Cayupán (seis pumas)


Un caballo cansado, una lanza y un gaucho casi desnudo horqueteado en el caballo como un jinete de tapiz.

Lo persiguen  unos indios ranqueles mocetones desde hace cuatros  días, desde que dejó la guerrera paz de las tolderías. Lo siguen con paciencia de monja y saña de jabalí. Les sacó doce horas de ventaja, lo que tardaron en darse cuenta sus guardianes de que había abandonado el plano inclinado de cuero y ramas que por recuerdos llamaba “casa”.  Aprovechó esas horas para hacer pasar veloces los pastos elementales bajo las patas de su caballo.

Galopaba, y desde su pedestal miraba crecer la línea del monte que lo protegería del salvaje. En los árboles tal vez el tigre. En los pastos quizá la yarará de colmillos agujereados que inyecta veneno instantáneo, mientras que como relámpago verde y en eses de aceite se esconde entre los yuyos. Pero el tigre y la serpiente son menos mortales que un indio enfurecido.

Dormía el sueño de los peces, tenía el oído del puma. Corría como avestruz. Miraba con ojos de halcón. Sentía latir las sienes por la presión del mercurio espeso del miedo y del coraje.

Sus talones golpeando los ijares transmitían al caballo los impulsos de su ansiedad y se hundía en la pampa como un cangrejal se traga una vaca.

El cielo idéntico a sí mismo se rompía en nubes de amanecer. Miles y miles de ovejas de humedad pastaban el celeste imperio, y cuando el sol encendía la violencia de su soplete, las nubes desaparecían por la prestidigitación sideral.

El corría sabiéndose perseguido, pero no por dónde. En algunas regiones, en algún punto de la rosa, sobre la costa rojiza de flamencos de alguna laguna provinciana, estarían los indios diciendo con las lanzas las señas de su rastro y el orden de su ruta.

Se acercaba al a civilización, al fuerte, al techo, la ley, la letra, la espada, el arado. También a la policía, las elecciones, el cepo y el trabajo alquilado según se tuviera o no dinero. Pero él tenía.

Su cabeza miraba auroras y rechazaba sombras. Adivinaba el faro y se olvidaba de las rocas templadas, de los ejércitos de corales, de los enjambres de piedras radiales.

Su imaginación ampliaba el horizonte que se curvaba más allá de su vista. Desde el sudoroso caballo vio en su pago la sencilla vista plena. Vio a su hembra gozando de sólo mirarle los brazos. Recordó los ojos de ella cuando le admiraba, sin decírselo, sus muñecas de ordeñador, sus antebrazos vegetales, sus pectorales de tambor, sus espaldas de llanura. Vio, casi sin entenderlo, la seguridad de ella cuando tanto hombre la rodeaba en un abrazo. Recordó la primera mirada que se hicieron y el primer encuentro que tuvieron. Recordó su propio sonrojo cuando por mirarla mientras trabajaba a caballo en un corral, no pudo evitar que la argolla de un lazo reventado, volando como golondrina de acero, le golpeara la espalda dos cuartas arriba de su cintura, con un golpe seco y duro de herradura loca.

En la espalda, dos cuartas arriba de la cintura y con golpe seco y duro de herradura loca, Cayupán (Seis Pumas)  le metió la lanza abriéndole el vientre, al salir la punta, un ombligo estallado de clavel. No se cayó del caballo, lo levantaron los brazo de su matador que, sin saber nada, rompía un tapiz que nunca llegaría a pisar ni ver.

Él sufrió dos minutos revolcándose en su dolor y queriendo esconder el cuello. Las patas de los caballos de sus perseguidores formaban las rejas de su cárcel, la pared de su fusilación. Le dejaron morir, que no lo apuraron. Muerto le cortaron la cabeza y clavada en una lanza cantaba la victoria ajena. El “prulecón” de los pampas es más simple que las avenidas de cabezas en farolas que levantaba la Horda de Oro.

Sobre la pampa no quedó la historia y Cayupán se olvidó, a la vuelta de su primera borrachera, de haber enhebrado a este hombre cerca de la frontera.

 Se llamó Rosendo Pedroso. Los indios le tenían de rehén en Leubucó, cuando Painé era cacique.


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