar un recoveco donde poner a jugar su singularidad y desplegar su subjetividad  para que se pueda  trazar alguna cuestión sobre su deseo y ubicarse en otra legalidad que le permita dejar, por fin, de ser clandestino.


Diarios Argentinos