Amar a D10S sobre todas las cosas

Por: Carolina Atencio

Revuelo mediático, estallido en redes sociales y una emoción colectiva que rebasa los límites de lo imaginable: Diego Maradona, D10S, es confirmado como el nuevo director técnico del Club Gimnasia y Esgrima de La Plata y el riesgo cardíaco de socios/as, hinchas y apasionados/as del fútbol argento aumenta a escalas siderales.

El Diego. La argentinidad al palo. El significante de una pasión que según quienes lo defienden, “no se puede explicar”. Una pasión que se dice, forma parte de la idiosincrasia, del “ser argentino”; una forma de sentir el amor por lo autóctono, la felicidad compartida, el barrio, la mesa familiar, el folklore de lo “nuestro”.

En paralelo, del otro lado de la grieta maradoniana, la facción detractora se expresa en repudio a la veneración de una persona (ahora de carne y hueso) que carga una mochila plagada de casos de violencia de género, manifestaciones homo y transfóbicas y violación de derechos de niños y niñas que resultan, desde esta mirada, inseparables del ídolo y que llaman a revisar el modo y los parámetros bajo los cuales argentinos y argentinas construimos nuestras idolatrías.

En Argentina, los últimos datos oficiales muestran importantes desafíos para el efectivo ejercicio de los derechos de las mujeres que han llevado a las organizaciones feministas a reclamar, de manera sostenida e inclaudicable, no sólo mayores esfuerzos en materia de políticas públicas sino, incluso, la declaración de la emergencia en violencia de género. En la actualidad, una mujer es víctima de femicidio cada 32 horas y todos los días asistimos a diversas manifestaciones de violencia, propias y de nuestras congéneres, que legitiman ampliamente los reclamos.

Diego Maradona, además de D10S, es un varón; sano hijo del patriarcado, parte constitutiva del machismo que repudiamos y que no puede escindirse de sus responsabilidades en virtud de sus habilidades futbolísticas ni por lo icónico de su figura popular. Este es un hecho irrefutable: al Diego le caben las generales de la ley y como cualquier otro ciudadano de a pie, su accionar se rige por las mismas normas, jurídicas y morales.

Ahora bien; quienes lo admiran y además, comparten –y militan– los postulados de la lucha feminista, en muchos casos, sostienen la necesidad de separar la faz deportiva de la faz personal para la reivindicación del ídolo; y ahí nomás surge, intempestiva e inevitable, la pregunta que motivó incontables hilos de twitter en los últimos días: ¿es esto posible? ¿se puede ser feminista y bancar a Maradona?

La respuesta, mal que le pese a quienes gustan de las contundencias, es abierta.

Reconocerse feminista es saberse inmerso/a en un proceso de deconstrucción que no tiene un punto de llegada. Los feminismos tienen mucho más de pregunta que de respuesta. Y Maradona, su endiosamiento y su no interpelación suponen, a todas luces, una contradicción para quienes se inscriben en las filas de la lucha contra la desigualdad y toda forma de violencia y dominación entre los géneros. Una contradicción que debe invitarnos a hacernos preguntas, a repensar(nos) y a entender cómo, en qué momentos históricos, bajo que parámetros culturales y sociales y a la luz de qué agendas políticas imperantes construimos nuestras historias de amor romántico con el ídolo.

Pero entonces, ¿no se puede estar felices con el desembarco del Diego en el fútbol argentino?Claro que se puede. Lo que se debe, como condición feminista, es bancarse la contradicción, hacerse cargo de ella y llevarla al plano de la interpelación colectiva para pensar en conjunto qué y cuánto le permitimos a nuestros “ídolos” en detrimento de lo que entendemos – y profesamos-, son nuestras convicciones más profundas.


*Carolina Atencio - consultora en género y diversidad


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