Cenizas y diamantes

OPINIÓN. Parece mentira que en torno al 75 aniversario del triunfo soviético en la Gran Guerra Patria y a los 79 años de la invasión nazi a la URSS, todavía se discuta, además del papel fundamental de la URSS en la derrota del nazismo, la "autoría" del desencadenamiento de la contienda más sanguinaria que recuerda la Humanidad.

Parece mentira que en torno al 75 aniversario del triunfo soviético en la Gran Guerra Patria y a los 79 años de la invasión nazi a la URSS, todavía se discuta, además del papel fundamental de la Unión Soviética en la derrota del nazismo, la "autoría" del desencadenamiento de la contienda más sanguinaria que recuerda la Humanidad. El crimen nazi ya fue sancionado por el Tribunal Internacional de Núremberg hace 75 años y no admite reconsideración alguna.

Sólo la URSS perdió 27 millones de vidas. De ellas, casi dos millones de soldados soviéticos sucumbieron liberando los países europeos sojuzgados por los nazis. Sólo en Polonia murieron 600.000 de ellos. En todo el mundo la cifra superó los cincuenta millones. Los Estados Unidos perdieron 350.000 soldados y no recibieron una sola bomba en su territorio. Las bajas inglesas fueron 300.000 soldados y 60.000 civiles durante los bombardeos a Londres. Alemania perdió 3.500.000 soldados y más de 5.000.000 de civiles durante los bombardeos aliados. Polonia perdió casi un millón de soldados y más de seis millones de civiles…

Las cifras son elocuentes. Sin embargo, la manipulación de esta realidad, Hollywood mediante, ha generado un profundo cambio en la opinión pública occidental, sobre todo en las nuevas generaciones. Una encuesta realizada recientemente por la francesa IFop demostró que menos de la tercera parte de los norteamericanos sabe qué se festeja el 8 de mayo, el Día de la Victoria en Europa. El 11% supone que en la Segunda Guerra Mundial los EE.UU. combatieron contra… ¡Rusia!

Entre la juventud norteamericana (la misma que ahora derriba monumentos) ese nivel de conocimientos se encuentra en el punto más bajo en comparación con otras generaciones. El 21% de jóvenes de entre 18 a 24 años está convencido de que, además de combatir contra Rusia, también combatieron… ¡contra China! Los “héroes” de John Wayne o los de Brad Pitt, los teleseriales donde los “heroicos” SEAL, del FBI, NCIS, CIA, se imponen en territorio afgano, chino, ruso, árabe, venezolano, cubano o coreano contra los terroristas afganos, chinos, rusos, árabes, venezolanos, cubanos o coreanos, todos con siniestros designios de expulsar de sus países a los “heroicos” SEAL, del FBI, NCIS, CIA, conforman la falsa base cultural de estas estadísticas.

A esto se refiere el artículo que Vladímir Putin escribió para “National Interest” y no en otro medio norteamericano porque, al decir del Kremlin, esa publicación concentra la opinión seria y objetiva de los Estados Unidos. Las argumentaciones del presidente ruso son, no podían ser de otra manera, de una claridad y honestidad absoluta. No se trata simplemente de una autocrítica por el "protocolo secreto" Molotov-Ribbentrop adjunto al tratado de no agresión firmado en agosto de 1939 y que delimitaba las esferas de influencia en Europa, sino del llamado a reconocer la responsabilidad de todos los actores de la época que no encontraron la necesaria unidad para frenar el nazismo.

Stalin experimentaba una desconfianza genética hacia los ingleses y los franceses invasores de la incipiente Rusia Soviética inmediatamente después de la Revolución de Octubre. Esa desconfianza se alimentaba en hechos incontrastables de la política europea prebélica: la permitida anexión de Austria, la vergonzosa entrega de Checoslovaquia en Munich, la abortada misión secreta de Rudolf  Hess destinada a acordar con Gran Bretaña la agresión a la URSS y otros episodios demostrativos de las verdaderas intenciones de Londres y París: acordar con Hitler y hacer que Rusia y Alemania se desangren en una directa confrontación.

