Argentina en el mundo que viene

OPINIÓN. La Argentina puede encontrar en organizaciones representativas como los BRICS o la OCSh un fundamental socio con intereses comunes que le permitan salir del pozo al que lo han arrojado los centros monopólicos mundiales.


En la historia de la Humanidad existen momentos claves donde los cambios cuantitativos que se fueron acumulando en diversas etapas de su desarrollo se sintetizan en una transformación cualitativa de toda una formación socio-económica.

Esta transformación cualitativa es impuesta por factores objetivos: nuevos medios de producción y, en consecuencia, nuevos modos de producción. En nuestra época esto se verifica con una elocuencia tan evidente que no necesita de complemento argumental alguno. Los enormes avances generados por la Revolución Científico-Tecnológica determinaron la instalación de estos nuevos modos de producción, apropiados para la utilización a pleno de estos avances.

Las estructuras elitistas que siguen monopolizando el poder son incapaces de aprehender estos cambios y, por lo tanto, son impotentes para poder volcarlos en nuevas normas que satisfagan las demandas de las grandes capas sociales, cada vez más abarcativas, más profundas y más intensas.

En anteriores épocas, estas demandas sólo se referían a la supervivencia más estricta de las clases trabajadoras, sin pretender adentrarse en temas más sociales como la educación, la sanidad, la seguridad, la justicia. Cuando las grandes epidemias azotaban sociedades enteras, las elites se extrañaban de lo que sucedía “abajo” sin afligirse demasiado si esto provocaba millones de muertos, ante la carencia de recursos y medios para hacerles frente. Eso, de alguna forma, era tomado como una “limpieza natural”.

Hoy, la pandemia que nos afecta está mucho más contenida que en aquellas terribles épocas, la sanidad y la salud han aumentado su eficiencia y eficacia de un modo exponencial. Sin embargo, la evidencia demuestra que los principales estragos el coronavirus lo hizo en aquellos sectores populares más desprovistos de la ayuda social.

El mundo que viene, inevitablemente, tendrá que atender de una forma totalmente distinta, las demandas originales y únicas de esas clases trabajadoras: sanidad, educación, seguridad y justicia. La supervivencia está íntimamente ligada con esta fórmula. Ya no se trata sólo de alimentar la fuerza de trabajo para mantener una mano de obra apropiada y conveniente. Una mano de obra que cada vez se posesiona con mayor precisión de esos grandes cambios en los medios de producción y por ello exige con mayor fuerza la satisfacción de esas nuevas demandas.

La paradoja dialéctica es tal que la aplicación de esos nuevos medios de producción generan una oferta en el mercado que ha tornado el consumo en un fenómeno masivo y, por imperio de esa misma producción, accesible para las grandes masas. Con lo que esas masas han adquirido un nuevo nivel de conciencia social.

El mundo que viene sólo podrá desarrollar el potencial que le otorgan tanto la Revolución Científico Tecnológica como su derivada, la Revolución Informática si encuentra las formas para satisfacer las nuevas necesidades socio-económicas. Creo que ha llegado el momento de perderle el miedo a la palabra “revolución”. Es un fenómeno lógico e inevitable en el proceso de desarrollo tanto de la naturaleza como de la sociedad. Que también se modifica por la acción de la Revolución Científico Tecnológica y transforma el criterio de violencia en la medida en que el nuevo nivel de conciencia social impone conductas sociales más elevadas.

En un mundo al que estas revoluciones han convertido en un entramado absolutamente intervinculado e interdependiente, ya no es posible pensar en que un país pueda resolver estas cuestiones de un modo individual, aislado de las circunstancias exteriores que lo rodean y condicionan. Por el contrario, la incorporación a los procesos internacionales de intercambio y complementación permite una resolución más rápida y eficiente en tanto abre las potencialidades locales a un campo de acción mundial.

Es tarea de los gobiernos nacionales y populares, de los nuevos poderes políticos que pese a las asperezas del camino siguen el proceso de consolidación, orientarse en el novedoso mosaico internacional y determinar dónde está el polo progresista, solidario e innovador. Que acepte nuestras características y convenga los caminos para adaptarlas, incorporarlas, compadecerlas con las propias.

