Bienvenido Señor Presidente

Por: Hugo Martínez Viademonte

En febrero de 1961 el Señor Presidente Arturo  Frondizi defendía su poder como lo hace el Zorro cuando está abajo en la escalera espada en mano. En la parte superior estaban los militares que le propiciaron a Frondizi  seis asonadas militares fracasadas y más de veinte intentos de alzamientos en diferentes unidades militares. El Zorro se defendía.

El miércoles 8 de febrero el Presidente Frondizi no almorzó en la Casa Rosada. Había sido invitado con todas las reglas de protocolo oficial por Mario Hirsch por esos años el hombre más poderoso del Grupo Bunge y Born. Este grupo fue la primera empresa multinacional argentina, para decirlo de algún modo, valuada en ese entonces en 30.000 millones de dólares y aún hoy uno de los referentes mundiales la de producción, y comercialización  del aceite de soja. Actualmente tiene dos sedes corporativas, una en Brasil y otra en Estados Unidos.

Es sabido que los portaviones son las mayores y más complejas naves que surcan los mares. Su tripulación puede llegar a los seis mil hombres y llevar en sus bodegas más de treinta aviones. Estos monstruos no navegan solos sino que lo hacen acompañados de una flota de protección y ataque compuesta, generalmente, por un par de fragatas, un  buque auxiliar y alguna otra nave. Frondizi era el Comandante de un “portaviones”, un país, llamado Argentina.

Había desarrollado una tarea ciclópea. Incrementó la producción industrial pesada, la agro industria, llevó adelante una muy activa política exterior sin limitarse por prejuicios ideológicos, racionalizó la política financiera, etc. Fue, hasta hoy, el Presidente mejor preparado intelectualmente para el desempeño de sus funciones, pero… no podía vencer a la máquina de impedir la inercia de la pesada tradición  conservadora y reaccionaria anclada fundamentalmente en amplios sectores militares y católicos que agitaban la sábana fantasmal del comunismo para mantener sus privilegios. Un portaviones con graves faltas en su flota de apoyo.

Por su parte Mario Hirsch era la cabeza indiscutible del Grupo ByB. El hombre con mayor poder de decisión del conglomerado al que había expandido en el exterior hasta casi 40 oficinas en todo el mundo. También había diversificado la producción: harinas, aceites, textiles, alimentos,  pinturas, latifundios, frigoríficos, con muelles propios en varios puertos del mundo, transporte, etc. Una fortísima fragata de combate. La comandaba un experimentado jefe, Mario Hirsch de dura mano que nadie podía doblar,  pero con un  tendón de Aquiles oculto; no se llamaba Bunge ni Born.

Lo secundaba en las tareas de comando Martín Santana un oficial de órdenes perfecto, reclutado personalmente por Hirsch de un prado insospechado, era el cronista parlamentario del diario La Nación. Primero, mientras era entrenado y evaluado Santana, se desempeñó con asistente de su jefe, luego fue promovido paso a paso hasta que, ya maduro, Hirsch sorprendió a todo el Directorio de la empresa nombrándole Gerente General Financiero de ByB. El cargo más importante en esa estructura bajo el jefe máximo, Mario Hirsch. Sorprendente. Santana no tenía antecedentes económicos, ni formación académica. Además  de las técnicas del periodismo Santana hablaba un fluido inglés y jugaba al golf que era parte importante de su trabajo profesional como Gerente Financiero.

Aportaba, Santana una visión práctica, novedosa, no atada a la tradición financiera, a la que sumaba múltiples conocimientos de los pliegues del poder político que había acumulado en el Congreso por su trabajo en La Nación. Juntos, Mario y Martín era una dupla vencedora, el saber de la calle, las entretelas del poder político, la astucia de la conducción, el enraizamiento en el corazón de ByB. Martín Santana era el perfecto “Papagayo del Pirata” parado en el hombro del marino, aconsejaba en el momento oportuno, durante el combate se trasladaba al palo mayor, producida la victoria volvía al hombro de su jefe.