Sin mencionar los centenares de millones de dólares invertidos por los grandes grupos económicos norteamericanos en la recomposición del poderío bélico alemán luego del vergonzoso tratado de paz de Versalles. El acuerdo logrado en el vagón de Compiegne abría las puertas a la verdadera invasión a Alemania: Ford, General Motors, General Electric se convirtieron en socios financistas e industriales de Krupp o Thyssen. Hitler no hubiese podido consolidar su poder ni mucho menos desplegar sus ambiciones anexionistas si no hubiera gozado de esta alianza entre los monopolios alemanes y norteamericanos.

Rígido y astuto como era, Iósif Vissariónovich no buscó grietas y compromisos, sino que puso al frente de la diplomacia soviética al férreo Viacheslav Molotov (quien suplantó en el Comisariado de Asuntos Extranjeros al  sancionado Mijaíl Litvínov, extraordinario diplomático y partidario de la alianza con Londres) y a cargo del Ministerio de Defensa al ya vetusto y casi inútil pero fidelísimo héroe de la guerra civil Kliment Voroschílov. Ambos fueron los encargados de ladrarle a una desautorizada delegación militar anglo-francesa que llegó a Moscú a perder tiempo. Ni Londres ni París estaban interesados en una alianza militar estratégica con la Unión Soviética. Las elites dirigentes seguían pensando en redireccionar la agresión hitleriana hacia el oriente…  En Inglaterra ya casi estaba Churchill y en Francia ya Hitler se aprestaba a apoderarse de Polonia.

Confirmado el desinterés de Londres y París en firmar tratado alguno de asistencia militar y no agresión y reiterado el rechazo polaco a dejar pasar las tropas soviéticas hasta Alemania en el caso de una agresión nazi, Stalin recogió las insistentes propuestas de Hitler y aceptó firmar el pacto de no agresión. Sería demasiado superficial suponer que “Koba”, artero y refinado intrigante, descartaba con esto la agresión nazi. Después de haber sobrevivido cercos, invasiones, motines, purgas sangrientas, sublevaciones campesinas, el ex seminarista georgiano sabía perfectamente cuáles eran los objetivos del ex cabo austríaco.

El resultado objetivo del transitado "protocolo secreto" fue que la Unión Soviética clausuró toda posibilidad de acuerdo anglo-germano, ganó dos años imprescindibles para la potenciación de la industria bélica y alejó la frontera de sus centros vitales. Las regiones occidentales de Ucrania y Bielorrusia que se reincorporaron a la URSS en virtud de ese pacto, formaron parte del imperio zarista y luego de la incipiente república soviética hasta 1921, cuando Varsovia, con el respaldo de Inglaterra, se apoderó de ellas. Si Moscú no hubiese logrado esa reincorporación, Hitler hubiese arrasado de todas formas con Polonia, los pequeños países bálticos hubiesen sido una provincia prusiana (como siempre lo fueron) y Moscú y Leningrado no hubiesen podido defenderse ante la inminente cercanía de la frontera común con Alemania.

La atonía inglesa y francesa durante ese "extraño" primer período de la guerra, cuando pensaban “ingenuamente” pactar con Hitler y volcar la agresión nazi hacia el oriente para destruir la URSS y apropiarse en conjunto de sus riquezas, habría permitido que Alemania nazi se convirtiera realmente en un imperio mundial, con las fronteras tal como las quería el führer. Al  revés, exactamente, de lo previsto.  La ocupación de Francia fue una operación casi incruenta, los países bajos y Escandinavia fueron anexados sin resistencia. Londres se aprestaba a defenderse de la invasión anunciada…

