Carrió. Propinas y solidaridad

Por: Federico Aranda

Sin lugar a dudas el escenario político nacional de la última semana tuvo como figura protagónica a Elisa Carrió.

Esta mujer a la que el pueblo llama, cariñosamente, Lilita, no pertenece al tipo de dirigentes a los que sus eventuales entrevistadores deben interrogar de forma incisiva para obtener alguna declaración jugosa que sirva a modo de título. Al contrario, solo basta con cederle el espacio y el micrófono para que Lilita despliegue sus habilidades y ponga a girar al universo político alrededor suyo.

Joaquín Morales Solá comprende perfectamente este juego y en su programa Desde el Llano hizo con Lilita lo que muchos esperaban que nuestra Selección hiciera con Messi, darle la pelota y dejarlo que haga magia. A diferencia del Diez, Lilita se hizo dueña de la responsabilidad y, en términos de impacto periodístico, se lució para la tribuna.

Varias de las increíbles declaraciones que la diputada realizó durante los treinta minutos que duró su participación en el programa generaron polémica y habilitaron extensos comentarios. Particularmente sus ideas respecto al proyecto de ley que legaliza el aborto (que ya obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados y aguarda ser tratado en el Senado), despertaron gran cantidad de críticas provenientes de distintos sectores del arco político y social.

Sin embargo, sobre el final de la entrevista, casi en tiempo de descuento, y quizás insegura de que su desempeño hubiera estado a la altura de lo esperado, Lilita agarró la pelota y para despejar dudas la clavó en el ángulo de la opinión pública.

Para aquel que se abstuvo de leer cualquier medio periodístico en la última semana o de ingresar a las principales redes sociales, transcribimos la declaración de la diputada:

“la primera recomendación que le hago a la clase media y clase media alta: dé propinas. Aunque le cueste, haga la changa. Hay más de dos millones o tres millones de personas que viven de esa changa, y a veces nosotros cuando nos ajustamos lo primero que dejamos es de dar propina, esto va cortando un círculo [...], este esfuerzo solidario”.

La formulación de su consejo no quedó circunscripta a los estudios de TN, y ante las repercusiones provocadas por sus dichos, Carrió aprovechó el siguiente micrófono que tuvo en frente, esta vez en el marco de la sesión especial de la Cámara de Diputados del pasado 4 de julio, para aclarar a qué se refirió cuando dijo que “era necesario que se mantengan las propinas y coimas[sic]”.

No nos extenderemos sobre el acto fallido de Lilita que nos permite entender el “esfuerzo solidario” que empresarios y contratistas realizan para con aquellos funcionarios del gobierno que acostumbrados a los honorarios del sector privado hoy brindan servicios a la administración estatal. Se ve que el ajuste en la obra pública afecta no solo a los ciudadanos de a pie.

El punto al que queremos enfocarnos surge del resto de su intervención. Con agudeza sociológica, Carrió sentenció: “Los cartoneros trabajan, y las manicuras trabajan, muchísima gente que a veces un día [sic] corta el pasto trabaja, y es necesario que las clases medias no supriman ese tipo de gastos, es una forma de solidaridad en momentos de crisis”.

En ambas declaraciones, la líder de la Coalición Cívica vuelve sobre el concepto de solidaridad para explicar la relación que a su entender debe existir entre las distintas clases sociales.

El pensamiento social y político ha descansado de forma recurrente sobre la idea de solidaridad para analizar y pensar la manera en la que nuestras comunidades se organizan.

En Francia, durante la década de 1890, mientras en nuestro país cobraba forma el partido político que hoy Carrió maneja desde afuera, Léon Bourgeois(1851-1925) delineaba los principios del llamado solidarismo. Esta corriente de pensamiento político expresó la visión de un sector del liberalismo que alejándose de los postulados clásicos del individualismo planteaba la existencia de un lazo necesario de solidaridad entre los miembros de una sociedad, quienes se encuentran en una relación de mutua dependencia.

Émile Durkheim(1958-1917), uno de los padres fundadores de la sociología como disciplina científica, dedicó gran parte de su obra a trabajar dicho concepto.

Permitiéndonos una abismal síntesis de su pensamiento, Durkheim sostuvo que la única forma en la que las sociedades modernas pueden aumentar en volumen y densidad es a través del creciente proceso de diferenciación funcional que permite la división del trabajo social. Es decir, en contraposición a las comunidades primitivas que presentaban mayores grados de homogeneidad entre sus miembros, las sociedades complejas generan una gran heterogeneidad en la que algunos de sus integrantes son cartoneros, manicuras o cortan el pasto y otros, viven de y para la política, como Lilita hace más de veinte años.

De la misma forma en que las partes de un organismo cumplen funciones independientes, que sin embargo se vuelven fundamentales para la subsistencia del todo, en nuestras sociedades el tipo de vínculo que se establece entre los individuos autónomos expresa la misma interdependencia. A este tipo de vínculo Durkheim lo denominó solidaridad orgánica.

En este marco, el pensador francés entendía al Estado como el cerebro de la sociedad cuyos funcionarios tienen la trascendental responsabilidad de pensar la colectividad de forma más o menos racional para servir de guía al todo social.

En la sociedad descripta, donde los individuos se especializan cada vez más en la tareas que les son propias perdiendo la visión del conjunto, el rol del Estado se vuelve imprescindible para elaborar una conciencia del todo que funcione de directriz para la comunidad y contribuya al desarrollo del tipo de solidaridad orgánica.

Sin embargo, la actualidad nos coloca frente a un gobierno nacional que como estrategia para comunicar el ajuste económico busca eludir su responsabilidad, corriéndose del rol central de autoridad que debe cumplir no solo por mandato constitucional sino por la propia lógica del funcionamiento social.  

En términos discursivos la gestión de Mauricio Macri ha terciarizado hasta su propio poder. El fin del “gradualismo” y la profundización del ajuste no llega por una decisión política autónoma sino debido a factores a partir de los cuales se pretende eximir de responsabilidad al elenco de gobierno. A nivel externo se recurre a los pedidos del FMI, a un “mundo” que nos exige cumplir, o simplemente se esgrime que “pasaron cosas”. A nivel interno, sigue valiendo el argumento de la herencia recibida, de las mafias que se oponen al cambio y de quienes ponen palos en la rueda al progreso de los argentinos.

Pero incluso si fuera el caso, y todos los elementos mencionados configuraran un combo de condicionamientos y obstáculos, quienes hoy gobiernan la Argentina fueron elegidos para administrar esa dificultad, para conducir esa puja de intereses, para soportar esas tensiones. No para declarar su impotencia, su falta de responsabilidad y trasladar los costos de su incapacidad al conjunto ciudadanos.

La idea de solidaridad con la que Lilita se esperanza en este momento de crisis económica y social (que la unanimidad de los analistas ve recrudecer en los próximos meses) únicamente conserva algún tipo de sentido con un gobierno que realmente se haga cargo de la función que debe desempeñar. Que demuestre que las decisiones que adopta son soberanas y comprenden los intereses del conjunto de los argentinos y no solo de una pequeña minoría.

De no ser así, quienes deben conducir al todo se transforman en una parte del mismo y la solidaridad de la que habla Carrió se reduce a una despreciable limosna.

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