Este cuadro no es nuevo en la historia de la humanidad. Son ciclos dialécticos que se suceden y que ofrecen situaciones similares, aunque claro están enriquecidas por la propia historia. La decadencia y caída del imperio romano sucedió en medio del surgimiento de pueblos “periféricos” que lucharon contra la dominación imperial y lograron integraciones horizontales entre ellos. Así ha sido a lo largo de toda la historia. En las excavaciones arqueológicas de Nóvgorod, la primera capital del más que milenario estado ruso, en las profundidades del siglo X, se encuentran brazaletes y utensilios provenientes de culturas hititas del Mar Negro. Los íberos de la Península Pirenaica tienen su origen en los íberos de la Georgia trascaucásica, lindante con la Cólquida colonizada por los griegos y con la caucásica Albania.

Las grandes oleadas trashumantes, migratorias, no son algo novedoso en la historia de la humanidad. De hecho, el ser humano surge como trashumante… Ha sido siempre la acción represora de los grandes centros imperiales la que intentó detenerlas. Si antes eso era un fenómeno insoluble, hoy se ha convertido en un elemento normal de la convivencia del ser humano.

Estas oleadas sólo tienen un origen común: la necesidad de sobrevivir. Y esta necesidad es provocada por la permanente explotación abierta o taimada a la que son sometidos los países-fuentes por los grandes centros imperiales. Que además de la riqueza material generada por esta expoliación cruel e impiadosa, se han apropiado de los grandes acervos culturales de esos países-fuente. No hay expositores más grandes de esos acervos que los museos occidentales.

La actualidad es recurrente con la historia. Los grandes centros imperiales han vuelto a mostrar su total fragilidad al no poder responder al desafío de la pandemia. El registro de centenares de miles de muertos que ostentan es equivalente a las muertes masivas por las pestes medievales. La relación tiene un fiel que es el propio desarrollo de la ciencia y la cultura social.

Nuevas formaciones internacionales se fortalecen en  este contexto,  superando en capacidad y calidad de respuesta la conducta errática e impotente de las metrópolis. Pese a las contradicciones y diferenciaciones existentes, organizaciones representativas de los nuevos polos, como los BRICS o la OCSh salen ampliamente fortalecidas de esta crisis. Inclusive obligan a funcionar de otra manera, a atender otros objetivos a organizaciones “tradicionales” como la ONU, la OMS o incluso el FMI. No es un proceso lineal ni mucho menos. Es la introducción en los puntos neurálgicos del mundo de una nueva concepción, diametralmente opuesta a los centros imperiales.

No se trata del mentado “multilateralismo”. El multilateralismo no logró resolver ninguno de los conflictos desatados después de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, este multilateralismo facilitó invasiones y destrucciones masivas: Corea, Vietnam, los Balcanes, Irak, Afganistán, Libia, Siria… Centenares de miles de muertes es el resultado de estas campañas bajo la bandera del multilateralismo. En nuestro continente, el multilateralismo alberga y protege intentos intervencionistas en Cuba y en Venezuela, golpes “fríos” como en Bolivia o Brasil y mantiene a la OEA como un organismo virreinal.

El multilateralismo huele mal. Es casi siniestro. Los medios monopólicos lo usan para adormecer y desviar la conciencia nacional. Confunden los términos y finalmente lo presentan como el lugar de reunión de los “iguales”…

La alternativa real, dinámica y progresista a esta cubierta opresiva generada por los centros monopólicos del poder es el mundo multipolar, en pleno desarrollo. Si seguimos en este sentido el ejemplo de los BRICS, sus cinco integrantes: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica han generado una estructura equitativa, polivalente y efectiva que avanza en la construcción de un mercado articulado, con integraciones económicas, productivas y financieras, en la consolidación de un programado sistema de incentivación de las culturas nacionales, en el intercambio de normas y regulaciones sociales, etc.

La Argentina puede encontrar en esa organización un fundamental socio con intereses comunes que permitan a nuestro país salir del pozo al que lo ha arrojado el dictado de los centros monopólicos mundiales. Necesitamos construir alianzas sólidas y sin condicionamientos con este nuevo mundo multipolar. Ahora más que nunca el postulado peronista que vincula la política interna con la política internacional, tiene una vigencia decisiva.

Los países BRICS han manifestado en repetidas oportunidades su adhesión a la inclusión argentina en la organización. Es un proceso que hay que comenzar cuanto antes. En gran medida, de su exitosa resolución dependerá el acceso de nuestro país a una política exterior independiente que sea la base de nuestra soberanía económica y facilite la imposición de la justicia social.

Sobre el autor

Hernando Kleimans es Licenciado en Historia. Doctor en Relaciones Económicas Internacionales. Periodista Especializado en Temas Internacionales. Ex director de la Casa de la Provincia de Buenos Aires en Moscú, ex presidente de la Cámara de Relaciones Económicas Argentino Rusas, ex Editor del periódico Rusia Hoy. 

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