“Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, GGM

Por: Carlos Leyba

Ese el título de un cuento de Gabriel García Márquez. Una magnífica descripción de cómo se materializa aquello que empieza siendo un murmullo, una vacilación que nadie despeja, y que uno tras otro con sus dichos va confirmando.

Un hecho tras otro, reinterpretados, van confirmando el murmullo y convirtiéndolo en rumor. Partimos de una compra a la defensiva, a una bola de billar mal jugada y hasta observamos confirmatoriamente un pájaro posándose en la Plaza y la continuidad del calor que convierten, por el murmullo, a lo habitual en extraordinario.

La Argentina de estos días – aquella que puede preocuparse por algo que está más allá de las vituallas cotidianas y que es “la otra mitad que es menos de la mitad”- está en una suerte de suspenso a la espera que “Algo grave va a pasar” y comienzan a actuar de un modo que, sin imaginar y sin querer, materializa las consecuencias.

La fuga de ahorros, el abandono definitivo del país y la promoción de ambos hechos, es – al igual que en el cuento – partir por goteo de a poco. Y esperar, desde afuera, estando lejos o aún estando dentro, que el pueblo así abandonado termine cumpliendo la profecía. En el cuento el pueblo se convierte en puras llamas, en nuestra historia, somos un país secándose de energías, transformándose es materia combustible y sometida al acaso.

En el cuento de García Márquez, es el propio pueblo quien lo protagoniza, no hay liderazgos, no hay “autoridades”, nadie es responsable por hacer que todos puedan cumplir la razón de haber nacido o haber venido a vivir allí. Justamente el liderazgo, la autoridad, es donde radica la responsabilidad de mirar más lejos, despejar el murmullo, desnudar la falsedad del rumor.

Sobre todo si la mayoría de quienes conforman el “sentido común” sufren de “sesgo de confirmación” y “pensamiento de grupo” y convergen en el murmullo que torna en robusto rumor que, leído en vena de presagio, se convierte en un temor paralizante y desconcertante.

El cuento de García Márquez es una radiografía del rumor. Pero también una lección de aquello que podría y debería evitar la pesadilla. Una lección de qué cosa es el liderazgo como la voz capaz de mostrar las cosas como realmente pueden ser.

No hablamos del presente o de cómo las cosas son. Esa no es la cuestión. Todos lo sabemos.

Hablamos de cómo las cosas habrán de ser, “lo que va a suceder”. Ese predicado sólo tiene sentido si el liderazgo es capaz de argumentar, con autoridad y convicción, qué es lo que estamos haciendo y qué haremos para apuntalar el por venir.

El liderazgo, la autoridad, es donde radica la responsabilidad de mirar más lejos, despejar el murmullo, desnudar el rumor. Mostrar la acción.

En la Argentina el liderazgo, la autoridad, están debilitadas, desleídas, ausentes y pareciera que, lejos de desnudar el rumor y desandar su réplica, lo agitan con patéticas contradicciones. A cada rato.

Esa ausencia es lo muy grave que nos pasa; lo que nos aproxima a las perversas profecías auto cumplidas.

¿A qué nos abandona la falta de liderazgo después de 46 años de decadencia (números irrefutables), de la última década de estancamiento y de crecimiento de la pobreza y la incertidumbre?

Cuarenta y seis años en que el promedio de crecimiento por habitante alcanzó al 0,2% anual y que el estancamiento de la última década hace que cuando termine 2020 el Producto por habitante será igual al de 1974. Esta parálisis decadente, única en el mundo, ha resultado en que el número de pobres, entre 1974 y hoy, haya aumentado a la velocidad de 7% anual. Moralmente un escándalo. La ausencia de liderazgo nos abandona al pasado que nos condiciona.

En los días que nos atormentan ni una sola voz despeja el futuro. En su lugar se instala la crítica por lo que hicieron o por lo que hacen. El insulto agazapado llena el pan de cada día. Es penoso. Las voces del gobierno y de la oposición desaniman.

¿Cómo no va a avanzar el rumor suicida que “Algo va a suceder” si ocultamos el futuro trayendo, en cada esquina, un pedazo del pasado que, en sí mismo, es lo pésimo que nos sucedió?

Este clima clausura la posibilidad de cualquier reflexión sobre cómo salir de este infierno de estancamiento y pobreza, en el que estamos viviendo la pandemia.

La comparación sobre como otros sufren los males que la pandemia causa realmente carece de importancia. Se trata de lo nuestro y – en todo caso - mal de muchos consuelo de tontos.