Los 3 millones de soldados soviéticos muertos entre el 22 de junio y el inicio de la contraofensiva en Moscú, en diciembre de 1941, sirvieron para destruir EN SOLEDAD ese objetivo mundial. Nadie ni hoy ni nunca puede poner en tela de juicio siquiera esta cifra. Churchill y Roosevelt felicitaron efusivamente a Stalin por la victoria en Stalingrado, en el invierno 1942-1943, pero esa victoria se logró en gran parte gracias a la sangrienta resistencia que los ejércitos soviéticos opusieron a los nazis en esa misma época en Rzhev y que impidió el envío de refuerzos al  mariscal Paulus. Hoy, precisamente, se inaugura allí, en el centro de Rusia, un gran memorial en homenaje al largo millón de hombres perdidos por la URSS en esa batalla.

Muy pocos conocen la brutal, penosa e increíble evacuación masiva de la economía occidental soviética hacia Siberia y el Asia Central (que lejos estaban de ser Montecarlo o Copacabana). Miles de fábricas, grandes rodeos de ganado, centenares de miles de personas desembarcaron en esas desoladas regiones y prácticamente desde los vagones recomenzaron a producir. No tenían albergue, casi sin provisiones, afrontando el frío y el desarraigo. ¿Qué otro país pasó por semejante dramático éxodo en medio de una invasión? ¿Y qué otro pueblo emergió con éxito de semejante prueba de supervivencia?

En Moscú, a principio de la década del 60, todavía la gente vivía en los sótanos de los edificios y en los grandes barrios capitalinos las casas eran de madera, el agua se sacaba de bombas en los patios y las familias compartían una vivienda común: las “komunalka”. Mientras Hollywood mostraba el glamoroso Nueva York y McCarthy perseguía a Bertold Brecht, a Chaplin o a Dalton Trumbo…

Todas las familias soviéticas, todas, tenían sus muertos no sólo entre los soldados. Millones de civiles fueron asesinados por los bombardeos alemanes o las expediciones de castigo de la gestapo. El primer trabajo de mi profesora de ruso, Tamara Alexándrovna, fue en un jardín de infantes. Cuando en 1941 evacuaba a sus niños, los “junkers-87” alemanes, los mismos que habían aterrorizado a Europa Occidental, los mismos que arrasaron “Guernica” o derramaron la simple sangre de niños de Neruda, bombardearon el tren. Tamara, con sus 19 años adolescentes, tuvo que sacar los cadáveres de sus pequeños de entre los restos retorcidos del vagón. Yo escuchaba su relato  y todavía ella no podía contener sus lágrimas.

Cuando Kolia Frolenkov, mi compañero de residencia estudiantil, se casó con Natalia, al casamiento vinieron sus parientes: las nodrizas de la casa de huérfanos donde se crió, luego que sus padres desaparecieron durante la invasión nazi. Las dos mujeres fueron las que lo acompañaron hasta el juez que los casó…

Hubo otros millones de confinados hasta morir en campos de concentración como Auschwitz o en los trabajos forzados, finalmente liberados por las tropas soviéticas. Todavía hoy las familias guardan en improvisados altares los retratos de sus muertos. Las multitudinarias manifestaciones actuales del “regimiento inmortal”, cuando en todas las ciudades rusas el 9 de mayo (por la diferencia horaria, en Rusia el Día de la Victoria fue el 9 de mayo de 1945 y no el 8, como en el resto de Europa) salen a la calle con las fotos de sus antepasados perecidos en la guerra eso alcanza para dar testimonio elocuente de lo que significó la Gran Guerra Patria para los soviéticos. No sólo para los rusos. El tártaro Amet Jan Sultán fue uno de los más condecorados ases de la aviación soviética. El general Iván Bagramián, armenio, comandó la victoria en Prusia. El letón Iuózas Alexonis, postmortem condecorado como héroe de la Unión Soviética, fue dirigente de un grupo guerrillero en el Báltico.

