Argentina, Rusia y la profundización de las relaciones bilaterales

El gobierno de Alberto Fernández se muestra como un sólido socio extrarregional de la Federación Rusa y reivindica la Asociación Estratégica Integral firmada en el 2015 bajo la administración de Cristina Fernández.

De Buenos Aires a Moscú: 135 años de relaciones diplomáticas

Si bien el vínculo entre ambos países se estableció en 1885 no fue hasta el inicio de la Guerra Fría que podríamos hablar de un real acercamiento entre los Estados, ya que en esos más de 50 años las relaciones han sido distantes e incluso rupturistas.

El contacto entre ambas naciones se vigorizó en junio de 1946 tras la firma del “Acuerdo por canje de notas sobre establecimiento de relaciones diplomáticas, comerciales y consulares” dando un nuevo inicio a una relación de larga data. Como apunta la investigadora, Alina Shcherbakova, Argentina contribuyó a la organización de las relaciones interestatales soviético-argentinas emprendiendo medidas tales como la firma en 1953 del primer convenio comercial entre la URSS y un país de América Latina.

En aquel período de Guerra Fría predominan las relaciones de tipo comerciales. Argentina importaba de Rusia (en ese momento URSS) equipos energéticos, metalúrgicos y maquinarias y esta le compraba productos primarios, fundamentalmente trigo. El punto más alto de la vinculación comercial se va a dar en la década del 80 y no es coincidencia que en ese momento se realice la primer visita oficial entre los Estados, Raúl Alfonsín concurrió a Moscú en 1986 precedido por la gira oficial que realizó meses antes su canciller Dante Caputo.

Carlos Menem también visitó el país euroasiático por partida doble, a principio y a final de la década del noventa (1991,1998), época en la que estableció varios acuerdos y convenios a destacarse: el “Convenio sobre el comercio y la cooperación económica”, el “Acuerdo para la cooperación económico-comercial y científico-tecnológica”, el “Convenio de supresión de visas” y el “Convenio sobre promoción y protección recíproca de inversiones”, entre otros.

Ya entrado el nuevo siglo las relaciones entre la Federación Rusa y Argentina van a empezar a tener otro tipo de relevancia comenzando a privilegiarse el aspecto político por sobre el económico-comercial, sin subestimar ninguno pero con prioridad de uno sobre el otro.

Instalado el nuevo milenio ya bajo las administraciones de los Kirchner, fundamentalmente bajo el gobierno de Cristina, las relaciones con el país más extenso del mundo comienzan a tomar una importancia más bien política-estratégica tras la firma de cuantiosos acuerdos de cooperación, una similar visión del sistema internacional disidente a la política de los Estados Unidos, la firma del Memorandum de Entendimiento en 2011 y la elevación de las relaciones a una Asociación Estratégica Integral en el año 2015.

Sin dudas, la gestión de Cristina Fernández de Kirchner fue la que más avanzó en las relaciones bilaterales, estableciendo un antes y un después. Tras la llegada de Mauricio Macri a la presidencia se esperaba un giro o un retroceso de estas; si bien hubo puntos de disidencia con Putin como lo fueron: la situación en Venezuela, la cancelación del canal RT y la suspensión de la financiación a la construcción de la central hidroeléctrica Chihuidos, hubo otras cuestiones en común que, como destaca Roberto Miranda, demostraron no alterar el funcionamiento de la cooperación bilateral. Retomando al académico, podemos denotar que entre las administraciones también hubo respuestas favorables, sobre todo en lo que refiere al intercambio comercial, Argentina se convirtió en proveedora de alimentos y Rusia, por su parte, se comprometió a participar desde tecnología e inversiones tanto en la planta nuclear Atucha III como en Vaca Muerta.


Alberto Fernández y su apuesta estratégica por Rusia

Alberto Fernández asumió la presidencia de la República Argentina en diciembre de 2019 y, probablemente, el contexto en el que se imaginó gobernar distaba mucho del que se le presentó. La pandemia generada por el Covid-19 es un eje trascendental, e imprevisto, que trazó (y traza) la gestión del presidente junto con la negociación y el pago de la deuda con el FMI, heredada de la anterior administración.

Como bien sabemos, el coronavirus ha limitado muchas actividades de todo tipo de sectores, algunas prohibiéndolas y a otras otorgándoles la tarea de “reinventarse”. Un valioso recurso de política exterior que se vió frenado por el virus fueron las visitas presidenciales. Por lo tanto, la comunicación de los mandatarios con sus pares debió modificarse, como otras tantas cosas, y la modalidad más usada ha sido la llamada telefónica o la videoconferencia.

El mes pasado, Alberto mantuvo una conversación telefónica con Vladimir Putin, la segunda en lo que va de su gobierno, donde los ejes mencionados en un primer momento fueron tema prioritario de conversación junto a la provisión de vacunas a la Argentina. La charla, de tono destacadamente amistoso, culminó con una invitación de Putin al Kremlin, que, corren las voces, podría concretarse en mayo de este año.

A su vez, el contacto de ambos mandatarios no fue el único acontecimiento de relevancia en las relaciones argentino-rusas en el mes de febrero. La agenda bilateral estuvo cargada de actividades destacadas como: la inauguración de un nuevo embajador argentino en Rusia, Eduardo Zuain, la llegada de más dosis de vacunas, la VII Reunión de la Comisión Intergubernamental para la Cooperación Técnico-Militar República Argentina-Federación Rusa y la firma del memorándum de entendimiento entre el laboratorio Richmond y el Fondo Ruso de Inversión Directa para producir la vacuna Sputnik V en Argentina. 

En lo que hasta ahora hemos vivido de “albertismo” podemos observar como el gobierno está colocando una importante ficha de confianza en Rusia como socio extrarregional. Desde el oficialismo se busca profundizar la cooperación de los países tanto de manera política, como económico-comercial, técnica-militar y científica tarea que le fue asignada a Zuain junto a la de colocar productos nacionales en el mercado ruso y promocionar inversiones.

Alberto insiste de manera estratégica en fortalecer este vínculo y hasta el momento es una carta que supo sortear muy bien principalmente en las políticas adoptadas con respecto al elemento que hoy se encuentro en juego y a su favor, la vacuna Sputnik V. Los aciertos que podemos destacar en relación a esta son: su rápida aprobación (recordemos que Argentina fue el segundo país detrás de Bielorrusia en darle el visto bueno), la conexión que generó con México y Bolivia para que la adquirieran y la firma del laboratorio Richmond que permitirá producir la vacuna en Argentina.

Sin dudas, en lo que resta de dicha gestión habrá más acontecimientos que condecoren la relación bilateral aunque lo construido hasta acá demuestra entendimiento, cooperación y apuesta del vínculo ruso-argentino. Reivindicando y parafraseando lo que dijo el nuevo embajador argentino en Rusia en diálogo con Télam la elección de Argentina por Rusia responde a un vínculo de larga data que ha encontrado su mayor profundización y concordancia política en el gobierno de Cristina Fernández cuando se elevó de rango a asociación estratégica integral y esta preferencia actual por el país ruso ha demostrado, hasta ahora, funcionar de manera correcta.

 

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