Hirsch sabía perfectamente lo que necesitaba él y su fragata, en ese orden. Personalmente, para consolidar su dura jefatura requería el apoyo incondicional del gobierno. Quería que Frondizi lo reconociera y signara a su navío como la principal defensa de su portaviones. ByB le ofrecía al Estado el despliegue de toda su logística interior y exterior a cambio que el entusiasmo industrializador del Gobierno no se fijara únicamente en la industria pesada ni  en el mercado energético. Frondizi, debía señalar que ByB era el hijo predilecto. De eso se trataba el almuerzo.

El Señor Presidente llegó puntualmente al enorme edificio corporativo de ByB situado en el corazón financiero de Buenos Aires. Un monumental edificio en la esquina de Lavalle y 25 de mayo. Lo acompañaban siete altos funcionarios que había elegido cuidadosamente. Lo esperaba Mario Hirsch y otros siete funcionarios de la empresa, en segunda fila Martín Santana.

Saludos protocolares y comienzo de la visita al edificio diseñado por un arquitecto belga con mármoles de Carrara, maderas de Alemania, pisos entarugados de roble de Eslovenia, etc. Faltaba un paso para ingresar al comedor cuando visitaron una oficina mediana que era el cerebro de la Empresa, su sala de comunicaciones. Hirsch le dijo a Frondizi: “Permítame que le presente al Gerente General de Comunicaciones, y un ingeniero joven saludó al Presidente diciendo disciplinadamente: “Bienvenido Señor Presidente”, ingresaron y el Gerente le explico al Presidente cuál era la mesa de América, la de Europa, Asia Central, Extremo oriente, etc. Quizá algo detallada la explicación.

Cuando el grupo dejaba la oficina el Gerente recibió de unos de sus empleados una larga tira de papel mecanografiada. El Gerente se la extendió al Presidente diciéndole: “Señor: ésta es la bienvenida de todas nuestras oficinas”. 

Desde la entrada del Presidente al Centro habían pasado ocho minutos veinte segundos y abría el texto un mensaje inicial informando que “a las 12.22 Hora Argentina, ha ingresado el Señor Presidente de la Argentina Doctor Arturo Frondizi  a visitar este Centro”. Seguidamente, las oficinas de Uruguay, San Pablo, Río de Janeiro, Caracas, Panamá, Quito y Lima fueron recibiendo sucesivamente el mismo texto y agregaban cada una "Bienvenido a Uruguay, Brasil, Venezuela, etc". Luego seguían Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Alemania, Bélgica, España, Rusia, etc. Treinta y ocho oficinas en general. El mensaje había dado la vuelta al mundo en ocho minutos veinte segundos. En esos años, el habitante de Buenos Aires que solicitaba una línea telefónica  para hablar con su madre tardaba hasta 10 años en obtenerla.

Como al pasar comentó Hirsch: “En este momento hay treinta y ocho oficinas nuestras en todo el mundo, trabajando para la Argentina”. El inventor de la exhibición de músculo había sido el Papagallo.

Frondizi comprendió perfectamente la índole del mensaje que había recibido. Ahora podían hablar de cualquier cosa, lo que había que decir ya estaba dicho. El almuerzo resultó tan agradable como estaba previsto.

El Zorro tuvo poca suerte. Un año después, el 29 de marzo de 1962, el Sargento García entró por la puerta de atrás, y le ganó la espalda. El Zorro no tenía la gran lámpara colgada del techo que usaba, a veces, como trampolín para escapar y se tuvo que entregar. “No renunciaré. No me suicidaré. Ni me iré del país” dijo, mientras lo aprisionaba la Marina, como corresponde a un Comandante de portaviones.

Mario Hirsch y el Papagallo habían escuchado por Radio Nacional y la cadena de emisoras el parte oficial que dio cuenta de los hechos. El Presidente Arturo Frondizi destituido por los militares y preso en la isla Martín García en medio del Río de la Plata.

Mario y el Papagallo, cada uno en su respectiva oficina buscando ya cuál sería el hombre fuerte del próximo gobierno, pero a la vez reflexionando, quizás, que las cosas de los hombres no siempre permanecen en el mismo estado, ni en los momentos de prosperidad ni en los de adversidad.


Sobre el autor

Hugo Martínez Viademonte es Periodista. Ex corresponsal de Inter Press Service, Estado de San Pablo y colaborador de las agencia internacionales.

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