¿Qué fue lo que aportaron los "aliados occidentales" al combate contra el nazismo hasta el 6 de junio de 1944? Un convenio de "lend lease" que proporcionó el... 7% de todos los pertrechos militares soviéticos, un sistema de convoyes por el Mar del Norte que fue interrumpido en reiteradas oportunidades por el almirantazgo inglés... ante las "amenazas" de los submarinos alemanes, una campaña africana en la que Rommel resigna la victoria porque Stalingrado reclamaba todas las tropas, una mini-invasión en el sur de Italia, lejos de los principales centros bélicos pero empujada por la ambición de Churchill de no perder el sur europeo y principalmente los Balcanes... Ningún otro movimiento militar, pese a Hollywood… Londres destruida, París ocupada y en USA todo bien.

Pese a sus promesas a Stalin en Teherán en 1942, Churchill y Roosevelt se demoraron dos años en abrir el segundo frente en Europa. Lo hicieron después que el Ejército Rojo demoliera a los nazis en Stalingrado, en Kursk, en Bielorrusia, en Crimea, en el Báltico, ingresara a Moldavia, Rumania, Polonia, Checoslovaquia y Hungría. Cuando comprendieron que, si no lo hacían, los soviéticos liberarían todo el continente. Como me dijo hace tiempo un veterano: “si nos daban un litro más de vodka llegábamos hasta los Pirineos”…

Después del 6 de noviembre de 1944 en Normandía los expedicionarios de Eisenhower y Montgomery tardaron ¡diez meses! en recorrer 1.200 km hasta el Elba, casi sin encontrar resistencia. Los ejércitos de Gueorgui Zhúkov e Iván Kónev, los mariscales de la victoria, entre junio y agosto de ese año cubrieron la misma distancia, tras derrotar en durísimos combates a casi cien divisiones alemanas. Los “aliados occidentales” dudaron de esas cifras y Stalin hizo desfilar por la Avenida Sadóvaia, en pleno centro de Moscú, a cien mil prisioneros.

 ¡Y en ese mismo agosto del 44 los ingleses provocan la insurrección en Varsovia para evitar que el ejército soviético la liberara, sin siquiera advertirles a los rusos que eso iba a ocurrir! Los nazis exterminaron a toda la población y arrasaron la ciudad. El 1 frente de Bielorrusia del flamante mariscal Konstantín Rokossovski (nacido en Varsovia cuando el imperio ruso era el “dueño” de Polonia), desangrado y debilitado por la gigantesca ofensiva, no pudo más en ese momento que ocupar Praga, uno de los arrabales de Varsovia. Provocar esa insurrección fue un crimen que hasta hoy no ha sido debidamente estudiado por los propios polacos, cuyo actual gobierno increíblemente reivindica a los nazis y destruye los monumentos y tumbas memoriales a los 600.000 soldados soviéticos que murieron por liberar Polonia.

No viene al caso hacer ahora una pormenorizada exposición de la campaña soviética hasta llegar a la capitulación del Reich, en mayo de 1945. Ella, por cierto, está a disposición pública. Sólo agrego que, mientras Himler y Goebbels, por expresa indicación de su führer, coqueteaban con interlocutores de Washington y Londres para lograr una paz por separado prometiendo que cumplirían el sueño de Churchill para destruir la URSS, Hitler emprende en diciembre de 1944 su última ofensiva en las Ardennes. Con escasos efectivos, el general Otto Model destruye divisiones enteras norteamericanas e inglesas y provoca el pánico en el comando del “indomable” George Patton. A punto tal que Churchill le ruega a Stalin, en una histórica carta, reanudar la ofensiva en el frente oriental antes de tiempo, para salvar a su tropa.

En enero del 45, cumpliendo su compromiso de aliado, todo el frente soviético se puso anticipadamente en marcha. Ya no era simplemente el ejército de la URSS. Combatían en él unidades polacas, checoslovacas, francesas, búlgaras. Abastecía a los guerrilleros yugoslavos, griegos, italianos. Miles de europeos liberados de los campos de concentración nazi eran prácticamente revividos en la retaguardia soviética y luego repatriados a sus países.

