Anne, la que escribía

OPINIÓN. Dijeron (osaron decir) que era un “ama de casa un poco loca que escribía”. El ama de casa ganó un Pulitzer.

Dicen que Anne Sexton bebía demasiado. Que había desperdiciado su juventud en autos y hombres. Que fumaba un cigarrillo tras otro. Que después de sus dos partos le sobrevinieron depresiones y otros episodios, uno peor que el otro. Que entró y salió de hospitales psiquiátricos. Que intentó quitarse la vida varias veces hasta que, por fin, lo logró. Que con Sylvia Plath se admiraban e identificaban.

Empezó a escribir alentada por uno de sus analistas, el mismo que unas décadas más tarde cedió varios centenares de sesiones grabadas para una biografía. El mismo que, cuando la controversia estalló entre los escritores y el mundillo psi estadounidense, dijo que, sin duda, ella no hubiera desaprovechado la oportunidad de compartir ese material con el mundo. Después de todo, ya la habían convertido en la “poeta confesional”, esa que escribía versos demasiado íntimos, llenos de un universo femenino que explicitaba y cuestionaba la masturbación, la maternidad, la menstruación, el deseo y la muerte.

Así la llamaron: “poeta confesional”. Así la humillaron. Decían que sus poemas no podían cumplir las demandas, que su “control artístico” se perdía, que sus versos terminaban volviéndose tediosos y vergonzosos, que estaban “entre el diván y el confesionario”. Dijeron (osaron decir) que era un “ama de casa un poco loca que escribía”. El ama de casa ganó un Pulitzer.

Anda dando vueltas un video en el que se la ve en la vivienda familiar, en el ’66. Anne se queja porque el perro ladra y no la deja leer un poema feroz. Hace morisquetas. Abraza a sus hijas. Explica su escritura. Habla de los monstruos que crea. Vibra con una energía vigorosa y extraña. Va siempre con un cigarrillo o una botella en la mano o en la boca y el humo sube hasta sus ojos claros. 




Alguien pregunta, torpemente, por sus estadías en neuropsiquiátricos y ella no quiere decir mucho, pero lo que dice (“los hospitales enjaulan, en especial, el alma”) basta. Pide a su marido que la acompañe. Dice que él odia cómo ella lee poesía, que él cree que suena como un sacerdote. Justo Sexton, que vivió y gozó la música y que supo captar el espíritu musical de la época como nadie. Ella, que había formado una banda de rock que la acompañaba en sus lecturas. Dicen que se subía al escenario con un vestido de satén rojo y que ahí se convertía en una rockera.

Dijeron tanto, quizás, porque no soportaron detenerse a leerla o a verla o a escucharla. Está claro: no se trata de una poeta fácil (“Pero los suicidas poseen un lenguaje especial. / Al igual que carpinteros, quieren saber qué herramientas. / Nunca preguntan por qué construir”). Tal vez, los críticos se llenaron de justificaciones porque no toleraron lo mucho que la poeta pedía. En “Anna, que estaba loca”, que dedicó a su tía suicida, puede leerse un guiño de su demanda al otro y a sí misma: “Dame un informe sobre el estado de mi alma. / Dame un resumen completo de mis actos. / […] / Enumerá mis pecados en la lista del supermercado y dejame comprar. / Desde la tumba ¡escribime, Anna! / No sos más que cenizas y sin embargo / agarrá la lapicera Parker que te di. / Escribime / Escribí”). 

Dijeron tanto, tal vez, porque no soportaron lo que una mujer podía poner en las narices de generación tras generación de estadounidenses: las fantasías, la sexualidad, los deseos, la muerte, lo femenino, la pregunta por la intimidad, por la política (“Somos Estados Unidos / somos los que rellenan los ataúdes”). Quizás, simplemente, no toleraron que fuera mujer ni tan cruda ni tan bella. Ni que escribiera.


Sobre la autora: Flor Codagnone es poeta, periodista y traductora.

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