Peter C.Wason, en los 60 del SXX, demostró que las personas tienden a alimentarse de información que confirme sus creencias. Ese sesgo nos induce a no mirar objetivamente y a confirmar lo que previamente imaginábamos y mantenernos en un área de confort para no contradecirnos. ¿Viste, no te dije?

Y si agregamos que existe el “pensamiento de grupo”, estudiado por I. Janis en los 70 del SXX, que consiste en detectar la resistencia natural de muchas personas a no apartarse del pensamiento dominante del grupo al que se pertenece, entonces – sumando una y otra -, en ausencia de liderazgos esclarecedores, las situaciones del tipo “algo malo va a pasar” generan las estampidas de las profecías autocumplidas o, en otros casos, decisiones que han sido catastróficas.

Hay ejemplos históricos en las que muchos de los que participaron en una discusión pensaban lo contrario a lo que finalmente se decidió. Y si se hubieran mantenido en la posición propia habrían evitado una catástrofe. Predominó el pensamiento de grupo y las cosas salieron mal.

Un ejemplo clásico de pensamiento de grupo es el de Bahía de Cochinos, invasión en que, tomados de a uno, nadie estaba de acuerdo; y bien puede ser otro nuestra Guerra de Malvinas ¿todos los que lo dicidieron estaban de acuerdo? Lo invito a pensar en otras tragedias nacionales.

En los últimos 46 años porque nuestro valor agregado, por habitante y por año, no ha crecido como hemos señalado, no hemos generado capacidad de bienestar colectivo. La mitad de los niños hoy están apagando su futuro, y el de todos, ahogados en la pobreza y sus consecuencias.

La explicación dominante, particularmente en los medios y en las voces técnicas consultadas, del por qué ocurrió padece de sesgo de confirmación y de pensamiento de grupo. No la voy a repetir pero, para decirlo en pocas palabras, la “razón dominante” es que los males surgen de todo lo que se vincula a la política de industrialización, dicen todo empezó hace “70 años”.

Cuando los números son la base de la discusión las argumentaciones se contradicen con los hechos.

Dos ejemplos demoledores. Federico Sturzzeneger el más duro entre los duros del neoliberalismo local, en su último libro - con honestidad que felicitamos - señala que desde 1900 hasta 1975 nuestro PBI por habitante fue sistemáticamente el 75% del de Australia, para muchos la economía modelo, y de ahí en más nuestros numeros se derrumbaron.

Y Juan Llach, uno de los teóricos y ejecutores de la tragedia de la convertibilidad que arrasó con lo que quedaba de la industria y multiplicó el desempleo que nutriría la pobreza, en un libro con M. Lagos, señala que la década de mayor crecimiento de la historia argentina es la que transcurre entre 1963 y 1973. Grande protagonistas de la política económica neoliberal, con los números en la mano, confirman cuando fue el apogeo y cuando el ocaso. El ocaso comienza y se encamina cuando sus políticas se ejecutaron. Sus propias comparaciones estadísticas los refutan. Pero los males está acá y es lo que importa.

Además estamos sufriendo la pandemia de un modo que no imaginábamos posible: ¿hicimos todo bien?¿qué hicimos mal?¿qué vamos a cambiar en ese plano?

Por todo eso, por la economía heredada, la provocada, por la pandemia, sólo hay un reclamo urgente: por favor, quienes tienen el deber de despejar el murmullo que nos aprisiona, piensen, propongan y encaminen el futuro. No es tan dificil. Es cierto, hemos perdido la costumbre del futuro.

Y es cierto que el empobrecimiento de la sociedad clausura la vocación de futuro: ¿acaso lo mejor vivido no está en el pasado?

Nadie puede ser líder si no anuncia el futuro. Eso es el liderazgo.

Pero el liderazgo se materializa en la afirmación contundente “lo vamos a hacer”. “Vamos” es “colectivo” y es “ahora”.

“El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”. (Henri Bergson)

Un plan, ideas articuladas capaces de cambiar el presente, para abandonar el pasado con un “nosostros incluyente”. Proscribiendo el “ellos”. Terminar con el discurso deslegitimante del “otro”.

Los últimos discursos oficiales – donde está la mayor responsabilidad – son “deslegitimantes”. Pero tambión lo son las voces de la oposición. En ambos casos no son todos. Pero los colores fuertes ensombrecen.

Política, sindicalismo, empresariado, organizaciones sociales, se han subdividido y multiplicado y debilitado, material y conceptualmente. Lo han hecho al ritmo de los datos sociales que anuncian la aceleración de la decadencia.

