Alberto y Pichetto, entre la apertura y el cierre

Por: Pablo Pizzorno

A la medianoche del 22 de junio, cuando cerraron las listas para las primarias del próximo 11 de agosto, el año electoral empezó a transitar su segunda mitad. La primera estuvo dominada por una larga sucesión de elecciones provinciales, que esta vez se celebraron desdobladas en forma récord de la presidencial. Las pocas que quedan por realizarse ya no podrán interpretarse al margen de la disputa nacional. Mucho menos las que, como la provincia y la ciudad de Buenos Aires, comparten el día con la elección presidencial.

Este año, las fórmulas de las principales fuerzas se develaron antes del día de cierre de listas. En ellas había primado una marcada lógica de ampliación política: Alberto Fernández y Miguel Ángel Pichetto fueron parte de ese movimiento sincronizado, orientado a la búsqueda de votos más allá de los respectivos núcleos duros. Curiosamente, ambos candidatos comparten la condición de ser figuras sin popularidad, más relacionados al rol del operador político que al del líder carismático. Uno y otro, sin embargo, fueron elegidos pensando en el tercer tercio electoral que se volvió la arena de disputa de las estrategias “atrapa todo” de ambas fuerzas. En tanto, Alternativa Federal, la fuerza que prometía expresar a aquel electorado huérfano, terminó jibarizada con las fugas de Sergio Massa y Pichetto hacia campamentos opuestos. Apenas la debilitada candidatura de Roberto Lavagna quedó en pie para intentar escapar a una polarización que asoma creciente.

El cierre de listas del sábado significó un asueto para la lógica de ampliación que vienen ensayando Juntos por el Cambio y el Frente de Todos. Con los principales casilleros ocupados, ambas fuerzas se dedicaron a premiar lealtades y a fortalecer el lugar de la tropa propia en los lugares que quedaban disponibles. En el oficialismo, la llamada “ala política” del gobierno, que pareció ganar terreno con la designación de Pichetto, se vio nuevamente relegada en las listas. Por su parte, el kirchnerismo le dio descanso por un día a la amplitud de los acuerdos con el peronismo que venía impulsando Cristina Fernández, sobre todo en los principales lugares de la lista bonaerense -cuya cabeza ya se sabía para Massa- y en los candidatos al Senado que se elegirán en un tercio de las provincias.

¿Cuán atractivas resultarán para el electorado indeciso las candidaturas de Alberto y Pichetto? El primero ofrece el desplazamiento de Cristina de la presidencia y comprobadas credenciales de autonomía para ejercer el cargo. Su llegada corona la conformación de aquella “nueva mayoría” largamente declarada por el kirchnerismo pero de frustrada implementación en las elecciones legislativas de 2017, cuando se presentó como Unidad Ciudadana con menos aliados que a las presidenciales que perdió Daniel Scioli. Esta vez, en cambio, el Frente de Todos puede hacer gala de reconciliación con actores del sindicalismo, movimientos sociales, progresismo y, sobre todo, con la gran mayoría del peronismo.

Asoma una pregunta complementaria: ¿se verificará en votos la incorporación de Massa al espacio? Su escisión del kirchnerismo se montó sobre un perfil de votante de clase media baja, frecuentemente molesto con la política asistencial del gobierno anterior hacia los sectores más pobres. En ese sentido, varios analistas señalan que la ruptura del peronismo es más sociológica que política: tiene que ver con las fisuras de un mundo del trabajo mucho menos homogéneo que aquel que históricamente representó el peronismo. No obstante, aquel sector de votantes, a quien debió su triunfo en territorio bonaerense la gobernadora María Eugenia Vidal, es el principal damnificado de la malograda gestión económica del gobierno nacional. ¿Alcanzará la apelación al bolsillo para recrear viejas solidaridades que en el último tiempo parecieron desdibujadas?

La aparición de Pichetto también implica una novedad importante para el gobierno, en principio, respecto a la construcción de imagen que se le atribuye a Jaime Durán Barba. El flamante candidato a vicepresidente es casi lo opuesto a lo que indican los manuales del consultor ecuatoriano. Su reivindicación de la política profesional y su jactancia poco carismática (“las emociones no forman parte de mi temperamento”, dijo para celebrar el cargo) lo sitúan como una rara avis de las redes sociales y los escenarios de globos de colores al ritmo de Gilda y Tan Biónica. Su inclusión, además, obliga a un ejercicio de modestia de los aires refundacionales de Cambiemos y de las diatribas contra los “setenta años de peronismo”.

El gobierno conocía la inconsistencia de Pichetto con su esquema de construcción política, pero priorizó brindar una señal al “Círculo Rojo” que otras veces desestimó. Allí se advierte la principal novedad de la designación, más orientada a fortalecer los cimientos de una futura gobernabilidad. Por otro lado, a pesar de los memes que se burlaron de la postergación de la UCR, en la fórmula hay una promesa de conformación de una coalición nunca concretada desde la asunción de Mauricio Macri. Los radicales tendrán más expectativas con Pichetto que con una candidata de sus filas, joven y de perfil desconocido para la opinión pública -alternativa genérica que se barajó para la fórmula-, que a pesar de su pertenencia habría significado la continuidad del laboratorio duranbarbista, de manera análoga al experimento que llevó a Vidal a la gobernación.

La primera mitad del año electoral no permite inferir conclusiones directas para la segunda, pero tampoco impide su comparación con escenarios pasados. Hace poco, Marcos Peña declaró su confianza en las similitudes de los comicios provinciales con los que en 2015 antecedieron al triunfo de Macri. Sin embargo, una comparación veloz revela alrededor de medio millón de votos perdidos por el oficialismo en estos cuatro años, especialmente en la zona centro del país. La derrota de Cambiemos en ciudades que gobernaba como Córdoba, Santa Fe, Paraná y Santa Rosa exhibe las dificultades del gobierno en su bastión electoral. Seguro ese dato tampoco le pase inadvertido a Peña.


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