Es interesante leer los informes de aquella época del Estado Mayor de Retaguardia del Ejército Rojo. Antiguas cifras y estadísticas con las cantidades de grano, ganado, combustible, semillas que se distribuían entre los sobrevivientes de los países liberados: Polonia, Checoslovaquia, Austria, Bulgaria, Rumania, Hungría, Yugoslavia, la propia Alemania. Cuántos soldados soviéticos participaban en levantar cosechas en esos países. Cuántas cocinas de campaña distribuían comida en el Berlín en ruinas. Qué personal médico era afectado a la atención de la población… Es aburrido, sin duda, pero terminante.

De la misma forma en que fue terminante la defensa que hizo Stalin en Yalta y en Postdam, del status independiente de Polonia. La idea de Churchill era dividirla pero finalmente Polonia recobró los territorios occidentales que le habían sido arrebatados por el imperio germano. Y de la necesidad de mantener unida a Alemania. Algo que tampoco está estudiado, aunque las actas estenográficas de esas cumbres son de dominio público.

Los “aliados” occidentales ya hacía rato que pensaban en otra cosa. Y actuaban de otra manera. En Postdam, justamente, Stalin le regaló a Churchill y a Truman las fotos de Allen Dulles y un enviado de Goebbels en Suiza, mientras mantenían un encuentro secreto…  En Postdam Churchill (el mismo que exigió impedir el crecimiento argentino) ordenó concentrar a todos los derrotados soldados alemanes y mantenerlos en alerta para una nueva campaña contra la URSS. En Postdam Truman intentó chantajear a Stalin (¡!) avisándole de la exitosa prueba de la bomba atómica…

Bueno, si a esta altura del partido, con todo lo ocurrido desde Postdam hasta el coronavirus en el mundo siguen hablando de la “traición” soviética en el 39 o se sigue priorizando el “decisivo” papel de los Estados Unidos en la derrota nazi, es evidentemente por dos razones: una notable ignorancia de la historia y una malévola interpretación del presente.

La primera es harto peligrosa porque destruye los principios fundacionales de la ONU, que en la Conferencia de San Francisco, de la cual también ahora se conmemora el 75 aniversario, definieron la defensa de la paz y la resolución pacífica de los conflictos como el sustento liminar de todas las relaciones internacionales. La segunda continúa en esta dirección enfilando contra la inevitable renovación de la estructura de la Organización Mundial, propuesta últimamente por los BRICS, para dar cabida a la nueva realidad internacional. De los cincuenta países fundadores de la ONU, el número hoy se acerca a doscientos. Países como la India o Brasil no tienen un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Washington –sea la administración que sea- persiste en su chantaje “geográfico” y “financiero” que utiliza en intentos por imponer su dictado en las resoluciones de la ONU y, lo que es peor, en su cumplimiento.

El objetivo es claro: restablecer el tambaleante “monopolio de la verdad” que hasta ahora ostentan los grandes grupos monopólicos de la especulación financiera, para evitar el derrumbe de un poder cada vez más carcomido por sus contradicciones internas y por la consolidación del nuevo orden multipolar.

“Día de la Victoria”, una de las canciones más amadas por los rusos, finaliza así:

Hola, Madre, no todos regresamos…

¡Deambular descalzo en el rocío!

Media Europa caminamos, media Tierra.

Acercamos este día como pudimos.

Este Día de la Victoria.

Empapado en pólvora.

Esta fiesta.

Ya con canas en las sienes.

Este júbilo

con lágrimas en los ojos.


Sobre el autor

Hernando Kleimans es Licenciado en Historia. Doctor en Relaciones Económicas Internacionales. Periodista Especializado en Temas Internacionales. Ex director de la Casa de la Provincia de Buenos Aires en Moscú, ex presidente de la Cámara de Relaciones Económicas Argentino Rusas, ex Editor del periódico Rusia Hoy.

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