Se agravan los problemas. Pero además se multiplica el número de tribus. Al mismo tiempo, las tribus, cada una de ellas, carece de liderazgo convocante.

Estamos viviendo un proceso de cariocinesis en el que los liderazgos son estigmatizantes y no convocantes, lo que no es liderazgo productivo. El liderazgo de consenso es la alternativa al liderazgo de disenso.

El liderazgo de disenso es el propio de la maquina electoral: la dialéctica del amigo – enemigo. Es la máquina que construye el “poder” sustantivo: lo que se tiene, lo que se preserva, lo que se gana.

El liderazgo de consenso es el propio de la maquina de construcción, la que apuntala el “poder” verbo, el poder hacer las cosas, la construcción de la Nación Hogar, Proyecto de vida en común.

Y en este contexto de ausencias de liderazgo de consenso crece la heterogeneidad y con ella disminuye la capacidad de representación.

Estamos frente a una realidad que desafía a los hombres de buena voluntad. Traigo al recuerdo una advertencia tan lúcida como consejo como testimonio de que “Dios ciega a los que quiere perder”.

“Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero, unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero. Como en las tragedias del teatro griego clásico, todos saben lo que va a ocurrir, todos dicen no querer que ocurra, pero cada cual hace precisamente lo necesario para que suceda la desgracia que pretende evitar”. (Advertencia del ex senador y ex candidato presidencial democrata cristiano, el brillante Radomiro Tomic, ante la inminencia de la tragedia chilena de 1973; Citado por José Miguel Amiune, y tomado de una carta de aquellos años del gran escritor y pensador argentino testigo de todos los relatos y verdades, mi querido Albino Gómez)

Pues bien, estamos bien lejos de una tragedia como la que vivimos a partir de la Dictadura Genocida. Pero hay otras tragedias que debemos evitar.

La política económica, el conocimiento de esa disciplina, la experiencia calificada en ese campo, son elementos centrales que deban integrar cualquier vía de salida de los males mayores que debemos evitar. Pero no hay ninguna “ciencia” que nos exima de la solución política, la que no tiene otra definición posible que el consenso de largo plazo.

¿Qué consenso? ¿Qué estructura económica de país queremos preservar, construir, desarrollar? Parece obvio, pero no lo es.

Hay un enorme disenso en este campo, entre los economistas y entre los sectores económicos y sociales.

De un lado los que más poder económico han acumulado en las décadas de la decadencia: la nueva oligarquia de los concesionarios de viejos bienes y servicios públicos. Ellos y muchos economistas, confluyen en la doctrina del necesario fin de la industrialización. Unos son traductores tardíos de una propuesta de organización del mundo, que hoy está en extinción. Los otros intereses económicos, los de una nueva oligarquía basada en la barrera natural que impide que la competencia externa. Ambos abogan por una economía abierta de dólar bajo, unos para poder exportar utilidades con los dólares del sector primario y otros predicando textos vencidos hace veinte años.

El resultado es esta economía en que el 80% de los empleos son del sector servicios, que no produce bienes transables que equilibren el déficit industrial y que ha generado la deuda externa y la pobreza que son verso y anverso de la misma moneda.

Otras voces sostenemos la necesidad imperiosa de recuperar un tejido industrial que elimine la condena del déficit estructural que nos lleva del estancamiento a la deuda externa; y de la deuda externa al estancamiento. Economía estructurada para la deuda externa.

En este campo hay muchos economistas, muchos empresarios nacionales, sectores del trabajo y de la política.

El pensamiento hoy dominante es el de la apertura y la desindustrialización como racionalidad.

Ese es el primer disenso que hay que disipar.

El consenso que hay que construir es el proyecto productivo hacia dónde vamos. Es la herramienta para diseñar la macroeconomía de los equilibrios fundamentales en busca del desarrollo.

El debate basado exclusivamente en el reestablecimiento de los equilibrios fundamentales de la macroeconomía, que ignore la definición del rumbo de la construcción de un proyecto productivo, es aceptar el dominio de lo inmediato, de lo mensurable diariamente, en lugar de consolidar las bases de un consenso que articule la política y la estructura económica del futuro.

La estructura económica actual no es la base necesaria para los equilibrios a los que aspiramos porque esta estructura, la actual, es el origen de todos los desequilibrios.

Ir de la macro al modelo de desarrollo es ir al revés. Y es una enorme tentación de moda. Pero es desandar el futuro. Y no tengo dudas que si definimos la macro sin previamente definir el modelo de desarrollo algo malo va a suceder.

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